Series y películas

5 series y películas imperdibles para ver en Netflix, HBO y Paramount

Asesinatos imposibles, secretos familiares, tensión urbana, historia viva y poesía entre trincheras: cinco historias intensas que no te podés perder.

De Knives Out a Doctor Zhivago: enigmas modernos y épica clásica para maratonear
De Knives Out a Doctor Zhivago: enigmas modernos y épica clásica para maratonear
Oscar Mainieri 18 diciembre de 2025

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max y Paramount Plus.

1. Película para ver en Netflix: Wake Up Dead Man: A Knives Out Mystery



Jud Duplenticy (Josh O´Connor) es un joven sacerdote en ascenso, pero su pasado como boxeador le ha dejado una peligrosa falta de control de los impulsos. Tras una violenta pelea con un colega, es enviado como castigo a Chimney Rock, un pequeño pueblo del estado de Nueva York, donde debe asistir al influyente y respetado monseñor Jefferson Wicks (Josh Brolin). Desde el inicio queda claro que ambos sostienen visiones opuestas sobre cómo ejercer la guía espiritual de la comunidad, lo que genera tensiones crecientes. Cuando Wicks aparece muerto tras un sermón, con una herida de arma blanca y en circunstancias casi imposibles de explicar, la jefa de policía Geraldine Scott (Mila Kunis) se enfrenta a un caso desconcertante. La rareza del crimen atrae también la atención del célebre detective Benoit Blanc (Daniel Craig), decidido a dilucidar si se trata de un acto divino o de un asesinato terrenal.

Con guion y dirección de Rian Johnson, Wake Up Dead Man: A Knives Out Mystery marca la tercera aparición de Benoit Blanc tras Knives OutGlass Onion. Al igual que sus predecesoras, la película se inscribe en la tradición del policial clásico, aunque atravesado por una sensibilidad contemporánea y juegos creativos con el género. Johnson vuelve a proponer un rompecabezas criminal de apariencia insoluble, invitando al espectador a participar activamente en la reconstrucción de los hechos.

A diferencia de Glass Onion, donde el tono paródico y la exageración dominaban el relato, aquí Johnson opta por un registro más sobrio y terrenal. El escenario ya no es una isla de multimillonarios tecnológicos, sino una comunidad pequeña, religiosa y conservadora, dominada por la figura autoritaria del monseñor Wicks. Este utiliza las debilidades morales de sus feligreses como herramienta de control, y en el contrapunto con Jud emerge un comentario matizado sobre la religión, crítico, pero nunca reduccionista, integrado de forma orgánica a la trama policial.



La sátira política también está presente, especialmente en su mirada sobre el conservadurismo estadounidense, la radicalización ideológica y el ecosistema de las redes sociales. A través de personajes secundarios como el de Martha Delacroix (una maravillosa Glenn Close), la asistente del finado, Johnson introduce guiños mordaces que funcionan tanto como alivio humorístico como lectura del clima cultural actual. Este subtexto añade densidad al film sin desbordar el núcleo narrativo, manteniendo el equilibrio entre entretenimiento y comentario social.

En última instancia, Wake Up Dead Man vuelve a apoyarse en el placer del enigma y en la exploración de sus personajes. El asesinato, despojado de artificios excesivos más allá de su carga simbólica religiosa, da paso a una resolución con giros discutibles, pero finalmente aceptables dentro de la lógica del género. En lo formal, la película mantiene el nivel de las entregas anteriores, destacándose por la precisión de los diálogos y la solidez del elenco. Josh O'Connor aporta intensidad y fragilidad a Jud Duplenticy, complementado con solvencia por Daniel Craig y Josh Brolin, formando un trío central cuya química sostiene buena parte del magnetismo del film.

Muy recomendada.



2. Miniserie para ver en Paramount Plus: Little Disasters

Esta miniserie británica se abre con una frase tan conocida como engañosa: "La perfección es una ilusión". A partir de allí, la historia adapta la novela homónima de Sarah Vaughan y se centra en Jess, una ama de casa y madre de tres hijos que, a los ojos de su amiga Liz, encarna durante años un ideal inalcanzable de organización y entrega maternal. Esa imagen comienza a resquebrajarse cuando Liz, en su rol de médica, recibe en la guardia del hospital a Betsy, la bebita de Jess, con una grave lesión en la cabeza. El supuesto accidente doméstico no explica la magnitud del daño y, ante indicios que remiten a violencia intrafamiliar, Liz decide avisar a los servicios sociales, una elección que pone en jaque no solo a la familia afectada sino también a todo su círculo íntimo.

La serie plantea de inmediato un dilema moral que atrapa al espectador: ¿qué haríamos nosotros en el lugar de Liz? ¿Confiar en una amiga cercana o priorizar el protocolo profesional? ¿Dar tiempo a una explicación o activar de inmediato el aparato institucional? Little Disasters se sumerge sin rodeos en ese conflicto ético y emocional, evitando quedarse en la consigna inicial sobre la perfección y avanzando hacia un terreno más incómodo, donde las certezas se diluyen y las decisiones correctas parecen siempre incompletas o tardías.



Narrativamente, el relato se despliega en tres planos. En el presente, una trabajadora social y la policía investigan el caso mientras la vida de cuatro familias amigas se ve sacudida por sospechas, reproches y viejas tensiones. Los flashbacks reconstruyen el origen del grupo, desde un curso de preparación para el parto hasta unas vacaciones en la Provenza donde ya se insinuaban fisuras. A nivel formal, el contraste cromático entre los tonos cálidos del pasado y la frialdad verdosa del hospital refuerza esa fractura temporal. Más objetable resulta la inclusión de breves monólogos a cámara de las amigas de Jess, un recurso que facilita la exposición psicológica, pero deja dudas sobre su justificación narrativa.

Uno de los mayores aciertos de Little Disasters es su aproximación al tema de la maternidad, todavía tratado de manera simplista en muchas ficciones. La serie explora el peso de las expectativas sociales, la presión por cumplir con modelos ideales y la ansiedad constante que rodea la crianza en una época saturada de consejos, comparaciones y miradas ajenas, amplificadas por las redes sociales. En ese contexto, emerge con fuerza la cuestión de la depresión posparto, no como un malestar pasajero sino como una enfermedad profunda y silenciosa. Jess, aparentemente impecable en su rol de madre y esposa, ha llegado con su tercer hijo a un límite de agotamiento extremo, padecido en soledad y sin ser advertido por su entorno.

Este descenso emocional se vuelve creíble y conmovedor gracias al trabajo de Diane Kruger, quien ofrece una interpretación intensa pero contenida. Su enfrentamiento con Liz, encarnada por Jo Joyner, da lugar a escenas de gran tensión verbal y emocional. La serie evita convertir a Jess en un monstruo unívoco: incluso cuando actúa de forma irracional, o tiene fantasías sumamente efectistas, invita a la empatía. Aunque algunos personajes secundarios están delineados de manera más esquemática y ciertos giros resultan previsibles, el conjunto logra sostener el interés. Tras 6 episodios, Little Disasters se afirma como un relato eficaz que oscila con inteligencia entre el thriller psicológico y el drama humano.



Recomendada.

3. Serie para ver en Netflix: Ciudad de sombras

Normalmente, la Casa Milà de Barcelona, conocida como La Pedrera, atrae todas las miradas por su inconfundible fachada. Sin embargo, esta vez el edificio diseñado por Antoni Gaudí se vuelve un espectáculo por una razón mucho más perturbadora: un reconocido empresario es quemado vivo en uno de sus balcones. ¿Quién puede estar detrás de un crimen tan atroz? El inspector Milo Malart (Isak Férriz), famoso por su carácter obstinado, y su compañera Rebeca Garrido (Verónica Echegui) se proponen descubrirlo. La investigación los empuja hacia los abismos más oscuros, donde comienzan a emerger secretos terribles.



La base de la serie es la novela El verdugo de Gaudí, de Aro Sáinz de la Maza, publicada hace algunos años y punto de partida de una saga centrada en el inspector Malart. No se trata de un simple "¿quién fue el asesino?", sino de una pesquisa que destapa tramas siniestras conectadas tanto con el pasado como con las élites del poder. 

El director y coadaptador Jorge Torregrossa no tiene apuro. Se detiene en las situaciones y, sobre todo, en los escenarios. Barcelona no funciona como mero decorado: la cámara la recorre con tiempo y delectación, mostrando sus maravillas arquitectónicas, sus paseos, sus playas. En términos atmosféricos, la serie cumple. Habrá más de una víctima y algunos momentos de riesgo, especialmente cuando entra en juego la posibilidad de rescatar a personas secuestradas; el suspenso es sostenido.

Tampoco conviene exigir demasiado a la historia. El material de Sáinz de la Maza se apoya en numerosos clichés y, por más repulsivo que sea lo que se esconde detrás de la trama, da la sensación de haberlo visto antes en múltiples variantes. Aun así, quienes no se incomoden por la falta de originalidad y valoren una atmósfera oscura y cuidada pueden darle una oportunidad a Ciudad de sombras por todo lo que aporta sobre Barcelona, su historia y la relación de Gaudi con la ciudad. 



En lo actoral, el nivel es básico. Isak Férriz es un actor de escasos recursos y gran presencia física. La serie está dedicada a su protagonista, Verónica Echegui, fallecida trágicamente este invierno a comienzos de sus cuarenta años tras una lucha contra el cáncer, y funciona como una despedida digna de su trabajo.

Recomendada.

4. Película para ver en Netflix: The New Yorker cumple 100 años



Este documental se articula alrededor del centenario de la revista The New Yorker, la revista cultural más importante de los Estados Unidos, cuya primera edición apareció el 21 de febrero de 1925. Una parte central del film se dedica a mostrar el trabajo cotidiano de la redacción y la preparación del número aniversario, ofreciendo un acceso poco habitual a los engranajes internos del medio. Desde la discusión sobre la portada hasta la búsqueda de temas y enfoques, queda claro que, en el caso de The New Yorker, la estética no es un mero adorno, sino una declaración de principios. La portada, los tonos gráficos y el diseño forman parte del discurso tanto como los textos mismos, siempre anclados en la observación del mundo contemporáneo.

Ese equilibrio entre forma y contenido se refuerza en los tramos históricos del documental. Se recuerdan decisiones tipográficas, la importancia fundacional de las historietas y el modo en que el humor convivió desde temprano con un periodismo de enorme ambición intelectual. Pero, sobre todo, se subraya que la revista nunca fue superficial. El guion evoca uno de sus momentos más decisivos: el reportaje sobre Hiroshima firmado por John Hersey, un texto que rompió tabúes al mostrar los efectos humanos de la bomba atómica y que obligó a repensar el relato heroico de la Segunda Guerra Mundial. En esa misma línea se inscribe el célebre ensayo de James Baldwin sobre el racismo cotidiano en Estados Unidos, un texto incómodo y frontal que demostró que el refinamiento estilístico no implicaba complacencia moral.

El documental también revisita las tensiones internas de la revista con su propio legado, recordando, por ejemplo, la publicación por entregas de A sangre fría de Truman Capote. Allí se pone en cuestión el ideal casi mítico del chequeado absoluto, ya que el método narrativo de Capote, que reconstruía diálogos a partir de entrevistas posteriores, abría zonas grises entre verdad factual y verosímil literario. Estas ambigüedades no se ocultan y funcionan como recordatorio de que incluso las instituciones más prestigiosas se construyen a partir de debates, errores y contradicciones.



Uno de los aportes más ricos del documental es la reivindicación de la tradición crítica que pasó por sus páginas, especialmente en el terreno del cine. En ese linaje ocupa un lugar central Pauline Kael, cuya escritura apasionada, subjetiva y combativa redefinió la crítica cinematográfica en el siglo XX. Kael convirtió al crítico en una voz personal y polémica, capaz de discutir el canon y enfrentarse a consensos establecidos, una actitud que resume bien el espíritu de la revista. 

The New Yorker cumple 100 años resulta más convincente cuando explora estas capas históricas y editoriales que cuando cae en la autocomplacencia. Aun así, es un documental recomendable no solo para lectores, sino para cualquiera interesado en la relación entre periodismo, cultura y sociedad, porque la historia de la revista es también, inevitablemente, la historia del mundo que la rodeó.

Recomendada.



5. Película para ver en HBO: Doctor Zhivago

Dirigida por Sir David Lean, uno de los grandes maestros de la narrativa del cine clásico (admirado por Spielberg, Scorsese, Minghella, entre otros), es una obra que combina melodrama íntimo y vastedad histórica con una ambición pocas veces igualada. Basada en la novela homónima de Boris Pasternak (Premio Nobel de Literatura), la película se sitúa en los años convulsos de la Revolución Rusa y la Guerra Civil, pero elige narrar ese cataclismo focalizando en un poeta y médico atrapado entre el deber, el amor y la Historia con mayúsculas. Lean vuelve aquí a uno de sus temas predilectos: el individuo sensible enfrentado a fuerzas que lo exceden.



El argumento sigue la vida de Yuri Zhivago (Omar Sharif), un médico idealista que intenta preservar su integridad moral y emocional en medio del derrumbe del mundo zarista y el avance del nuevo orden soviético. Su matrimonio con Tonya (Geraldine Chaplin, en su debut cinematográfico) se ve atravesado por su amor imposible por Lara (Julie Christie), una bella y apasionada mujer tironeada entre Komarosky (Rod Steiger) -un ubicuo miembro de las elites- y su marido, Pasha (Tom Courtenay), un estudiante y revolucionario que se convierte en el implacable comandante bolchevique Strelnikov. El relato avanza como una sucesión de pérdidas: de la patria, del hogar, de la estabilidad, de la ilusión de que el arte y el amor puedan mantenerse intactos frente al avance demoledor de la maquinaria ideológica. Más que un fresco político, Doctor Zhivago es una elegía sobre lo que se sacrifica cuando la Historia exige alineamientos absolutos.

Aunque ambientada en Rusia, la película fue filmada mayoritariamente en España, con locaciones en Madrid, Soria y Granada, además de interiores recreados en estudios británicos. La célebre casa helada, construida con cera y mármol para simular hielo, se convirtió en una de las imágenes más recordadas del cine del siglo XX. Esta sustitución geográfica no es un simple dato de producción: revela la lógica del cine épico clásico, en la que el realismo histórico cede ante la potencia visual y la convención industrial, hasta el punto de que prestigiosos actores ingleses interpretan a personajes rusos hablando en inglés. Lean no busca la Rusia literal, sino una Rusia mental, una geografía emocional que funcione como espejo del estado interior de sus personajes, brindando una interpretación liberal de la Revolución rusa, no indagando en sus causas, mostrándola como un acontecimiento que cae sobre los nobles personajes como si se tratara de un chaparrón.



El estilo de David Lean -de un refinamiento incomparable- alcanza aquí una síntesis madura entre espectacularidad y lirismo. Los paisajes abiertos, los trenes atravesando la estepa, las multitudes coreografiadas y los silencios íntimos dialogan constantemente. El chispoteo que produce el rail de un tranvía cuando los personajes -inadvertidamente- se rozan. Una bandera roja atraviesa toda la pantalla mientras se canta La internacional. Unos girasoles que irradian la misma luz que la esplendorosa Lara. Unas gafas que se estrellan contra el suelo escarchado en plena batalla. La cámara se mueve con solemnidad, pero sabe detenerse en un gesto, una mirada, una pausa cargada de melancolía. La música de Maurice Jarre, con el inolvidable "Tema de Lara", no acompaña las imágenes: las gobierna, las vuelve emoción pura. 

En términos de premios, Doctor Zhivago fue un éxito rotundo. Ganó cinco premios Oscar 1966, incluidos Mejor Dirección Artística, Fotografía, Vestuario, Banda Sonora y Guion Adaptado, y recibió diez nominaciones en total, entre ellas Mejor Película y Mejor Director. Su consagración no fue solo industrial sino también cultural: durante años fue una de las películas más taquilleras de la historia, confirmando que el cine épico podía ser, al mismo tiempo, popular y profundamente trágico.

Dentro del canon de los grandes films épicos de Hollywood, Doctor Zhivago ocupa un lugar singular. A diferencia de epopeyas centradas en la conquista, la guerra o el heroísmo clásico, esta película propone una épica del sentimiento y de la pérdida. Si Lawrence of Arabia celebraba una figura excepcional con sus claroscuros y Lo que el viento se llevó el mito del derrumbe del Sur de los Estados Unidos, Doctor Zhivago apuesta por la derrota íntima, por la imposibilidad de conciliar poesía y poder. Es, en ese sentido, una obra crepuscular: el canto de despedida del gran cine épico clásico y, al mismo tiempo, su forma más pulida.



Nota: la copia que exhibe HBO Max es de excelencia en sus 197 minutos, incluye la Obertura y el Intermedio de la película, con las inolvidables composiciones de Maurice Jarre. 

Imperdible.

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