Series y Películas

Cinco estrenos que no podés perderte en Netflix, HBO Max y Apple TV

Crisis sanitaria, tragedias silenciadas, maternidad queer y el cine como expiación: cinco estrenos imperdibles que conmueven, incomodan y hacen pensar.

Desde Scorsese hasta una tragedia olvidada: las 5 ficciones que tenés que ver ya
Desde Scorsese hasta una tragedia olvidada: las 5 ficciones que tenés que ver ya
Oscar Mainieri 13 noviembre de 2025

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max y Apple TV.

1. Miniserie para ver en Netflix: Heweliusz



Cuando el ferry Jan Heweliusz partió el 13 de enero de 1993 desde Świnoujście, en Polonia, rumbo a Ystad, en Suecia, nadie podía prever que aquella travesía se transformaría en una de las mayores tragedias marítimas del mar Báltico. Atrapado por un temporal devastador, el barco se hundió, dejando 55 víctimas fatales y una estela de preguntas aún sin respuesta: ¿era evitable el desastre? ¿Quién cargaba con la verdadera responsabilidad? La miniserie polaca dirigida por Jan Holoubek reconstruye estos hechos a través de la ficción, combinando el thriller judicial con el drama íntimo de los sobrevivientes y familiares, quienes intentan hallar sentido en medio del dolor, la culpa y el silencio institucional.

Los dos primeros episodios provocan una angustia visceral, centrados en la recreación del naufragio con efectos visuales de altísima calidad, que transmiten la violencia del mar y el caos a bordo. Luego, el relato vira hacia el drama tribunalicio, donde el expediente judicial se convierte en un campo de batalla entre la manipulación y el encubrimiento. El guion sugiere que el proceso posterior al hundimiento estuvo plagado de irregularidades y que el juicio contra el capitán —acusado de haber estado ebrio durante la travesía— funcionó más como un gesto político y mediático que como una verdadera búsqueda de justicia. La tensión entre verdad y poder se vuelve el núcleo de la narración.

Desde lo visual, Holoubek imprime una marcada identidad estética: la tragedia marítima está bañada en tonos azulados, mientras que los espacios judiciales y urbanos de la Polonia postcomunista se muestran con una frialdad gris y burocrática. Este contraste subraya la distancia entre el drama humano y la insensibilidad del aparato estatal. La estructura narrativa alterna flashbacks y secuencias de investigación que reconstruyen fragmentariamente aquella noche fatal, generando una atmósfera opresiva y casi onírica, donde la verdad emerge a pedazos y el pasado se resiste a ser clausurado.



El guion articula su relato a través de cuatro personajes centrales: un capitán de ferry de la misma compañía elegido para formar parte del tribunal; un sobreviviente que estaba en el puente de mando; la esposa del capitán, que lucha por limpiar el nombre de su marido; y otra viuda perteneciente a una clase social relegada, cuya pérdida es ignorada por los medios y las autoridades. En ellos se condensan las distintas formas del duelo y la resistencia, contraponiendo la memoria privada al olvido colectivo. Holoubek convierte así su obra en un monumento silencioso a las víctimas, reforzado por el emotivo cierre que exhibe los nombres reales de los fallecidos, un gesto de reparación simbólica ante la indiferencia estatal.

Heweliusz - que cuenta con 5 episodios- se sostiene por su equilibrio entre tensión narrativa, emoción contenida y crítica social. Es tanto un retrato del trauma nacional como una denuncia de la continuidad de las prácticas corruptas entre la Polonia socialista y la capitalista. Su ritmo es firme, su puesta en escena sobria pero envolvente, y el elenco —de una precisión impecable— logra que cada escena pese. El resultado es una serie que no solo revive un hecho trágico, sino que también expone las grietas morales de un país que aún lucha por reconciliarse con su pasado.

Imperdible.



2. Película para ver en HBO Max: Tesis sobre una domesticación

Camila Sosa Villada, actriz antes que escritora consagrada, logró abrirse camino en un medio adverso antes de transformar esa experiencia en literatura con textos como Las malas y Tesis sobre una domesticación, novela que inspira esta adaptación cinematográfica. En ella interpreta a una actriz trans en plena madurez profesional, cuya identidad ya no constituye el eje de su carrera, pero sí el prisma a través del cual el film explora la performatividad de la feminidad y las tensiones universales entre adaptarse a los roles sociales o sostener la autenticidad personal. La película no la define por su condición, sino por su lucidez para habitar un cuerpo y un mundo donde cada gesto es una actuación posible.

El relato la encuentra atravesando una crisis íntima, mientras inicia una relación con un abogado (interpretado por el mexicano Alfonso Herrera), intensa y casi autodestructiva, que con el tiempo muta en una forma de amor más estable. A través de un montaje que alterna presente y pasado —con recuerdos, flashbacks y evocaciones de su madre—, la narración traza el retrato de una mujer obligada a reinventarse constantemente. En su adolescencia no sabía "actuar como varón"; en su madurez, tras conquistar el derecho a vivir libremente, debe representar el papel de una respetable mujer de clase media acomodada, sobre todo al planear una adopción con su pareja. En su carrera, los conflictos se repiten: le ofrecen el rol de Pasífae, que siente que la excede, o el de una madre travesti, cargado de clichés y miradas ajenas.



El film indaga también en una forma más invisible de coerción: la presión de seguir siendo transgresora. Forjada por una infancia dura, la protagonista parece haber hallado poder en esa imagen desafiante. Su vida sexual —marcada por encuentros al paso y el BDSM— refleja ese deseo de afirmarse en la libertad, mientras sus amantes la ven como una figura fascinante y provocadora. Sin embargo, la película sugiere que incluso la rebeldía puede volverse un nuevo corsé. En una escena reveladora, ella enciende un cigarrillo durante un ensayo y es reprendida: un gesto nimio que expone cómo, tras romper un orden, se es prisionero de otro.

En contraste, el niño que desea adoptar encarna la necesidad inversa: la búsqueda de estabilidad. Su vida está delimitada por una enfermedad crónica; teme las promesas incumplidas y necesita aprender a jugar. Entre ambos se establece un vínculo de espejos: ella, acostumbrada a desafiar los límites; él, a vivir dentro de ellos. Esa relación introduce una ternura inesperada y resignifica el deseo de maternidad como intento de equilibrio entre libertad y contención. El film encuentra allí su corazón emocional, un diálogo entre generaciones heridas que buscan sanar a través del afecto.

Lejos del moralismo o de la sensiblería, la película se construye desde una puesta en escena precisa y distante, que alterna interiores ultra sofisticados con los paisajes de las sierras cordobesas, con una fotografía de tonos cálidos y un erotismo que roza el porno soft. En una secuencia memorable, la actriz y el abogado bailan al ritmo de Private Dancer de Tina Turner, buscando algo auténtico entre las asimetrías del deseo. En otras, la vemos salir del escenario exhausta, intentando desprenderse del personaje para reencontrarse con su yo más profundo —si es que aún existe. El resultado es un retrato poderoso sobre el precio de la libertad y los múltiples papeles que una mujer —toda mujer— debe interpretar para seguir siendo ella misma. 



Recomendada.

3. Serie para ver en Netflix: Respira

Este drama hospitalario creado por Carlos Montero —conocido por la serie Élite— propone un enfoque concentrado, con pocos casos médicos y una atención prioritaria a la dimensión política y moral del sistema sanitario. Su estructura remite a la lógica de la telenovela, donde la acumulación de casualidades no parece un error sino un recurso deliberado para intensificar el melodrama. Montero utiliza ese formato popular para interrogar la degradación del sistema público, pero sin renunciar a los ganchos narrativos del entretenimiento que llama a las emociones.



La primera temporada transcurre en un hospital público desbordado por la crisis sanitaria y los recortes presupuestarios. En el centro del conflicto se encuentra la alcaldesa de Valencia (una intensa Najwa Nimri, oscilando entre la dureza y la vulnerabilidad cada dos minutos), una política orgullosa y paciente terminal, que lucha por mantenerse en pie en su cargo atosigada por la enfermedad y una institución al borde del colapso. Frente a ella se erige el doctor Néstor Moa (Borja Luna, correcto, aunque limitado por sus únicas dos expresiones faciales), un oncólogo brillante y sindicalista combativo que exige mejores condiciones laborales, aun cuando eso suponga poner vidas en riesgo. La tensión entre ambos —alimentada por una atracción latente— simboliza el choque entre el maquiavelismo político y la supervivencia dentro de un sistema asfixiado por la administración neoliberal.

Más allá del enfrentamiento ideológico, Respira introduce un entramado de historias personales que entrecruzan amor, ambición y culpa. Las rivalidades internas, los secretos del pasado y los amores imposibles aportan un tono ambivalente, oscilando entre el drama social y la telenovela de lujo. Con una puesta en escena cuidada y funcional, y un montaje ultra dinámico, la serie apuesta por un elenco de gran atractivo físico —médicos de pasarela— y actrices consagradas que refuerzan lo implausible de algunas situaciones, a veces en detrimento de la verosimilitud.

La segunda temporada -también de 8 episodios y recién estrenada- amplía el universo y adopta un enfoque más coral. La privatización parcial del hospital introduce nuevos personajes y desencadena tensiones entre el personal veterano y los recién llegados. Los conflictos éticos se multiplican: médicos enfrentados a su propio pragmatismo, pacientes convertidos en moneda de cambio, y alianzas que revelan la fragilidad de los ideales. El guion se vuelve más oscuro y cercano al thriller, mostrando la precarización de la sanidad pública como un campo de batalla moral y emocional.



Si el espectador acepta la lógica del culebrón —con sus coincidencias improbables, partos de emergencia en cenas en las que nadie puede relajarse, ¿este personaje resultó ser el padre o la madre de este otro? —, Respira se sostiene como un entretenimiento eficaz y adictivo. La mezcla de denuncia social, romanticismo exacerbado y tensión institucional encuentra equilibrio gracias al carisma de sus intérpretes, entre ellos Aitana Sánchez-Gijón como la doctora Amaro, un personaje de ambigüedad fascinante que oscila entre un apego desmesurado a las reglas y la fragilidad maternal. En suma, Montero consigue una ficción que combina crítica política y una maquinaria narrativa lograda, tan excesiva como contemporánea, donde la emoción y el caos conviven bajo el mismo techo hospitalario.

Muy recomendada.

4. Miniserie para ver en Apple Tv: Mr. Scorsese



Hay muchos documentales sobre Martin Scorsese dando vueltas, pero este -en 5 episodios-, dirigido por Rebecca Miller es una meditación íntima sobre la creación artística, la memoria y la persistencia del cine como acto de fe. Filmada con un tono contemplativo, alejado de la retórica celebratoria de la biografía audiovisual convencional, Miller propone un diálogo pausado entre el director de Taxi Driver y su propia biografía, filtrada por décadas de obsesión con el pecado, la redención y la creación de imágenes como salvación. La cámara, siempre próxima pero nunca invasiva, registra a un Scorsese que parece narrar su vida como si montara una película: fragmentos, contradicciones y fulgores de una conciencia que no deja de buscar sentido.

El gran acierto de Miller radica en su capacidad para desmontar la figura monumental del mejor de los directores surgidos del renacimiento hollywoodense de los años 70 y devolverle su fragilidad humana. Scorsese aparece como un hombre que sigue atormentado por la posibilidad de no haber filmado lo suficiente, de no haber dicho todo lo que debía decir. Sus motivaciones creativas, tal como emergen en sus reflexiones, no responden al impulso de la fama ni a la lógica industrial, sino a una necesidad casi religiosa: filmar como acto de expiación, como manera de enfrentarse al caos interior y al vacío existencial. Su cine —dice— nace del miedo a morir sin haber entendido del todo la culpa, la fe o la violencia que lo habitan desde niño.

En ese contexto, las intervenciones de Isabella Rossellini -una de sus 5 esposas- adquieren un peso inesperado y profundamente conmovedor. Su testimonio no busca desmitificar al director, sino comprender la sensibilidad que lo consume. Rossellini recuerda la intensidad de su relación con Scorsese en los años ochenta —marcada por la adicción, la genialidad y la autodestrucción— como un cruce entre el amor y el abismo creativo. "Martin filmaba como si su vida dependiera de cada plano", afirma, subrayando el vínculo casi sacrificial entre arte y auto desgaste que definió tanto su cine como su existencia. Sus palabras, pronunciadas con una serenidad melancólica, funcionan como espejo y contrapunto: ella encarna la lucidez que Scorsese rara vez se concede a sí mismo.



Miller, con una sensibilidad heredada de su propio linaje artístico (es hija del dramaturgo Arthur Miller), sabe cuándo dejar que el silencio diga más que el testimonio. A través de un montaje que alterna entrevistas actuales (a Robert De Niro, Leonardo Di Caprio, Brian de Palma, Steven Spielberg, a los amigos de la infancia) con material de archivo y fragmentos de películas, construye una sinfonía visual que dialoga con el estilo del propio Scorsese: la velocidad del pensamiento, la irrupción del pasado en el presente, el cine como extensión de la conciencia. La directora no lo filma como un dios del séptimo arte, sino como un hombre que se aferra al cine para no disolverse en el tiempo, consciente de que cada película es también una confesión.

Mr. Scorsese se erige, finalmente, como un ensayo audiovisual sobre la supervivencia del artista frente al paso del tiempo. Es un retrato íntimo, lúcido y profundamente humano, donde la vulnerabilidad se impone a la leyenda. Al final, lo que queda no es la grandilocuencia de una filmografía colosal, sino la persistencia de un impulso vital: filmar para seguir creyendo. En ese gesto —que Miller capta con respeto y precisión poética— reside el verdadero milagro de Martin Scorsese, el del hombre que convirtió la culpa en belleza y el cine en su modo de seguir respirando.

Imperdible.



5. Película para ver en Netflix: Frankenstein

El Frankenstein de Guillermo del Toro, tan esperado como ambicioso, termina siendo una de las mayores decepciones de su filmografía reciente. A pesar de su habitual maestría visual, la película se extravía entre el devaneo esteticista y la falta de pulso narrativo. Del Toro parece más fascinado por el decorado —sus laboratorios góticos, sus atmósferas brumosas, sus planos pictóricos— que por el alma de la historia que pretende contar. Lo que debería ser una reflexión sobre la creación y la monstruosidad acaba transformándose en un ejercicio de estilo, saturado de símbolos, pero vacío de emoción genuina.



El guion, escrito por el propio Del Toro, carece de la densidad moral y filosófica que caracterizaba la novela de Mary Shelley y parece diseñado para menores de 10 años que no se pregunten cómo la criatura pasa del balbuceo a hablar como un lord ingles. En su intento de humanizar al monstruo y de reinterpretar al doctor como un artista incomprendido, el film diluye los conflictos esenciales y se vuelve discursivo: se puede prescindir de lo que media entre el prólogo y la creación del monstruo, que se da cercana a la hora de proyección. Las ideas sobre la paternidad, la culpa o la ambición científica se mencionan más de lo que se sienten, y los diálogos, cargados de solemnidad, suenan artificiales y declamatorios. Lo que en otros proyectos de Del Toro fluía con lirismo —como en El laberinto del fauno- aquí se convierte en retórica vacía, un cine que busca la emoción sin alcanzarla.

Las actuaciones tampoco logran sostener el artificio. Oscar Isaac, en el papel del doctor Frankenstein, ofrece una interpretación confusa, alternando entre la intensidad desbordada y la inexpresividad. Su personaje, más cercano a un poeta torturado que a un científico atormentado, nunca resulta verosímil. El monstruo, interpretado por Jacob Elordi, se resiente de un guion que no le otorga una voz verdadera: su sufrimiento se vuelve mecánico, y su humanidad, forzada. Ni siquiera las breves apariciones de Mia Goth o Christoph Waltz, actores capaces de aportar ambigüedad y matices, logran elevar un conjunto dominado por la rigidez y la falta de química entre los protagonistas.



En lo visual, el film es impecable, pero ese perfeccionismo se convierte en su mayor trampa. La fotografía de tonos ocres y azulados, los decorados barrocos y los efectos especiales (hay unas ratitas muy simpáticas y unos lobos muy muy malos) minuciosos son dignos de admiración, pero terminan ahogando cualquier impulso dramático. Del Toro compone cada plano como una pintura, pero el relato carece de vida; la belleza plástica sustituye a la tensión narrativa. Incluso los momentos de horror o compasión, que deberían estremecer, se sienten calculados y fríos, como si el director observara su propio mito con exceso de reverencia y distancia emocional. Por largos segmentos, la tensión se siente equivalente a la de un electroencefalograma plano.

El resultado final es un Frankenstein visualmente majestuoso, pero espiritualmente estéril. Guillermo del Toro, atrapado por su propia megalomanía, firma una obra que parece construida con la nostalgia de un fanático y no con la pasión de un creador que busca algo nuevo. Donde debería haber alma, hay artificio; donde debería haber tragedia, hay un museo de imágenes. En su obsesión por humanizar el monstruo, Del Toro olvida lo que lo hacía decadente. Y así, su criatura —como la del relato original— termina siendo perfecta por fuera, pero vacía por dentro.

Mala.



Nota: si el espectador quiere ver buen cine puede acudir a HBO Max, en donde anidan el Frankenstein de 1931, y una de sus secuelas, la insuperable La novia de Frankenstein de 1935, ambas dirigidas por James Whale

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