Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Disney Plus y cines.
1. Película para ver en cines: Bugonia
Bugonia se inscribe dentro de la etapa más expansiva y ambiciosa de Yorgos Lanthimos, quien tras Pobres criaturas y Tipos de interés vuelve a explayarse creativamente sobre la fragilidad de los sistemas sociales a través de un relato sobre dos activistas que secuestran a la CEO de un gigante farmacológico al que consideran responsable del colapso ecológico y moral del mundo. Lo que comienza como un gesto político se transforma en una dinámica enfermiza de manipulación, espejismos ideológicos y juegos de poder que desestabilizan tanto a los captores como a la cautiva. La premisa permite a Lanthimos regresar a su territorio preferido: comunidades cerradas donde el lenguaje, la obediencia y la violencia psicológica funcionan como herramientas de control.
Entre las mayores fortalezas de Bugonia se encuentra su capacidad para construir atmósferas densas y opresivas sin recurrir a abundantes explicaciones. La puesta en escena, geométrica y cuidadosamente deshumanizada de a ratos, refuerza la sensación de encierro progresivo mientras la película explora la degradación de las motivaciones iniciales de los protagonistas. La fotografía alterna la frialdad de superficies aceradas con súbitos destellos de color que marcan fisuras emocionales en los personajes hasta bañarlos en sangre, y el montaje, tenso y con los tiempos de un metrónomo, retrae o acelera el tiempo para subrayar el impacto de la narración.
No obstante, también exhibe algunas debilidades propias del Lanthimos más autoconsciente. En su afán por extremar la metáfora —el secuestro como laboratorio de poder, la ideología como mecanismo de sometimiento—Bugonia corre el riesgo de volver demasiado evidente su tesis. Recurrir al género de la ciencia ficción le da cauce al absurdo de esta tragicomedia y cierra el paquete de manera satisfactoria.
El reparto, sin embargo, sostiene la película con interpretaciones precisas y sumamente calibradas. Los dos activistas,una mezcla de idealismo crispado y violencia contenida— interpretados por Jesse Plemons y Aidan Delbis, encarnan adecuadamente el tránsito desde la convicción hacia el fanatismo, y lo hacen mediante gestos mínimos, miradas que delatan fisuras internas y un tono de voz rígido que se va quebrando a medida que la situación se descontrola. Pero la película pertenece a Emma Stone que ofrece una actuación hipnótica: alterna vulnerabilidad, cinismo y un extraño carisma que desestabiliza a sus captores, convirtiendo a su CEO en un personaje que pivota entre la víctima y el victimario.
En el conjunto de la filmografía de Lanthimos, Bugonia funciona como un puente entre sus orígenes más radicales (Canino) y su consolidación como autor global capaz de sostener producciones de mayor escala sin sacrificar cierto filo conceptual. No es su obra más contundente, pero sí una pieza significativa: confirma su interés por diseccionar la obediencia, los rituales de dominación y la fragilidad moral en situaciones extremas. Su simbolismo a veces excesivo convive con momentos de verdadera potencia visual y actoral, lo que la convierte en un eslabón importante dentro de su exploración del comportamiento humano. En última instancia, Bugonia reafirma a Lanthimos como uno de los cineastas contemporáneos más interesados en examinar el deseo de control —ya sea político, emocional o ideológico— y los monstruos que ese deseo inevitablemente engendra.
Muy recomendada.
2. Película para ver en Netflix: Togo
Esta película de aventuras, apta para toda la familia, narra la historia de Leonhard Seppala (Willem Dafoe), un musher experto que en su juventud estuvo a punto de sacrificar a Togo por considerarlo un cachorro débil e incapaz de liderar un equipo de trineo. La intervención de su esposa Constance (Julianne Nicholson) cambia por completo ese destino: el perro que parecía destinado al descarte se convierte, con el tiempo, en el líder más resistente, obstinado y talentoso de la manada. Cuando una epidemia de difteria amenaza al pueblo y el clima extremo impide la llegada de vehículos, los perros de trineo se transforman en la única posibilidad de transportar el suero salvador, y Togo encabeza la parte más ardua y peligrosa del trayecto.
En este contexto, Togo emerge como uno de los proyectos más creativos de la reciente producción de Disney, un estudio saturado por remakes de éxitos pasados. Aquí se retoma el espíritu del relato clásico de aventuras, combinando drama humano y reconstrucción histórica —parcialmente ficcionalizada— del episodio real ocurrido en Nome, Alaska, en 1925. El film recupera la épica del viaje, la dureza del entorno y la intimidad de un vínculo excepcional entre hombre y animal, todo desde una puesta en escena que apuesta por la emoción directa.
El atractivo central del film reside en su base real: aunque el guion se toma ciertas libertades, su intención es reparar la historia oficial que otorgó toda la gloria al perro Balto, dejando a Togo relegado al margen. Esta voluntad de justicia histórica convive con la simplificación melodramática y con la decisión de reescribir ciertos detalles para reforzar el eje emocional del relato. La película privilegia la amistad, la lealtad y el sacrificio por encima de la estricta autenticidad de los hechos, consolidando un tono épico que amplifica el impacto emocional sin perder de vista la esencia de los hechos.
En términos cinematográficos, Togo combina un sólido trabajo actoral con un despliegue técnico notable, aunque a veces excesivo. Ericson Core, director y también responsable de la fotografía, apuesta a una estética elegante, de líneas limpias y elevada definición visual, reforzada por una banda sonora de cuerdas que subraya el dramatismo incluso en las escenas más contenidas. La presencia de perros reales, junto con una ambientación cuidada, genera un fuerte sentido de verosimilitud, mientras que la reconstrucción del clima y la geografía ártica confiere a la película una luminosidad que paradójicamente resalta la hostilidad del entorno.
Los flashbacks, que muestran la etapa de adiestramiento y las travesuras del joven Togo, agregan ternura y construyen progresivamente el vínculo entre el animal y su dueño, sin romper el ritmo narrativo. La química entre Dafoe y los perros, especialmente en los silencios y las miradas, aporta un peso emocional que eleva la propuesta. Aunque Dafoe podría haber desplegado más matices dramáticos, su presencia ofrece una gravedad esencial para anclar el relato. Togo es, en definitiva, una película eficaz en manipular emociones, pero también una experiencia reconfortante sobre la resistencia, la lealtad y ese lazo casi mítico que une a un hombre con su perro.
Imperdible
3. Miniserie para ver en Netflix: 1986: Estado de fuga
Esta impactante y absorbente miniserie colombiana comienza con una matanza en un restaurante, un hecho real de violencia extrema ocurrido en Bogotá en 1986. Dos estudiantes de Literatura están implicados en la tragedia: León (José Restrepo), una joven promesa literaria, y Jeremías (Andrés Parra), un veterano de Vietnam que trabaja en una tesis sobre Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes. Las referencias literarias no se detienen allí: aparecen también Edgar Allan Poe, creador del relato policial moderno con Los crímenes de la calle Morgue, y Robert L. Stevenson (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde). A ello se suman guiños cinematográficos de peso, incluyendo una cita directa a Taxi Driver y resonancias temáticas con El embajador del miedo (The Manchurian Candidate, 1962), película sobre la manipulación mental que dialoga con el trasfondo psicológico de la serie.
Dirigida por Ana María Parra y basada libremente en el libro Satanás de Mario Mendoza, la miniserie se inserta con solidez en el terreno del thriller psicológico. Su guion combina investigación, indagación mental y reconstrucción fragmentada de un hecho real mediante una estructura no lineal que yuxtapone perspectivas, tiempos y estados de conciencia. Esta arquitectura narrativa ofrece un mosaico tenso y dinámico que refleja la imposibilidad de ordenar racionalmente el horror. Los saltos temporales, lejos de dispersar el relato, intensifican el suspenso y sostienen un diálogo constante entre memoria, responsabilidad y destino.
En lo visual, la serie afirma una identidad marcada que coquetea con el neo-noir: imágenes estilizadas, colores saturados, contrastes pronunciados y momentos de hipersensibilidad sensorial construyen un clima perceptivo más que un registro estrictamente realista. La apuesta estética apunta a situar al espectador dentro de la inestabilidad emocional de los personajes, generando una atmósfera inquietante que potencia el carácter psicológico del thriller que, de a ratos, roza lo paranormal.
Las interpretaciones son fundamentales para sostener esa tonalidad. Andrés Parra encarna a un Jeremías perturbador desde la contención, evitando excesos expresivos para construir un retrato inquietante mediante su corpulencia, sus movimientos rígidos y su voz grave, que generan una inquietud constante. Carolina Gómez otorga intensidad y magnetismo a Indira, mezcla de investigadora clásica y antiheroína contemporánea, cuya masculinidad acentúa la ambigüedad general del relato. José Restrepo, como León, aporta sensibilidad y fragilidad; su cuerpo maleable y sus enormes ojos traducen miedo, desconcierto y un proceso de empoderamiento que sostiene el núcleo emocional de la serie. El resto del elenco refuerza la calidad de todo el producto.
A lo largo de sus ocho episodios, el suspenso se mantiene firme, derivando en los dos últimos hacia un territorio cercano al gore. Las escenas de crímenes y mutilaciones —explícitas y sangrientas, allí donde Psicosis optaba por sugerir— no resultan un exceso gratuito, sino que encajan orgánicamente en esta maquinaria narrativa precisa y contundente. 1986: Estado de fuga se revela así como un thriller poderoso, ideal para quienes disfrutan del género policial y poseen estómago fuerte para afrontar su violencia explícita.
Imperdible.
4. Película para ver en Netflix: Jay Kelly
Quienes disfruten de George Clooney encuentran en Jay Kelly una apuesta segura. La película se estructura como el retrato íntimo de un actor en crisis que inicia un viaje físico y emocional para recomponer los vínculos deteriorados que lo rodean. Jay Kelly, interpretado por Clooney, es una estrella madura con muchos éxitos de taquilla en el cine de acción y entretenimiento que recibe la noticia de la muerte de Peter Schneider (Jim Broadbent), el director que le otorgó su primera gran oportunidad. Al mismo tiempo, reaparece Timothy Galligan (Billy Crudup, otra vez impecable), un amigo convertido en rival, mientras la relación con su hija Daisy (Grace Edwards) parece deshilachada. Agobiado por la rutina y el vacío que acompaña su fama, Jay cancela su próximo proyecto —para desesperación de su agente Ron Sukenick (Adam Sandler)y su eterna publicista (Laura Dern)— y emprende un viaje por Europa con la esperanza de recomponer su vínculo con Daisy y reencontrarse consigo mismo. Lo que sigue es una road movie emocional, donde cada posta revela nuevas fisuras en la identidad del protagonista.
El reparto, repleto de figuras reconocidas, funciona como satélites en torno del planeta Jay. Clooney ofrece una interpretación contenida y vulnerable, alejada de su habitual magnetismo encandilante, encarnando a un hombre que ha confundido admiración con afecto y que comienza a reconocer su responsabilidad en los lazos que ha desgastado. Billy Crudup aporta un contrapunto áspero y lleno de resentimiento, mientras Jim Broadbent aparece como una presencia casi espectral que acompaña los remordimientos del protagonista. Grace Edwards ilumina sus escenas con una fuerza silenciosa que vuelve decisivo su rol, y Adam Sandler sorprende con una actuación sobria, atrapado entre su deber profesional y el afecto por su representado, casi una historia de amor. Los múltiples cameos —Greta Gerwig, Riley Keough, Alba Rohrwacher, Patrick Wilson. Eve Hewson, Emily Mortimer, Stacy Keach— funcionan como ecos melancólicos, reforzando la idea de un hombre rodeado de personas a las que nunca terminó de mirar con verdadera profundidad.
Desde lo temático, Jay Kelly ofrece una visión crítica pero afectuosa de la industria del cine, poblada de lugares comunes que aquí se reformulan con una mezcla de ironía suave y nostalgia. En el marco de la filmografía de Noah Baumbach, la película ocupa un lugar singular: marca su ingreso más visible al territorio de las grandes producciones —buena parte del film se rodó en la Toscana—, pero también un retroceso de su sensibilidad independiente, centrada en neurosis creativas, vínculos fracturados y crisis identitarias. El tono tragicómico, apenas satírico y atravesado por una melancolía persistente, confirma una obra más liviana y menos radical que sus filmes previos, aunque igualmente coherente con sus intereses autorales.
En conjunto, Jay Kelly se perfila como una película que busca la emoción del espectador sin desbarrancar en la sensiblería. Si bien carece de la contundencia dramática de Historia de un matrimonio o del ánimo experimental de Margot y la boda, la película encuentra su fuerza en la humanidad de su protagonista y en la madurez con la que aborda temas como la paternidad, el arrepentimiento y la necesidad de reconectar con lo esencial. Es un film que, sin aspirar a mucho más, ofrece una experiencia colorida, elegante y coherente con la figura que lo sostiene en el centro: un George Clooney dispuesto a mostrar grietas allí donde antes había solo brillo.
Recomendada.
5. Miniserie para ver en Disney Plus: Sr. y Sra. asesinato
Este atrapante documental en 4 episodios reconstruye el caso real de la desaparición de Mike Williams en el año 2000, un misterio envuelto en la mentira conveniente de que un caimán lo devoró durante una jornada de caza en Lake Seminole, Florida. Desde su arranque —un tutorial sobre cómo estos reptiles consumen a sus presas— la serie establece un contraste entre la brutalidad natural y la crueldad humana, preparando el terreno para revelar que los verdaderos depredadores del caso no viven en el agua, sino en el entorno íntimo del propio Mike: su esposa Denise y su mejor amigo Brian Winchester. El relato avanza desmontando la farsa de un accidente para revelar una conspiración ligada a un millonario seguro de vida, sostenida durante años por un entramado de silencios, pactos y complicidades.
Lo más inquietante del argumento es la transformación de Denise Williams en una figura de "viuda negra" moderna, no por teatralidad ni sensacionalismo, sino por su capacidad de manipular afectos, instituciones y percepciones públicas. La serie la muestra ejerciendo un duelo perfectamente interpretado mientras se beneficia del asesinato, una interpretación doble —ante el entorno y ante sí misma— que deja estupefactos a quienes creían conocerla. Ese contraste se potencia con la irrupción decisiva de Kathy Winchester, la exesposa de Brian, cuyo rol adquiere un peso dramático inesperado: traicionada por su marido y por su amiga Denise, Kathy experimenta un proceso de revelación moral que la transforma en pieza clave para desmantelar la mentira. Frente a la codicia calculada de los asesinos, su figura representa la emergencia de una conciencia que se rehúsa a aceptar una versión conveniente de los hechos.
La serie estructura su relato con el paso agónico de los diecisiete años transcurridos entre la desaparición y la confesión final. Este ritmo deliberado —marcado por cambios en material de archivo, calidad de imagen y tono mediático— sitúa al espectador en la misma incertidumbre que vivieron Cheryl Williams, la madre del desaparecido, y Kathy Winchester, quienes cargan con el peso emocional de la narración. Se privilegian las voces personales: diarios, recuerdos, intuiciones y testimonios que la policía desestimó en su momento. En lugar de una investigación heroica, lo que vemos es la persistencia silenciosa de mujeres que enfrentaron la soledad, el descrédito institucional y el desgaste afectivo.
El cierre ofrece una reflexión incómoda sobre la justicia: sí hay una verdad revelada, sí hay condenas, pero no existe una reparación completa. La producción evita el triunfalismo y opta por mostrar el paisaje emocional posterior: familias fracturadas, hijos marcados para siempre, vínculos destruidos y una comunidad que aprendió demasiado tarde a escuchar a quienes insistían en la verdad. El rol de la exesposa del asesino, Kathy Winchester, emerge finalmente como el eje moral del relato: su tránsito de la devastación íntima a la acción sostenida encarna la idea de que, cuando las instituciones fallan, la justicia depende del coraje de quienes se niegan a dejar que la historia se cierre en falso.
Muy recomendada.