Claves

Tratando de entender la lógica detrás de las políticas erráticas de Trump

Si la historia deja alguna lección, es que un presidente en su segundo mandato, liberado de las presiones de la reelección, tiende a priorizar su legado sobre la prudencia.

Donald Trump debutó con la pólvora mojada.
Donald Trump debutó con la pólvora mojada. .

La estrategia política y económica detrás del segundo mandato de Donald Trump es tanto errática como deliberada, una contradicción que vuelve casi imposible descifrar sus verdaderos objetivos. El aparente caos que rodea sus políticas —desde la montaña rusa de aranceles hasta las irregularidades del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) y su desdén general por la ortodoxia económica— plantea una pregunta clave: ¿Trump sigue una estrategia coherente o simplemente reacciona a imperativos políticos inmediatos?

Hay quienes sostienen que la política comercial de Trump, en particular su agresiva estrategia arancelaria, busca revitalizar la industria estadounidense, corregir los desequilibrios comerciales y ejercer presión sobre quienes considera sus competidores internacionales. 

Bajo este paradigma, los recursos generados por los aranceles podrían compensar la reducción de impuestos. 



Otros, en cambio, ven su nacionalismo económico como un medio para un fin completamente distinto: no tanto una reforma económica genuina, sino una jugada política para afianzar su dominio y debilitar el orden internacional vigente.

Trump no es ajeno a la Casa Blanca y su plataforma política sigue la misma línea de su primer mandato. Lo que cambió es el contexto: ahora ya no tiene que preocuparse por una reelección, ya que de facto no ocurre desde Franklin D. Roosevelt. 

Durante su primera gestión, la necesidad de conquistar otro período actuó como un freno, obligándolo a mostrar cierta moderación para preservar la estabilidad económica. Existía un incentivo tangible para evitar una recesión, garantizar un buen desempeño de los mercados financieros y atraer a votantes clave en distritos electorales disputados. 



Sin la presión de conquistar la reelección, su única preocupación política son las elecciones de medio término, lo que le permite adoptar políticas más agresivas y de fuerte carga ideológica, priorizando su legado político por sobre la previsibilidad económica.

Este cambio se vuelve evidente en su enfoque sobre los aranceles. Mientras que en su primer mandato los usó como una herramienta de negociación — imponiéndolos para luego moderarlos mediante acuerdos —, en esta nueva etapa parecen haberse convertido en un fin en sí mismo. 

La imposición de aranceles amplios sobre socios comerciales clave, como China y la Unión Europea, sugiere que ya no busca concesiones económicas específicas, sino consolidar un esquema proteccionista que modifique de manera estructural las relaciones comerciales de Estados Unidos. 



Algunos argumentan que este uso agresivo de los aranceles busca desmantelar el sistema económico internacional de posguerra, lo cual es coherente con su escepticismo respecto de las instituciones multilaterales. Otros lo ven como una herramienta política interna, diseñada para movilizar a su base electoral con un discurso nacionalista y desviar la responsabilidad de cualquier desaceleración económica.

  • Las inconsistencias en la ejecución de sus políticas volvieron casi imposibles de discernir sus verdaderas intenciones. 

Sin embargo, hay un punto claro: su lógica tiene fallas. Los aranceles funcionan como un impuesto sobre los estadounidenses, no sobre los países extranjeros. Cuando las empresas pagan aranceles, por ejemplo, sobre productos chinos, esos costos tienden a trasladarse a los consumidores en forma de precios más altos, ya que las compañías no quieren reducir sus márgenes de ganancia. Esta presión inflacionaria erosiona aún más el poder adquisitivo. 

Trump parece creer que esto impulsará la inversión extranjera directa en Estados Unidos o la relocalización de la producción. Pero para que esto ocurra, debería haber una señal clara sobre el porcentaje del arancel y este debería ser lo suficientemente alto como para modificar las decisiones de inversión y reconfigurar las cadenas globales de valor. Todo este proceso lleva tiempo, genera distorsiones, ineficiencias y provoca costos significativos, al menos en el corto y mediano plazo.



Otro aspecto llamativo de su segundo mandato es el manejo caótico de las reformas gubernamentales, en particular a través del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE). Lejos de optimizar el funcionamiento del Estado, como su nombre sugiere, el DOGE se convirtió en un símbolo de la mala gestión de su administración. Lo que en su momento se presentó como una herramienta para reducir el gasto y reformar la burocracia terminó marcado por decisiones erráticas y constantes cambios de rumbo. Para muchos, esto no es un caso aislado, sino parte de un patrón más amplio en la forma en que Trump gestiona las políticas públicas: no como un estratega con visión de largo plazo, sino con improvisaciones y movimientos sin una dirección clara.

El impacto en los mercados financieros fue inmediato y agudo, y Trump no parece estar preocupado. A diferencia del período inicial de optimismo y récords históricos —cuando los índices financieros se dispararon ante las promesas de desregulación y recortes impositivos—, el panorama actual está marcado por la incertidumbre. 

Los inversores reaccionaron con nerviosismo ante lo que parece ser una política comercial errática y una actitud confrontativa hacia socios comerciales clave.



Las correcciones de mercado y la volatilidad exacerbada ya son la norma, al menos en el corto plazo, lo que obliga a la Reserva Federal a maniobrar con extrema cautela. La Fed tiene que lidiar con presiones inflacionarias combinadas con una desaceleración de la actividad económica en el corto plazo (algo que explicitó Powell en la conferencia de prensa posterior a la decisión de tasas), y, desde una perspectiva de largo plazo, con los efectos de una mayor fragmentación del sistema económico internacional, donde las reglas establecidas están siendo reemplazadas por un enfoque unilateral e impredecible.

¿Qué límites, si es que existen, tiene Trump en este escenario? 

La pregunta, entonces, es: ¿qué límites, si es que existen, tiene Trump en este escenario? Aunque Trump puede forzar al Partido Republicano a adoptar su visión radical, la realidad es más compleja. 

Las encuestas indican que más del 60% de los estadounidenses desaprueba sus políticas arancelarias y más de la mitad está insatisfecha con su manejo de la economía. Incluso dentro de su propio partido, podrían surgir presiones para moderar su enfoque, especialmente en el Congreso, si el clima de incertidumbre se prolonga. Existen ciertos frenos institucionales, como la Corte Suprema y otros organismos legales, pero su capacidad para intervenir en la política económica es, en el mejor de los casos, indirecta.



En última instancia, la discusión no gira simplemente en torno a si sus políticas van a dañar la economía—existe un consenso amplio de que así será—, sino en qué medida este daño es intencional y en qué medida es simplemente un efecto colateral. En un mundo donde la política económica está cada vez más subordinada a la lógica del espectáculo político, distinguir entre estrategia y puesta en escena nunca fue tan difícil. 

Pero, si la historia deja alguna lección, es que un presidente en su segundo mandato, liberado de las presiones de la reelección, tiende a priorizar su legado sobre la prudencia. El problema, en este caso, es que ese legado sigue siendo un objetivo difuso y en movimiento.

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