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El Banco Central de Argentina en un mundo que se enfría

Lo que falta no es discutir si cerrar o no el Banco Central sino qué tipo de autoridad monetaria hace falta para el mundo deflacionario que se viene.

El Banco Central de Argentina en un mundo que se enfría

El presidente argentino Javier Milei construyó buena parte de su identidad política sobre una propuesta radical, la de cerrar el Banco Central de la República Argentina, dolarizar la economía y eliminar así la posibilidad de que el Estado se financie imprimiendo dinero. 

La propuesta, sostenida con intensidad variable desde su campaña de 2023, tiene raíces teóricas en la escuela austriaca de economía, particularmente en los trabajos de Murray Rothbard, y se presenta como solución definitiva al problema de la inflación crónica que Argentina padeció durante 80 años.

El argumento tiene una fortaleza real que conviene reconocer antes de entrar en las objeciones. Los bancos centrales, particularmente en países con instituciones débiles, fueron el mecanismo principal por el cual los gobiernos financian déficit fiscal a través de emisión monetaria. Argentina es probablemente el caso más dramático del mundo. Durante ocho décadas, gobiernos de todos los colores políticos usaron al Banco Central como caja para pagar gastos que no querían o no podían financiar con impuestos. El resultado fue la inflación crónica, la destrucción del poder adquisitivo, el empobrecimiento de los asalariados, el desaliento del ahorro y la distorsión de todas las decisiones económicas.



La lógica de Milei es clara. Si el problema es que existe un mecanismo de emisión capturable por el poder político, la eliminación del mecanismo resuelve el problema de raíz. Sin banco central, no hay emisión e inflación. Con la economía dolarizada, la disciplina monetaria viene impuesta desde afuera, y ningún gobierno argentino recurrirá a la vieja trampa de la imprenta.

Hay evidencia empírica que respalda este razonamiento. Países sin moneda propia, como Panamá desde 1904 o Ecuador desde el año 2000, tienen inflación estructuralmente más baja que sus vecinos. El Salvador, dolarizado en 2001, mantuvo precios estables durante dos décadas. La disciplina externa opera donde la disciplina interna falló.

Sin embargo, y acá está el giro interesante que motiva este artículo, la propuesta de Milei fue construida mirando hacia atrás, como respuesta a 80 años de inflación argentina. El mundo que viene, si el análisis de los próximos años es correcto, no será un mundo inflacionario sino deflacionario. Y una Argentina dolarizada ante la deflación se encontrará con problemas que Milei no anticipa.



La inflación y la deflación requieren respuestas opuestas de política monetaria. Ante una inflación alta, la receta es restringir con un incremento en tasas de interés, límites a la emisión, reducción del gasto fiscal y el enfriamiento de la demanda. Atarse las manos monetariamente, como propone Milei, es una receta coherente en un mundo donde el riesgo principal es la expansión excesiva.

Ante la deflación, la receta es la contraria ya que se debe expandir la demanda de alguna manera, incluyendo la reducción de tasas interés y la inyección de liquidez, el estímulo del consumo e inversión, para evitar que se instale la espiral en la que la gente posterga compras y las empresas despiden trabajadores. El problema es que todas estas herramientas requieren control sobre la moneda. En una economía dolarizada, el país no tiene estos recursos. La política monetaria la determina la Reserva Federal de Estados Unidos, que responde a las condiciones de la economía estadounidense, no a las de Argentina.

Veamos el escenario concreto que viene. Si Estados Unidos entra en una fase deflacionaria estructural entre 2028 y 2032, como proyecta el análisis sobre el impacto de la inteligencia artificial, la Reserva Federal bajará las tasas de interés. Esas tasas bajas, en una economía global financieramente integrada, se transmitirán hacia todos los países que usan el dólar o que están estrechamente vinculados al dólar. Una Argentina dolarizada importaría esa política.



Pero la Argentina no tiene la misma estructura económica que Estados Unidos. Sus problemas no serán los mismos. La baja de tasas estadounidense responderá a los problemas de ese país. Y el país sudamericano recibiría los efectos colaterales sin haber votado por esa política. Si Argentina necesita, por razones propias, una política monetaria diferente, no puede ejecutarla y queda atada a lo que decidan en Washington.

El precedente más claro de este problema es Grecia dentro de la zona euro durante la crisis de 2010 a 2015. Grecia, al adoptar el euro, había cedido su política monetaria al Banco Central Europeo. Cuando ese país entró en crisis profunda, la política monetaria que necesitaba era radicalmente distinta de la que Alemania necesitaba. Pero el Banco Central Europeo, por diseño, respondía a las condiciones promedio de la zona euro, dominadas por Alemania. Grecia no tenía herramientas monetarias propias, y el ajuste recayó enteramente sobre la política fiscal, es decir sobre aumentos de impuestos y recortes de gasto. El resultado fue una recesión devastadora, con desempleo de más del 25% y colapso del producto bruto interno del orden del 25% acumulado en cinco años.

Ese es el riesgo estructural de dolarizar en un mundo que entrará en condiciones distintas. Argentina enfrentaría un shock propio, por ejemplo una caída de precios de commodities agrícolas por exceso de oferta tecnológica global, y encontrarse sin herramientas para responder porque la política monetaria la determinan otros.



Hay un segundo problema. En un mundo deflacionario, las deudas crecen en términos reales aunque no crezcan en términos nominales. Si una persona debe un millón de dólares y los precios bajan 3% al año, al cabo de cinco años ese monto representa 15% más de poder adquisitivo que al principio. Es como si la deuda hubiera crecido sin que nadie la aumentara.

Argentina es un país estructuralmente deudor. Tiene deuda pública, privada empresarial y externa. En un entorno deflacionario importado, todos esos pasivos se vuelven más pesados sin que nadie las haya tomado. Por lo tanto, el país se empobrece automáticamente. Y sin banco central propio no puede recurrir a medidas de países emisores en esos casos, con la expansión de la oferta monetaria para aliviar el peso real de las deudas.

dolar - EE
 



No se argumenta que la dolarización sea mala en todos los escenarios, sino que en un mundo inflacionario, probablemente sea la mejor opción para Argentina. Entre tanto, el punto es más sutil. La dolarización optimiza para cierto tipo de problema, y este no es la principal dificultad que la economía mundial enfrentará en los próximos diez años.

Hay una tercera consideración, más técnica pero relevante. Milei propone, siguiendo a Rothbard, que los bancos centrales son instituciones innecesarias creadas por razones políticas. Eso es históricamente cierto y se conforma con el Federal Reserve Act que creó la Reserva Federal de Estados Unidos de 1913. El Banco de Inglaterra fue nacionalizado en 1946 y el Banco Central Europeo recién existe desde 1998, todas son construcciones relativamente recientes, no necesidades eternas. La humanidad vivió durante miles de años sin bancos centrales.

El argumento es lógicamente válido, pero omite algo importante. Durante la mayor parte de la historia humana, las economías tampoco enfrentaban shocks de la naturaleza y la velocidad que la inteligencia artificial promete. Los bancos centrales fueron creados para gestionar shocks complejos en economías monetarias desarrolladas. Eliminarlos en el momento en que se aproxima un shock que requiere gestión activa es una apuesta arriesgada. Es como desmantelar el sistema de bomberos en el momento en que se aproxima la temporada de incendios más larga de la historia.



La propuesta correcta, desde un análisis técnico frío y sin ideología, no es eliminar el banco central argentino, sino refundarlo bajo reglas que impidan su captura fiscal. Lo que Alemania hizo con el Bundesbank después de la hiperinflación de 1923 y mantuvo con éxito durante setenta años, Chile hizo con su Banco Central independiente desde 1989 y Nueva Zelanda implementó con el Reserve Bank Act de 1989. Todos esos casos son bancos centrales rediseñados con blindaje institucional fuerte, prohibición absoluta de financiar al Tesoro, mandato estrecho de estabilidad de precios, y mecanismos de gobierno que resisten la presión política.

Estos casos muestran que el problema de la inflación argentina no es la existencia del banco central, sino el diseño de esa institución. Un banco central bien pensado elimina la inflación crónica.

Hay otro aspecto de la cuestión que merece un seguimiento. Milei presenta su propuesta como liberadora, como la emancipación del ciudadano frente al poder discrecional del Estado monetario. Es una presentación convincente en lo emocional, pero analíticamente incompleta. Dolarizar no es eliminar el poder monetario sino transferirlo de Buenos Aires a Washington. El ciudadano argentino, en una economía dolarizada, no es más libre frente al poder monetario. Es más dependiente de un poder monetario extranjero que no puede siquiera votar para influir.



Esto no es necesariamente malo si el poder monetario argentino se usó históricamente para robar a los ciudadanos mediante inflación; por lo tanto, transferirlo a un actor más disciplinado puede ser preferible. Pero hay que llamar al fenómeno por su nombre porque no es emancipación sino sustitución. Y este reemplazo tiene sus propios problemas cuando el actor al que se transfiere el poder enfrenta condiciones distintas a las del país que dolariza.

El gobierno de Milei, en la práctica, operó de manera más matizada que su retórica porque mantuvo el Banco Central funcionando, nombró economistas ortodoxos para dirigirlo, y ejecutó políticas de contracción monetaria relativamente convencionales. La dolarización plena, prometida en campaña no se materializó, y tal vez sea mejor así. El gobierno, probablemente, descubrió que cerrar el Banco Central implicaba resolver problemas prácticos enormes que no tenían solución simple.

Lo que falta en el debate argentino, desde mi punto de vista, no es más discusión sobre si cerrar o no el Banco Central. Es discusión sobre qué tipo de Banco Central hace falta para el mundo que se viene. Un banco central con mandato estrecho de estabilidad, blindado contra la captura fiscal, transparente en sus decisiones, con autonomía institucional robusta. Y con instrumentos modernos que contemplen la posibilidad de que el shock principal de los próximos años no sea inflacionario sino lo opuesto.



Argentina tiene una ventaja paradójica en este debate. Tras 80 años de inflación, sus habitantes se convirtieron en expertos intuitivos en cuestiones monetarias. Los argentinos entienden de manera visceral lo que significa que el dinero pierda valor. Esa experiencia acumulada puede servir si se canaliza hacia la pregunta correcta. No la pregunta que Milei plantea, que es cómo deshacerse del banco central, sino qué emerge del análisis del shock global, es decir, cómo construir una autoridad monetaria capaz de gestionar condiciones que la humanidad nunca enfrentó antes.

El mundo que viene pondrá a prueba las instituciones monetarias de todos los países. Los que tengan las más robustas y adaptables transitarán mejor este desafío. Los que tengan instituciones rígidas o ausentes van a sufrir más. Argentina, en la encrucijada actual, tiene la oportunidad de hacer la discusión en profundidad o dejándose arrastrar por eslóganes ideológicos que respondían a otros momentos históricos.

La honestidad intelectual exige decir que Milei tuvo razón históricamente en diagnosticar que el Banco Central argentino fue parte del problema durante décadas. Pero puede equivocarse al proponer como solución algo que fue diseñado para enfrentar la inflación y que se revele inadecuado cuando el problema dominante del mundo sea la deflación. El debate maduro no es a favor o en contra del Banco Central, sino sobre qué tipo de institución monetaria sirve para el siglo veintiuno, en un país con la historia y las vulnerabilidades de Argentina, en un mundo que está por entrar en aguas económicas nunca antes navegadas.



Queda planteado el debate. Quedará por ver quiénes lo toman con la seriedad técnica que requiere, y quiénes prefieren seguir repitiendo consignas diseñadas para el mundo del siglo pasado.

Las cosas como son.

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