Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflixy MUBI.
1. Serie para ver en Netflix: La agente encubierta
Tea (Clara Dessau) desea graduarse en la academia de policía, pero no obtiene las mejores calificaciones. Por sus cualidades personales, resulta elegida por la jefatura como agente encubierta. Pero su misión la empuja hacia territorios peligrosos: debe infiltrarse en una organización criminal. Su objetivo es Miran (Afshin Firouzi), aunque la vía de acceso será su pareja, Ashley (Maria Cordsen, excelente). Para lograrlo, Tea debe borrar su antigua identidad y comenzar desde cero como Sara. El riesgo es extremo: otro agente, descubierto hace poco, pagó con su vida. Aun así, acepta la misión y, en el proceso, se enfrenta no solo a los criminales, sino también a sus propios límites y demonios interiores.
Esta serie danesa (6 episodios) no adapta ninguna obra previa ni cuenta con nombres muy conocidos, al menos fuera de Escandinavia. Tampoco su argumento parece especialmente novedoso: el esquema del agente infiltrado en un organzación criminal ha sido explorado incontables veces. Pero La agente encubierta invierte su energía en los personajes. Que la protagonista de un nordic noir arrastre un pasado oscuro no es, desde luego, una novedad; sin embargo, aquí esa lucha interna adquiere un relieve más complejo. Las fronteras entre el bien y el mal se difuminan, y la experiencia deja marcas visibles en quien intenta mantenerse entera.
La serie apuesta por la creación de atmósferas antes que por la trama. Su fuerza radica en la sensación de vacío, melancolía y amenaza que impregna cada plano. Hay tensión, desde la impactante secuencia inicial en que un agente muere al ser descubierto hasta una situación que involucra a un teléfono móvil en el episodio 2 que pone los pelos de punta-, pero el relato no busca el vértigo del thriller convencional. No hay persecuciones ni estallidos de acción: lo que domina es una ansiedad contenida, una inquietud que nunca se disipa del todo.
Clara Dessau, compone una Tea de mirada contenida y vulnerable, una mujer que lucha contra sus abismos —y que tal vez no logre salir de ellos ilesa—. De a ratos el deber que debe cumplir se choca con sus intuiciones y la solidaridad con la otra mujer que eligió una jaula de oro. El desenlace deja abierta la puerta para una segunda temporada.
Muy recomendada
2. Película para ver en Netflix: Aileen: La reina de las asesinas en serie
Aileen Wuornos es, probablemente, el rostro más conocido entre las asesinas seriales. Su historia ha sido contada en numerosos documentales y, sobre todo, en la película Monster (2003), que le valió a Charlize Theron el Oscar a la mejor actriz. Dirigido por Emily Turner, el guion no aporta datos inéditos. Recurre principalmente a material de archivo, entrevistas y fragmentos de interrogatorios ya conocidos. Es, en ese sentido, un relato que trabaja sobre lo disponible, sin descubrir nada nuevo.
Aun así, el documental resulta fascinante. Turner evita centrarse en los crímenes —siete hombres asesinados entre diciembre de 1989 y noviembre de 1990— para abordar dos ejes: el proceso judicial y la transformación personal de Wuornos. Desde su arresto hasta su ejecución, su discurso se modificó radicalmente: al principio alegó defensa propia; al final, confesó todo, agotada y resignada. Las grabaciones que recorren esa evolución —entrevistas, audiencias, declaraciones— permiten ver a una mujer atrapada entre la furia, la culpa y el deseo de poner fin a su historia.
Ese cambio extremo exige una explicación. Turner la busca en el entorno de Aileen, especialmente en su exnovia Tyria Moore, a quien la asesina confió parte de su verdad. Pero Aileen: La reina de las asesinas en serie no arriba a respuestas concluyentes. La infancia traumática y la violencia que sufrió ayudan a entender su inestabilidad, aunque no bastan para justificar los asesinatos. Al cabo de más de cien minutos, la figura de Wuornos sigue envuelta en contradicciones: su relato se desmiente a sí mismo, y su deriva religiosa en los últimos años añade un nuevo enigma más que una clave interpretativa.
El documental no solo plantea preguntas sobre los motivos individuales, sino también sobre los mecanismos del poder y la justicia. Desde las primeras escenas, el fiscal aparece más preocupado por su propio protagonismo moral que por la búsqueda de la verdad. Una jueza que fue apartada del caso sin explicaciones aún se pregunta por qué. Y varios testimonios insinúan que el juicio estuvo marcado por prejuicios y por una mirada profundamente misógina.
Aileen: La reina de las asesinas en serie no reinventa el género ni revela territorios inexplorados, pero logra un retrato que trasciende el mero sensacionalismo y consigue atrapar al espectador. La protagonista, una mujer aparentemente cordial y ansiosa por contar su verdad, que de a ratos parece una adolescente atolondrada que busca agradar, presentada como víctima de todas las injusticias imaginables, termina por dejar caer su máscara en los minutos finales, revelando un corazón de hielo seco.
Muy recomendada.
3. Película para ver en Netflix: La mujer de la fila
Dirigida por Benjamín Ávila y protagonizada por Natalia Oreiro, es una película que se adentra en una zona poco explorada del cine argentino reciente: el universo de los familiares de personas detenidas. Inspirada en hechos reales —la historia de Andrea Casamento, fundadora de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos (ACiFaD)—, el film parte de un hecho mínimo pero devastador: el hijo de una mujer de clase media es arrestado y acusado de un delito que ella considera injusto. Desde ese momento, su vida se ve trastocada por completo. Andrea (Oreiro) pasa de ser una ciudadana común a enfrentarse con el sistema penitenciario argentino, un espacio donde el tiempo se mide en colas interminables, la burocracia se vuelve un muro, y la dignidad, un lujo que hay que conquistar día a día.
Ávila —recordado por Infancia clandestina— vuelve a trabajar sobre la memoria y la identidad, aunque esta vez lo hace desde una perspectiva más cotidiana y menos ligada al trauma político. Aquí la opresión no proviene de la dictadura sino del Estado contemporáneo, del laberinto judicial que aplasta sin distinción. El guion, escrito junto a Marcelo Müller, no busca el melodrama fácil ni el suspenso en la corte, sino el registro observacional, íntimo, que acompaña la metamorfosis de su protagonista: una mujer que al principio se mueve torpemente entre formularios y ventanillas, pero que poco a poco descubre una fuerza colectiva en las otras mujeres que también esperan en "la fila". Ese grupo, hecho de voces quebradas, gestos solidarios y una suerte de hermandad nacida del dolor, se convierte en el verdadero corazón del relato.
La puesta en escena privilegia la cercanía. Ávila filma en planos medios y cerrados, evitando la espectacularidad y optando por una cámara que parece respirar junto a los cuerpos. Las secuencias rodadas en el penal de Ezeiza —un logro inusual para una producción argentina— tienen una textura casi documental: el ruido de los portones, la reverberación metálica, la frialdad del hormigón transmiten una sensación de encierro incluso cuando el personaje está "afuera". La luz natural domina el conjunto, con tonos grises y terrosos que subrayan la monotonía del entorno carcelario, mientras los momentos de respiro —una charla, una risa compartida, un rayo de sol filtrado en la espera— adquieren un valor simbólico, como breves irrupciones de humanidad en un paisaje desolado.
Natalia Oreiro entrega una de sus interpretaciones más contenidas y maduras, encarnando esta vez a la madre de un joven de 20 años, pese a que hasta hace poco interpretaba a tutoras de púberes. No es una transición fácil para una figura de semejante arraigo popular. Basta recordar lo poco verosímil que resultaba Tom Cruise como padre de un adolescente en La guerra de los mundos de Steven Spielberg: el hijo parecía más bien su padre.
La Andrea de Oreiro no busca inspirar compasión, sino transmitir el peso del desconcierto y la resistencia silenciosa. A su lado, un elenco de actrices no profesionales —muchas de ellas mujeres que han pasado realmente por la experiencia de tener familiares presos— aporta una autenticidad que refuerza la dimensión coral del film. Esa decisión estética es clave: Ávila no coloca a su protagonista por encima de las demás, sino que la integra en un entramado colectivo donde el dolor se comparte y se transforma en acción. El resultado es un cine que se nutre del testimonio sin volverse documental, y que aborda la injusticia desde la empatía, no desde el panfleto.
Muy recomendada
4. Miniserie para ver en Netflix: Juan Gabriel: debo, puedo y quiero
Este fabuloso documental (4 episodios) dedicado al cantante mexicano Juan Gabriel reconstruye su vida como un cuento de hadas atravesado por la pobreza, el abandono y la fuerza de la vocación artística. En un pequeño pueblo de Michoacán, el joven Alberto Aguilera Valadez —último de diez hermanos, criado entre el hambre y la ausencia del padre— empieza su travesía como un niño que canta para sobrevivir. Desde los primeros minutos, el guion parece moverse entre el tono íntimo del melodrama y el brillo del mito popular, delineando a su protagonista no como una víctima sino como un soñador que se inventa a sí mismo frente a la adversidad.
El relato encuentra uno de sus núcleos en el tránsito del orfanato al escenario. En los pasillos de ese internado religioso, el niño solitario descubre que la música puede ser refugio y espejo. Su huida adolescente hacia Ciudad Juárez marca un punto de inflexión: allí nace el artista. La puesta en escena acentúa el contraste entre los espacios de miseria y los primeros destellos de esperanza, mostrando cómo el canto se convierte en un gesto de resistencia antes que en una simple vocación.
Encarcelado por un robo que no cometió, vemos cómo el mito se templa en la adversidad. Lejos de victimizarlo, el guion muestra a Alberto transformando el encierro en escenario, componiendo canciones entre barrotes y conquistando con su carisma a quienes lo rodean. La aparición de La Prieta Linda funciona como intervención mágica: una madrina que lo libera no sólo de la prisión física, sino del anonimato. Cuando adopta el nombre de Juan Gabriel, el filme sugiere un renacimiento casi místico, el nacimiento de un personaje que desafía las normas de género y las jerarquías del espectáculo.
En su apogeo, el Divo de Juárez se revela como un fenómeno de masas y un artista inclasificable. La dirección celebra el exceso, los brillos y la teatralidad, sin olvidar el trasfondo de melancolía que siempre acompañó al cantante. Las canciones —de "Amor eterno" a "Querida"— se presentan como confesiones públicas que convierten el dolor íntimo en comunión colectiva. Juan Gabriel aparece como un trovador barroco, un performer que desbordó las fronteras de la música popular mexicana y convirtió el sentimentalismo en arte, desafiando la moral conservadora con una sensualidad andrógina y desinhibida.
El documental -que consigue picos de emoción inauditos en algunos segmentos- no se detiene sólo en la leyenda, sino que penetra sus claroscuros. La soledad del artista, el peso del secreto sobre su sexualidad, la tensión entre el hombre y el personaje, la enorme evasión fiscal a lo largo de su carrera, ¿la adopción o compra de sus cuatro párvulos?, emergen como notas finales de una sinfonía trágica. Al morir en 2016, Juan Gabriel deja un legado que la miniserie honra con una mirada cálida y elegíaca: la de un niño herido que convirtió su dolor en espectáculo y su marginalidad en mito nacional. En última instancia, este audiovisual no busca santificarlo ni deconstruirlo, sino entender por qué su historia —como sus canciones— siguen resonando en un pueblo que le juró amor eterno.
Imperdible.
5. Película para ver en MUBI: No va más
En esta película, Claude Chabrol vuelve a desplegar su maestría para diseccionar el juego del engaño y la ambigüedad moral, esta vez dentro de una trama de estafas y seducciones. Isabelle Huppert encarna a Betty, una mujer que junto a su compañero de fechorías Victor (Michel Serrault) vive del arte del embaucamiento: pequeñas trampas, falsificaciones y robos que los mantienen en una danza constante entre la picardía y el peligro. Todo cambia con la llegada de Maurice (François Cluzet), un joven más impulsivo que introduce la posibilidad del deseo, la traición y la pérdida del control. Chabrol construye así un relato sobre la falsedad como forma de vida, un espejo que refleja no solo el cinismo de sus personajes, sino también el de una sociedad que celebra el éxito a cualquier costo.
El argumento, aunque ligero en apariencia, funciona como una meditación sobre el juego y la identidad. Betty, siempre en movimiento, nunca deja de actuar: sus mentiras son una manera de afirmarse, de sobrevivir, y también de jugar con la fragilidad ajena. Chabrol evita el suspenso fácil y se detiene en los gestos mínimos, en los silencios que separan la astucia del desencanto. Como en muchas de sus películas, lo criminal no surge de la necesidad sino del deseo de dominar la escena. La cámara, precisa y casi irónica, observa sin juzgar, reforzando ese tono distanciado que hace de No va más una comedia disfrazada de thriller.
La comparación con Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000) resulta inevitable. Ambas películas giran en torno al arte de la estafa, la teatralidad del engaño y la complicidad entre socios que viven de simular. Sin embargo, donde Bielinsky apuesta por el vértigo narrativo, los giros y la tensión urbana de Buenos Aires, Chabrol elige la observación fría y el tempo pausado. No va más es más cerebral, más francesa en su cinismo: no busca la sorpresa sino el retrato moral. Si en Nueve reinas el espectador queda atrapado en el truco, en Chabrol queda contemplando el vacío que deja el truco cuando se acaba.
Isabelle Huppert, como suele ocurrir bajo la dirección de Chabrol, deslumbra con una actuación en clave ambigua: elegante, distante, imprevisible. Su Betty es una mujer que nunca se entrega del todo, ni al amor ni al juego, y su magnetismo proviene justamente de esa opacidad. Michel Serrault, por su parte, aporta una calidez melancólica que contrasta con la frialdad de su compañera, y François Cluzet introduce la nota de juventud y torpeza necesaria para quebrar el equilibrio del dúo. Juntos logran un tono de comedia sofisticada, donde el encanto de los personajes radica en su capacidad para mentir sin culpa y seducir sin amor.
Aunque No va más no obtuvo grandes premios internacionales, fue reconocida en el circuito europeo por su elegancia formal y la solidez de su guion. Isabelle Huppert recibió elogios unánimes por su interpretación y la película fue seleccionada para competir en el Festival de Venecia de 1997. Con esta obra, Chabrol reafirmó su lugar como uno de los grandes cronistas del engaño burgués, capaz de transformar una historia de timadores en una radiografía moral sobre el deseo, el poder y la ilusión. En su aparente ligereza, No va más contiene la esencia de su cine: la lucidez con que observa la hipocresía humana bajo la superficie del juego.
Muy recomendada.


