En la década de 1990, a medida que la caída de la Unión Soviética se acercaba, Francis Fukuyama recuperó un concepto hegeliano: el fin de la historia. Para el analista, la realidad de ese momento mostraba que los ideales liberales habían triunfado sobre el comunismo. Por ello, tarde o temprano, todo el mundo terminaría adoptando esos principios y, en paralelo, alcanzaríamos el fin de la historia (el fin de los debates ideológicos sobre cuál es el modelo político y económico por excelencia).
Desde ese momento, año tras año, y tras el inicio de la hegemonía estadounidense (el momento unipolar), los principios liberales se expandieron por casi todo el mundo, incluso con países como Rusia o China aceptándolos en menor o mayor medida (Moscú se convirtió en miembro del G8 en 1998, mientras que Pekín hizo lo mismo en la OMC en 2001).
Pero como los expertos predijeron, era cuestión de tiempo para que el poder norteamericano comenzara a reducirse (las demás potencias nunca aceptarían la supremacía total de Washington). Así, tras los ataques a las Torres Gemelas, a lo que luego se sumó la crisis económica de 2008-09, la era unipolar comenzó a llegar a su fin.
El problema fue que, a medida que el poder de Estados Unidos comenzó a retroceder, también lo hicieron los principios de liberalismo, lo cual nos trajo hasta el mundo en el que habitamos hoy: prácticamente han desaparecido el respeto por la soberanía (como lo demuestran la invasión rusa de Ucrania o la captura de Nicolas Maduro en Venezuela a manos de Estados Unidos) o la cooperación internacional (Estados Unidos amenaza a sus propios aliados, como se ve en la intención de Trump de anexar Groenlandia, territorio perteneciente a Dinamarca, miembro de la OTAN).
Sin embargo, la gran cuestión es que, aunque el Orden Liberal está llegando a su fin (si es que ya no llegó), aún no está claro hacia dónde se dirige el mundo. E incluso lo más preocupante no es tanto lo que el futuro nos depara, sino que algunos países parecen no haberse percatado de que el mundo, una vez más, está cambiando para siempre.
Intentando encontrar respuestas para este incierto panorama, El Economista dialogó en exclusiva con Andrea Oelsner, Doctora en Relaciones Internacionales y Directora de la Maestría en Política y Economía Internacionales de la Universidad de San Andrés.
-Desde hace al menos diez años, se habla de que el Orden Liberal, creado por Estados Unidos tras el fin de la Guerra Fría, está en crisis. Incluso, la última visita de Donald Trump a Xi Jinping en China o su cumbre con Vladimir Putin el año pasado en Alaska dan a entender que las grandes potencias piensan en dividir el mundo en esferas de influencia. ¿Cree que hay forma de revertir esta crisis o debemos acostumbrarnos a que el mundo que se viene será muy diferente al que conocíamos?
Creo que estamos efectivamente en un momento de quiebre. En los últimos 80 años, hubo una serie de "quiebres" que marcaron la política internacional y que empezaron con la Segunda Guerra Mundial y la construcción de un orden nuevo, un orden bipolar, liderado por Estados Unidos y la Unión Soviética, que duró unos 45 años. La caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética fue otro momento de quiebre, aunque los años que vinieron después tuvieron un reordenamiento bastante rápido, convirtiéndose en un orden más liberal.
El orden liberal de la pos Segunda Guerra Mundial era un orden liberal solo para una fracción muy pequeña del planeta, porque solamente se desarrollaba en una parte del mundo, la occidental (Europa occidental, el Atlántico norte, Australia, Japón y algo más).
Por lo demás, no era un orden internacional y tampoco tan ordenado, porque en muchas partes del planeta, en los márgenes, sobre todo, hubo muchas y muy violentas guerras y conflictos armados.
También podríamos poner en duda que haya sido liberal porque fue un orden que, cuando lo necesitó, apoyó a regímenes no liberales, iliberales e incluso dictatoriales, ya que Estados Unidos necesitaba sumar aliados para contener a la URSS y se acomodaban a las diferentes circunstancias. Eso en América Latina se vio muy claramente cuando Estados Unidos apoyó distintos golpes de Estado.
Pero la caída del Muro de Berlín y la posterior disolución de la Unión Soviética marcan un nuevo ordenamiento. A partir de ahí, y por algunos años, entramos en un mundo unipolar, con el liderazgo indiscutido de Estados Unidos. Ese momento, que fue efectivamente un cambio de paradigma internacional, duró más o menos una década. En cuanto a los ataques del 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo, también marcaron un cambio en el ordenamiento internacional, ya que se evidencia un debilitamiento relativo de Estados Unidos más que su fortaleza.
Hoy Estados Unidos claramente no es un país débil. Aunque, en términos relativos, no tiene el mismo poder. Hay otros estados que, entre tanto, se fortalecieron bastante. Y por eso creo que lo que estamos viviendo ahora, con las guerras de Ucrania y de Irán, marcan el fin de una era. Están señalizando el comienzo de otro tipo de ordenamiento político internacional.
Así como en 1989 y 1991 no sabíamos muy bien hacia dónde iba el mundo, ahora estamos en una situación similar. No sabemos exactamente cómo va a ser ese reordenamiento, pero me parece que algunas señales y características podemos empezar a ver.
Claramente es un ordenamiento donde el territorio vuelve a tener mucha importancia. Durante muchos años, creíamos que los conflictos interestatales territoriales habían perdido su protagonismo, pero ya no. No es simplemente una nueva Guerra Fría o una nueva guerra caliente igual que las anteriores.
Se trata de un ordenamiento donde la geopolítica y la geoeconomía vuelven a tener un lugar muy importante y donde Irán ─y supongo que seguramente otros países también─ se está dando cuenta de que les da mucha más fortaleza tener control sobre pasos estratégicos que tener una bomba atómica.
Irán, en otras palabras, descubrió que tiene superpoderes: el estrecho de Ormuz. El poder de decidir cerrar o no el estrecho le da muchísimo poder y descubrió que, con eso, efectivamente, puede alterar el orden mundial, la economía, el comercio y, de alguna manera, pegarle a Estados Unidos en un lugar donde le duele mucho.

-¿Cree que el propio Estados Unidos -y en particular los dos gobiernos de Donald Trump- es el gran responsable de la crisis de este orden liberal?
Creo que estamos frente a cambios mayores en el ordenamiento internacional. Y parte de esos cambios tienen que ver con el realineamiento de las alianzas. En poco tiempo, el gobierno de Trump le puso mucha tensión a las relaciones muy tradicionales de Estados Unidos. Washington construyó, con mucho esfuerzo, durante los primeros 45 años después de la Segunda Guerra Mundial, un entramado de alianzas y de relaciones profundas con los estados, fundamentalmente los occidentales, que siguió en el periodo de la posguerra fría.
Pero, en poco tiempo, el gobierno de Trump puso mucha tensión sobre esas relaciones, y es un daño que va a llevar mucho tiempo reparar. Seguramente no alcance con que haya elecciones en Estados Unidos y algún nuevo gobierno, que tampoco se sabe cuál puede ser; eso no va a reparar los vínculos tan rápidamente.
Si pensamos en países como Canadá y el Reino Unido o la Unión Europea, son todas relaciones muy especiales, con mucha interdependencia comercial y política, con un entramado institucional muy denso. Pero ahora, Ottawa o Londres se sienten traicionados. Y eso marca un cambio importante. Estados Unidos, que era el centro de toda una red de entramado institucional y de relaciones muy densas con aliados de muy largo plazo, en muy poco tiempo generó que los países europeos empezaran a hacer cola para ir a visitar a Xi Jinping. Incluso el primer ministro canadiense dio un discurso en el Foro de Davos en donde dijo que ya no se podía contar con las alianzas tradicionales.
Por eso, me parece que habrá un realineamiento importante de las alianzas, si bien no sabemos exactamente cuál va a ser. Quizás estemos efectivamente moviéndonos a un orden menos liberal y caracterizado por alineamientos ideológicos y basados en valores, pero más pragmático o ─como se dice en el gobierno de Trump─ más transaccional.

-Más allá de las cuestiones mundiales, ¿la crisis de Orden Liberal podría explicarse por factores internos? Cuestiones como la llegada de Trump al poder en 2016, la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit), y los avances de la extrema derecha en Alemania, Francia e Israel parecen ser factores determinantes a la hora de explicar esta situación.
Hay muchos autores que atribuyen el origen de la actual crisis liberal a factores internos de los países. Gran parte del problema es la erosión de órdenes liberales y de las democracias a nivel interno. El peligro mayor no es exógeno, sino endógeno.
Los estudios que miden la calidad de la democracia a nivel global están marcando continuamente que hay una erosión de la democracia. No necesariamente hay más golpes de Estado, pero sí las democracias se están erosionando, están degradando la calidad de sus regímenes. Y eso, evidentemente, después se refleja en el tipo de ordenamiento internacional menos liberal.
Si hay menos consensos domésticamente y hay más desgaste de los valores liberales hacia adentro de los estados, sobre todo en aquellos estados que tradicionalmente sostuvieron el liberalismo, entonces no debería sorprendernos que, a nivel internacional, observemos ese mismo desgaste de los valores. Y efectivamente, no es solo Trump o Israel o la crisis política británica. También fuimos viendo un crecimiento de regímenes más iliberales en muchos otros países de Europa Occidental y América Latina.

-Tras el fin de la Guerra Fría, era inevitable alinearse detrás de Estados Unidos, tal como sucedió con Argentina durante el gobierno de Carlos Saúl Menem. Sin embargo, en el actual contexto, en el que queda en evidencia que Estados Unidos no es el único actor que dicta las reglas de juego, parece, como mínimo, cuestionable cualquier política exterior de alineamiento total con Washington. Por ello, aunque se entiende que los países de América Latina deben tener en cuenta los intereses de Estados Unidos -principalmente en términos de seguridad, ¿qué explica el acercamiento regional a Washington?
En términos generales, podríamos decir que, si bien a nivel retórico ─aunque también en muchos de los votos que finalmente la Argentina hace en las Naciones Unidas y en organismos internacionales─ el gobierno de Javier Milei está alineado casi directa e inmediatamente con Estados Unidos, al mismo tiempo Argentina y otros países tienen una posición bastante pragmática, en la que China es el primer o segundo socio comercial de la mayoría de los países de la región.
Por lo tanto, esa elección no parece que obligue a elegir por uno o por otro. Seguramente, en términos de tecnología, sea distinto y allí haya que, en algún momento, tomar decisiones de alineamiento.

-En el caso particular de Argentina, el alineamiento no es solo con Estados Unidos, sino también con un país mucho más polémico como Israel. Teniendo en cuenta el accionar de Tel Avivi en Gaza, el cual ha sido condenado a nivel mundial, ¿este tipo de alineamientos, que parecen estar sustentados prácticamente en los intereses del presidente Javier Milei, afectan el prestigio de nuestro país?
Considero que es un error diseñar una política exterior basada en las preferencias y las conductas de otro actor. No hay una mirada demasiado crítica. Sería más deseable una política exterior y una política internacional basada más en las necesidades, las preferencias y un análisis efectivo del rol de la Argentina en el mundo, antes que un alineamiento casi automático como el que tenemos con Estados Unidos e Israel.
Sin embargo, como dije anteriormente, no necesariamente todas las políticas del país están alineadas con Estados Unidos, ya que China sigue siendo el segundo socio comercial de la Argentina y sigue invirtiendo en el país. Y esa situación de tener que elegir un socio u otro no se está dando.
En términos generales, me parece que cualquier país debería poder definir su política exterior de forma más independiente, atendiendo a las trayectorias históricas y a las tradiciones internacionales del país.