Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Prime Video, HBO Max y YouTube.
1. Serie para ver en Netflix: El pantano
A lo largo de sus tres temporadas (17 episodios), El pantano construye un thriller poco convencional, ya que utiliza lo criminal como puerta de entrada para examinar las heridas históricas de Polonia y demostrar que ningún delito nace en el vacío, sino que es consecuencia de décadas de silencios, pactos y complicidades. Cada temporada avanza hacia una época distinta, desde el comunismo de los años ochenta hasta el umbral del nuevo milenio, pero todas están unidas por la misma idea: el pasado nunca desaparece, apenas cambia de rostro. El director Jan Holoubek convierte el paisaje pantanoso, los bosques y una pequeña ciudad en un espacio donde la corrupción política, la violencia y los secretos familiares se mezclan hasta resultar indistinguibles.
La primera temporada, ambientada en 1984, comienza con el hallazgo de los cadáveres de una prostituta y su cliente en un bosque. Aunque las autoridades cierran rápidamente la investigación mediante un culpable conveniente, el periodista Piotr Zarzycki, recién llegado desde Cracovia, y su experimentado colega Witold Wanycz descubren que la verdad amenaza con comprometer a dirigentes del Partido Comunista, policías y funcionarios locales. El caso criminal termina siendo apenas la superficie de un sistema construido sobre el ocultamiento y el miedo. Holoubek privilegia una narración pausada, donde la atmósfera pesa más que la acción, mientras una fotografía grisácea y opresiva convierte cada escenario en una metáfora de una sociedad incapaz de enfrentar sus propios fantasmas.
La segunda entrega, El pantano, 1997, salta trece años hacia adelante, cuando Polonia ya ha abandonado el régimen comunista. El descubrimiento del cadáver de un adolescente tras una devastadora inundación abre una nueva investigación encabezada por la inspectora Anna Jass y el veterano Adam Mika. Paralelamente, Piotr Zarzycki dirige el periódico local mientras Witold Wanycz continúa enfrentándose a los traumas que dejó el caso anterior. La serie demuestra que el cambio político no implicó una transformación moral inmediata de la población: las redes de corrupción sobreviven al derrumbe del comunismo y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial siguen condicionando el presente. El relato conecta las investigaciones contemporáneas con episodios ocurridos en 1945, ampliando el alcance histórico de una trama donde cada generación hereda culpas que nunca fueron resueltas.
La tercera y última temporada, El pantano: Milenio, situada en el año 2000, funciona como el cierre definitivo del rompecabezas. Una investigación sobre redes de prostitución, contrabando y asesinatos termina enlazando todos los misterios abiertos desde la primera temporada, mientras numerosos personajes deben enfrentar las consecuencias de decisiones tomadas décadas atrás. La serie retrocede incluso hasta los años sesenta para revelar el verdadero origen de la violencia que atraviesa toda la trilogía. Aunque el exceso de líneas narrativas y personajes exige una atención permanente y vuelve la estructura más dispersa, el desenlace recompensa al espectador al integrar las distintas épocas en una única historia sobre la memoria colectiva y la imposibilidad de escapar del pasado, por lo que es recomendable ver las 3 temporadas en continuidad.
Uno de los mayores logros de El pantano reside precisamente en la construcción de sus personajes. Piotr Zarzycki deja de ser el periodista idealista que desafía al sistema para convertirse en un hombre marcado por las consecuencias de sus investigaciones, mientras Witold Wanycz representa la memoria viviente de una sociedad acostumbrada a sobrevivir mediante silencios y concesiones. La incorporación de la detective Anna Jass en la segunda temporada renueva el eje dramático con una protagonista igualmente obstinada, aunque mucho menos ingenua respecto del funcionamiento del poder. Ninguno de ellos responde al modelo clásico del héroe incorruptible; todos arrastran contradicciones personales, déficits morales y pérdidas irreparables que enriquecen una serie donde las fronteras entre víctimas y culpables se vuelven deliberadamente difusas.
La dirección de Jan Holoubek resulta decisiva para otorgarle identidad a la trilogía. Su puesta en escena evita los golpes de efecto habituales del thriller contemporáneo y privilegia una tensión que surge del fuera de campo, de las miradas y de los espacios vacíos. El bosque, la niebla, los caminos embarrados y las fábricas abandonadas funcionan como extensiones de la herrumbe emocional de los personajes. La fotografía desaturada, el ritmo deliberadamente lento y el diseño sonoro contribuyen a una sensación permanente de decadencia. Más que resolver enigmas, Holoubek parece interesado en retratar una comunidad donde la corrupción ha penetrado cada institución hasta convertirse en una forma natural de convivencia.
El elenco sostiene con enorme solidez esa propuesta. Dawid Ogrodnik construye un Piotr Zarzycki vulnerable y obstinado, muy lejos del periodista heroico tradicional, mientras Andrzej Seweryn aporta enorme profundidad a Witold Wanycz, personaje cuya experiencia refleja varias décadas de historia polaca. Magdalena Różczka incorpora en la segunda temporada a Anna Jass con una mezcla de firmeza e introspección que revitaliza la serie, acompañada por Łukasz Simlat como Adam Mika, un investigador marcado por el desgaste profesional. A su alrededor, figuras como Zofia Wichłacz, Janusz Gajos, Piotr Fronczewski, Agnieszka Żulewska y Vanessa Aleksander enriquecen un universo coral donde incluso los personajes secundarios poseen motivaciones complejas y una relación directa con las heridas del pasado.
En conjunto, El pantano sobresale porque convierte el policial en un instrumento para reflexionar sobre la identidad contemporánea de Polonia. Las investigaciones importan menos por descubrir al asesino que por revelar cómo el comunismo, la ocupación nazi, las transformaciones posteriores a 1989 y el ingreso del capitalismo dejaron cicatrices que siguen condicionando la vida cotidiana. Es cierto que la tercera temporada pierde parte de la precisión narrativa que distinguía a las anteriores y acumula demasiadas subtramas, pero también ofrece un cierre coherente para una historia construida durante casi dos décadas de ficción.
Imperdible.
2. Película para ver en Prime Video: Nuremberg
Escrita y dirigida por James Vanderbilt, aborda los célebres juicios de Núremberg desde un ángulo diferente al habitual. En lugar de concentrarse en las audiencias que sentaron las bases del derecho penal internacional, la película sigue al psiquiatra militar estadounidense Douglas M. Kelley (Rami Malek), encargado de evaluar la salud mental de los principales jerarcas nazis encarcelados antes del proceso. Su principal objeto de estudio es Hermann Göring (Russell Crowe), el segundo hombre más poderoso del Tercer Reich, cuya inteligencia, carisma y capacidad de manipulación terminan convirtiendo las entrevistas en un inquietante duelo psicológico. Mientras tanto, el fiscal Robert H. Jackson (Michael Shannon) trabaja para construir un juicio sin precedentes contra los responsables del Holocausto.
La principal novedad de la película no reside en revelar hechos desconocidos sobre el nazismo, sino en desplazar la pregunta desde los crímenes hacia quienes los hicieron posibles. Vanderbilt evita presentar a Göring como un monstruo unidimensional y lo muestra como un hombre culto, seductor y extraordinariamente hábil para manipular a quienes lo rodean. La intención es recordar que el totalitarismo no surge únicamente de figuras demoníacas, sino también de individuos capaces de ejercer fascinación sobre sociedades enteras. Esa reflexión dialoga inevitablemente con el presente y con el resurgimiento de discursos autoritarios y populistas, aunque el film no termina de desarrollar esa idea con la profundidad que promete y, en varios momentos, simplemente reformula conceptos ya explorados por clásicos como El juicio de Nuremberg (1961).
James Vanderbilt apuesta por una realización deliberadamente clásica, hasta el punto de que Nuremberg parece una película producida varias décadas atrás. Su puesta en escena privilegia largos diálogos, despachos cargados de humo, oficinas militares, salas de interrogatorio y tribunales fotografiados con una sobriedad casi teatral. La cámara evita el virtuosismo visual y deposita toda la tensión en la palabra y en el enfrentamiento entre los personajes. Esa decisión le otorga una elegancia innegable, pero también vuelve al relato excesivamente estático. El film huele a cine de prestigio de los años cincuenta y sesenta, con ecos del Hollywood de Stanley Kramer o Otto Preminger, aunque sin alcanzar la fuerza dramática de aquellas producciones.
El reparto sostiene buena parte del interés. Russell Crowe compone probablemente la mejor interpretación de la película con un Hermann Göring ambiguo, irónico y peligrosamente encantador, capaz de transformar cada conversación en un ejercicio de seducción intelectual. Muy distinto es el trabajo de Rami Malek, cuya composición de Douglas Kelley resulta excesivamente afectada, plagada de tics y gestos que terminan restando credibilidad a un personaje que debía funcionar como el centro moral del relato. Michael Shannon, como a un fiscal Robert H. Jackson de cartón piedra, aporta autoridad y gravedad institucional, mientras Leo Woodall interpreta al traductor Howard Triest y Richard E. Grant encarna al jurista británico David Maxwell Fyfe, completando un elenco de gran nivel que, en varios momentos, supera al propio material que tiene entre manos.
Recomendada.
3. Película para ver en Netflix: Naufragio: Pesadilla en el mar
Este excelente documental reconstruye con notable eficacia el desastre del Costa Concordia, el crucero que naufragó frente a la isla italiana de Giglio el 13 de enero de 2012 después de chocar contra un arrecife a raíz de una maniobra imprudente ordenada por el capitán Francesco Schettino. El guion transforma una tragedia ampliamente conocida en un relato de enorme tensión dramática, siguiendo el desarrollo de una emergencia que dejó 32 muertos y expuso graves fallas en los protocolos de seguridad y en la cadena de mando. Más que concentrarse en el accidente como hecho aislado, la película muestra cómo una sucesión de decisiones equivocadas convirtió un viaje turístico en una catástrofe de dimensiones históricas.
La directora Chiara Messineo construye el relato mediante una combinación de testimonios de sobrevivientes, integrantes de la tripulación, rescatistas y periodistas que vivieron aquellas horas desde distintos lugares. La estructura cronológica permite seguir el deterioro de la situación casi minuto a minuto, mientras las experiencias personales reemplazan el tono frío de una investigación judicial. El documental evita recurrir a recreaciones dramáticas y deja que sean las voces de quienes estuvieron allí las que transmitan el desconcierto, el miedo y la incertidumbre que dominaron la evacuación.
Uno de los mayores aciertos de la producción reside en la utilización de filmaciones realizadas durante la propia tragedia. Los videos registrados por pasajeros con teléfonos celulares, las imágenes del rescate y las grabaciones de los noticieros ofrecen una sensación de inmediatez que ninguna reconstrucción de ficción podría igualar. Ver los pasillos inclinados, escuchar los gritos de quienes buscaban escapar y observar el enorme buque recostado sobre un costado convierte la experiencia del espectador en una experiencia inmersiva y emocionalmente devastadora.
El documental también aborda las responsabilidades del naufragio, especialmente las decisiones del capitán Schettino y su controvertido abandono del barco antes de finalizar la evacuación. Sin embargo, el interés principal no está puesto en un análisis técnico o judicial exhaustivo, sino en las consecuencias humanas del desastre.
Como documental de catástrofes, Naufragio: Pesadilla en el mar resulta especialmente efectivo porque logra equilibrar información, tensión y sensibilidad sin caer en el sensacionalismo. La abundancia de imágenes auténticas y la honestidad de los testimonios convierten al espectador en un testigo privilegiado de una tragedia donde el heroísmo, el miedo y la incompetencia convivieron durante las horas más dramáticas. Sin aportar grandes revelaciones para quienes conocen el caso, la película consigue transmitir con enorme intensidad el costo humano del naufragio y confirma que, en ocasiones, la realidad puede ser mucho más sobrecogedora que cualquier ficción.
Muy recomendada.
4. Película para ver en HBO Max: La mitad que falta
Este largometraje parte de una premisa sencilla para desembocar en una de las propuestas más originales de 2025. Tras la muerte de su hermano gemelo Rocky en un accidente automovilístico, el tímido Roman comienza a asistir a un grupo de apoyo para personas que han perdido a su otra mitad. Allí conoce a Dennis, otro joven atravesado por la misma experiencia, con quien establece una amistad inmediata que parece aliviar el vacío emocional de ambos. Sin embargo, la película pronto abandona el terreno del drama convencional para revelar que esa relación es mucho más compleja de lo que aparenta, transformándose en una inquietante reflexión sobre la identidad, la necesidad afectiva y los mecanismos con los que las personas intentan escapar de la soledad.
Aunque comienza como un drama sobre el duelo, La mitad que falta se desplaza constantemente entre la comedia negra, el romance, el thriller psicológico y el estudio de personajes. La historia juega con las expectativas del espectador mediante un giro narrativo que modifica completamente la lectura de los acontecimientos, pero ese cambio nunca funciona como un simple truco de guion. Por el contrario, permite profundizar en la psicología de unos personajes incapaces de aceptar la pérdida y dispuestos a construir vínculos sostenidos por la necesidad antes que por la verdad. La película explora cómo la soledad puede conducir a la dependencia emocional, la obsesión e incluso al autoengaño, mostrando que el duelo no siempre se manifiesta mediante el dolor silencioso, sino también a través de conductas profundamente contradictorias.
Como director y guionista, James Sweeney demuestra una notable habilidad para combinar tonos que, sobre el papel, parecerían incompatibles. La película alterna momentos de humor incómodo con escenas de enorme vulnerabilidad emocional, sin perder nunca de vista el sufrimiento de sus protagonistas. Su escritura evita las respuestas fáciles y se interesa más por las zonas grises de la conducta humana que por las moralejas. La puesta en escena es deliberadamente sencilla y naturalista, apoyándose más en los diálogos, los silencios y las pequeñas interacciones cotidianas que en recursos visuales llamativos. Esa aparente modestia formal permite que las emociones surjan con espontaneidad y que el inesperado viraje narrativo resulte todavía más perturbador.
El elenco sostiene con brillantez esa compleja arquitectura de emociones: Dylan O'Brien (Maze Runner: Correr o morir, Fantasmas, El sastre de la mafia) ofrece probablemente la mejor interpretación de su carrera al asumir el doble papel de los hermanos Roman y Rocky, construyendo dos personalidades completamente diferentes sin caer en la caricatura. Como Roman transmite una fragilidad conmovedora, mientras que Rocky, presente en recuerdos y flashbacks, irradia un carisma expansivo que ayuda a comprender el vacío que dejó su ausencia. James Sweeney, además de dirigir y escribir, interpreta a Dennis, un personaje tan entrañable como inquietante, cuya mezcla de vulnerabilidad, necesidad afectiva y manipulación constituye el verdadero dinamo del film. Aisling Franciosi, como la mujer que intenta acercarse a Roman, aporta un contrapunto de normalidad frente al laberinto emocional que recorren de los protagonistas.
Más que una película sobre la muerte, La mitad que falta habla de quienes no saben cómo seguir viviendo cuando desaparece la persona que daba sentido a su identidad. Sweeney transforma una experiencia extremadamente específica, la pérdida de un hermano gemelo, en una reflexión universal sobre el miedo a quedarse solo y la desesperada búsqueda de alguien que ocupe ese espacio imposible de reemplazar. Con una combinación poco frecuente de sensibilidad, humor negro y riesgo narrativo, la película consigue que el espectador se ría, se incomode y termine profundamente conmovido, confirmando a James Sweeney como una de las voces más originales del cine independiente estadounidense contemporáneo.
Imperdible.
5. Película para ver en YouTube: Encuentros con hombres notables
Este film ocupa un lugar absolutamente singular dentro de la filmografía de Peter Brook (Moderato cantábile, El señor de las moscas, Rey Lear) y el cine de lo trascendente del siglo XX. Basada en las memorias del filósofo y místico armenio Georges Ivanovich Gurdjieff, el guion reconstruye la juventud del pensador y sus viajes por el Cáucaso, Asia Central, Persia, Egipto y Afganistán en busca de un conocimiento perdido que explicara el verdadero sentido de la existencia. Más que una biografía convencional, el film adopta la forma de una peregrinación filosófica donde cada encuentro con sabios, derviches, sacerdotes y maestros representa un peldaño hacia una comprensión más profunda del ser humano. El argumento prescinde casi por completo del conflicto dramático tradicional para privilegiar la experiencia interior del protagonista.
La filosofía de Gurdjieff atraviesa toda la película sin convertirse nunca en un tratado didáctico. Su célebre concepto del Cuarto Camino, una vía espiritual que intenta armonizar cuerpo, emoción e intelecto sin la necesidad de retirarse del mundo como hacen el monje, el faquir o el yogui, aparece sugerido a través de situaciones, símbolos y rituales antes que mediante largos discursos explicativos. Brook muestra a un Gurdjieff convencido de que la mayoría de las personas vive mecánicamente, dormida, incapaz de alcanzar una auténtica conciencia de sí mismas. La búsqueda de la legendaria Hermandad Sarmoung, las danzas sagradas, las competencias musicales, los encuentros con los yazidíes y los maestros sufíes funcionan como metáforas de ese despertar espiritual, invitando al espectador a contemplar antes que a comprender racionalmente.
La condición excéntrica de la película proviene, en buena medida, de la personalidad de su director. Peter Brook nunca perteneció plenamente al cine comercial británico. Su prestigio se construyó principalmente en el teatro, donde revolucionó la escena contemporánea con montajes de Shakespeare, un contestatario Marat/Sade y, años más tarde, con una monumental adaptación del Mahabharata. Vinculado durante décadas a las enseñanzas de Gurdjieff a través de Jeanne de Salzmann, una de las principales discípulas del maestro, Brook entendía el arte como una experiencia de transformación interior antes que como entretenimiento. Esa procedencia teatral y espiritual explica el carácter contemplativo del film, alejado de cualquier lógica narrativa convencional y más cercano a un rito de iniciación que a una película de aventuras.
La puesta en escena posee una belleza hipnótica. Filmada en escenarios naturales de Afganistán en 1978, mucho antes de la invasión soviética, con la extraordinaria fotografía de Gilbert Taylor, la película convierte desiertos, montañas, monasterios y aldeas remotas en espacios casi fuera del tiempo. Brook privilegia planos largos, composiciones geométricas y movimientos mínimos de cámara, mientras las célebres danzas sagradas de Gurdjieff, reconstruidas por Jeanne de Salzmann, constituyen los momentos de mayor intensidad visual y espiritual. Esa búsqueda estética recuerda tanto al cine épico clásico como al minimalismo teatral del propio Brook, aunque también exige un espectador dispuesto a aceptar un ritmo deliberadamente pausado y una narración fragmentaria.
El reparto acompaña con sobriedad esa propuesta. Dragan Maksimović interpreta a Gurdjieff con una serenidad casi ascética, mientras Terence Stamp aporta magnetismo al enigmático príncipe Lubovedsky, uno de los personajes decisivos en el itinerario espiritual del protagonista. También participan Warren Mitchell como el padre de Gurdjieff, Athol Fugard como el profesor Skridlov y Bruce Myers, actor habitual del universo de Brook. Sin embargo, el verdadero protagonista es la propia búsqueda del conocimiento. Encuentros con hombres notables no pretende ofrecer respuestas ni explicar de manera sistemática la doctrina de Gurdjieff; propone un viaje sensorial y filosófico donde cada imagen funciona como una parábola. Esa decisión convierte a la película en una obra fascinante para quienes se interesan por la mística y la filosofía, aunque también explica por qué permanece como una de las películas más inclasificables, exigentes y profundamente personales del cine de Peter Brook.
Muy recomendada.
Nota: la plataforma exhibe 3 versiones del film. Se recomienda elegir aquella en que la imagen tiene un formato rectangular, ya que preserva los encuadres del film original y posee una mayor nitidez en su fotografía.


