En Argentina, la inteligencia artificial (IA) ya entró en las aulas, aunque nadie la haya invitado. Los chicos la usan para estudiar, resolver tareas o preparar exámenes. Pero lo hacen solos, sin guía, sin filtros y sin criterios pedagógicos claros. Y mientras tanto, muchas instituciones se debaten entre prohibirla por completo o mirar hacia otro lado.
Según el informe Kids Online de UNICEF y UNESCO, el 54 % de los estudiantes argentinos de entre 9 y 17 años ya utiliza herramientas de IA con fines escolares. Casi 7 de cada 10 lo hace sin ningún tipo de mediación adulta. Descubren la IA en redes, la prueban, le hacen preguntas, y pocas veces alguien les explica si lo que están haciendo está bien o mal. Ni cómo usarla con criterio, ni cuándo conviene, o no, delegar una tarea en una máquina.
Frente a este fenómeno, muchas escuelas optan por la prohibición como única respuesta. Pero prohibir la IA no la borra del mapa: solo traslada el problema al celular, a la casa, a contextos sin supervisión.
Las dudas que paralizan
¿Por qué muchas escuelas no avanzan con la IA, sí está claro que ya forma parte del ecosistema educativo informal? Porque hay miedos legítimos: a perder el control, a sobrecargar a los docentes, a que los chicos dejen de pensar por sí mismos.
Y tienen razón en estar alertas. El concepto de "deuda cognitiva", la tendencia a dejar de ejercitar funciones mentales cuando delegamos demasiado en la tecnología, es una preocupación real.
Según un estudio publicado en Nature Human Behaviour, usar IA para resolver tareas reduce hasta 55 % la actividad cerebral en zonas clave como el lóbulo frontal (razonamiento) y el hipocampo (memoria). Y 78 % de quienes usaron IA para resolver un problema no pudieron recordar el contenido ni el proceso una hora después.
¿Y los docentes?
El 73% de los docentes argentinos ya percibe que la IA impacta su tarea diaria, y 82% quiere aprender a usarla con fines pedagógicos. Pero menos del 20% lo hace activamente. ¿La razón? Falta de tiempo (61%) y de formación específica (45%), según el Observatorio Argentinos por la Educación.
Aunque 87% de las escuelas privadas del país tiene algún grado de digitalización, solo 12% ha incorporado IA de forma activa, según datos de Fundación Varkey. Es decir: la tecnología está, pero el criterio pedagógico para usarla todavía no.
Qué está funcionando en el mundo
En muchos países ya hay experiencias concretas que demuestran que la IA puede mejorar el aprendizaje, personalizar la enseñanza y fortalecer el rol del docente.
En EE.UU., Alpha School logró que sus estudiantes completaran objetivos en 30% menos de tiempo y alcanzaran puntajes en el 2% superior del país. En Australia, New Town High mejoró 22 % los resultados en matemática y redujo las brechas de rendimiento. En China, la plataforma Squirrel AI permitió que estudiantes de zonas rurales mejoraran 40% sus resultados en exámenes estandarizados. Y la lista sigue.
Primeros desarrollos locales
En Argentina empiezan a emerger respuestas propias. En mi caso, participo del desarrollo de Auroria, un asistente de IA diseñado exclusivamente para escuelas, que propone una alternativa clara frente al uso desregulado de estas tecnologías: no responde de forma automática, sino que interpela a los estudiantes antes de contestar, promoviendo el pensamiento crítico y combatiendo la deuda cognitiva.
A la vez, acompaña a los docentes para preparar clases más personalizadas, ayudando a detectar dónde están las verdaderas dudas.
Prohibir puede parecer lo más fácil. Pero educar en el uso, con criterio, con herramientas y con propósito, es lo verdaderamente transformador. Porque el dilema ya no es si la IA debe entrar o no a las aulas. Ya entró. La pregunta real es si vamos a acompañar ese proceso desde la pedagogía, o si vamos a mirar desde la puerta y perdernos una oportunidad histórica.
El futuro es incierto, sí, pero hay algo que sabemos con certeza: va a ser con inteligencia artificial. Y si no preparamos a nuestros chicos desde ahora, muchos van a quedar afuera. No podemos permitir que solo unos pocos privilegiados accedan al futuro. La verdadera decisión que enfrentan hoy las escuelas no es tecnológica: es ética, educativa y estratégica.


