El ruido de las motosierras desmantelando el Estado, las licuadoras disolviendo ingresos y los medios y las redes bombardeando a cada instante con artillería fake que no deja pensar. La confusión es política de Estado.
Así lo analiza la economista Mercedes D'Alessandro, ex directora Nacional de Economía, igualdad y género en el Ministerio de Economía de la República Argentina, quien lanzó su nuevo libro "Motosierra y confusión" publicado por la editorial Sudamericana (2024).

En esta intervención ensayística en tiempo real -y una crónica de un reseteo social de desenlace todavía incierto-, la escritora recorre la primera fase del gobierno que se autodefine "liberal libertario" y analiza sus ideas económicas. Al igual que en "Economía feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour)", D'Alessandro reinterpreta la macroeconomía desde la perspectiva de la vida diaria. Al mismo tiempo, propone revisar las ideas y las categorías con las que se diseñan las políticas económicas, extender la mirada y ver qué hay más allá del déficit fiscal o la inflación.
A continuación, un fragmento del capítulo "Los enamorados del ajuste"
En el último tiempo, en la Argentina el foco estuvo tan orientado a reducir el déficit fiscal que gran parte de los economistas, aun los más críticos, cayeron en ese espejismo: ¿es el ajuste la solución a los problemas "de la macro"? La experiencia reciente es muy clara y contundente: NO.
Milei logró el superávit fiscal a costa de los jubilados y de la obra pública, la infraestructura del presente y del futuro. Logró bajar la inflación a cambio de una recesión rápida, profunda y dañina. Milei celebra el superávit comercial como un hito. Lo que no se ve tan claro es que esto resulta de la caída brutal de las importaciones al ritmo de la recesión. La caída de la actividad arrastra también la recaudación, lo que limita más el espacio fiscal. Si el objetivo es mantener el superávit o el déficit cero, menos ingresos en las arcas del Estado y con más obligaciones enfrente — por la deuda que absorbió el Tesoro— significan más ajuste. ¿Acaso la macroeconomía no incluye la consideración de la actividad, el consumo, la pobreza, el empleo y el salario?

Las críticas a su programa no vienen solo de la heterodoxia keynesiana o los socialistas estatistas e intervencionistas. Hay un diagnóstico compartido entre economistas cercanos ideológicamente a Milei, incluso figuras que él admira, como el padre de la Convertibilidad, Cavallo, y Carlos Rodríguez, quien fuera rector de la Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos de la Argentina (UCEMA) entre 1994 y 2018, una de las universidades más importantes para el pensamiento neoliberal en el país.
Según Rodríguez, "se utilizó la recesión como instrumento de política económica. Esto ha llevado a que estemos experimentando una recesión inducida por el gobierno, que probablemente sea la más grande en la historia de la humanidad".

La impotencia para debatir otra cosa que no sea el déficit fiscal está relacionada con la manera en que se ha instalado el discurso sobre la "casta política" y el Estado. Suena a despilfarro. Es así como los enamorados del ajuste anuncian apáticos el mantra de que "había que ordenar la macro'' O: "Yo hubiese ajustado mejor", más suave, más prolijo. Como si fuera una cuestión técnica, pasar un número de una celda del Excel a la otra. Y como si el déficit fuera lo único que pasa en la Argentina y el ajuste la única herramienta, como si pudiéramos mantenernos en una total abstracción del momento histórico. Los economistas mainstream no incorporan instrumentos nuevos o una mirada más amplia hace décadas. Mucho hablar de la mirada cenital, pero al final el ojo está puesto en un punto fijo. ¿Qué macro ordenó Milei?
Tampoco hay cambios en la mirada de las instituciones internacionales. El acuerdo con el FMI, por poner un caso, no incorporó en absoluto el impacto de la pandemia en la economía mundial; las dinámicas que se produjeron a partir del aumento en la cantidad de dinero circulante; la deuda descomunal que tomaron los países para enfrentar los costos de la Covid-19; las cadenas de producción, transporte y logística globales que mutaron los caminos del comercio; la crisis en el mundo del trabajo y, menos aún, la crisis de los cuidados.
No se tomó nota del inicio de una guerra que abonó el descalabro económico mundial, de los múltiples conflictos abiertos que generan migraciones forzadas, crisis de refugiados.
Se escriben sentidas palabras sobre el cambio climático, pero lo único que brota de ese debate son las finanzas verdes, otra máscara para simular acción. Nada. Se trabajó como si no hubiese pasado nada. A la hora de la negociación entre la Argentina y el FMI, tampoco se incorporaron las dimensiones políticas que habilitaron el endeudamiento, ni los mecanismos de fuga que conspiraron contra alguna finalidad útil al país. Lo que se firmó podría decir lo mismo en 2019 o en 2022.
La visión tecnócrata de la economía nos hace mirar todo a través de ecuaciones vacías, mientras que los que se están vaciando son los platos de comida. Entre tanto, la deuda toma cuerpo en la angustia de quien tiene que pedir fiado en el almacén del barrio o cambiar dólares en el supermercado para comprar dos paquetes de arroz.
Pero eso es amarillismo, sensiblería no técnica, no entra en las planillas de Excel ni en los monitores de la oficina del ministro de Economía de turno y de las reuniones en oficinas de lujo donde se toman decisiones. Y la política estorba, no entiende de la planificación intertemporal, la sostenibilidad y las reglas de la arquitectura financiera internacional, ensucia el sacro mundo de las ecuaciones y el equilibrio general.
Pero les traigo malas noticias. En un posible multiverso, en un mundo post-Milei, donde el gobierno haya sido reemplazado por uno con ideales de justicia social, no habrá espacio para estas confusiones algebraicas ni para la autocomplacencia ideológica.
En tan solo un año, el gobierno de Milei pasó la motosierra por el Estado y las cuentas públicas con tal intensidad que un futuro gobierno que busque mejorar la situación económica y social se enfrentará a un margen fiscal extremadamente limitado, no quedará espacio para más ajustes.
Esa motosierra no fue neutral, se reconfiguraron espacios de poder y, cuando avance el RIGI, probablemente también empiece a cambiar el paisaje productivo del país (y crezcan nuevos dueños del capital, más poderosos).
Para peor, los "resentidos" de la fortuna de los empresarios tecnorricos y tecnoutópicos cool abogamos por todo eso que hoy parece démodé, subir impuestos por ahí, dar subsidios por acá, eliminar o recortar regímenes impositivos de privilegio, ir hacia un 50-50 en capital-trabajo. Para más, somos feministas y ambientalistas, progres, woke y toda la ensalada de rúcula palermitana que ya no abona al trending topic. Aun cuando la Argentina fue uno de los pocos países en el mundo que pudo imponer un impuesto a las grandes fortunas, ese camino se ve difícil si escuchamos las narrativas dominantes, y muchos de "nuestro lado" han abandonado el debate y la defensa de una redistribución. No la ven. Incluso, arriesgo, muchos no están siquiera de acuerdo. He visto a grandes mentes de mi generación sucumbir replicando distintas versiones de la teoría del derrame. Hasta me ha tocado escuchar a gente que, por su cercanía a algún cura o Iglesia, piensa que tiene autoridad moral para decir cosas como que los jubilados reciben mucha ayuda del Estado, y los niños, poca, que esa es una manta corta.

Como si la redistribución tuviera que pensarse entre pobres viejos y pobres bebés. ¿Motosierra y confusión?
Hace poco, un colega, muy entusiasmado en un congreso internacional, me comentó que las presentaciones más novedosas que escuchó eran de economistas mujeres. "Mirá vos", le respondí. "¿Y qué descubriste de nuevo?". Me mandó unas notitas rápidas que había tomado. Le dije, con un poco de hastío, que eso estaba en los trabajos de Fulana desde hace años, que esto otro lo escribí en mi libro de 2016, y que me sorprendía que aquello lo estuviera descubriendo recién ahora. Y ojo, es uno de los colegas más lúcidos de nuestra generación.
Pienso en tres cosas.
Primero, no nos leen. Estamos ahí, simulan que sí, pero no nos leen. Y si nos leen, no registran. No siguen nuestras trayectorias a menos que un reflector gigante nos ilumine y estemos justo en su camino.
Segundo, las mujeres producimos análisis más innovadores porque, al haber estado siempre fuera de los modelos, fuera de esos círculos endogámicos del conocimiento y fuera de las arenas de poder, no nos queda otra que romper moldes y reinventar nuestro campo de estudio. Romper el statu quo es nuestra manera de crear, al menos para quienes estamos en los márgenes.
Y tercero, la economía feminista, a diferencia de la economía mainstream, no se alimenta de las luchas sociales, es parte integral de ellas. Las economistas feministas militamos en organizaciones, hacemos política, rosqueamos, fundamos ONG, escribimos manifiestos, escribimos un montón, debatimos ideas, organizamos hogares, cuidamos a personas, nos organizamos para llevar adelante nuestros proyectos y bancarnos y hasta creamos instituciones pioneras. Mientras otros se quedan en las conferencias y con el micrófono siempre a disposición — ese que nos retacean— , nosotras estamos cambiando el mundo. Por eso, los libertarios nos sitúan como grandes enemigas.
Hay una forma de pensar que está agotada y que, aunque se autopercibe heterodoxa, es bastante funcional a la praxis libertaria.
En febrero de 2024, en ocasión de un encuentro de la Red Futuro — grupo de líderes y activistas latinoamericanos— en Colombia, el exvicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera —quien tuvo que lidiar en primera persona con Musk y su apetito por el litio de Potosí— , nos contaba que cuando asumieron con Evo Morales, sentaron a los empresarios y les dijeron: "Tenemos dos noticias para ustedes, una buena y una mala. La buena es que no los vamos a expropiar. La mala es que les vamos a subir los impuestos". En su relato subrayó en reiteradas ocasiones que un gobierno tiene que tener muy en claro cuáles son los intereses que representa.
En un tiempo no muy lejano hablábamos de economía política. Así como Milei nos trajo a la mesa algunos conceptos que pensamos que habían quedado enterrados en el fondo de una biblioteca del CEMA, como la libertad de mercado, quizá deberíamos revisar cómo recuperar el Estado y fortalecerlo, y esto no es solo una cuestión económica. Como dice Nancy Fraser: "La crisis actual genera nuevas configuraciones políticas y nuevas gramáticas de conflicto social".
Por eso, el Estado es un territorio en disputa.