“Las propuestas económicas de la oposición están debajo de los escombros del Muro de Berlín”

"Argentina no puede abrir la economía si no baja mucho los impuestos, y no puede bajar los impuestos si no baja el gasto", afirma Castiñeira

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Entrevista a Ramiro Castiñeira Economista y director de Econométrica Por Alejandro Radonjic

“Argentina está adicta al gasto público”, dice Ramiro Castiñeira. Y los números no mienten: las erogaciones del Estado ascienden hasta casi 50% del PIB. Con un rojo fiscal abultado y necesidades de financiamiento anuales por US$ 30.000 millones, no caben dudas adonde está el desafío del país para salir del atolladero macroeconómico en que se encuentra.

“Como un adicto, Argentina debe reconocerse como tal”, dice Castiñeira, director de Econométrica y recientemente galardonado por Focus Economics como el consultor con los pronósticos más certeros del mercado nacional. “El gradualismo está bien porque te permite atacar los raptos de abstinencia que seguro vas a tener, pero debe cumplirse”, sostiene. Sobre los desafíos fiscales, y otros varios temas, Castiñeira habló con El Economista.

¿Cómo ve la economía y el debate actual en el país?

Me parece que Argentina no tomó conciencia de las moralejas del Siglo XX. La caída del Muro de Berlín no fue un hecho menor y parece que en Argentina pasó de largo. La famosa grieta económica ya se cerró en el mundo en 1989 cuando los propios socialistas empuñaron el martillo y lo derrumbaron.

Y esa discusión sigue en Argentina, casi 30 años después?

Exactamente. El mundo ya zanjó la discusión sobre cuál es el modelo a seguir. Nosotros estamos en pleno Siglo XXI y seguimos hablando de barbaridades macroeconómicas, como regular precios y cantidades, cerrar la economía o creer que el Estado sobredimensionado va a solucionar los problemas macroeconómicos. Una gran parte de nuestra sociedad no toma conciencia de las conclusiones del Siglo XX.  Con la caída del muro arrancó un nuevo juego que se llama globalización y Argentina está afuera. Esa es la discusión hoy y nosotros seguimos hablando de izquierdas y derechas, algo que ya no se discute más. Todos están viendo cómo ganar competitividad y enfrentar a nuevos actores como China y la India.

¿Pero esa agenda no está presente hoy en el Gobierno?

Sí, están dentro del oficialismo, que ya actualizó la discusión y entendió qué pasó tras la caída del Muro de Berlín. Su intento de insertar el país en el mundo así lo pone en evidencia. Tenemos todo por ganar en la globalización.

¿Cómo viene el nivel de actividad?

El 2017 trae la buena noticia de un pequeño rebote en el nivel de actividad y un respiro luego de apagar los incendios. La realidad también es que ese rebote no viene por la vía original que tenía Cambiemos, que ya pretendía estar creciendo apoyado en la inversión. No reactivó la inversión, y la extranjera casi ni vino. Por el deterioro macroeconómico que emerge cuando se reconocen las estadísticas y ves, por ejemplo, que tenes un déficit enorme o una inflación de dos dígitos y por el miedo de que, en cada elección, Argentina pone en discusión su modelo económico. Los inversores ven que hay riesgos económicos y que también está el riesgo de poner la proa, nuevamente, hacia Venezuela.  El riesgo está latente, y solo basta escuchar a los distintos exponentes del peronismo, desde Sergio Massa hasta Cristina Kirchner, que hablan de poner más y más restricciones. Y más considerando que pueden llegar hasta el 40% de los votos.

¿Una victoria sólida de Cambiemos en octubre podría empezar a minimizar ese riesgo, o no?

No importan los nombres. Importa que Argentina actualice la discusión y aproveche las ventajas de la globalización. Eso es lo importante. En la última década nos cerramos comercial y financieramente, y dejaron de operar las señales de precios, mientras el mundo se abrió. Estamos adictos al gasto público, que llega a 47% del PIB. Como sociedad, no sabemos ni cómo arrancar a bajarlo.

Justamente, la pata fiscal es la más endeble del modelo de Cambiemos?

Sí. Como no llegaban las inversiones y el nivel de actividad no levantaba, el Gobierno se asustó y

empezó a darle al gasto público, y ahí empieza el rebote. Obviamente que es bueno que haya más inversión pública y es bienvenida, pero seguís teniendo un déficit de US$ 30.000 millones que no estás atacando. Pensar que se va a solucionar todo con crecimiento es poner la responsabilidad afuera, y allí hace ruido todo el programa macroeconómico: querés bajar el déficit como proporción del PIB creciendo, pero apoyás ese crecimiento en el gasto público. No cierra. Es un círculo del que no podemos salir. El gradualismo te puede asegurar gobernabilidad, pero no te asegura resultados económicos. El andamiaje legal del gasto público, además, pone a cualquier oficialismo en el borde de la ilegalidad si quiere ajustar. Y menos sin consensos legislativos.

Precisamente la apuesta recae sobre la porción del gasto que no está indexada: los subsidios hacia el sector privado.

Argentina está en una trampa. No puede abrir mucho la economía si no baja mucho los impuestos, y no puede bajar los impuestos si no baja el gasto. Ahí está la clave y la repito hasta el cansancio. Abrir la economía hoy, casi sin competitividad, habría una avalancha importadora, te quedarías sin dólares y pondrías en jaque a la producción. Insisto: desarmar esto precisa consensos sociales, pero no los hay. Las ofertas políticas son antagónicas. El resto del mundo no pone en duda cada dos años la política económica, como pasa acá. Se discuten los capitanes y los conductores, pero no todo el modelo económico. El camino es la globalización, pero una gran parte de los políticos ofrecen todo lo contrario.

Usted sigue muy de cerca la cuestión de la deuda externa y siempre dijo que los desequilibrios fiscales hay que solucionarlos pero, mientras tanto, hay que financiarlos adentro. Imagino que no lo deja muy tranquilo el ritmo actual de endeudamiento en los mercados internacional?

No había duda de que se iba a necesitar algo de deuda en 2016 sino teníamos un colapso. Así estaba armado el plan bomba: si no conseguías financiamiento, y rápido, colapsaba la economía. Tuvo que emitir para pagarle a los holdouts, recapitalizar cajas vaciadas y financiar los déficits heredados. Pasada la emergencia, no podemos proponernos vivir de la deuda como pareciera que está haciendo. No hay país en el mundo que demanda US$ 30.000 millones anuales en el exterior. Después de tantas estafas, que van desde el Rodrigazo hasta el cepo, el ahorrista ahorra afuera y el sector público solo puede conseguir plata es afuera. A todas esas estafas llegamos por las mismas razones: pisar dólar y tarifas y cerrar la economía.

¿Ve a la inflación bajando en 2018? Sus colegas dicen que así será, pero no a un ritmo tan rápido como pretende el Gobierno?

Arranco elogiando al BCRA. A poco tiempo de la salida del cepo estamos hablando de una inflación cercana a 20%. Si llega a 17%, o no, no le quita las cucardas. El problema de la inflación, en el largo plazo, siempre es el mismo: la monetización del déficit fiscal. Te podes endeudar un rato, pero a largo plazo necesitas cuentas públicas sanas.

¿Es posible crecer 3,5% en 2017, 2018 y 2019, como pretende Hacienda?

El gradualismo está bien, pero el problema es que no creo que se cumpla. Está desdibujado en lo fiscal. Estamos en un auto fundido y no podemos pretender llegar a Mar del Plata en dos horas. No se puede. Menos si atrás te gritan “vamos a volver” y una porción del electorado quiere poner el barco enfilado, una vez más, hacia el iceberg.

Entonces, hay que bajar expectativas...

Argentina está pagando la fiesta populista, y no se sale sin resaca ni fácil. Se evitó el colapso en 2016 y el gradualismo puede salir bien, pero no hay que tirar mucho más de la cuerda. El gradualismo está diseñado de una manera en que, aun en el escenario, base agotas la capacidad de endeudamiento del país. Y no tenes margen de error, y seguro van a haber errores. No podes tomar US$ 30.000 millones por más de cuatro años, y menos a 7%. Y menos cuando Argentina esté tan dividida en la idea sobre hacia dónde ir y cómo. Insisto: el mundo discute cómo insertarse en la globalización mientras que acá debatimos si vamos a hacerlo o no. Ahí están todos los miedos de los inversores.

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