Debate

Una escuela a la que los chicos quieran ir

¿Qué pasa cuando el sistema educativo insiste en enseñar con herramientas que pertenecen a otro siglo?

Taller de Educación Financiera en escuelas
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Durante más de un siglo, la escuela fue revolucionaria. Permitió que millones de personas aprendieran a leer y escribir y abrió las puertas de la educación a gran parte de la sociedad. Para el mundo en el que nació, funcionó extraordinariamente bien.

La escuela sigue siendo casi la misma: decenas de pupitres alineados en aulas cerradas, clases de horas y horas donde un profesor habla y los alumnos escuchan —o pretenden escuchar—, recreos de pocos minutos y programas rígidos que todos tienen que seguir al mismo ritmo.

Mientras tanto, el mundo cambió. Y los chicos también.



Crecieron en un entorno dinámico, interactivo, lleno de estímulos. Reciben información constantemente, desde múltiples lugares y en múltiples formatos. Si casi todo en nuestras sociedades se adaptó a esta nueva realidad, la pregunta inevitable es: ¿por qué la escuela sigue funcionando casi igual que hace cien años?

La explicación más fácil para el problema educativo suele ser que los chicos no quieren aprender. Que son más vagos. Que quieren todo rápido y simple. Que nadie quiere esforzarse.

Pero tal vez el diagnóstico esté equivocado.



Las nuevas generaciones consumen y procesan más información que nunca. Aprenden todo el tiempo: en internet, en videos, en comunidades digitales, explorando cosas que les interesan. El conocimiento ya no está concentrado únicamente en el aula ni depende exclusivamente de lo que dice un profesor frente al pizarrón.

Cuando la información está a un clic de distancia, algo cambia. El valor de la educación ya no está solamente en acceder al conocimiento, sino en cómo se lo aprende, cómo se lo entiende y cómo se lo usa.

La curiosidad y la emoción siguen siendo motores fundamentales del aprendizaje. Sin embargo, muchas veces la escuela sigue pidiéndoles a los estudiantes que se queden quietos y escuchen.



Le pide eso a una generación que creció aprendiendo de otra manera.

Tal vez, entonces, la pregunta correcta sea otra: ¿qué pasa cuando el sistema educativo insiste en enseñar con herramientas que pertenecen a otro siglo?

Por eso resulta interesante mirar experiencias que intentan hacer las cosas de otra manera.



Podría hablar de Astra Nova, la escuela que Elon Musk creó para sus hijos, pero prefiero mirar un ejemplo más cercano: uno nuestro.

El año pasado conocí el Colegio Los Ceibos, en Nueve de Julio, provincia de Buenos Aires. Y hubo algo que me llamó inmediatamente la atención: los chicos quieren ir a la escuela.

Colegio Los Ceibos
Colegio Los Ceibos



No lo dicen con resignación. Hablan de su colegio como otros hablan de su equipo de fútbol o de su familia: con orgullo. Hay algo de comunidad y pertenencia que atraviesa toda la experiencia.

Una parte se explica con solo escuchar su historia: el colegio nació cuando un grupo de padres sintió que la educación disponible para sus hijos no era suficiente. Ocho matrimonios decidieron organizarse para crear una escuela desde cero. Durante años sostuvieron el proyecto con esfuerzo propio, aportando tiempo, trabajo y recursos. Hoy tiene alrededor de 350 alumnos y más de 90 docentes. Cerca del 40% de sus estudiantes recibe algún tipo de beca financiada por empresas y personas de la comunidad.

Detrás del proyecto hay algo más profundo que un modelo pedagógico: una comunidad comprometida con la educación de sus chicos. Padres y docentes que participan, que se involucran y que no entienden la educación como algo que simplemente se delega.



Pero tampoco es difícil entender por qué van con ganas.

Los alumnos no son solo receptores: pueden proponer ideas, discutirlas con los directivos y participar activamente en la vida del colegio. La relación con los docentes también es más cercana, y eso permite acompañar mejor los procesos de cada uno.

La experiencia educativa no se limita al aula. El deporte y el tiempo al aire libre ocupan un lugar central: los chicos pasan muchas horas en movimiento, jugando, explorando y aprendiendo también fuera de las cuatro paredes del salón.



Viajan por el país para conocer distintas realidades. Acampan, cocinan, se organizan entre ellos. Participan en modelos de Naciones Unidas, desarrollan proyectos comunitarios —como el armado de una plaza— y se vinculan con el mundo productivo de su entorno, especialmente con el sector agropecuario.

También tienen clases de finanzas, participan en programas como CREA, reciben capacitaciones en oratoria y cuentan con acompañamiento vocacional para empezar a pensar qué quieren hacer cuando terminen el colegio.

Aprenden lo mismo —y muchas veces más— que en otras escuelas, pero de otra manera.



Y si bien un modelo tan sofisticado tal vez no sea replicable en todos lados, la idea es simple: que durante la escuela los chicos puedan experimentar, equivocarse, construir cosas, discutir ideas y ver en la práctica lo que aprenden en la teoría. Que el aprendizaje tenga relación con la vida real.

Y eso cambia mucho las cosas.

Durante décadas pensamos la educación como un proceso casi mecánico: un docente explica, un alumno escucha, memoriza y luego repite en un examen. Pero el aprendizaje real funciona de otra manera.



Las personas aprendemos mejor cuando participamos activamente, cuando experimentamos, cuando sentimos curiosidad por lo que estamos descubriendo. Cuando algo nos importa.

Esto no significa una educación más fácil. Aprender siempre requiere esfuerzo, tiempo y disciplina.

La diferencia no está en bajar la exigencia, sino en cambiar el enfoque. Adaptar la educación a un mundo distinto. Un mundo donde el conocimiento no se transmite únicamente escuchando durante horas, sino también explorando, discutiendo, resolviendo problemas y enfrentándose a situaciones reales.



¿Qué es mejor: memorizar cómo funciona la tasa de interés o entenderla poniendo algo propio en juego, viendo cómo una decisión impacta en un resultado real? ¿Aprender geografía en un mapa o recorrer, conocer y vincularse con esos lugares? No se trata de reemplazar el conocimiento, sino de darle contexto. Porque cuando los conceptos se conectan con experiencias concretas, dejan de ser abstractos y se vuelven comprensibles. El aprendizaje deja de ser repetición y pasa a ser comprensión.

En medio de tantas discusiones sobre lo que funciona mal en la educación —presupuestos, reformas, programas— experiencias como esta dejan una pregunta incómoda.



¿Y si el problema no fuera que los chicos no quieren aprender?

Durante años repetimos esa idea casi como un diagnóstico inevitable. Pero cuando uno ve a estudiantes quedarse después de hora para terminar proyectos, entusiasmarse con lo que están haciendo o hablar de su escuela con orgullo, aparece otra posibilidad.



Quizás el problema no sea la falta de interés de los chicos. Quizás el problema sea que muchas veces la escuela no logra despertarlo.

Porque cuando eso ocurre, cuando el aprendizaje conecta con la curiosidad, con la experiencia y con la vida real, algo cambia. Aprender deja de ser una obligación y se convierte en algo que los chicos quieren hacer.

Y tal vez ahí esté una de las preguntas más importantes para el futuro de la educación: no cómo hacer que los chicos se adapten a la escuela que tenemos, sino cómo animarnos a construir una escuela que realmente tenga sentido para ellos.



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