PRESIÓN

El ancla que empieza a ceder: la baja calidad del ajuste fiscal argentino

Junio confirmó una señal inquietante para el ancla fiscal: los ingresos reales cayeron 8,5% y el gasto primario subió 3,1%, mientras el superávit se convirtió en déficit. El informe también muestra que el recorte se concentró en inversión pública, salarios y transferencias, y que buena parte del resultado del semestre depende de privatizaciones.

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Gustavo Reija 17 julio de 2026

Un equilibrio que se dio vuelta

Los datos de ejecución presupuestaria de junio confirman lo que veníamos advirtiendo: el ancla fiscal empieza a mostrar fatiga. Según el IARAF, en junio de 2026 los ingresos totales del Sector Público Nacional cayeron 8,5% real interanual —con los tributarios retrocediendo 8,8%— mientras el gasto primario subió 3,1%. El resultado fue una reversión contundente: el superávit primario de $1.055.739 millones de junio de 2025 se transformó en un déficit de $696.843 millones, y el superávit financiero de $736.161 millones mutó en un rojo de $1.024.891 millones. Un mes no hace tendencia, pero el semestre agrega una señal más inquietante sobre la naturaleza del resultado.

La composición importa tanto como el número

La literatura internacional sobre consolidaciones fiscales dejó atrás hace tiempo la idea de que todo ajuste es equivalente. Alberto Alesina y Silvia Ardagna, y luego Alesina, Favero y Giavazzi en Austerity: When It Works and When It Doesn't (2019), demostraron que la composición del ajuste determina su éxito y su costo sobre el producto. Pero conviene agregar una precisión decisiva que la contabilidad agregada suele pasar por alto: dentro del gasto, no es lo mismo recortar consumo corriente de baja calidad que amputar inversión pública. David Aschauer mostró ya en 1989 que el capital público tiene un impacto de primer orden sobre la productividad privada. La "regla de oro" de las finanzas públicas —no financiar gasto corriente con deuda, pero sí proteger la inversión— apunta exactamente a esto.

Y acá el diagnóstico argentino se vuelve severo. El ajuste de junio no cayó sobre el gasto improductivo: cayó sobre el gasto de capital a provincias (-43,7%), sobre los salarios (-10,0%) y sobre las transferencias corrientes a provincias (-63,9%). Al mismo tiempo, los subsidios a la energía treparon 125,4% y los del transporte 53,8%. Es la composición inversa a la que recomienda cualquier manual de consolidación de calidad: se protege el gasto que no genera capacidad y se sacrifica el que construye futuro.



El costo dinámico: cuando el recorte se muerde la cola

Existe una dimensión que la lectura estática del ajuste suele omitir: sus efectos dinámicos. Bradford DeLong y Lawrence Summers plantearon en 2012, en Fiscal Policy in a Depressed Economy, que cuando la economía opera por debajo de su potencial y los multiplicadores fiscales son elevados, recortar el gasto —y en particular la inversión— puede resultar parcialmente autofrustrante: la caída de la actividad erosiona la recaudación y deja secuelas de histéresis sobre el producto potencial. Olivier Blanchard y Daniel Leigh documentaron en 2013, además, que esos multiplicadores fueron sistemáticamente subestimados durante las consolidaciones europeas.

Trasladado al caso argentino, el punto es incómodo pero ineludible: amputar inversión pública y salario real en un contexto de capacidad ociosa no solo comprime la demanda de hoy; deteriora la base productiva que debería sostener el equilibrio de mañana. Un ajuste que sacrifica capital público mejora el número del trimestre y encarece la salida: el ahorro fiscal de corto plazo se paga con menor crecimiento potencial y, por esa vía, con un cociente deuda-producto más frágil de lo que sugiere la foto.

El superávit que se financia rematando activos

Queda todavía el dato más revelador. En el acumulado del primer semestre, el superávit financiero cayó 61,5% real. Pero si se excluyen los ingresos por privatizaciones, el desplome es del 88,7%. El superávit primario, que baja 26,9% con las ventas de activos incluidas, cae 37,6% sin ellas. Dicho sin eufemismos: buena parte del resultado fiscal no proviene de una mejora estructural, sino de la venta del patrimonio público. Es un ingreso por única vez computado como si fuera flujo genuino.



Esto configura una ilusión stock-flujo elemental. Vender el activo mejora la caja de hoy y empeora el balance de mañana. Un superávit sostenido por privatizaciones tiene fecha de vencimiento: cuando se agoten los activos vendibles, el resultado quedará expuesto en su verdadera magnitud, sin colchón y con una capacidad productiva erosionada por años de subinversión.

Hacia un ajuste con brújula

No se trata de discutir la necesidad del equilibrio fiscal, sino su calidad. Un ajuste de buena calidad protege la inversión pública que apalanca la productividad privada, cuida los multiplicadores en el punto del ciclo donde más pesan, y depura el gasto verdaderamente improductivo en lugar de licuar salarios y transferencias federales. El sendero elegido hace lo contrario: exhibe un número mientras deteriora las bases del crecimiento que lo haría sostenible.

La pregunta que corresponde hacerse no es si hay superávit, sino de qué está hecho. Y por ahora, demasiado de él está hecho de activos que se venden una sola vez.



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