Que la coyuntura no tape la estrategia

2 de septiembre, 2019

industria ferreres

Por Agustina Gallardo Docente y economista UBA, especializada en industria

 

En un contexto de enorme volatilidad y creciente incertidumbre, vuelven a desparramarse sobre la mesa las piezas de un rompecabezas recursivo: controles cambiarios, endeudamiento, fuga de capitales, y un elenco de repeticiones archiconocidas. El cuadro de situación pone en perspectiva dos decisiones cruciales: cuál es el modelo de país y cuál es el modo de inserción internacional que pretendemos.

 

Para empezar a desatar el nudo, se deberían abordar las causas reales (de la economía real) que produjeron esta crisis y cual es la política productiva que puede subsanarla. Esta es, entonces, una oportunidad para pensar también el rol de la industria en un proyecto de desarrollo argentino.

 

La industria es un sector que genera empleos de calidad, tiene alta participación en la recaudación tributaria y posee la capacidad de traccionar y dinamizar a otros sectores. Sin embargo, viene mostrando caídas interanuales hace catorce meses. En los últimos cuatro años la caída acumuló 13% en términos agregados y ha perdido dos puntos de participación en el PIB.

 

Del mismo modo viene contrayéndose la inversión, que en el primer trimestre del año fue 25% menor al mismo período del año anterior. Estos números muestran que no se trata de un fenómeno aislado ni pasajero, sino que asistimos a un proceso significativo de deterioro industrial. No sólo se está produciendo menos, sino que se están perdiendo segmentos de las cadenas, se está reduciendo el empleo industrial (con más de 80 mil empleos menos que en 2015) y están cerrando empresas.

 

La profundidad y persistencia de la caída implica que una recuperación general de la economía no será suficiente y que es necesario tomar una determinación definitiva sobre el papel de la industria en la economía. La carrera por el desarrollo es un trabajo permanente y Argentina no puede darse el lujo de tener una industria en contracción, perdiendo capacidades, obstaculizando la incorporación de tecnología y reduciendo así las posibilidades de inserción internacional.

 

Es por eso que la agenda que viene tiene que estar orientada por completo a mejorar la competitividad que nos permita crecer e insertarnos exitosamente en los mercados mundiales. Pensar en una industria nacional con estas características es una oportunidad para cada una de las empresas, pero también para el país en general: con más y mejores productos podremos exportar, generar divisas genuinas, dinamizar el empleo y fortalecer el mercado interno.

 

La revolución que estamos viviendo en torno a la digitalización, los sistemas inteligentes, el Big Data, y todo lo que se conoce como Industria 4.0 nos brinda una oportunidad importante para ampliar nuestros horizontes en este sentido. Pero este desafío requiere también atender lo urgente que sucede por fuera de las fábricas: es necesario conseguir un diseño del entorno en el que operan los sectores manufactureros para crear las condiciones necesarias para crecer, invertir y salir al mundo. Buena parte de los problemas en materia de competitividad que enfrentamos vienen de la mano de distorsiones que acumula
la economía en diversos planos.

 

La dolarización de múltiples insumos, combustibles, energía, etcétera, es sin duda uno de los factores que más volatilidad imprime sobre la producción industrial, es cierto. Pero la gran complejidad del sistema tributario, los elevados costos logísticos y las enormes limitaciones que tenemos en materia de financiamiento, profundizan los problemas de competitividad y deterioran la calidad del entramado industrial.

 

Hoy, en este contexto macroeconómico, es difícil poder imaginar esta agenda y mirar al futuro, pero la clave es comprender que elegir un modelo de país que apueste a desarrollar una industria competitiva es parte de la solución.