La economía de los intendentes: qué puede aprender Argentina del modelo chino de ciudades
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La economía de los intendentes: qué puede aprender Argentina del modelo chino de ciudades

Las ciudades en China funcionan como sistemas operativos que compiten por las mejores soluciones para crecer, algo que no suele pasar en los municipios argentinos.

1 junio de 2026

Por Carlos Celaya y Luciano Zubillaga

La imagen habitual de China en América Latina suele ser simple: un Estado centralizado que decide desde arriba y ejecuta hacia abajo. Esa imagen contiene algo de verdad y oculta también una dimensión clave: China es políticamente centralizada, pero económicamente más descentralizada de lo que se cree.

Guangdong, la mayor economía provincial china, ronda los dos billones de dólares y representa alrededor del 10% del PIB nacional. Jiangsu se mueve en una escala similar. Zhejiang supera ampliamente el billón.



Algunas provincias chinas tienen el tamaño económico de países medianos o grandes. No son meras divisiones administrativas: son plataformas productivas, fiscales, logísticas y tecnológicas. En general, además, muy eficaces.

La economista Keyu Jin, en The New China Playbook, describe este sistema a través de lo que llama mayor economy: la economía de los alcaldes o intendentes, un esquema donde los gobiernos locales no solo administran recursos sino que programan condiciones para el crecimiento. Son, en la práctica, los ministros de Economía de sus territorios.

Esta versión acotada de las ciudades-estado no tiene soberanía política, pero sí autonomía de ejecución bajo objetivos nacionales, sostenida por una conversación eficaz entre todos los actores, integrantes y partes del (eco) sistema. 



El sistema operativo

Las ciudades que más crecen en China funcionan coordinando logística e infraestructura —el hardware— con las reglas y políticas —el software— y convirtiendo todo eso en una buena experiencia de usuario: el inversor obtiene lo que necesita, el ciudadano percibe bienestar en el crecimiento, y la política genera condiciones favorables en lugar de obstáculos. 

Esa dinámica no depende solo de la infraestructura, de su logístico o de lineamientos centrales más o menos brillantes. En buena medida depende de aspectos culturales y administrativos: disciplina de ejecución, tolerancia al ensayo territorial, obsesión por la escala y una relación pragmática entre Estado y mercado. Todo eso lubricado por una comunicación eficaz.

En ese marco, la comunicación no es propaganda ni gestión de prensa. Es la capacidad de traducir y emitir señales claras: suelo disponible, permisos, infraestructura, incentivos, talento, crédito, tiempos administrativos, resultados y corrección de errores. Posee una virtud decisiva: transforma objetivos abstractos en operaciones territoriales concretas. ¿cómo?


  1. Primero, con alineación vertical: Beijing define prioridades generales —manufactura avanzada, inteligencia artificial, energías limpias, biotecnología— y los territorios las traducen localmente. 
  2. Segundo, con competencia horizontal: cada ciudad mira lo que hace la otra e intenta superar sus indicadores. 
  3. Tercero, con evaluación por desempeño: atraer inversión, construir infraestructura, sostener empleo y producir resultados visibles. 
  4. Cuarto, con coordinación práctica: cuando una empresa, una universidad o un parque tecnológico son estratégicos, el gobierno local remueve obstáculos.

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Ciudades que aprenden de los errores

Shenzhen muestra la velocidad industrial: hardware, drones, vehículos eléctricos, robótica. Hangzhou muestra la plataforma digital: pagos móviles, comercio electrónico, economía de datos. Suzhou agrega manufactura avanzada, inversión extranjera y universidades que no funcionan como adornos culturales sino como piezas del sistema productivo. Guangzhou suma el comercio exterior: la Feria de Cantón es una interfaz periódica entre fábricas, compradores globales, puertos y financiamiento.

En todos estos casos, la logística no es un sector secundario. Es conocimiento territorial: detecta demanda, reconfigura proveedores, reduce fricciones y conecta investigación con producción. La cadena de suministro se vuelve memoria activa del territorio.



El sistema puede fallar, y de hecho falla. El modelo tiene deuda, exceso inmobiliario, desigualdad regional y presión burocrática. El mismo mecanismo que coordina rápido puede ocultar el endeudamiento, provocar grandes desplazamientos urbanos o mantener proyectos grandilocuentes que solo sobreviven por prestigio político. 

Los gobiernos locales ejecutan una proporción enorme del gasto público sin recaudar una proporción equivalente, lo que explica tanto la potencia como la fragilidad del modelo: responsabilidad operativa sostenida en transferencias, deuda local, venta de suelo y negociación permanente con el centro.

Un sistema funciona mal si los datos son falsos, si los permisos llegan tarde, si la universidad produce talento que la industria no absorbe o si cada actor defiende su microinterés. La precisión no es un detalle técnico: es una condición política de la coordinación.



China parece haber desarrollado una burocracia innovadora: jerárquica, experimental y orientada a resultados. 

Su próximo desafío puede ser más difícil que construir trenes o parques industriales: lograr que esa burocracia mejore la calidad de la vida cotidiana. Pasar de la escala monumental a la escala íntima.

Medir producción o velocidad logística es una cosa; medir cuidado, envejecimiento digno, bienestar barrial o capacidad de encuentro social es otra. 



La pregunta inversa

Para Argentina y América Latina, la pregunta es casi inversa. La región no carece de imaginación social, conflicto político, cultura urbana ni capacidad de diagnóstico. A veces, incluso, capacidad de conversación pública ordenada y fructífera. Podríamos atender la escala íntima del desarrollo, el bienestar tangible y cercano, sin embargo, esa inteligencia rara vez se convierte en una burocracia capaz de coordinar, medir y sostener políticas en el tiempo.

Argentina tiene universidades, científicos, empresas tecnológicas, agroindustria, energía, litio, puertos y ciudades densas. Pero esos activos quedan fragmentados por ciclos electorales cortos, falta de objetivos, improvisación fiscal, baja confianza institucional y asimetrías territoriales profundas.

Pongamos un ejemplo conocido: el complejo sojero —poroto, harina y aceite— sigue siendo uno de los mayores generadores de divisas del país y representa cerca de una cuarta parte de las exportaciones argentinas. Es un recurso clave. Ahora bien, ¿qué tipo de territorio organiza alrededor de esa riqueza?



Algunos departamentos del corazón agrícola y corredor central —en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires— concentran producción, superficie sembrada, infraestructura vial, servicios técnicos y capacidad exportadora. 

De hecho, en este corredor están las 10 ciudades mejor posicionadas, en el Índice de Ciudades Argentinas, una iniciativa de la consultora Enclave y del experto en desarrollo local Fabio Quetglas. 

Sin embargo, la mayor parte de las ciudades no convierte esa potencia económica en un sistema territorial más sofisticado. La diferencia no está solamente en el suelo, sino en la calidad de la coordinación local: caminos, educación, salud, empleo calificado, innovación productiva, conectividad y capacidad administrativa. La conversación entre todos los componentes suele ser deficiente. Y aunque las ciudades hablan, la política no suele escucharlas muy bien.



Marcos Juárez, en Córdoba, aparece muchas veces como un caso más virtuoso de conversación entre productores, poder local, infraestructura y desarrollo económico. Presenta mayor estabilidad laboral, mejores indicadores relativos de inserción productiva y una relación más eficiente entre educación y mercado de trabajo. Quienes se forman tienen más posibilidades de insertarse en empleos de calidad.

General Villegas, en la provincia de Buenos Aires, muestra otro tipo de problema. Es un partido rural muy dependiente de la producción agropecuaria, con déficits históricos de infraestructura, vulnerabilidad ante inundaciones, rutas deterioradas, dificultades sanitarias y pocas oportunidades formativas para jóvenes. 

La riqueza que se genera en el partido no se ha convertido en desarrollo urbano, servicios y diversificación económica, tecnología y proyección de futuro. No es que haya atraído a más pobladores. No ha crecido significativamente su demografía.



La provincia de Buenos Aires concentra una parte decisiva del producto nacional con una capacidad de coordinación territorial débil. Córdoba o Santa Fe tienen especializaciones evidentes —agroindustria, energía, automotriz, conocimiento—, pero rara vez logran funcionar como sistemas integrados entre universidad, infraestructura, política industrial, logística y formación de talento.

Interfaces, no solo recursos

El problema argentino no es la falta de activos. Es la dificultad para convertirlos en sistemas que funcionen de manera integrada. En China muchas ciudades operan como máquinas de ejecución económica. En Argentina, los municipios suelen ser principalmente arenas políticas.

En Argentina, las provincias existen como poder político; en China, muchas funcionan además como máquinas de ejecución económica.



En una ciudad entendida como sistema operativo, la precisión no es una obsesión tecnocrática sino una condición syntegrativa (como la integración de educación y mercado): la posibilidad de que infraestructura, datos, logística, universidades, empresas, Estado y ciudadanía funcionen como partes de una misma inteligencia territorial, sin que esa inteligencia derive necesariamente en control autoritario.

La ciudad del futuro no solo coordinará personas y empresas. Coordinará datos, algoritmos, energía, logística y conflictos sociales. La pregunta clave es quién diseña ese sistema y con qué grado de transparencia y rendición de cuentas.



Esa promesa de futuro tiene una sombra. 

Un sistema operativo urbano puede reducir corrupción mediante trazabilidad, pero también producir vigilancia; puede mejorar transporte y salud, pero también concentrar poder y expulsar a quienes no encajan en el mapa. 



La cuestión central no es tecnológica, sino institucional: quién diseña el sistema, quién audita sus datos, qué intereses privilegia y qué lugar conserva el desacuerdo ciudadano.

Prototipar el futuro

El riesgo latinoamericano es adoptar la estética del futuro sin construir su sistema operativo: sensores sin datos confiables, inteligencia artificial sin instituciones capaces de responder, plataformas sin transparencia, automatización sin inclusión laboral. Una ciudad inteligente mal diseñada no es una ciudad mejor: es una ciudad más desigual, pero mejor monitoreada.

La lección china no es la obediencia ni el control. Es la capacidad de prototipar: instalar el futuro en un parque industrial, una zona franca, una universidad, una feria exportadora, una regulación local. Medir. Corregir. Escalar.



Argentina tiene territorio, recursos, universidades, agroindustria, energía, ciencia y cultura urbana. Lo que le falta no es materia prima sino arquitectura: la capacidad de conectar lo que ya existe en lugar de volver a empezar con cada gobierno.

Marcos Juárez y General Villegas no tienen el mismo sistema operativo. Esa diferencia no la explica solo la geografía ni la suerte: la explican décadas de decisiones sobre qué conectar, qué priorizar y qué corregir. Esas decisiones se pueden tomar. El problema es que, en Argentina, rara vez alguien tiene el mandato, el tiempo y los instrumentos para tomarlas en serio.

El futuro no llega solo. Se instala donde alguien decidió, con obstinación y método, que valía la pena construirlo. Argentina tiene los ingredientes. Lo que necesita es la obstinación y el método para conectarlos.



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