Hay experiencias que no hace falta vivir en carne propia para entender su peso político. Basta observar cómo, en algunas partes del mundo, la electricidad es un derecho garantizado, mientras que en otras es un recurso inestable. Esa diferencia, aparentemente técnica, expone una desigualdad profunda: un sistema global donde el bienestar de unos se sostiene sobre la precariedad de otros.
La política no es una moda. No funciona como la ropa, los zapatos o las tendencias de Instagram. No se elige solo si "te gusta" o no. La política es la estructura invisible que organiza nuestras vidas. Define quién accede a derechos básicos, quién queda afuera del sistema y quién adentro, quién puede proyectar futuro y quién vive resolviendo urgencias. Nos atraviesa incluso cuando decidimos ignorarla.
No digo que todo el mundo deba ser militante, activista o especialista. Ese no es el punto. El problema aparece cuando se elige conscientemente permanecer ajeno al mundo que nos rodea —una forma de ignorancia deliberada— mientras, al mismo tiempo, se vive quejándose de todo. Porque la política está en el precio de la comida, en el acceso a la salud, en la calidad de la educación, en la estabilidad del trabajo y en la posibilidad misma de una vida digna.
Decir "no me interesa la política" suele revelar una de dos cosas: falta de información o una posición de privilegio. La ignorancia -deliberada- puede ser cómoda, pero es un lujo que muchos no pueden permitirse. Vivir sin que los cambios políticos, económicos o sociales te impacten de manera directa no es neutralidad: es estar parado en un lugar de resguardo.
En Enola Holmes hay una escena que me fascina porque lo sintetiza con una claridad increíble. Una empleada negra le pregunta a Sherlock Holmes por qué no le interesa la política. Él responde que le parece aburrida pero ella le devuelve algo mucho más incómodo: no le interesa porque no tiene ningún incentivo para cambiar un mundo que ya le resulta cómodo. Y ahí aparece una verdad difícil de aceptar: la indiferencia rara vez es inocente. Suele ser funcional al orden existente.
Quien dice que la política no importa ya está tomando una postura política. Ya eligió. Elegir no involucrarse es una decisión. Elegir no informarse es una decisión. Elegir no incomodarse mientras otros pagan el costo es, también, una forma de participación pasiva. La supuesta neutralidad no es una ausencia de posición: es una forma de delegar poder.
Para muchos, declararse "apolítico" suena razonable, incluso sensato. Pero en sociedades atravesadas por la desigualdad, la violencia institucional y la concentración del poder, esa postura tiene efectos concretos. Dejar que otros decidan no suspende las consecuencias: simplemente las traslada. Y, en contextos de crisis, ese corrimiento no es inocuo.
Para mí, presenciar injusticias despierta una rabia profunda. Una indignación que no disminuye con el tiempo, sino que crece a medida que aprendo y conozco más. Entender cómo funcionan los sistemas, cómo se reproducen las desigualdades, cómo se toman las decisiones, lejos de tranquilizarme, me inquieta todavía más. Es lo que me mueve a involucrarme.
Pero involucrarse no siempre significa militar, ni dedicarle horas todos los días a una causa. A veces es participar en una organización barrial, ayudar a un vecino, involucrarse en una escuela, en un comedor, en un espacio comunitario. O simplemente informarse, escuchar, no mirar para otro lado. La participación política no empieza en los grandes gestos: empieza en la decisión de no ser indiferente.
Pero incluso para quien no quiera involucrarse, la conciencia debería ser el piso mínimo. No podemos cambiar lo que no entendemos. Como escribió James Baldwin: "Crees que tu dolor y tu angustia son inéditos en la historia del mundo, pero entonces leés". Leer, informarse, aprender y mirar más allá de la experiencia propia es el primer gesto político.
La ignorancia no te va a salvar. Mantenerte al margen de los debates sobre derechos humanos no te va a proteger. El hecho de no haber vivido una guerra, una dictadura o un genocidio no significa que estés a salvo de hacerlo. La historia demuestra exactamente lo contrario: casi nadie cree que esas cosas pueden pasarle... hasta que pasan.
En muchos países de Occidente persiste la ilusión de que la geografía funciona como un escudo. Que las crisis siempre ocurren en otro lado. Que "eso acá no pasa". Pero la realidad empieza a desmentir esa fantasía. El costo de vida alcanza niveles récord, la pobreza alimentaria crece incluso en países ricos, los sistemas de bienestar se achican mientras la riqueza se concentra cada vez más, y la incertidumbre se vuelve estructural.
En el Reino Unido, por ejemplo, el gobierno se prepara para recortar beneficios por discapacidad a millones de personas mientras los sectores más ricos siguen acumulando ganancias. Argentina hoy no está tan lejos de eso, pero más allá de la geografía: son decisiones políticas concretas, con impactos reales y cotidianos, y ¿cómo sostenemos, frente a eso, que la política no importa?
La historia también nos muestra algo que parece no tener nada que ver pero, en el fondo, sí. Incluso bajo dictaduras y regímenes autoritarios, la vida continúa: la gente sigue yendo al cine, trabajando, saliendo a comer. La censura rara vez llega de golpe. Se filtra lentamente, se normaliza.
Muchos creen que reconocerían inmediatamente la pérdida de libertad, pero suelen ignorar las señales tempranas: intentos de controlar la circulación de información, prohibiciones selectivas de plataformas, discursos que desacreditan el pensamiento crítico o presentan la información como una amenaza. Subestimamos la importancia de educarnos porque creemos que siempre habrá tiempo. Pero no.
El cambio no nace sólo de la emoción ni del enojo aislado. Informarse vale más que desahogarse. Solo entendiendo cómo funcionan los sistemas que nos gobiernan podemos dejar de culparnos entre nosotros por problemas que son estructurales y tienen responsables concretos. El poder se sostiene, muchas veces, en nuestra desinformación.
Negarse a mirar, a entender o a involucrarse no suspende los efectos de la política: los deja intactos. Desentenderse de la política es un privilegio. Y como todo privilegio, no es neutro, no es universal y siempre tiene consecuencias.

