La relación entre el precio del combustible y los impuestos específicos que lo gravan, como el Impuesto a los Combustibles Líquidos y al Dióxido de Carbono, se convirtió en un terreno de fuertes vaivenes fiscales desde 2018.
Un informe reciente del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF) revela cómo el valor real de estos tributos se erosionó por años, para luego recuperarse parcialmente, marcando el pulso del precio final de la nafta súper.
La historia comenzó con cierta previsibilidad: la ley establecía que el impuesto debía actualizarse trimestralmente por inflación, lo que inicialmente permitió sostener su valor real.
Sin embargo, desde 2021, esa mecánica se fue desdibujando frente al avance de la inflación, provocando un retraso sistemático. El punto más crítico se registró en enero de 2024, cuando el impuesto tocó un piso real de apenas $59 por litro, una caída del 88% respecto a marzo de 2018.
Recién a partir de febrero de 2024 se retomaron actualizaciones parciales. Hoy el tributo alcanza los $262 por litro a valores constantes de julio de 2025, aún 46% por debajo del nivel de 2018, pero muy por encima del mínimo reciente. Este rebote ya tuvo impacto directo en las cuentas públicas: la recaudación real del impuesto creció 70% interanual entre enero y julio de 2025.
¿Cuánto pesa el impuesto en el precio final?
Actualmente, el litro de nafta súper en la Ciudad de Buenos Aires cuesta $1.244 en términos reales, de los cuales $262 corresponden al impuesto y $982 al precio neto.
Un ejercicio contrafáctico que propone el IARAF muestra que, si el impuesto hubiera mantenido su poder adquisitivo original, el litro hoy costaría $1.466, es decir, un 18% más caro.
En el corto plazo, la presión fiscal volvió a sentirse: entre junio y agosto, el precio real de la nafta aumentó un 3%, explicado en un 14% por la suba del impuesto y en un 86% por el incremento del precio neto de tributos. No obstante, medido en dólares, el valor bajó un 4,6%, ya que el tipo de cambio subió más rápido que el precio local.

Un impuesto con doble filo
Además de su función recaudatoria, el tributo opera como herramienta de política económica: puede atenuar el efecto inflacionario si se congela o convertirse en fuente de ingresos si se actualiza. La política fiscal está en una encrucijada.
Según el informe, la reciente discusión sobre la coparticipación de estos fondos (dentro de una nueva ley en estudio) podría redistribuir más recursos hacia las provincias y la Ciudad de Buenos Aires.
Pero el dilema no es solo político: también es económico. Una nafta más cara golpea el consumo y eleva los costos del transporte, lo que termina repercutiendo en la inflación general. Por el contrario, congelar impuestos erosiona los ingresos públicos en un contexto donde la recaudación es clave para sostener el equilibrio fiscal.
El IARAF también analiza las cuentas del Estado. En julio, el Gobierno registró el primer mes con déficit fiscal del año, aunque el resultado acumulado sigue siendo superavitario: 1,1% del PBI de superávit primario y 0,3% de resultado fiscal en los primeros siete meses.
Las proyecciones del FMI para 2025 y 2026 muestran un gasto primario estable en torno al 16,7% del PBI, con una leve mejora de ingresos para 2026 que permitiría subir el superávit primario a 2,2% del PBI, aunque el resultado final podría verse afectado por mayores pagos de intereses.