El Presidente defendió la nueva Carta Orgánica del Banco Central sobre una cifra de efecto —la inflación acumulada desde 1935— y una tesis conocida: la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. El texto es coherente con su marco doctrinario y tiene un núcleo difícil de discutir: la Argentina hizo del financiamiento monetario del déficit una fuente permanente de deterioro, y ningún programa serio puede prescindir de la disciplina fiscal y monetaria. El problema no está en lo que la reforma corrige, sino en lo que da por saldado y en lo que omite.
Una teoría que explica una parte, no el todo
La proposición de que toda inflación es monetaria pertenece a la tradición de Milton Friedman y describe bien los procesos de alta inflación sostenida, donde la emisión valida y perpetúa la nominalidad. Pero elevarla a ley universal supone borrar medio siglo de literatura estructural sobre economías periféricas. Julio Olivera formalizó la inflación estructural como un fenómeno de precios relativos rígidos a la baja; Marcelo Diamand mostró cómo la estructura productiva desequilibrada de un país que exporta materias primas e importa insumos industriales genera un ciclo de devaluación, traslado a precios y restricción externa que se reproduce con relativa independencia del Banco Central. Allí la emisión suele ser la convalidación de un conflicto distributivo previo, no su causa primaria. Reconocerlo no absuelve la irresponsabilidad monetaria argentina: la ubica dentro de un problema más amplio.
El mandato único y la experiencia comparada
El corazón de la reforma es reducir el Banco Central a un objetivo excluyente —preservar el valor de la moneda— y eliminar los otros cuatro que fijaba la Carta de 2012: estabilidad financiera, empleo, desarrollo económico y equidad social. El texto los trata como una aberración local. No lo son. La Reserva Federal opera desde 1977 con un mandato dual explícito, precios y empleo; el Banco Central Europeo, sin resignar la prioridad de la estabilidad de precios, tiene por tratado el deber de apoyar las políticas económicas generales de la Unión. La discusión sobre cuántos objetivos puede perseguir un banco central es legítima y antigua; presentarla como una excentricidad kirchnerista la empobrece.
La cuestión de fondo excede al banco central. La banca pública de desarrollo —el KfW alemán operando sin interrupción desde 1948, el Banco de Desarrollo del Japón, el crédito dirigido de Corea del Sur documentado por Alice Amsden— fue pieza central del proceso por el cual esas economías se industrializaron. No porque sus bancos centrales financiaran déficits, sino porque esas sociedades construyeron instituciones capaces de canalizar crédito de largo plazo hacia la inversión productiva. Una reforma que clausura toda función de fomento sin ofrecer sustituto no despolitiza la moneda: deja al país sin la palanca de crédito que las economías que hoy admiramos usaron para desarrollarse.
Atarse las manos también tiene un costo
La prohibición taxativa de toda financiación del Estado se presenta como el fin de un saqueo. En su dimensión histórica, la crítica es atendible. Pero como regla permanente encierra un supuesto fuerte: que jamás habrá una contingencia —una recesión profunda, una crisis financiera sistémica, una emergencia sanitaria— en la que la coordinación fiscal y monetaria sea el mal menor. La experiencia central apunta al revés: Estados Unidos y Europa expandieron agresivamente sus balances en 2008 y en 2020, no por indisciplina sino por diseño, para que una crisis de liquidez no se volviera depresión. Que esas expansiones no derivaran en la inflación argentina no se explica por virtud monetaria abstracta, sino por aparatos productivos y demandas de dinero que convalidan la moneda. La regla óptima depende de la estructura económica; una restricción absoluta traslada de hecho la conducción monetaria al ciclo del dólar internacional.
Lo que el texto no dice
El silencio es lo más revelador. En una extensa argumentación sobre el valor de la moneda no aparecen las palabras inversión, productividad, infraestructura ni entramado productivo. La reforma perfecciona el instrumento nominal y deja intacto el problema real: la Argentina no se estanca porque su Carta tuviera cinco objetivos, sino porque invierte poco, produce con baja productividad y arrastra una restricción externa estructural. Una economía puede alcanzar inflación baja y, a la vez, descapitalizarse, perder empleo formal y postergar su desarrollo. La estabilidad de precios es una condición del crecimiento; no es, por sí sola, una estrategia de crecimiento.
Vale la distinción más elemental de la teoría económica y la más ignorada en el debate argentino: estabilizar y desarrollar no son sinónimos. Estabilizar es ordenar la nominalidad, un requisito, no un destino. Desarrollar es transformar la estructura productiva, elevar la productividad y sostener una tasa de inversión compatible con el crecimiento. Ninguna reforma de la Carta Orgánica, por rigurosa que sea, produce por sí misma ese segundo movimiento.
El programa que falta
Nada de esto obliga a defender el statu quo previo ni el uso faccioso que la política hizo del Banco Central; ese diagnóstico, en su núcleo, es correcto. La objeción es de alcance. Un país que quiera converger con el mundo desarrollado necesita, además de una moneda estable, una arquitectura de financiamiento de largo plazo, reglas que impidan que la inversión pública en infraestructura sea la variable de ajuste y una política deliberada de desarrollo productivo. Esas piezas no están en la reforma ni en el texto que la defiende. Presentar la sola disciplina monetaria como el camino para hacer grande a la Argentina confunde el signo de los precios con el desarrollo de una nación.
Un banco central sin contraparte de política de desarrollo no es independiente: es un banco central que dejó de hacerse la pregunta que las economías exitosas nunca abandonaron. El día que la Argentina discuta con la misma intensidad cómo va a invertir y producir que cómo va a estabilizar, habrá dado el paso que ninguna reforma monetaria, por sí sola, puede dar.


