Con el populismo como principal promotor

Los ciclos inflacionarios en Argentina

Desde 1945 hemos tenido cuatro ciclos inflacionarios cuya duración y pico han ido en aumento

Los ciclos inflacionarios en Argentina
Emilio Ocampo Emilio Ocampo 11-11-2021
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La experiencia inflacionaria de la Argentina es única. Desde 1945 sólo dos países han tenido una tasa más alta. No es casual que el otro rasgo distintivo de su economía sea el estancamiento secular. Desde 1960 es, junto con Haití, el único país fuera de Africa que ha tenido tasas de crecimiento del PIB per cápita negativas en veinticinco años o más.  

Es notable que en un país con semejante experiencia todavía persista tanta confusión respecto a las causas de la inflación. Es común escuchar a políticos, funcionarios y periodistas sostener en los medios que la inflación se debe a la estructura productiva, a los monopolios, a los supermercados, a los “cuellos de botella”, etcétera. Sucesivos gobiernos han intentado reducirla con concertaciones, acuerdos voluntarios, “treguas”, precios máximos, controles, congelamientos, cepos, etcétera. Estas medidas nunca alcanzan su objetivo declarado. En vez, entorpecen y agravan las distorsiones generadas por la inflación.   

Desde 1945 hemos tenido cuatro ciclos inflacionarios cuya duración y pico han ido en aumento. Al final de cada uno de ellos, el PIB per cápita era más bajo con relación al resto del mundo. Los tres primeros son parte de un ciclo de largo plazo que comenzó en 1945 y concluyó con la Convertibilidad. Veremos si el último ciclo, cuya fase de aceleración comenzó en 2007, sigue el mismo patrón.  
Estos ciclos inflacionarios están relacionados con los ciclos de populismo y estos, a su vez, están asociados a los ciclos de los precios internacionales de los commodities. La teoría alberdiana de las crisis permite comprender esta peculiar causalidad. Según Alberdi, el problema era la gran confusión acerca del origen de la riqueza heredada del régimen colonial.  

La mentalidad extractiva de los conquistadores había fomentado la creencia de que el origen de la riqueza eran los recursos naturales cuando, en realidad, eran el trabajo y el ahorro. Los argentinos se creían ricos y dilapidaban como ricos ahorros propios y ajenos. “Imbuido de la misma infatuación” su gobierno se embarcaba “en locas empresas de guerras y de pretendidas obras públicas” financiadas con deuda externa y emisión de papel moneda. Inevitablemente, se imponía la realidad y sobrevenía una crisis. 

Desde 1945 en adelante el populismo ha sido el principal promotor de esa confusión. La ilusión de que Argentina es un país rico y que es posible redistribuir su riqueza aumentando salarios y redistribuyendo ingresos solo es viable en la fase ascendente del ciclo de los commodities.  

En los últimos setenta y cinco años los ciclos del populismo se han repetido casi calcados. Cuando suben los precios de los commodities, el aumento del gasto público es inicialmente financiado con la confiscación de los ingresos del agro. El problema es que cuando el gasto excede cierto nivel en relación al PIB, caen la productividad, la inversión y el tipo de cambio real. Como señaló hace varias décadas Armando Ribas, en Argentina el “determinante fundamental” del problema inflacionario es un gasto público excesivo. 

Cuando el ciclo de commodities se revierte, caen la producción, las exportaciones y las retenciones. Sin una reducción del gasto, el déficit fiscal aumenta a niveles insostenibles. En países normales, los gobiernos financian sus déficits con impuestos, endeudamiento o emisión monetaria.  

En Argentina la presión impositiva es agobiante, los inversores internacionales no están dispuestos a financiar los déficits del populismo y los ahorros locales son muy magros. Para resolver este dilema los gobiernos populistas han recurrido a la confiscación de “cajas”. El impacto sobre la actividad económica es mayor que el de un impuesto ya que la confiscación es señal de anomia institucional, es decir, de arbitrariedad gubernamental, un veneno para la inversión. Además las “cajas” se agotan rápidamente. Llega un momento que queda más recurso que la emisión monetaria e inevitablemente sobreviene la estanflación.  

La respuesta de los gobiernos populistas es siempre la misma: más controles, más intervención y más arbitrariedad. Así agravan las distorsiones introducidas por sus propias políticas. La crisis habilita la llegada al poder de gobiernos no populistas, a quienes les toca hacer un ajuste. Como consideran que reducir el gasto público es políticamente inviable, estos gobiernos recurren al endeudamiento externo, la “madre” del gradualismo, una estrategia tan inviable como la del populismo.  

En algún momento los mercados perciben que con semejante nivel de gasto público, ni la deuda, ni el déficit, son sustentables. Se produce entonces el clásico “sudden stop”. A la estanflación del populismo se agrega la crisis externa del gradualismo. El país es más pobre y con su futuro hipotecado en dólares. La única esperanza que queda es la soja. 

La mala noticia es que la inflación se está acelerando peligrosamente. La buena es que en Argentina las reformas estructurales sólo son políticamente viables en momentos de crisis. Y sin estas reformas será imposible escapar de la trampa empobrecedora del populismo. 
 

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