Sur global

Un movimiento silencioso pero crucial sacude al mundo: fragmento de "La impetuosa irrupción del sur"

Los principales internacionalistas argentinos, Juan Gabriel Tokatlian y Federico Merke, analizan la emergencia del Sur global en su nuevo libro publicado por Siglo XXI.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al presidente chino, Xi Jinping.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto al presidente chino, Xi Jinping.
4 febrero de 2025

Mediante diferentes ángulos complementarios -la geopolítica, el comercio, el cambio climático, el lugar de América Latina y la rivalidad entre China y los Estados Unidos-, el nuevo libro de Juan Gabriel Tokatlian y Federico Merke analiza el protagonismo que tomó el Sur global en los últimos años, un movimiento silencioso que sacude al mundo.

La portada del libro "La impetuosa irrupción del sur: Como Asia, América Latina y África ganan protagonismo en un mundo fragmentado" publicado por Siglo XXI y Le Monde Diplomatique.

Un movimiento silencioso pero crucial sacude al mundo, dicen Merke y Tokatlian. En los últimos años, el centro gravitatorio de la economía y la geopolítica se está desplazando del Norte desarrollado y occidental hacia las regiones, antes postergadas, de Asia, África y América Latina. En este mundo cada vez más fragmentado y caótico, donde las brújulas se han roto y los mapas ya no sirven, hay sin embargo una realidad que se impone: el Sur Global, empujado sobre todo por las locomotoras de China e India, gana poder e influencia.



En el último tiempo el centro gravitatorio de la economía y la geopolítica se está desplazando del Norte desarrollado y occidental hacia las regiones, antes postergadas, de Asia, África y América Latina. En este mundo cada vez más fragmentado y caótico, hay sin embargo una realidad que se impone: el Sur Global, empujado sobre todo por las locomotoras de China e India, gana poder e influencia. 

A continuación compartimos un fragmento del capítulo "Un Sur y dos Nortes: el nuevo orden internacional"

El futuro de los países de América Latina se encuentra actualmente en una encrucijada marcada por la lucha de influencias entre el Norte Occidental y el Norte Oriental, sin una convicción clara sobre cómo abordar los desafíos que plantea esta competencia. Existe, tanto en el seno de los países como incluso dentro de las coaliciones de gobierno, una puja de visiones del orden internacional u ontologías del orden, que reflejan distintas percepciones del mundo y de cómo este debería operar. Algunas de estas visiones están más alineadas con el Sur Global, mientras que otras se inclinan hacia el Norte Oriental o el Norte Occidental. Estas perspectivas abarcan tanto ideologías como consideraciones pragmáticas, valores e intereses, y se manifiestan a través de discursos y prácticas, que definen lo que se considera posible, digno de realizarse, así como lo inalcanzable, lo deshonroso y lo que se debe evitar. 

Milei junto a Xi Jinping en la cumbre de líderes del G20.



En esta compleja dinámica, que se refleja a nivel nacional y regional, coexisten al menos cuatro visiones del orden internacional: la contestación, la reforma, el anclamiento y la cruzada. Las posiciones varían entre adoptar una postura de oposición y resistencia al Norte Occidental (contestación)buscar una voz equidistante de los dos Nortes desde una postura autonomista-reformista en línea con una identidad del Sur Global (reforma)anclarse a una potencial proyección de China como hegemón global de un nuevo orden sinocéntrico (anclamiento), o abrazar una cruzada manteniendo una lealtad total con un Occidente que se percibe amenazado por las autocracias (cruzada).

Un primer corte se da entre las visiones de reforma y de contestación acerca del orden internacional, lo que repercute, por ejemplo, en el plano ambiental. En este ámbito, se enfrentan dos perspectivas divergentes sobre la noción del desarrollo y la percepción acerca de los límites del planeta: la "transición justa" frente a la "transformación socioecológica". 

La primera, entre cuyos referentes se reconoce a líderes como el presidente brasileño Lula da Silva, busca un proceso de cambio hacia una economía baja en carbono que garantice empleos decentes, equidad social y respeto a los derechos laborales, y se centra en mitigar los impactos sociales y económicos negativos de industrias altamente contaminantes, como la minería del carbón o la industria petrolera. La segunda perspectiva, encabezada por el presidente colombiano Gustavo Petro, aboga por una transformación profunda en la relación entre la sociedad y el medio ambiente, que implica repensar y reestructurar los sistemas económicos, políticos y culturales para promover la equidad social, la justicia ambiental, la salud del planeta y la protección de los derechos de las comunidades indígenas y locales sobre sus territorios.



Lula Da Silva, presidente de Brasil, junto a Gustavo Petro, presidente de Colombia.

Por otra parte, un segundo corte es el que ocurre entre las visiones de cruzada y anclamiento. Ante la declinación que se percibe de los Estados Unidos y la necesidad de mantener la lealtad para "salvar a Occidente" y al orden internacional bajo su dominio, se observa la emergencia de lo que podríamos llamar "nuevos cruzados de Occidente" en América Latina. El término "cruzado" cobra relevancia al agrupar tanto a quienes abogan por restaurar un orden pasado como a quienes plantean defender un orden amenazado, como si estuvieran emprendiendo una cruzada moral contra "el Mal". La postura se sirve de visiones cuasirreligiosas que buscan un retorno a ciertos dogmas, principios o estructuras percibidos como abandonados, deteriorados, desviados o amenazados en el presente (Porter, 2018). 

Esta cruzada incluye tanto a reaccionarios -como Javier Milei en Argentina- que se autoproclaman antimodernos y anhelan regresar a un orden perdido que podría ubicarse en algún momento previo a la Revolución Francesa, como a liberales conservadores que procuran salvar el orden internacional liberal emergente de la Segunda Posguerra Mundial, ahora "amenazado" por autocracias como China y Rusia. El grupo reaccionario ganó prominencia significativa en los Estados Unidos a partir de la administración de Trump (2017-2021), y fue permeando otras fuerzas internacionales reaccionarias de las "periferias" noroccidentales y sudoccidentales, como Europa del Este y América Latina. 



Sin embargo, tanto "antimodernos" reaccionarios, que buscan recuperar el orden perdido, como "modernos" liberales, que procuran salvar el orden amenazado, convergen en una visión pesimista, anacrónica e hiperoccidentalista del orden que anhela revivir los tiempos de lucha contra un comunismo internacional -ahora desaparecido- de la Guerra Fría y recuperar el dominio de Occidente, amenazado por China. En los Estados Unidos, tanto republicanos y reaccionarios como demócratas y liberales confluyen en esta visión.

Xi Jinping junto a Donald Trump.

Por otro lado, en paralelo a estas visiones que mantienen una lealtad nostálgica y que se autoperciben como la retaguardia de un orden amenazado o perdido, emergen posiciones que se aferran tanto a la esperanza de un nuevo orden hegemónico con una actitud más contemplativa o de aceptación anticipada respecto al papel de China como potencia global en el escenario mundial, así como a los beneficios de forjar una relación especial con Pekín. Esto se refleja, por ejemplo, en la política exterior de Nicolás Maduro en Venezuela y de Miguel Díaz-Canel en Cuba, quienes se apoyan en una visión optimista del ascenso chino -basada solo en las oportunidades-, sin ponderar adecuadamente los efectos negativos de la dependencia con el país asiático. 



En suma, en un contexto de puja de visiones, sumado a la propia fragmentación regional, se vuelve muy difícil para América Latina ejercer influencia y desplegar una voz común en el "largo juego" de la transición internacional.

Conclusiones

Las guerras prolongadas en Ucrania y en Gaza reflejan la confrontación de proyectos sobre el orden internacional entre el Norte Occidental y el Norte Oriental. Sin embargo, en ambos polos hay inconsistencias respecto de lo que se predica. 

Occidente, liderado por los Estados Unidos, sostiene que el mundo se divide entre democracias respetuosas del orden basado en reglas y autocracias como Rusia -respaldada por China- que lo desafían. Sin embargo, desde la guerra de Kosovo en 1999, las acciones unilaterales de los países de la OTAN han violado esas reglas, una tendencia que persiste y se confirma aún más en Gaza con la habilitación a Israel para ejercer el derecho de defensa sin restricciones. 



Por otro lado, Rusia, en sintonía con China, aboga por un orden westfaliano basado en los principios de la Carta de las Naciones Unidas, mientras desata una guerra de agresión contra la soberanía de un país miembro.

La visión del Sur Global parece señalar diferencias claras respecto de ambos Nortes. Los gobiernos que se adscriben al Sur Global condenan la invasión rusa a Ucrania al tiempo que defienden la Carta de las Naciones Unidas, rechazando las sanciones económicas de Occidente a Rusia y los envíos de armas a Ucrania. Además, condenan el bloqueo a Gaza y los ataques de Hamas a Israel, así como el uso indiscriminado de la fuerza por parte de Israel, demandando un cese al fuego, respeto por el derecho internacional, protección de civiles y corredores humanitarios. Sin embargo, aunque esta postura es clara y no se alinea de forma incondicional con ninguno de los dos polos, desde el Norte Occidental se percibe como ambivalente: existe una percepción errónea en Occidente, que amparándose en el pretexto de la amenaza de China y Rusia, equipara posturas reformistas, equidistantes y autonomistas con un alineamiento hacia el Norte Oriental contemplativo de las autocracias.

Por otra parte, las guerras en Ucrania y Gaza intensifican la crisis de legitimidad del proyecto de orden liberal, cuya prédica universalista no están dispuestas a respetar ni siquiera las propias potencias occidentales. Al mismo tiempo, ambas exponen los límites del orden westfaliano, ya que al volverse más admisible y frecuente la práctica de la guerra, la posibilidad de establecer un orden basado en reglas multilaterales se desvanece.



De haber un horizonte pacífico posible, dependerá de cómo se resuelva esta transición internacional a futuro. Un escenario de bloques antagónicos sería una catástrofe que alejaría aún más las posibilidades de coexistencia pacífica y de un orden basado en reglas. Por el contrario, una transición hacia un orden -o incluso varios- que permita la convivencia de la diversidad de proyectos ofrece un pronóstico más alentador.

Un niño, ante los restos de un edificio destruido tras un ataque israelí en Rafah, al sur de la franja de Gaza. Créditos: MOHAMMED ABED (AFP).

Un eventual advenimiento de un orden internacional posoccidental no sería un fenómeno nuevo en la historia mundial ni el fin del poderío de Occidente. Tampoco sería inédito un escenario de órdenes no universalistas, donde existan diferentes marcos de referencia, siendo el occidental uno más entre ellos.



Sin embargo, el Sur Global, incluyendo a América Latina, podría jugar un papel como factor de cohesión para el avance de visiones universalistas, equilibradas, basadas en el diálogo, asentadas en los principios de la Carta de las Naciones Unidas, y orientadas no a la anulación de lo diferente, sino a la paz, el bienestar, la justicia, la reducción de las asimetrías, y el respeto a las diversidades.

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