Alberto Ades vive hace más de 30 años en la Gran Manzana. Desde el centro neurálgico de las finanzas del planeta, combina experiencia y una distancia justa para analizar lo que está pasando en la Argentina de Javier Milei. También sigue muy de cerca, por motivos obvios, lo que pasa en la principal economía del planeta, ahora con Donald Trump en la Oficina Oval.
- Ades estudió Abogacía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y luego realizó un Doctorado en Economía en la Universidad de Harvard.
Ades, actualmente Director de NWI Management LP pero con pasado en Goldman Sachs, Citi y Bank of America, sigue de cerca lo que pasa en el país y está muy activo desde su cuenta de X, donde analiza los movimientos de los mercados con posteos y videos cortos.
Además, acaba de publicar "Economía Conversada". "Se trata de una introducción a la economía en tres volúmenes —Microeconomía, Macroeconomía y Economía Internacional— pensada tanto para quienes se acercan por primera vez a la disciplina como para quienes trabajan en los mercados o en el ámbito del policymaking y buscan revisar conceptos clave con una mirada clara y estructurada", dice.

El libro fue muy bien recibido por importantes economistas argentinos:
- "Ofrece una introducción rigurosa y original a los grandes temas de la economía, sin sacrificar profundidad ni claridad", dijo Silvina Tenreyno, Profesora en la London School of Economics y exdirectora del Banco de Inglaterra.
- Federico Sturzenegger, actual ministro de Desregulación y Transformación del Estado, acotó: "No reemplaza la teoría: la humaniza, la contextualiza, la vuelve más comprensible".
- Para José Luis Daza, N°2 de Toto Caputo, "es una invitación a entender el pensamiento económico desde la conversación".
En diálogo con El Economista, Ades habla del libro y los motivos que lo llevaron a embarcarse en la titánica tarea de redactarlos; la situación de Estados Unidos, con el movedizo Trump en Washington DC y, naturalmente, del Gobierno de Milei y la visión que tiene Wall Street de su gestión.
-Percibo dos cosas. Uno, que la economía ha copado casi toda la discusión política y pública. Hoy, estamos en campaña permanente y cuando se valora una gestión, se habla, centralmente, de economía: inflación, empleo, salario real, crecimiento... He allí el interés de la política. No digo que esté mal, es simplemente una descripción. Por otro lado, percibo crecientes dosis de chamanismo y primitivismo económico en la dirigencia política. Algo que no es un patrimonio de la izquierda. También se percibe, por ejemplo, cuando escuchamos a los trumpistas hablar de los aranceles, los desequilibrios comerciales y cómo el mundo, supuestamente, viene abusando de los pobres consumidores de EE.UU. No sé hasta qué punto piensan realmente lo que dicen, o si es una estrategia discursiva, pero lo cierto es que lo enuncian y muchos lo creen. ¿Percibís algo parecido?
Sí, coincido con el diagnóstico. La economía se ha vuelto el eje central de la discusión pública, especialmente en países como la Argentina, donde los desequilibrios macroeconómicos condicionan toda la vida social. Pero también en economías más estables se percibe esa centralidad creciente de lo económico. Sin embargo, es importante matizar: en Estados Unidos y Europa, el componente cultural sigue siendo muy relevante. El debate sobre identidad, migración, DEI, nacionalismo económico o corrección política pesa tanto como el debate estrictamente económico. En muchos casos, lo económico funciona como un vehículo para canalizar ansiedades culturales o identitarias.
Lo preocupante es el deterioro del nivel del debate económico. Abundan los eslóganes, las fórmulas voluntaristas, las consignas sin respaldo teórico o empírico. Y eso se da a ambos lados del espectro ideológico: están quienes insisten con que la inflación es culpa de la codicia empresarial, y también quienes creen que todo se resuelve bajando impuestos y "liberando" el mercado. Parte del problema es que se ha perdido el anclaje en las restricciones presupuestarias, los incentivos, en la lógica de las decisiones.
-Imagino que parte de la inspiración de tu libro viene de ahí...
Sí, "Economía conversada" nace de esa inquietud: recuperar una discusión económica clara y rigurosa en un tiempo dominado por consignas fáciles y diagnósticos voluntaristas. Es una introducción a la economía estructurada en tres volúmenes —Microeconomía, Macroeconomía y Economía Internacional— pensada para quienes se interesan por estos temas sin necesariamente tener formación técnica: estudiantes universitarios o de secundaria, periodistas, funcionarios o legisladores, empresarios, lectores curiosos.
También para economistas o quienes trabajan en el sector financiero y necesitan refrescar conceptos clave sin volver a un manual lleno de fórmulas.
El método es deliberadamente narrativo. En lugar de definiciones abstractas o jerga especializada, el libro recurre a ejemplos concretos, diálogos imaginarios, entrevistas simuladas con economistas clásicos o contemporáneos, y debates entre posiciones contrapuestas. Es una forma de enseñar economía conversando, de poner en escena ideas en tensión, de iluminar los supuestos detrás de cada diagnóstico o receta.
La idea es volver a explicar la economía con palabras, como lo hicieron en su momento Adam Smith, John Maynard Keynes o Friedrich von Hayek. Lo que intento mostrar es que comprender la economía no requiere matemáticas avanzadas, pero sí exige orden conceptual, realismo analítico y una dosis de humildad frente a las restricciones. Porque no todo lo deseable es posible, y no todas las soluciones agradables son viables. Ese es, en el fondo, el punto de partida de cualquier pensamiento económico serio.
-Trump asumió hace 6 meses. Parece más tiempo, ¿no? ¿Qué balance provisorio hacés de su gestión y cuál creés que es el legado que pretende dejar, dado que este es su último mandato? Hubo muchos anuncios y amenazas, pero también muchas pausas y retrocesos en las medidas. A veces cuesta separar ambos mundos y no queda claro qué entró en vigencia, qué se pausó y qué se desechó.
Sí, da la sensación de que Trump nunca se fue. Volvió con la misma retórica de siempre: el foco en el déficit comercial, la voluntad de resolverlo subiendo aranceles, la presión sobre la Fed, las tensiones con China. Pero esta nueva etapa tiene una característica más problemática: Trump tiene más objetivos que instrumentos. Quiere aumentar la recaudación arancelaria, bajar la inflación, fomentar la reindustrialización, reducir impuestos y, al mismo tiempo, achicar el déficit fiscal. Son objetivos que, combinados, son profundamente contradictorios. No se puede subir aranceles sin impactar sobre los costos empresarios. No se puede bajar impuestos y, al mismo tiempo, mejorar el resultado fiscal, salvo que uno adhiera a una versión extrema del lafferianismo, cosa que no hago.
"Trump tiene más objetivos que instrumentos", dice Ades
Además, hay un problema más profundo en su visión de política industrial. Trump está librando la batalla equivocada. Su foco está puesto en repatriar industrias del pasado —acero, aluminio, autopartes, manufactura tradicional— en lugar de apostar a los sectores que van a liderar el crecimiento futuro: transición energética, movilidad eléctrica, inteligencia artificial, biotecnología, semiconductores. En muchos casos, incluso ha desfinanciado o desprotegido esas áreas, generando un retroceso en políticas que habían comenzado a madurar en la administración anterior.

En términos de legado, lo que intenta dejar es una economía más autosuficiente, menos abierta, y con menos inmigrantes. Pero no está claro que ese enfoque genere una base productiva más sólida. Y la ejecución, hasta ahora, ha sido errática, con anuncios que se revierten a los pocos días de haberlos hecho, como si no hubiesen sido pensados con cuidado. Su equipo de gobierno es muy mediocre, en mi opinión, demasiado dispuesto a apoyar cualquier cosa que se le ocurra al presidente, lo que limita aún más la posibilidad de implementar un programa coherente y sostenido.
-Vayamos a Argentina. Hay algunos analistas que trazan paralelismos entre el momento actual y el primer bienio del gobierno de Macri. Comparación que el gobierno, obviamente, rechaza. ¿Creés que hay alguna similitud y, en caso de que la hubiera, qué enseñanza puede sacar el actual equipo económico para que a Milei no le pase lo que le pasó a Macri?
Se pueden trazar algunas similitudes —el énfasis en ordenar lo macro, el intento de reconstruir la confianza, la intención de abrir la economía—, pero hay diferencias significativas. Macri apostó a construir consensos, eligió el gradualismo como estrategia y mantuvo un tono institucional más moderado. Milei, en cambio, eligió desde el inicio una estrategia confrontativa. No buscó ampliar apoyos, sino interpelar directamente al sistema político y económico con una narrativa de ruptura. No tuvo problema en confrontar con los gobernadores, con los gremios, con el Congreso y con parte del empresariado.
Esa estrategia tiene sus ventajas: le permitió avanzar rápidamente en algunas reformas, marcar el ritmo del debate público y consolidar una base de apoyo. Pero también genera costos: sin alianzas políticas sólidas, con alta conflictividad institucional y sin red de contención, el margen de maniobra se achica.
La lección no es tan clara como a veces se afirma. El orden macro es, sin duda, una condición necesaria, pero hay debate sobre cómo se construyen las condiciones políticas para sostenerlo en el tiempo. Algunos creen que primero hay que tejer consensos amplios para luego impulsar reformas. Otros —y me incluyo en esa línea— creemos que, en contextos de alta fragilidad institucional, los consensos pueden surgir como resultado del éxito reformista, incluso si ese proceso arranca desde una coalición muy limitada.
Esa parece ser la apuesta del gobierno actual: avanzar con los instrumentos disponibles, incluso a riesgo de tensar el sistema. Si las reformas dan resultados concretos —bajan la inflación, ordenan las cuentas, fomentan el crecimiento del empleo— es razonable pensar que el apoyo político y social puede ampliarse con el tiempo.
Macri perdió parte de su sostén cuando se desdibujó la consistencia de su programa. El desafío de Milei es el inverso: mantener la consistencia sin quedarse sin apoyo. El tiempo dirá si esa estrategia rinde políticamente.
-"El mercado le cree en todo a Milei, excepto en el tipo de cambio", dijo el otro día Javier Casabal, de Adcap. ¿Coincidís con esa lectura o la preocupación por el precio del dólar no está tan extendida?
Sí, creo que la preocupación existe, y es razonable. Más allá del tipo de cambio nominal y de la capacidad para sostenerlo dentro de la banda, lo que inquieta es la apreciación del tipo de cambio real y su impacto sobre la cuentas externas. La combinación de una mayor apertura importadora y una recuperación de la demanda interna puede derivar en un desequilibrio externo si no viene acompañada por una expansión rápida y sostenida de las exportaciones.
Y eso ocurre en un contexto delicado: Argentina tiene acceso muy limitado al financiamiento externo y no cuenta con reservas suficientes para amortiguar desbalances prolongados. Por eso, aunque no haya pánico, hay una atención constante sobre el frente cambiario y externo. La estabilidad del dólar es uno de los activos más valorados por el mercado hoy, pero también uno de los más frágiles.
-Hay una creencia en el mercado de que, más allá de algunos desajustes puntuales, lo que está trabando las valuaciones de los activos argentinos es el riesgo político y que, para que haya un nuevo rally como en 2024, se necesita una victoria sólida de LLA en octubre. ¿Coincidís con eso o, aun en el caso de una victoria de LLA, creés que el mercado puede seguir pidiendo otras cosas antes de entrar con más decisión a Argentina?
Esa visión circula, y tiene algo de cierto. Pero en mi opinión, más que el riesgo político en sí, lo que hoy pesa sobre los precios de los activos argentinos es la falta de reservas y la magnitud de las reformas estructurales pendientes. Con excepción de eventos puntuales —como los del Senado la semana pasada—, el mercado está mirando con lupa cuestiones más profundas: la sostenibilidad externa, el nivel del tipo de cambio real, la falta de reservas y la escasa profundidad del mercado financiero local.

Una victoria de LLA puede despejar la incertidumbre política de corto plazo, sí. Pero no necesariamente destraba flujos si no viene acompañada de señales claras de consistencia y ambición reformista. Hay reformas de fondo que el mercado considera imprescindibles para cambiar el régimen de crecimiento argentino: una reforma jubilatoria sostenible, una reforma impositiva que elimine tributos inútiles o distorsivos, una reforma laboral que fomente la formalización. Pero no termina ahí: también se requieren reformas en salud, en educación, en el régimen de coparticipación y en la calidad del gasto público.
"El mercado asumió la estabilización, y ahora busca sostenibilidad y dirección estratégica", dice Ades
En definitiva, el mercado asumió la estabilización, y ahora busca sostenibilidad y dirección estratégica. Mientras esos pilares no estén firmemente establecidos, la cautela va a seguir dominando la toma de decisiones.
-¿El estilo político de Milei preocupa en Wall Street? Me refiero a su facilidad para el insulto y la descalificación y, a la vez, su creciente renuencia a lograr acuerdos programáticos con otros sectores de la política. Digo "creciente" porque en 2024 se lo vio más pragmático y negociador. Quizás ya no lo necesita tanto porque aprobó lo que necesitaba aprobar y tiene el recurso del veto para acompañarlo en la larga marcha hasta el Congreso, presumiblemente más violeta, que asumirá en diciembre.
Ahí hay una verdadera división. Algunos inversores preferirían a un presidente más conciliador, con mayor capacidad de construir consensos, de generar estabilidad institucional. Les preocupa el desgaste político, el nivel de confrontación, el efecto acumulativo del conflicto.
Pero otros ven en ese estilo una herramienta necesaria para avanzar con reformas estructurales que históricamente han sido bloqueadas por el statu quo argentino. Para ese grupo, el estilo confrontativo no es un defecto, sino una condición de posibilidad.
Por ahora, mientras el ancla fiscal se mantenga y no haya sobresaltos en el frente cambiario, el mercado parece dispuesto a tolerar el ruido. Pero si ese ruido empieza a poner en jaque la gobernabilidad o los resultados, la paciencia se puede agotar. La experiencia dirá qué estilo termina rindiendo más.