La inflación volvió. Y esta vez, el problema no es solamente cuánto sube la nafta o cuánto cuesta viajar. El verdadero drama empieza a aparecer en otro lado: los salarios ya no alcanzan para seguirle el ritmo a los precios.
Eso es exactamente lo que está empezando a ocurrir en varias economías desarrolladas tras la nueva crisis energética provocada por la guerra entre Irán e Israel y el cierre del estratégico Estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del comercio mundial de petróleo.
Según un análisis del Financial Times, los salarios reales —es decir, el poder de compra efectivo de los trabajadores— ya comenzaron a caer nuevamente en Estados Unidos, Reino Unido y parte de Europa.
En Estados Unidos, por ejemplo, la inflación anual saltó al 3,8% en abril, mientras que los salarios crecieron apenas 3,6%. En términos simples: los precios están aumentando más rápido que los ingresos de la gente. Es la primera vez que ocurre en dos años.
La situación preocupa porque el mundo venía recién recuperándose del shock inflacionario de 2022. Pero ahora el conflicto geopolítico volvió a disparar los costos energéticos, el transporte y múltiples cadenas de suministro globales.
"La guerra está alterando las cadenas de suministro y empujará los precios aún más arriba", advirtió Diane Swonk, economista jefe de KPMG US.
El problema no es solamente económico. También es político y social.
Cuando los salarios reales caen, las familias consumen menos, las empresas venden menos y las economías empiezan a frenarse. Eso puede derivar en menor inversión, despidos y más tensión social.
En Reino Unido, por ejemplo, los trabajadores prácticamente dejaron de recuperar poder adquisitivo y el mercado laboral ya muestra señales de deterioro, con menos contrataciones y vacantes en mínimos de cinco años.
En la eurozona, el panorama también se complica. Economistas privados ya advierten que el crecimiento de salarios reales podría quedar cerca de cero durante 2026, especialmente en países como Francia, donde el margen fiscal para subsidiar a los consumidores es muy limitado.
El temor de fondo es que el mundo entre en una dinámica peligrosa: inflación persistente, crecimiento débil y deterioro gradual del nivel de vida.
Y aunque parte del mercado todavía apuesta a que la situación pueda mejorar si se normaliza el tránsito por Ormuz y baja el precio de la energía, muchos economistas creen que el daño ya empezó.
"El mayor problema es que estos episodios de inflación persistente terminan afectando el empleo", explicó Swonk.
En otras palabras: la guerra ya no impacta solamente en los mercados financieros o en el precio del petróleo. Ahora empieza a sentirse directamente en el bolsillo de millones de trabajadores.
Y eso puede terminar siendo mucho más peligroso para la economía global.