Interna del Gobierno

Sinceramente

Habría sido mejor que Cristina le regale a Alberto un libro de propuestas, y programas. ¿No las tienen? Entonces, mejor el silencio, sinceramente.

Cristina Fernández de Kirchner.
Cristina Fernández de Kirchner. Archivo
Carlos Leyba Carlos Leyba 08-04-2022
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Cristina le hizo varios regalos a Alberto. Todos envenenados. 

Veneno, para J. Corominas, es “droga en general”. Para otros “poción mágica” buena o mala para la salud; la relacionan con la raíz indoeuropea (wen) venerar, amar.

“Regalo”, del francés, alude a “divertirse”. 

Regalos envenenados de CFK: sonrisa cínica del “presente griego”. 

Cristina le regaló a Alberto la Presidencia de la Nación. Él carecía de los méritos tradicionales: no había luchado para ser Presidente. No se le había ocurrido.  

Cuando Alberto fue a recuperar el diálogo con CFK, tal vez, buscaba una embajada a cambio de la idea que le brindó a Cristina: publicar un libro. Un bestseller.

Ella lo agradeció públicamente y el libro fue una pegada. Muy buen consejo. El asesor raramente es buen ejecutor.

Tal vez ese éxito explique el acto de “veneración” de haberlo elegido. 

Muchos otros pasaron en aquél tiempo por el que hoy es el Instituto Patria, a ofrecerse como candidatos. 

La llave de paso, que todos exhibían, era haberla traicionado. Notable. CFK no quería leales.  

Traición de palabra. Darle pasto a las fieras o haber militado para impedir la reforma de la Constitución y disipar todo intento de reelección.

Para CFK aceptar “traidores” era un mensaje subliminal: “estoy volviendo mejor, bañada de perdón a los enemigos, generosa”. 

Si alguien creyó esa transformación, la desmoronó al cobrar dos jubilaciones, más o menos 3 millones de pesos mensuales, y una retroactividad millonaria. Salvo que sea una Dama (oculta) de Beneficencia regalando, por las noches, ese dinero a los necesitados. 

Pero más allá de su virtud y generosidad, una presidencia no ganada, sin carisma y programa propio, dada la situación del país, antes de la pandemia, era un regalo envenenado. 

Hablamos de un trabajo profesional que sólo alguien con carisma y programa podría encarar. De ninguna manera un desangelado sin idea del objetivo. 

No hace falta listar las razones por las que tenemos derecho a pensar que no hay tal cosa como objetivo en la tarea de Fernández.

En 2018 el futuro venía mal. El fracaso de la presidencia de Cristina dejó al BCRA sin un dólar. Una tasa de inflación importante, a pesar del atraso cambiario y una economía estancada y sin haber resuelto el default de 2001. Aclaremos tapar el 90% de los agujeros de un caño de gas, no es arreglar la cañería. Pocos agujeros pueden hacer volar la instalación. Holdouts. 

Después Mauricio Macri. Ganó muy bien. Sumó esperanzas. Dijo vamos por la unión de los argentinos, a terminar con el narcotráfico y la pobreza; la inflación la resuelvo en cinco minutos y habrá una lluvia de inversiones. 

No es que no lo logró. Ni siquiera lo intentó. Porque los instrumentos que usó eran para acabar con el enfermo, no con la enfermedad. 

Es cierto que terminó de tapar el caño de vaciamiento que arriesgaba aquél default. Pero preparó el terreno para el siguiente default, que habría sido catastrófico si no hubiéramos renegociado la deuda privada y con el FMI

Contando los U$ 45.000 millones que nos prestó el FMI, para no caer en default o tener que renegociar la deuda, Macri aumentó la deuda en dólares (la que realmente importa) en US$ 90.000 millones. 

Además emitió un vagón de pesos a partir del insólito pago del dólar futuro que lo llevó a emitir de un saque, más de $50.000 millones cuando el dólar valía $9; siguió la danza de las Leliq o como se llame, con tasas demoníacas, devaluó y eliminó las retenciones todo al mismo tiempo; pagó jubilaciones atrasadas y, es cierto, recuperó el valor de las tarifas, acelerando la inflación: las consecuencias tienen lag. 

Después puso retenciones a todas las exportaciones, hizo default en pesos e instaló su propio cepo. 

Había mejorado las cuentas fiscales, pero las Cuentas Nacionales que miden el PIB denunciaban que estábamos barranca abajo, que es lo que realmente importa.

En todo ese tiempo algunos juicios a Cristina y sus adláteres, funcionarios o empresarios, avanzaron e instalaron, al ventilar los millones, el odio a la corrupción: la manera en que los negocios y la política maridan la salsa del atraso del país. 

A los secretarios personales (Daniel Muñoz, Fabián Gutiérrez, ambos muertos, “pásame el teléfono, dame la valija”) de Néstor y Cristina les han encontrado bienes por millones. Nunca escuchamos de CFK una sola palabra de sorpresa o escándalo o de condena. Ni tampoco acerca de los hermanos Zacarías –uno, el hombre bajito que le alcanzaba el agua antes de cada discurso– vinculados al tráfico de efedrina. Nunca una condena. 

En ese marco complicado, económica y judicialmente, Cristina le regaló la presidencia a Alberto. 

El mandato –obvio– era: arreglá la economía para que la sucesión sea posible en 2023. No importa para quién. Y arregla mis causas. Voy por la inocencia. 

Nadie, en su sano juicio, haría el regalo de la Presidencia, teniendo los votos, si no fuera como mínimo con esos “magnos” objetivos. ¿A fin de 2015 era posible? ¿Alguna vez lo sería sin carisma, liderazgo  y sin programa, objetivos e instrumentos? 

Nunca es posible gobernar, en democracia, sin liderazgo y nunca es posible tener éxito sin programa claro de objetivos consensuados e instrumentos expertos. Sin eso la presidencia es el regalo de una tarea imposible. ¿Había alternativa?   

Después se agregó la pandemia. Veneno sin autor. Transcurridos dos años la sociedad le propinó al Frente de Todos una derrota electoral colosal que hoy hace temblar la posibilidad de ganar la sucesión y difícil garantizar alguna vía para legitimar la inocencia. 

De acá a 2023 nada hace pensar que, entre lo que está sobre el escenario, haya un “remedio” que habilite una resolución de los mandatos de Cristina: reelección e inocencia o reelección y camino a la inocencia. 

La conclusión, para Alberto y para todos nosotros, es que los regalos envenenados continuarán. 

Cristina cree que la tortura psicológica a Fernández puede generar una reacción favorable para el cumplimiento de ambos mandatos. Mala información. 

No evalúa que empeora la imagen, ya pobre, que tiene la sociedad de los políticos, de los que ella y Alberto son los mas conocidos y los mas afectados.   

Un regalo envenenado. Cualquiera fuera el beneficiario. 

Ni hablar del impacto de la pandemia. 

¿Qué instrumentos de tortura utilizó públicamente?

Antes de la derrota electoral la CFK epistolar, le regaló una reflexión pública que anticipaba el discurso correcto “de los funcionarios que no funcionan”. Verificada la derrota, le estampó la misiva madre de las renuncias de sus leales, soberanos inútiles, miembros de La Cámpora. 

Lo obligó a Fernández a la humillación de decirse a sí mismo “no pasa nada”. Consecuencia de una presidencia regalada. Verificación palmaria de la carencia de voluntad de carisma y de vocación de programa.

Pero el último regalo es de envergadura. No es una obra de autoayuda o que sirva de ayuda. Es puro veneno.

Me refiero al libro que, con motivo de su cumpleaños, le entregó públicamente. 

Un libro de apuntes cotidianos, una suerte de diario de la adolescencia tardía en el Gobierno, que colectó un sociólogo que cooperaba con el equipo económico de Juan Vital Sourrouille. 

Lo conocí a Juan, colaboré con él en el Ministerio de Aldo Ferrer y luego él lo hizo como asesor en una gestión posterior, en democracia, en la que participé. 

Primero una referencia que contradice una afirmación atribuida al Presidente. Le pregunté a Sourrouille -una vez que Alberto trascendió con su cargo de presidente– por su relación con Fernández. Me dijo que no lo recordaba. 

Quienes hemos pasado por el quinto piso sabemos que la distancia con las demás dependencias es gigantesca y viceversa. 

Pero más allá si Alberto vivió de cerca (lo que los colegas de Juan V. en aquél momento niegan) o no, las situaciones que relata el autor del libro que Cristina le regaló al Presidente, lo cierto es que, más allá de la precisión que pueda o no contener, dada la distancia entre los miembros protagónicos de un equipo económico y sus asesores, se trata de un libro que se puede llamar de “chismes”. Exactamente eso. 

Libro al que Ricardo Campero, secretario de Hacienda de Raúl Alfonsín, entre 1983 y 1985, califica de “inoportuno e incompleto” (La Nación). No hay peor manera de llegar que inoportunamente y no hay peor manera de contar que de manera incompleta. Un juicio lapidario.

El libro de marras, en definitiva, al privilegiar el “chisme” esfuma el escenario heredado por Alfonsín. Una deuda con bancos privados internacionales que transcurrió en estado de default desde 1982, deuda para financiar importaciones con las que se pretendía acabar con la inflación y se acabó con la industria y se multiplicó la inflación; una deuda social derivada de esas políticas in crescendo que obligó a soluciones de emergencia como las cajas PAN; una montaña de pesos derivada de la cuenta de regulación monetaria hija del “Cavallazo”; una situación política difícil para un Presidente que tuvo el coraje de proponer el Juicio a las Juntas y a poner preso a Mario Firmenich, el Jefe, como los llamó Perón, de los estúpidos imberbes. Fue la década perdida en toda la región. 

Bernardo Grinspun procuró la renegociación de la deuda, criterio que sostuvo en el Parlamento A. Cafiero, con el apoyo, entre otros, de Guido Di Tella. Tiempos difíciles. Estos también lo son. 

Juan V. el último día que charlamos, nos cruzábamos caminando sobre la calle Juncal, se lamentó –sabía de qué se trataba– de no haber rearmado un Conade de envergadura para pensar en términos de desarrollo. 

Es una pena que los colaboradores de Juan y de Alfonsín, en lugar del “chisme”, no hayan aportado una reflexión sobre lo que hubiera sido necesario y no pudieron hacer a la manera de Juan.

Cristina, con un mínimo de sensatez, habría sido “oportuno y completo” que le regale, no un libro de “chismes” que envenenan, sino uno de propuestas, de programas, para detener esta declinación. Ideas trabajadas. 

¿No las tienen? Entonces, mejor el silencio, sinceramente.

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