¿Qué sentido tiene la existencia?

Elogio de la lucidez camusiana

A partir de Calígula, La peste y La muerte feliz, Buceta reconstruye una constelación camusiana donde la luz no niega el dolor, aunque lo vuelve habitable.

La lucidez como patria: el Camus que lee Martín Buceta
La lucidez como patria: el Camus que lee Martín Buceta

Tal vez toda la obra de Albert Camus -de la cual no me atrevo a realizar afirmaciones tajantes, por un lado, por mi falta de conocimiento exhaustivo y, por otro, por la complejidad de su producción- pueda pensarse como una búsqueda incansable de lucidez frente a la irrenunciable y no elegida condición de existir

La necesidad de lucidez, tanto en su obra lírica y narrativa como en su obra filosófica, aparece como una exigencia que el autor se autoimpone surgida de una intuición del itinerario que ha de seguirse para encontrar algo de sentido en un universo que parece vaciado de él. En el cuaderno IV de sus Carnets escribía: "Llegado al absurdo, y cuando trata de vivir consecuentemente, un hombre comprueba siempre que la conciencia es la cosa más difícil de mantener del mundo. Las circunstancias casi siempre se oponen a ello. Se trata de vivir la lucidez en un mundo donde la dispersión es regla". 

La lucidez, asociada por su etimología a la claridad, está inextricablemente unida a la luz y las fuentes que la producen. Esa luz que permite ver sin opacidades las cosas y que, además de habilitar la visión, es principio de vida y conocimiento. 



Camus, abrevando en los manantiales de sabiduría de sus admirados predecesores griegos, sabe que esa luz ha de traer algo de claridad, un atisbo de sentido a la mentada condición humana y por eso escribe en tono profético en su primera obra: "No sé separar mi amor por la luz y la vida, de mi secreto apego por la experiencia desesperada que quise describir". Y más adelante establece como objetivo: "Quiero llevar la lucidez hasta el fin y contemplar la vida con toda profusión de mis celos y mi horror". Por ello me atrevo a sostener que toda su obra pueda pensarse "a la luz" de esta idea buscada, anhelada y, creo yo, por fin alcanzada.

En su primera publicación, El revés y el derecho, el autor ya señala que existe una "lección del sol" y escribe: "El sol me enseñó que la historia no lo es todo". En esos ensayos, que prefiguran la mayoría de los temas de su producción, Camus advertía que iba al encuentro de sí mismo y frente a lo efímero de la condición humana, en ese momento en que la angustia oprime, afirma que: "El gran coraje consiste en mantener los ojos abiertos a la luz, así como a la muerte".

"El sol me enseñó que la historia no lo es todo"



Por esos años también trabajaba en una de sus obras más contundentes sobre el tema, La muerte felizPatrice Meursault, alter ego de Camus, reconoce la necesidad de un "sol verdadero" que ilumine la celebración de sus "bodas con la tierra" y le enseñe que "la lucidez también era una larga paciencia". 

Lucidez que implica "afirmar su solidaridad con el mundo en lo que tenía de más repelente y declararse cómplice de la vida hasta en su ingratitud y su suciedad"; "lamer su vida como un caramelo, afilarla, quererla al fin" continúa en "La muerte feliz" y, finalmente, "mantener su conciencia hasta el final y morir con los ojos abiertos". Esa lucidez no es otra cosa que "una especie de enorme conciencia siempre presente".

camus avant
Camus escribe: "El sol me enseñó que la historia no lo es todo"



La mentada lucidez, como vemos, es una exigencia de conciencia plena de la existencia en que estamos inmersos. Esa lucidez es la que, aunque amarga al comienzo, nos descubre la criatura que somos como nuestra única patria pero, al mismo tiempo, al marcar nuestro límite, nos enseña su riqueza. 

Así lo expresaba el autor en La muerte feliz: "Se sentía con fuerzas extremadas y profundas para amar y admirar esta vida de rostro de lágrimas y de sol, esta vida en la sal y en la piedra caliente, y le parecía que para acariciarla todas sus fuerzas de amor y de desesperación se conjurarían. Allí estaba su pobreza y su riqueza única". 

Cuando carecemos de esa lucidez el sentido se difumina y andamos perdidos y desalineados como Cayo en medio de la noche quien confiesa a Helicón en el libro "Calígula":  "Creo recordar, es cierto, que hace unos días murió una mujer a quien yo amaba. ¿Pero qué es el amor? Poca cosa. Esa muerte no significa nada, te lo juro; sólo es la señal de una verdad que me hace necesaria la luna. Es una verdad muy simple y clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar".



El atribulado emperador queda frente a la pregunta más acuciante de la condición humana: ¿qué sentido tiene la existencia? La muerte de Drusila —la hermana de Calígula— no es la razón de la pregunta, sino lo que ocasionalmente pone al héroe frente al interrogante fundamental. La muerte de Drusila aparece como la señal de una verdad "difícil de descubrir y pesada de llevar", aquella que le hace necesaria la luna. 

En medio de la desesperación más absoluta Calígula ansia la luna, ese astro que otorga tenue luz en la noche, ¿qué otra cosa es esta ansia sino algo de luz en medio de la oscuridad existencial? ¿De qué verdad habla Calígula? Esa verdad es la que constituye la respuesta a la pregunta por el sentido de la existencia, o, formulada en términos de Calígula, esa verdad es la que amenaza gritando: "Los hombres mueren y no son felices". La historia del emperador establece un trinomio que no quiero perder de vista y retomaré posteriormente: oscuridad-sin sentido-infelicidad.

En esa misma oscuridad en que está sumido Cayo es en la que se descubre el hombre contemporáneo que muerto Dios sabe que vaga a la deriva ejerciendo "la horrible libertad del ciego" quien inmerso en las tinieblas advierte su desamparo. 



En El hombre rebelde así lo exponía Camus: en "Calígula": "Si nada es verdadero, si el mundo carece de regla, nada está prohibido; para prohibir una acción se necesita, en efecto, un valor y un objetivo. Pero, al mismo tiempo, nada está autorizado; se necesitan también un valor y un objetivo para elegir otra acción. [...] El caos también es una servidumbre. Solo hay libertad en un mundo en que lo que es posible se halla definido al mismo tiempo que lo que no lo es. Sin ley, no hay libertad. Si el destino no está orientado por un valor superior, si el azar es rey, se trata de la marcha en las tinieblas, de la horrible libertad del ciego". 

"La horrible libertad del ciego" es la imposibilidad de ver con claridad el mundo de los valores que han de configurar nuestra vida para llevarla a un puerto feliz. Esa ceguera es producida no por falta de visión sino por estar sumergido en la oscuridad existencial. Estas tinieblas existenciales que impiden encontrar el recto camino son las mismas que cubren la tarea de Rieux en La peste y lo mueven a exclamar: "Yo estoy en la noche y trato de ver claro".

Sin embargo sabemos -como Camus nos enseña en "Bodas"- que, aunque contingentes, "los dioses hablan en el sol" y nos profieren una verdad. En sus Bodas aquellos ensayos líricos nuestro querido escritor prefiguraba: "Dentro de un momento, cuando me arroje a los ajenjos para hacerme entrar su perfume en el cuerpo, tendré conciencia, contra todos los prejuicios, de realizar una verdad que es la del sol y será también la de mi muerte". 



Pero, ¿cuál es esa verdad bañada por la luz del sol, esa verdad agridulce que se realiza en mi encuentro con el mundo? 

Camus escribe: "El mundo acaba siempre por vencer a la historia. De este gran grito de piedra que Djémila lanza entre las montañas, el cielo y el silencio, conozco bien la poesía: lucidez e indiferencia, los auténticos signos de la desesperación o de la belleza". Ese es el mensaje que el sol, omnipresente testigo de su vida, transmite a Meursault y que logra interpretar el día de su ejecución. Camus pone en palabras aquella lección del sol: "El mundo es bello y fuera de él no hay salvación. La gran verdad que pacientemente me enseñaba es que el espíritu nada es, ni nada siquiera el corazón, y que la piedra calentada por el sol, o el ciprés que el descubierto cielo engrandece, limitan el único universo en que "tener razón" cobra un sentido: la naturaleza sin hombres, y este mundo me anula. Me lleva hasta el extremo. Me niega sin cólera. En la noche que caía sobre la campiña florentina, me encaminaba hacia una sabiduría en la que ya todo estaba conquistado. 

Esa verdad aprendida en los baños de luz argelinos enseña "que no hay felicidad sobrehumana, ni eternidad fuera de la curva de los días". 



La lucidez es adquirir clara conciencia de nuestro límite y no desesperar por ello sino advertir su belleza. Asumir lo absurdo y apropiarse de lo que está más acá. La vida encierra la belleza y la nostalgia del más allá, la muerte que acecha y la savia del sol que nutre cada momento. La lucidez supone la claridad de conciencia en que advertimos que el único sentido al que podemos aspirar es de este mundo, un sentido tan claro como la luz matinal, un sentido que se forja y manifiesta cuando el hombre consigue mostrar "fidelidad a sus propios límites, amor sereno y consciente por su propia condición".

Podrían los lectores cuestionar esta idea alegando que este pensador es el autor de El mito de Sísifo que grita a los cuatro vientos la falta de sentido. 

Yo también he objetado eso, pero me he encontrado con las palabras de Camus quien algunos años después de la publicación de ese ensayo ya nos proveía la réplica en su libro El verano: "¿Dónde está el absurdo de este mundo? ¿Es este resplandor o el recuerdo de su ausencia? Conservando tanto sol en la memoria, ¿cómo pude apostar a favor de la falta de sentido? A mi alrededor todos se asombran de ello; y a veces yo mismo también me asombro". Cuando a mediados de siglo nuestro querido autor reconsidera su obra afirma: "No es el flaco absurdo lo que encontramos en el centro de su universo, sino el enigma; esto es, un sentido que no podemos descifrar bien puesto que deslumbra". 



El desciframiento de ese enigma es la tarea vital que se nos impone, es lo propio de nuestra condición, la paradoja que nos atraviesa, la pasión por lo infinito obturada por nuestra finitud. Ese enigma exige la lucidez y el esfuerzo constante de cada uno que lo vive. Camus sabe así que "hay una luz a nuestras espaldas, que es menester que nos volvamos, liberándonos de los lazos que nos atan, para mirarla de frente y que nuestro cometido antes de morir consiste en intentar, a través de todas las palabras, nombrarla". 

En la contemplación atenta de ese enigma, contemplación que exige una conciencia clara de nuestra condición, es decir, que nos pide vivir nuestra existencia en lucidez, entonces se vislumbrará el sentido. Entonces así, en esa aceptación dolorosamente bella de nuestra condición, en esa armonía con lo que somos al fin conseguida, podremos llamarnos felices. Esa certeza inundaba el espíritu de Patrice-Meursault al descubrir la felicidad humana y la eternidad cotidiana cuando se disponía a ordenar su corazón al ritmo de los días. 

Este nuevo trinomio, lucidez-sentido-felicidad, es el que se opone al desgraciado trinomio de Calígula, oscuridad-sin sentido-infelicidad. Este novedoso trinomio queda reflejado en la culminación de La muerte feliz: "Sintió entonces de qué modo la felicidad está cerca de las lágrimas, por entero en esta silenciosa exaltación en la que se tejen la esperanza y la desesperación mezcladas de una vida de hombre. Consciente y sin embargo extranjero, devorado de pasión y desinteresado, Meursault comprendía que incluso su vida y su destino se acababan allí y que todo su esfuerzo sería en adelante concertarse con esta felicidad y afrontar su verdad terrible". 



Si el pensamiento de Albert Camus tiene actualidad considero que se manifiesta, entre otros aspectos, en esta exigencia de lucidez frente a la condición humana en la que nos encontramos. La conciencia plena de nuestra finitud y el campo de acción que ella abre es algo que delimita nuestros horizontes que, aunque humanos y contingentes, son horizontes de acción en los que se puede vivir y ser feliz. Esta consciencia clara de nuestra condición es la que nos permite mirar de frente al absurdo y también al sol, para obrar entonces en coherencia con esa doble cara de nuestra existencia sin desdeñarla y asumiéndola en su riqueza y su pobreza. En medio de ella un deber se hace manifiesto, aquel irrenunciable de hacer honor a nuestra humana situación que exige abrir los ojos y mantenerse firme en la disposición de vivir sin renunciar a la lucidez. 

camuss
"Hacer honor a nuestra humana situación que exige abrir los ojos y mantenerse firme en la disposición de vivir sin renunciar a la lucidez", escribe Buceta. 

Logo de Google
Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos.
+ Agregar

En esta nota