Escenario

Argentina: un cuarentón que sigue viviendo con los papás

La democracia no es un destino; es un proceso. Y si queremos que ese proceso funcione, necesitamos otra cultura política: menos discursos de odio, menos ironías fáciles, menos certezas absolutas.

Mapa Argentina
Mapa Argentina EE

Era sábado a la tarde. Entre mates y facturas, me senté en una mesa con amigos del primario a hablar de la vida. Como siempre, inevitablemente, apareció la política. Dicen que los argentinos hablamos demasiado de ella, que en ningún otro país es un tema tan cotidiano, tan visceral. Y sin embargo, cuando lo pienso, me sorprende menos de lo que debería.

Argentina es como esos dos mejores amigos del colegio que, en quinto grado, eran inseparables: uña y carne, cómplices de todos los recreos. Pero cuando llegaba la hora de hablar de fútbol, se volvían enemigos irreconciliables. Entonces, lo que antes era alianza se convertía en guerra. Boca o River. River o Boca. No había espacio para el matiz, para el acuerdo. Así somos, de alguna forma, los argentinos: vivimos en un River-Boca perpetuo. No importa si hablamos de economía, justicia, vacunas, fútbol o cine; todo parece una bandera. Todo divide. Todo es antagonismo, todo es disputa.

La incapacidad de dialogar, de reconocer ideas diferentes, de admitir errores propios, parece ser uno de nuestros nudos más persistentes. Resolverlo requeriría más voluntad de comprensión, más apertura hacia la otredad. Sin embargo, como sociedad, nos quedamos en aquel quinto grado de primaria: discutimos con las mismas pasiones, pero sin la madurez que el tiempo debería habernos enseñado.



Hoy somos una República democrática de cuarenta y tantos años. Pero seguimos siendo, en cierto modo, un cuarentón que todavía vive con mamá y papá: incapaz de emanciparse, de asumir plenamente la responsabilidad de crecer. Seguimos teniendo las mismas discusiones, seguimos sin poder encontrar puntos comunes, acuerdos.

La politóloga belga Chantal Mouffe lleva años insistiendo en algo que incomoda: la democracia no es un acuerdo permanente, sino un campo de disputa. Critica la idea de que la democracia pueda o deba aspirar a un consenso pleno. Para ella, la esencia de lo político es la pluralidad irreductible. No se trata de suprimir los conflictos, sino de canalizarlos: de activar la confrontación democrática, de habilitar un espacio donde distintas identidades colectivas puedan enfrentarse sin aniquilarse.

Mouffe distingue entre conflicto antagónico y conflicto agonista. El primero convierte al otro en enemigo a derrotar; el segundo lo reconoce como adversario legítimo con quien disputar el sentido del proyecto común. La democracia, dice, debería fomentar luchas agonistas: disputas intensas, sí, pero dentro de un marco institucional que permita que los proyectos convivan.



La pregunta es si un modelo así es posible en Argentina, un país donde una canción o un corte de pelo se vuelven statements políticos. Parece utópico, pero ¿hay otra alternativa?

Parte del problema es que, en Argentina, casi todo se politiza. No solo los grandes debates —la inflación, la educación, la justicia— sino también lo cotidiano: qué consumís, a qué artista escuchás, qué serie ves, y hasta dónde tomás café. Vivimos con el filtro político encendido todo el tiempo. 

Hay heridas históricas, desacuerdos que vienen de lejos y decisiones políticas que, a lo largo de décadas, abrieron fisuras cada vez más profundas y a las que, cuando empezaban a cicatrizar, les metían el dedo muchísimo más hondo. Pero también hay responsabilidad en quienes participan del juego: gobiernos que usan la división como estrategia, medios que se alimentan de la confrontación y nosotros, los ciudadanos que compramos ese relato y lo alimentamos. El conflicto no es un producto ajeno.



El conflicto argentino es producto de una suma compleja: decisiones políticas erradas, aciertos parciales, desconfianzas históricas y heridas abiertas. Nadie está exento de responsabilidad: ni los gobiernos, ni los ciudadanos que los elegimos. Reconocer eso es el primer paso para aprender de los errores y construir un futuro diferente.

Por eso, más que eliminar las grietas —que sería ingenuo—, creo que el desafío es aprender a habitarlas. Y ahí es donde Mouffe resulta tan provocadora: no hay que buscar un consenso imposible, sino diseñar espacios donde los desacuerdos puedan expresarse sin que eso rompa el vínculo social.

El problema no es el conflicto, sino cómo lo procesamos. En Argentina, el desacuerdo suele convertirse en descalificación. No discutimos ideas; atacamos identidades. Se deslegitima al otro, se lo reduce a una etiqueta: "kuka", "gorila", "libertario", "planero", "progresista". Es un lenguaje de trincheras que erosiona cualquier posibilidad de diálogo.



La construcción de un espacio político sano implica cambiar esa lógica. Significa aceptar que las discrepancias existen y van a seguir existiendo, pero que eso no invalida al otro como interlocutor. Significa dejar de pensar en términos de "ganar o perder" y empezar a pensar en términos de convivir.

Como dice Ernesto Laclau:

"Toda identidad política es incompleta; sólo existe en relación con un otro que la pone en cuestión".



Si se entiende eso, la confrontación deja de ser una amenaza y pasa a ser una oportunidad: un motor para revisar nuestras ideas, ampliar horizontes y crear instituciones más sólidas.

No se trata de borrar las diferencias ni de buscar un acuerdo universal. No se trata de que todos pensemos igual, porque eso es imposible. Se trata de crear un espacio donde podamos disentir sin destruirnos. Donde la palabra "adversario" no sea sinónimo de "enemigo". Donde aprendamos del otro, de sus argumentos, de sus motivaciones. 

La democracia no es un destino; es un proceso. Y si queremos que ese proceso funcione, necesitamos otra cultura política: menos discursos de odio, menos ironías fáciles, menos certezas absolutas. No vamos a eliminar la grieta, pero sí podemos decidir cómo la habitamos.



Al final, no es tanto una cuestión de instituciones, sino de vínculos. 

El diálogo no garantiza que haya consenso, pero sin diálogo no hay futuro. Si logramos sostener el desacuerdo sin dinamitar el puente, tal vez podamos empezar a crecer. Quizás no se trate de cerrar la grieta, sino de aprender a construir sobre ella.

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