Ser mujer implica aprender ciertas cosas muy temprano.
Aprender a avisar cuando llegás a tu casa. Aprender a mirar hacia atrás cuando caminás sola de noche. Aprender a sostener las llaves entre los dedos por si pasa algo. Aprender también que el cuerpo propio rara vez termina de ser completamente propio. Siempre está siendo evaluado: si es demasiado delgado, demasiado grande, demasiado visible o demasiado oculto.
Con el tiempo aparecen otras lecciones menos evidentes. Que el tiempo no pesa igual para todos. Que construir una carrera muchas veces significa correr contra un reloj que no afecta de la misma manera a hombres y mujeres. Que la maternidad —incluso hoy— suele venir acompañada de una segunda jornada silenciosa: horarios, médicos, tareas, organización de la vida doméstica. Trabajo invisible. Trabajo que existe aunque nadie lo nombre.
Y después está el miedo. Un miedo que muchas mujeres aprenden a incorporar como un reflejo. Porque la violencia rara vez llega desde un desconocido en un callejón oscuro. Muchas veces aparece mucho más cerca: el portero, el taxista, un vecino, un profesor o el hombre que se sentó al lado en el colectivo.
Durante siglos, esa suma de desigualdades fue presentada como algo natural. Como si así fuera simplemente el mundo.
El feminismo nació para romper con esa idea.
Gracias a las luchas de millones de mujeres hoy existen derechos que durante siglos estuvieron fuera de nuestro alcance: votar, estudiar, trabajar, participar en política, tener independencia económica, decidir sobre la propia vida.
Pero que esos avances existan no significa que la historia esté terminada. Las desigualdades que dieron origen al feminismo siguen ahí. Y, sin embargo, algo empezó a pasar con el movimiento que nació para enfrentarlas.
El 8 de marzo volvió a mostrarlo.
Este año la marcha se trasladó al 9 porque el 8 cayó domingo. Distintas organizaciones convocaron a un paro. Pero lo que apareció en las calles dejó algo más en evidencia: el feminismo se convirtió, para algunos sectores, en un vehículo para cualquier agenda política.
Entre los carteles podían leerse consignas sobre la deuda externa, la reforma laboral, la emergencia en discapacidad o incluso frases como "Cristina inocente". Nada de eso tiene que ver con el feminismo. Y, sin embargo, ahí estaba. En nombre de todas. Ese es el problema.
Un sector político muy específico empezó a apropiarse del feminismo y a hablar como si representara a todas las mujeres. Pero no lo hace. Porque hay muchísimas mujeres que creemos en la igualdad, en la autonomía y en los derechos de las mujeres, pero que no compartimos esa agenda política.
Mujeres que no creemos que Cristina sea inocente. Mujeres que no votamos a la izquierda ni al peronismo. Mujeres que no pensamos igual en cada discusión económica, institucional o política del país. ¿Eso nos vuelve menos feministas? Cada vez más veces la respuesta implícita parece ser que sí. Como si el feminismo tuviera dueño. Como si hubiera un pequeño grupo autorizado para decidir quién pertenece y quién no.
Pero el feminismo no nació para eso. Nació para ampliar libertades, no para imponer una identidad política obligatoria.
Cuando una causa se convierte en una identidad cerrada, deja de representar y empieza a expulsar. Y eso es exactamente lo que está pasando. Cientos de mujeres quedan afuera de un movimiento que también es suyo. No porque no crean en la igualdad, sino porque se niegan a alinearse con una agenda partidaria.
El feminismo no puede convertirse en una tribu ideológica. No puede transformarse en el brazo cultural de un partido. Porque cuando eso ocurre deja de ampliar libertades y empieza a hacer exactamente lo que durante siglos criticó: decirle a las mujeres cómo deben pensar.
Y hay algo que vale la pena recordar. Las mujeres no pensamos todas igual. Y nadie —ningún partido, ningún colectivo, ningún grupo autoproclamado dueño de la causa— tiene derecho a decidir quién es lo suficientemente feminista y quién no.

