Desde el Tratado de Roma hasta el euro

8 de julio, 2021

euro

Por Damián Cichero

El 25 de marzo de 1957 se firmaron los Tratados de Roma, que muchos años después darían origen a la Unión Europea.

Reunidos en los Museos Capitolinos, los principales líderes de Alemania Federal, Francia, Italia y los países del Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) firmaron los tratados de la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom). Estos, junto al Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA, firmado en 1950), fueron los convenios constitutivos de las Comunidades Europeas.

Lo que ahora parece un hecho más, en ese momento fue un gran alivio para Europa. Tan solo doce años antes, el Viejo Continente fue el lugar en el que se había desarrollado la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el conflicto bélico más grande de la historia de la humanidad.

Se estima que los seis años de conflicto entre las fuerzas del eje (Alemania, Italia y Japón) y los Aliados (EE.UU., Reino Unido, Francia y la URSS) dejaron un saldo de entre 40 y 80 millones de muertos. Por ello, la nueva amistad entre Alemania y sus antiguos enemigos de guerra tenía un gran peso simbólico. Nadie quería vivir nuevamente un conflicto de tal magnitud.

La enemistad entre alemanes y franceses viene de larga data: se enfrentaron en las guerras napoleónicas (1803-1815), la guerra franco-prusiana (1870-1871) y la Gran Guerra (1914-1918). Sin embargo, gracias a los Tratados de Roma, el eje franco-germano se convirtió en el motor del proceso de integración europeo.

Esta última idea surgió a principios de los años ’50 con la CECA debido a la gran demanda de estas materias primas para la reconstrucción de Europa. Este mercado común posibilitó la libre competencia entre los miembros en estos sectores y un intercambio comercial libre de aranceles.

El ministro francés de Asuntos Exteriores de esa época, Robert Schuman, explicó que “la paz en Europa sólo podía garantizarse de manera sostenida a través de un control comunitario del carbón y del acero, tan importantes en tiempos de guerra”.

La CECA fue fundamental en ese proceso. Sin embargo, era necesario darle un mayor impulso a la cooperación política. Luego de años de negociaciones, los seis miembros aceptaron crear un mercado común europeo y el Euratom.

Se levantaron restricciones al comercio y se garantizó la libre circulación de servicios, mercancías, personas y capital. Así, las políticas económicas y comerciales comenzaron a implementarse conjuntamente frente a terceros actores.

Aumenta la integración           

Muchos años después, y con varias negociaciones en el medio, en 1992 fue firmado el Tratado de Maastricht, en la ciudad del mismo nombre, en los Países Bajos.

Este pacto, formado por los tres tratados preexistentes ya mencionados, es considerado como la culminación política de la Unión Europea. Mientras que los tres primeros son considerados como el pilar comunitario, el de Maastricht se encargó de añadir los pilares para una política exterior común y para los asuntos de justicia y política interior.

La entrada en vigor del Tratado de Maastricht no solo implicó profundizar la integración europea y su ampliación hacia el Este, sino que posibilitó recibir a la Alemania unificada en la estructura europea, tras la caída de la URSS y el Muro de Berlín.

Pero, más allá de todos estos logros, fue la introducción de la unión económica y monetaria de Maastricht lo que le otorgó al actual bloque comunitario un gran peso en la economía mundial. La última pieza para concretar esta obra maestra (pese a sus problemas, la UE es un caso único en el mundo) se colocó el 1° de enero de 2002, cuando se introdujo oficialmente el euro como valor monetario común en doce países (hoy circula en 19).

Unos años antes, en 1998, había sido inaugurado el Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort con el principal objetivo de mantener la estabilidad de la moneda común. En este sentido, el BCE, creado a imagen y semejanza del Bundesbank (Banco Central de Alemania), no decepcionó y la inflación nunca fue un problema (habrá que ver qué pasa a futuro teniendo en cuenta la pandemia del coronavirus y el enorme gasto estatal para salir de la crisis).

Pese a las crisis europeas, el euro no ha sido el causante de las mismas. Su implementación logró que las compañías ahorrasen millones en transacciones, mientras que impulsó significativamente las exportaciones alemanas y generó intereses muy bajos para los países periféricos. Además, se convirtió en la segunda moneda más importante del mundo, solo por detrás del dólar.

Quizás la única crítica en su contra son los problemas con la balanza de pagos de algunos países como Grecia, España y Portugal. Sin embargo, el euro puede ser una oportunidad perdida por estos países: en 1995, el anuncio de la nueva moneda redujo considerablemente las tasas de interés de los países del sur, en comparación con los que Alemania debía pagar. Sin embargo, en vez de apostar por medidas de crecimiento, decidieron aumentar significativamente la carga social del Estado.

Pese a algunas críticas, el proyecto europeísta sigue siendo muy sólido. Es cierto que la salida del Reino Unido generó dudas, pero desde ese momento, la mayoría de los partidos euroescépticos fueron derrotados en las elecciones. A esto se suma que varios países, entre ellos Dinamarca, Suecia y Polonia, planean unirse a la eurozona mientras que otros, como Turquía y Serbia, desean sumarse a la UE.