Debate El problema de no saber decir "no sé"
Estanislao Bachrach dijo algo simple: no sabemos decir "no sé". Y tiene razón. Vivimos en una época donde la opinión dejó de ser una posibilidad para convertirse casi en una obligación.
Estanislao Bachrach dijo algo simple: no sabemos decir "no sé". Y tiene razón. Vivimos en una época donde la opinión dejó de ser una posibilidad para convertirse casi en una obligación.
La Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres relevó que las denuncias falsas representan apenas el 0,3%. No es un problema estructural.
Durante demasiado tiempo, la religión habló en un idioma que cada vez menos gente entendía o compartía.
En Argentina reconocer una mejora parece casi un gesto incómodo.
Hay momentos en que las desigualdades empiezan a producir experiencias de vida tan distintas que quienes nacieron bajo la misma bandera comienzan a sentir que vienen de lugares completamente diferentes.
El kirchnerismo lo logró una vez más: se apropió de una causa que, en esencia, no le pertenece. O mejor dicho, que no debería pertenecerle a nadie en particular. La memoria, la verdad y la justicia no son patrimonio de un partido. Son —o deberían ser— un piso común.
¿Qué pasa cuando el sistema educativo insiste en enseñar con herramientas que pertenecen a otro siglo?
El feminismo se convirtió, para algunos sectores, en un vehículo para cualquier agenda política.
Cuando la política se mide solo en aplausos, las instituciones dejan de ser el marco que organiza el poder. Se vuelven apenas el decorado del show.
El esposo, que no solo disfrutó económicamente esta tortura sino que también la registró, fue condenado a 20 años de prisión.
Solo entendiendo cómo funcionan los sistemas que nos gobiernan podemos dejar de culparnos entre nosotros por problemas que son estructurales y tienen responsables concretos. El poder se sostiene, muchas veces, en nuestra desinformación.
Las sociedades desiguales no producen miradas neutras: producen miradas situadas. Lo que solemos llamar "objetividad" muchas veces no es otra cosa que un punto de vista particular que logró imponerse como norma.
Los pobres también son personas. Ignorar eso no nos vuelve neutrales. Nos vuelve indiferentes. Y la indiferencia —cuando se vuelve costumbre— también es una forma de violencia.
En una época donde no opinar parece un pecado y dudar se confunde con debilidad, quizás el gesto más político no sea gritar más fuerte, sino animarse a sostener el silencio justo el tiempo necesario para pensar mejor.
¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que la capacidad reproductiva de las mujeres sea una mercancía disponible?
Tal vez el desafío no sea tomar partido de inmediato, sino animarse a pensar —sin apuro y sin superioridad moral— cuando la realidad no encaja en las categorías cómodas.
La democracia no es un destino; es un proceso. Y si queremos que ese proceso funcione, necesitamos otra cultura política: menos discursos de odio, menos ironías fáciles, menos certezas absolutas.
Lo único verdaderamente irremplazable es la decisión política de construir algo más sólido que un parche: un piso de dignidad desde el cual volver a proyectar.