Trump y sus amenazas

Héctor Rubini Héctor Rubini 23-01-2017
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por Héctor Rubini

Donald Trump sigue dando que hablar, pero no sorprende a nadie. Es el mismo Trump empresario, participante de reality shows y demagogo de campaña electoral, que ahora se dirige a cumplir sus promesas: eliminar el Obamacare; combatir la inmigración ilegal, sobre todo desde México; iniciar una guerra comercial contra la República Popular China y, en línea con su amistad con Rusia, relanzar acciones militares en Oriente Medio para intentar liquidar al terrorismo islámico.

Las preocupaciones

En materia económica, lo más preocupante son sus amenazas a China. Establecer aranceles y otras barreras no sólo generará respuestas comerciales desde Pekín. Las empresas estadounidenses empezarán a vérselas muy feo para continuar produciendo y exportando desde China, y las respuestas chinas no se limitarán al plano meramente comercial. Sus advertencias sobre alguna forma de intervención militar de EE.UU. en el Mar de China meridional han sido la primara “mostrada de dientes” hacia Washington que se recuerde al menos desde la muerte de Mao Zedong.

Y no se trata ahora de la China atrasada, pastoril y comunista de mediados de Siglo XX. Es un gigante industrializado, moderno, con fuerzas militares activas, un arsenal nuclear de largo alcance y en condiciones de enfrentar a EE.UU. sin ayuda de nadie. Una guerra comercial, y/o un enfrentamiento militar, dañará a las economías de ambos países, y a toda la economía mundial.

El intento inicial de “defensa” del mercado interno, junto al inevitable régimen de “compre nacional” y “emplear a nacionales” (“Buy American and hire American”), no es nada nuevo en EE.UU. Aparece en los '20, cuando luego de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique se resquebraja lo que historiadores y economistas llaman la “primera globalización”, cuyo centro era por entonces el Imperio Británico. Ya la Ley de Aranceles de 1922 y la Ley Smoot-Hawley de 1930 apuntaban al cierre total de la economía según un principio conocido como arancel “científico”: este debía ser igual al exceso del costo de producción local respecto del extranjero.

El argumento era el mismo que el que hoy repite como loro el nuevo Presidente: “El beneficio para EE.UU. va a exceder el daño hecho a los trabajadores”. El mismo es un desconocimiento explícito de que el comercio libre tiene el mismo efecto maximizador del bienestar de los consumidores y expansivo de la demanda global. Al igual que el progreso técnico, incentiva la búsqueda de líneas de producción de menores costos y la entrada y salida de empresas a distintos sectores en distintos países. Ciertamente, es psicológicamente más “entrador” y atractivo el discurso a favor de medidas de este tipo que permiten obtener financiamiento a campañas electorales y votos. Pero no es diferente, en sus efectos de largo plazo a imponer restricciones a la innovación tecnológica, o prohibiciones al menos parciales para la producción de actividades con ventajas comparativas. A nadie se le ocurriría tal cosa.

Ahora bien, para evitar la aceptación de la demagogia proteccionista, las autoridades nada hicieron para aplicar instrumentos fiscales y regulatorios para que sea más atractiva la reinversión de los ingresos de exportación en formación de recursos humanos y el desarrollo de más innovaciones tecnológicas. Cuando eso no ocurre, ante la pérdida de empleo de sectores manufactureros, el discurso proteccionista se percibe como “salvación”. La excusa son siempre las “prácticas injustas de comercio” de “los otros”. Los extranjeros.

¿Qué hará?

¿Se limitará Trump a los aranceles antichina prometidos en la campaña? Se verá en estas primeas semanas de su gestión. El equipo económico que ha nombrado sugiere que no. Lo más probable es que se busque aplicar la misma variedad de restricciones arancelarias y paraarancelarias como en los '70 y '80 contra otros “culpables” de esas prácticas “injustas”, como Japón, Corea del Sur y Brasil. Pero nadie puede prever cómo empezará el fin de la historia amistosa con China, ni tampoco su desarrollo. ¿Se limitará a instrumentos comerciales o no? ¿Respetará los límites de la OMC o no? ¿Las inevitables represalias chinas se limitarán a réplicas en la arena del comercio de bienes? ¿Qué ocurrirá con servicios reales y financieros? ¿Cómo será la convivencia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas? ¿Terminará esto en enfrentamientos militares de final incierto?

Trump está lanzando a EE.UU. a un ensayo sin antecedentes históricos: restricciones comerciales contra un país con el que no está en guerra. Las prácticas proteccionistas aplicadas en el Siglo XX se focalizaron fundamentalmente en países dependientes de la ayuda militar o de la ayuda financiera de Washington. China, en cambio, cuenta con capital real hundido del país del norte y ha adoptado y copiado su tecnología. Nunca ha sido aliado militar ni es deudor sino acreedor neto de EE.UU. Es la segunda economía del mundo, y su mercado interno significa el principal cliente para las exportaciones de decenas de países emergentes, y uno de los mayores para varios países desarrollados. Una guerra comercial entre dos grandes del comercio mundial puede resultar quizás más desastrosa para quienes exportan a China, que para el país asiático. A su vez, parte de estos países son importadores de no pocos bienes finales e intermedios desde EE.UU. El resultado previsible, no sorprenderá a nadie: contracción del comercio mundial, menor crecimiento del empleo en China y Estados Unidos, y contracción de las exportaciones y del empleo de mano de obra y otros recursos de los exportadores a China y a EE.UU.

Sin reglas Ya con restricciones aplicadas y con sus efectos negativos en ciernes, es de esperar que la administración Trump busque compensarlos con concesiones bilaterales. Su discurso indica que no va a respetar dos principios básicos de los acuerdos del GATT y de la OMC: el de no discriminación y el de consulta. ¿Renacerá, entonces, el bilateralismo de entreguerras? Parece improbable, pero no es imposible. Tampoco sería imposible la aprobación de leyes que dificulten la reducción de aranceles o atenuación de medidas paraarancelarias. Significaría un retroceso al menos al escenario de los '50 del siglo pasado, cuando el Congreso de EE.UU. introdujo la cláusula de escape y las disposiciones de punto de peligro para dificultar a la Casa Blanca la negociación de reducciones arancelarias significativas. Además, una guerra comercial entre EE. UU. y China y otros países, incentivará trabas a la movilidad de bienes, personas y otros recursos en el resto del mundo. En suma, habrá que ver si Trump se lanza o no a esta “aventura”.

Inicialmente podrá obtener algunos beneficios, pero en el largo plazo el impacto negativo en el resto del mundo puede anular esas ganancias iniciales. Lo que sí es claro es que, en el largo plazo, no “gana” nadie. Todos estaremos peor.

(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la USAL.

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