por Héctor Rubini (*)
El ingreso de divisas y la actividad económica de Argentina están íntimamente ligados desde hace más de un siglo. La oferta de fondos prestables del resto del mundo y la demanda externa de productos no se mueven siempre en la misma dirección. Sin embargo, cuando ambas “fuerzas” se debilitan, el impacto negativo sobre las cuentas externas y la actividad de nuestro país se traduce en recesión y, bajo ciertas condiciones, junto a deflación, como se observó a fines de los '90, o a recesión con inflación como en el corriente año. Por el lado financiero, rápidamente la actual administración resolvió el conflicto con los holdouts e instrumentó una liberación cambiaria con inicial devaluación de la moneda.
Por el lado comercial, el escenario externo se presenta adverso desde el segundo semestre del año pasado: desaceleración de la economía china y caída en la actividad y en la demanda agregada de Brasil. Este último factor se lo percibe en general como el principal viento en contra que recibe la economía argentina desde el exterior.
No pocos consultores y empresarios perciben que, a más tardar, a fines del primer trimestre de 2017 comenzaría a revertirse la dinámica bajista de nuestro vecino. Por ese lado podría asistirse a partir de abril-mayo a una recuperación permanente de la actividad y de las exportaciones del complejo automotriz, con impacto positivo en el empleo y en las expectativas de empresarios y consumidores.
Más allá?
Sin embargo, se mantiene como factor de riesgo el comportamiento del gigante chino. Aun contemplando la visible prudencia con que se vienen aplicando las reformas promercado en ese país desde 1978, la expansión de la demanda y del crédito para revertir la tendencia a la desaceleración del crecimiento puede enfrentar turbulencias en el corto plazo.
El fomento al consumo vía expansión de crédito blando y emisión monetaria no sólo fomentó el endeudamiento de familias y empresas privadas sino de empresas públicas municipales, estaduales y nacionales, y de la administración central del Gobierno chino.
Las estimaciones sobre el total de dicho endeudamiento no son coincidentes, algo a lo cual contribuye la persistente falta de claridad de las metodologías de cuentas nacionales de dicho país. Sin embargo, tanto las estimaciones de observadores locales como extranjeros indican que entre 2007 y 2015 el endeudamiento privado y púbico de la República Popular China se ha cuadruplicado, y que a fin del año pasado el stock total de pasivos privados y públicos en ese país equivalía a unos US$ 26 billones. Es decir, aproximadamente el 250% del PIB chino. Sobre este total, no menos del 156% a los pasivos de empresas no financieras estatales con bancos estatales, o con apoyo estatal.
La economía real no muestra signos de aceleración de su velocidad de crecimiento del PIB. En 2015 el PIB creció 6,9%, la tasa más baja de crecimiento del último cuarto de siglo, y si bien el Gobierno chino subió la meta de crecimiento para este año de 6,5% a 7%, en los dos primeros trimestres de este año el PIB de este país creció 6,7%.
El fondo
Durante varios años se ha observado una expansión de la inversión superior a la del consumo, algo percibido como insostenible especialmente desde fuera de China, pero si se desacelera el crecimiento de la oferta de bienes, en el largo plazo la velocidad de crecimiento es factible si aumenta la tasa de inversión. La realidad no parece indicar eso: en el primer semestre de este año, la inversión en activos fijos creció 9% interanual, la menor tasa de crecimiento observada desde 2000. ¿Podrá la expansión del consumo y de los servicios en el mercado interno, contribuir más al crecimiento que la inversión en activos fijos y que las exportaciones netas? Nadie lo sabe.
La evidencia del primer semestre no es muy alentadora. La minería creció apenas 0,1% interanual, mientras que electricidad, gas y agua creció apenas 2,6%. Dado que más del 60% de la inversión bruta interna fija total es privada y sus perspectivas de crecimiento para este año están en torno de 0%, el Gobierno chino optó por tratar de compensarlas con nuevas obras de infraestructura, pero no ha sido insuficiente para acelerar el crecimiento, y revertir expectativas.
El “alivio” estatal fue complementado con una política monetaria generosa, pero riesgosa. En el primer semestre de este año los créditos de los bancos estatales chinos mostraron un crecimiento interanual del 10,8%, pero la caída de la rentabilidad ha conducido a un crecimiento permanente de los créditos incobrables. Parte de ellos han comenzado a transformarse en activos securitizados con descuentos en torno del 24%. Si bien esto fuerza a los bancos a reflejar contablemente valores realistas de esos créditos, pero no es una solución al problema en términos agregados. Transformados en activos securitizados con un haircut de 24% obligan a los bancos a reconocer pérdidas por US$ 2,6 billones. Ese descuento indica que el problema de la incobrabilidad es real y significativo, pero de aplicarse sobre la mayoría de los pasivos “tóxicos” del sistema bancario, conduciría a reconocer nuevas pérdidas entre 2, y 4,5 veces el patrimonio neto líquido de los bancos chinos.
En un extremo, una solución alternativa extrema es el de no resolver los problemas de incentivos a la demanda coherentes con el crecimiento de largo plazo, ni los vinculados al exceso de capacidad en varios sectores. Frente al “no hacer nada”, la solución es la de continuar con la gradual concreción de estas securitizaciones.
El riesgo implícito es el de incurrir en una crisis “a la japonesa”, con crecimiento nulo por varios años y problemas de liquidez sistémica, y aun de solvencia sin resolver por completo. En otro extremo emerge una solución como la de Irlanda luego de 2008, mediante un programa de salvataje y capitalización de entidades financiado por el Estado y con asistencia externa. Esto requiere significativamente el endeudamiento público, y esperar no menos de 2-3 años hasta retomar un sendero de crecimiento sostenido.
Hacia adelante
Cualquier alternativa conduce a no menos de dos años con declinante crecimiento de la oferta y demanda de bienes en China, una noticia nada auspiciosa para nuestras ventas a ese país, concentradas en los productos del complejo sojero.
El tamaño y el potencial todavía inexplotado en ese país ameritan mantener y aumentar el volumen del comercio bilateral. Sin embargo, estos riesgos obligarán en nuestro país a impulsar una mayor diversificación del menú exportador, tanto en término de bienes como de socios comerciales. De lo contrario, una desaceleración abrupta del PIB chino y de la demanda de exportaciones podría afectar a nuestro país en igual o mayor grado que la recesión brasileña de este año.
(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la USAL