Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Max, Disney Plus y Prime Video.
1. Serie para ver en Max: The White Lotus
En su tercera temporada, regresa una de las joyas de la programación de Max, en la que el guionista y director Mike White, un maestro de la sátira mordaz y el humor negro, nos deleita nuevamente con su radiografía vitriólica de los ricos y sus problemas. Esta vez, el misterio a resolver -porque, claro, sin un muerto o accidentado no hay diversión- nos lleva a Tailandia, después de haber hecho escala en Hawái y Sicilia.
La gran incógnita es: ¿cuál de estos millonarios hedonistas dejará de disfrutar su cóctel junto a la piscina? ¿O será que, en un inesperado giro, algún miembro del staff explotará después de una cantidad insostenible de humillaciones? Porque, como siempre, los guiones se centran en la retorcida dinámica entre los que pagan y los que sufren para servirles.
Los nuevos huéspedes llegan cargando con su propia mochila de conflictos. Esta vez, tenemos a tres amigas de la infancia -Jaclyn (Michelle Monaghan), Laurie (Carrie Coon) y Kate (Leslie Bibb)-, cuyo vínculo está al borde del colapso porque una de ellas ahora es famosa y, por ende, la que pone la billetera. También hay una pareja llamativa: Rick (Walton Goggins), un hombre con más traumas que palabras, que esconde un apasionado deseo de revancha, y Chelsea (Aimee Lou Wood), su novia joven y espiritual, que, con su dulzura, podría ser la reencarnación de Shelley Duvall en sus primeros films con Robert Altman.
Pero la estrella de la temporada es la familia Ratliff, un cóctel sureño de disfuncionalidades. La matriarca, Victoria (Parker Posey), es una adicta a los fármacos que, entre el estupor y la negación, se postula como la sucesora espiritual del celebrado personaje interpretado por Jennifer Coolidge, que animó las temporadas anteriores. Viajan a Tailandia porque la hija, Piper (Sarah Catherine Hook), debe entrevistar a un dalái lama para su tesis (prioridades de la vida). Saxon (Patrick Schwarzenegger) es el hijo mayor, un depredador que tira anzuelos por todos lados y vive para agradar a su padre, mientras que su hermano menor, Lochlan (Sam Nivola), intenta esquivar la telaraña familiar en la que teme quedar pegoteado. Y el patriarca, Timothy (Jason Isaacs), un financista con un historial de delitos de guante blanco, vive con el temor de que su burbuja de privilegios explote en cualquier momento.
Mientras tanto, del lado del personal, la vida sigue. El guardia de seguridad Gaitok (Tayme Thapthimthong) hace adorables intentos por conquistar a su colega Mook (quien, por cierto, es la superestrella del pop tailandés Lalisa Manobal), y Belinda (Natasha Rothwell), la gerente de spa que tanto apreciamos en la primera temporada, regresa para aprender sobre espiritualidad budista con el encantador Pornchai (Dom Hetrakul).
Uno de los grandes aciertos de White es darle protagonismo a Parker Posey, la actriz que en los años 90 fue considerada "la reina del cine indie" por la revista Time a raíz de una retahíla de títulos (Dazed and Confused, Party Girl, The House of Yes, Best in Show, etc.) que le permitieron interpretar personajes excéntricos, sardónicos y con un toque de ironía. Hollywood nunca ha sabido muy bien qué hacer con su descomunal talento, figurando en filmes como Scream 3 y Blade: Trinity, que desperdiciaban sus habilidades.
Su rol recuerda a la Violeta Venable creada por Tennessee Williams en su obra De repente, el último verano, interpretada por Katharine Hepburn en la versión cinematográfica de Joseph L. Mankiewicz, actriz con la que Posey ha sido comparada en varias ocasiones debido a lo excéntrico de su personalidad cinematográfica. Al igual que Violeta, la Victoria de The White Lotus vive en una realidad paralela sustentada en la negación de su triste realidad, lo que provoca, en manos de White, situaciones cargadas de crueldad, sarcasmo y equívocos.
Y, por supuesto, la serie no escatima en la creación de atmósferas: un montaje que nos sumerge en la humedad de la jungla tailandesa, con el sonido de las cacatúas, el deslizarse de las lagartijas, con su vegetación exuberante, sus mosquitos hambrientos y la arbórea música de Cristobal Tapia de Veer que nos envuelve en un trance casi hipnótico. Solo falta que la pantalla emane aroma a sándalo para completar la experiencia multisensorial, en la que el erotismo a flor de piel se conjuga con las más extrañas conductas.
En fin, una temporada que (hasta el episodio 3 de 8) confirma que ver a los ricos revolcarse en su propia miseria sigue siendo un placer inconfesable. Muy recomendada.
2. Miniserie para ver en Disney Plus: No digas nada
El terrorismo deja cicatrices imborrables, marcas que nunca terminan de sanar por completo.
Esta miniserie irlandesa de nueve episodios comienza de manera estremecedora: una madre es secuestrada por un grupo armado frente a sus hijos. Es 1972, y en Irlanda del Norte, especialmente en Belfast, se libra un conflicto sangriento entre los unionistas protestantes y los republicanos católicos que buscan independizarse del dominio británico. Bombas estallan en Dublín y Londres, mientras personas desaparecen sin dejar rastro. No digas nada sigue estos eventos a través de los ojos de Dolours Price (Lola Petticrew), una militante del IRA que, después de treinta años, decide contar su verdad.
Dolours conversa con un periodista bajo la condición de que las grabaciones no sean divulgadas hasta después de su muerte. Estas entrevistas forman parte del Proyecto Belfast del Boston College, un programa que recopila testimonios de antiguos miembros del IRA. Sin embargo, este acto implica un gran peligro tanto para los entrevistados como para los entrevistadores, ya que en estos círculos paramilitares la ley del silencio es inquebrantable.
Desde el primer instante, No digas nada atrapa sin concesiones al espectador. Las escaramuzas entre ingleses y miembros del IRA, que no sólo abarcan tiroteos callejeros sino también la voladura de casas y locales son violentas e inesperadas. El guion no ofrece indulgencias ni justificaciones, y nadie queda exento de la crudeza de los hechos, incluido Gerry Adams (Josh Finan), ex líder del Sinn Féin, quien ocupa un papel clave en la historia. Aunque con el tiempo se convirtió en un mediador fundamental entre el IRA y el gobierno británico, la serie lo retrata en sus inicios como un combatiente implacable con las manos manchadas de sangre. Cada episodio concluye con una advertencia en la que Adams niega haber pertenecido al brazo armado del IRA, pero la serie expone una mirada crítica sobre su pasado.
Inspirado en hechos reales, basado en el libro de Patrick Radden Keefe, el guion se sitúa en la época de los Troubles, el conflicto político que devastó Irlanda del Norte por más de tres décadas. Aunque a menudo se lo reduce a una lucha entre católicos y protestantes, en realidad, fue un enfrentamiento sobre la identidad nacional: la unificación de Irlanda frente a la permanencia de Irlanda del Norte bajo el control británico.
Aspectos de la vida personal de Dolours, ajenos a su militancia en el IRA —como su relación con Stephen Rea, el reconocido actor de El juego de las lágrimas (Neil Jordan, 1992)—, apenas se mencionan en una escena, un diálogo fugaz o una observación incidental, pero permiten explicar su buen pasar en la madurez. De igual forma, se esbozan las vidas de otros personajes sin apartarse de los temas centrales. Con el tiempo, la violencia, la culpa, la penitencia y el arrepentimiento terminan por consumir a todos los involucrados.
Gracias a su narrativa tensa y bien estructurada, las interpretaciones sobresalientes y la contundencia histórica de los acontecimientos, la serie logra conmover profundamente. El espectador siente empatía por Dolours y sus compañeros de lucha —incluso en ciertos momentos desea que logren escapar de la policía—, pero no puede ignorar el peso moral de muchas de sus decisiones, ya que han perpetrado atentados con numerosas víctimas.
Con altas dosis de suspenso, la miniserie presenta una mirada compleja y plural, pero deja un mensaje inequívoco: ninguna causa, por legítima que parezca, justifica el asesinato de inocentes. El fanatismo que provocó tanto sufrimiento siempre tiene un costo: obstaculiza la paz, ensucia los legados y atormenta las conciencias. Para algunos, participar en el Proyecto Belfast fue un intento de reconciliarse con su pasado, pero los créditos finales del último episodio dejan claro que no todos han conseguido cerrar este oscuro capítulo de la historia.
Imperdible.
3.Miniserie para ver en Netflix: No atiendas esa llamada.
Este documental inglés expone con crudeza hasta dónde puede llegar la manipulación cuando se combinan autoridad percibida y obediencia ciega. A lo largo de tres episodios, la directora Sara Mast desarrolla una narración tensa y perturbadora sobre un desconocido que, durante más de una década, se hizo pasar por un oficial de policía y llamó a restaurantes de comida rápida en distintos puntos de Estados Unidos, convenciendo a los gerentes de realizar humillantes revisiones corporales a empleados jóvenes. Increíble pero cierto.
El documental arranca con un caso particularmente escalofriante ocurrido en 2004 en un McDonald's de Mount Washington, Kentucky. Louise Ogborn, una joven empleada, fue obligada a desnudarse y sometida a vejaciones bajo las órdenes de su gerente, Donna Summers, quien creía estar cumpliendo instrucciones legítimas de un policía al teléfono. La situación escaló aún más cuando Summers involucró a su pareja, quien llevó el abuso a un nivel extremo. El detective Buddy Stump, encargado de la investigación, pronto descubrió que este no era un caso aislado: llamadas similares se habían repetido en distintos estados durante años. Uno de los primeros registros data de 1999 en Blackfoot, Idaho, donde una víctima identificada como Elizabeth sufrió un trato similar.
El documental sigue la investigación llevada a cabo por Stump y otros oficiales, como Victor Flaherty en Massachusetts, quienes rastrearon las llamadas hasta Panama City, Florida. Allí, lograron identificar a un sospechoso, David R. Stewart. Sin embargo, a pesar de la cantidad de pruebas y testimonios, Stewart fue absuelto por falta de evidencia directa, lo que dejó la sensación de que la justicia no logró dar una respuesta contundente.
El caso también derivó en demandas contra McDonald's, ya que ni la empresa ni sus franquicias habían alertado a los empleados sobre este tipo de engaños, a pesar de que las llamadas se repetían desde hacía años. Más allá del proceso judicial, el documental plantea preguntas inquietantes: ¿cómo es posible que algunos gerentes identificaran la estafa de inmediato mientras que otros obedecieron sin cuestionar? ¿Por qué grandes corporaciones no tomaron medidas preventivas?
La directora construye la historia con un ritmo ágil y efectivo, alternando testimonios de víctimas, expertos y agentes involucrados en la investigación. También introduce referencias al famoso "experimento de Milgram", llevado a cabo en los años 60 por el psicólogo Stanley Milgram, quien demostró cómo personas comunes pueden ejecutar órdenes inhumanas si provienen de una figura de autoridad. La comparación es inevitable y refuerza el mensaje del documental sin justificar los actos cometidos.
No atiendas esa llamada no es solo un relato sobre actividades criminales, sino una exploración profunda sobre los peligros de la obediencia ciega y la facilidad con la que la mente humana puede ser manipulada. Gracias a una narración inquietante, filmaciones en video que registran más de una experiencia humillante, una investigación bien documentada y un montaje que refuerza la sensación de incredulidad y horror, el documental se convierte en una experiencia perturbadora que deja al espectador con mucho en qué pensar.
Muy recomendada.
4. Miniserie para ver en Max: El minuto heroico: Yo también dejé el Opus Dei
Este documental de cuatro episodios, creado por Mónica Terribas —una periodista con amplia trayectoria en radio, televisión y medios públicos de Cataluña—, se sumerge en un territorio poco explorado: el Opus Dei. Y lo hace con una perspectiva meticulosa que, para sorpresa de nadie, no deja a la institución precisamente bien parada.
A lo largo de la serie, trece mujeres de distintos países, entre ellos España, Irlanda, Reino Unido y varias naciones de América Latina, narran su paso por la organización y el tortuoso camino para liberarse de ella. Sus testimonios convierten a El minuto heroico en el primer documental que desentraña con este nivel de detalle la vida dentro del Opus Dei, esa entidad tan discreta como omnipresente.
La historia comienza con el idílico llamado a la fe que estas mujeres experimentaron en su adolescencia, cuando el Opus Dei les prometía una vida dedicada a Dios, la comunidad y el sacrificio. Sin embargo, con el tiempo, la devoción fue dando paso a un control absoluto sobre sus cuerpos, sus pensamientos y, por supuesto, sus emociones. Porque una cosa es entregarse a la fe y otra muy distinta es renunciar a la propia autonomía para convertirse en piezas de una maquinaria disciplinaria donde cada aspecto de la vida está regulado con precisión quirúrgica.
Uno de los aspectos más demoledores que revelan los testimonios es la dependencia total —económica y emocional— que la organización fomentaba en sus miembros. Salir del Opus Dei no solo implicaba un terremoto espiritual, sino también un problema práctico: muchas de ellas carecían de formación académica y redes de apoyo fuera de la institución. Porque, claro, la estrategia no estaba completa sin asegurarse de que sus fieles quedaran convenientemente aisladas del mundo exterior, alejadas de sus familias y amistades, sin más recursos que su fe y su fuerza de voluntad.
Dirigida por Laura Sisteró y Mónica Terribas, la miniserie apuesta por una puesta en escena minimalista, donde el peso narrativo recae en los testimonios de las protagonistas, fotografiadas frente a cámara en exhaustivos planos medios. Sin efectismos melodramáticos ni bandas sonoras manipuladoras, El minuto heroico utiliza entrevistas íntimas, material de archivo y recreaciones discretas para dar contexto a las vivencias relatadas.
El documental no escatima detalles sobre el día a día dentro de la organización que, en su afán por convertirlas en siervas obedientes, las mantenía ocupadas en trabajos gratuitos dentro de sus incontables edificios. ¿Salario? Ni hablar. Se les daba lo justo para el boleto del colectivo, y si alguna osaba gastar en un caramelo, era poco menos que un pecado capital.
La devoción absoluta requería sacrificios, y vaya si los había: aislamiento social, duchas frías y el infame cilicio, un accesorio de tortura que mordía la piel durante dos horas mientras las mujeres realizaban agotadoras tareas de limpieza. Todo bajo la creencia —cuidadosamente inculcada— de que Dios tenía una vocación especial para ellas, y esa vocación implicaba cualquier forma de sufrimiento imaginable.
El guion sigue un recorrido emocional y espiritual que va desde la fascinación inicial hasta el despertar de la duda, el conflicto interno y, finalmente, la salida de la organización. Un proceso que permite al espectador no solo comprender los hechos, sino conectar profundamente con las emociones de las protagonistas.
Además, el documental no esquiva temas espinosos: la represión de la sexualidad, la relación de las mujeres con sus familias y el complejo proceso de reconstrucción personal tras dejar atrás una vida de servidumbre disfrazada de fe. En varios relatos se deja constancia de que muchas mujeres no han dudado en suicidarse ante el daño recibido.
En definitiva, El minuto heroico abre una rendija en la muralla de secretismo que rodea al Opus Dei, una institución que, por si fuera poco, enfrenta investigaciones judiciales por trata de personas, abuso laboral y enriquecimiento a costa de la explotación humana.
Una serie imprescindible para quienes quieran entender cómo una organización de este calibre logra capturar, someter y, en algunos casos, destruir vidas en nombre de la religión.
Muy recomendada.
5. Película para ver en Prime Video: Hoosiers: más que ídolos
Hoosiers (Ganadores fue su título de estreno en nuestro país), dirigida por David Anspaugh en 1986, es una de las películas deportivas más estimulantes y queridas de todos los tiempos. Narra la historia de un equipo de básquet de secundaria en un pequeño pueblo de Indiana que, contra todo pronóstico, alcanza el campeonato estatal. Más que un simple relato deportivo, Ganadores es una historia de redención, trabajo en equipo y perseverancia.
El motivo por el que la resucitamos es su protagonista: el gran Gene Hackman, recientemente fallecido, una de las figuras más influyentes de Hollywood durante más de cuatro décadas.
Nacido en San Bernardino, California, en 1930, su juventud estuvo marcada por el constante movimiento de su familia hasta que se establecieron en la casa de su abuela materna, Beatrice, en Danville, Illinois. Allí, su padre trabajaba como jefe de imprenta de un periódico local, pero la estabilidad fue efímera. A los trece años, la separación de sus padres marcó un punto de inflexión en su vida. Con un espíritu inquieto, Hackman abandonó el hogar a los 16 años y, mintiendo sobre su edad, se alistó en los Marines. Durante tres años, sirvió como operador de radio en China, Hawái y Japón, siendo testigo del ascenso del comunismo y del fin de una era.
Tras su paso por el ejército, vagó por Nueva York desempeñando trabajos intrascendentes antes de regresar a Illinois para estudiar televisión y periodismo. Gracias a la ayuda gubernamental para ex militares, se formó en la School of Radio Technique de Nueva York, lo que le permitió trabajar en emisoras de radio en Florida e Illinois. Sin embargo, su destino estaba lejos de los micrófonos.
No fue hasta pasada la treintena que Hackman decidió seguir su verdadera vocación. Ingresó en la prestigiosa escuela teatral Pasadena Playhouse en Los Ángeles, donde entabló amistad con otro joven talento: Dustin Hoffman. Sus primeros pasos en la actuación fueron discretos, con pequeños papeles en series de televisión como FBI o Los invasores, y debutó en el cine con Mad Dog Coll (1961), en un rol tan modesto que ni siquiera figuraba en los créditos.
El golpe más duro de su vida llegó en 1962 con la trágica muerte de su madre en un incendio. Devastado, volvió a Nueva York y estudió con el renombrado George Morrison, mientras se abría camino en teatros de poca relevancia. Todo cambió en 1964, cuando recibió su primera oferta para actuar en Broadway. Su interpretación fue un éxito rotundo y el cine pronto llamó a su puerta. Ese mismo año debutó en la gran pantalla con Lilith, junto a Warren Beatty y Jean Seberg. Aunque su papel fue secundario, la crítica comenzaba a notar su presencia.
En 1967, el destino le ofreció la oportunidad que definiría su carrera. Warren Beatty lo recomendó para interpretar a Buck Barrow, el hermano de Clyde en Bonnie y Clyde, dirigida por Arthur Penn. Su desgarradora interpretación y su brutal escena final lo convirtieron en una revelación y le valieron su primera nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto. A partir de entonces, su carrera se volvió imparable.
Durante los años siguientes, Hackman consolidó su estatus con papeles inolvidables. En 1971, Contacto en Francia lo catapultó al estrellato con su feroz interpretación del detective "Popeye" Doyle, un papel que le valió su primer Oscar como Mejor Actor. Luego vendrían la taquillera La aventura del Poseidón (1972), Espantapájaros (1973) junto a Al Pacino, y la magistral La conversación (1974) de Francis Ford Coppola, donde ofreció una de sus actuaciones más sutiles y poderosas.
A pesar de su aspecto poco glamoroso, Hackman construyó personajes inolvidables. Su talento lo llevó a encarnar a uno de los villanos más icónicos del cine: Lex Luthor en Superman (1978). Con su astucia y cinismo, redefinió al archienemigo del Hombre de Acero y dejó una marca imborrable en la franquicia.
Tras dominar la década de los 70, Hackman no desaceleró en los 80. Alternando papeles protagónicos y secundarios, escogió con precisión cada proyecto. En Mississippi en llamas (1989), su implacable interpretación le valió otra nominación al Oscar, consolidándolo como uno de los actores más respetados de su generación.
El destino lo pondría a prueba una vez más. En 1990, debió someterse a una cirugía cardíaca que lo mantuvo alejado de los sets durante casi dos años. Pero Hackman no era alguien que se rindiera fácilmente. Regresó más fuerte que nunca y, en 1992, ganó su segundo Oscar por su despiadado papel del sheriff en Imperdonables, la obra maestra de Clint Eastwood.
En los años siguientes, siguió deslumbrando en La firma (1993), Marea roja (1995) y La jaula de las locas (1996). Su última gran colaboración con Eastwood llegó en 1997 con Poder absoluto. Con una versatilidad inigualable, Hackman continuó entregando actuaciones magistrales hasta su retiro, como lo atestigua su participación en Los excéntricos Tenenbaums (2001).
Con más de ochenta películas en su filmografía, Hackman se despidió del cine en 2004 con Bienvenido a Mooseport. Aunque el público clamaba por más, el actor sintió que ya había dado todo lo que tenía a la pantalla grande.
Pero su creatividad no se apagó. Se dedicó a escribir novelas, pilotear aviones, pintar y coleccionar cine. Hackman rechazó papeles legendarios en Tiburón, El padrino y Network.
¿Cuál era el secreto de su éxito?
Un crítico de cine afirmó que Gene Hackman era el actor que mejor daba la imagen de "hombre común" en el cine estadounidense. Mientras que la mayoría de las estrellas de cine poseen rasgos que los diferencian del público, Hackman logró convertirse en una estrella precisamente por su apariencia de normalidad. Según él mismo ha señalado, el público lo veía como un hombre de clase trabajadora que, en cierto modo, vivía en la pantalla lo que ellos desearían hacer en la vida real.
En Ganadores, su papel como Norman Dale fue fundamental para el éxito de la película. Interpretaba a un entrenador con un pasado problemático que busca redimirse a través de su nuevo equipo. Su actuación intensa y matizada transmite disciplina, frustración y, finalmente, orgullo por sus jugadores.
La película está inspirada en la historia real del equipo de Milan High School, que en 1954 ganó el campeonato estatal de baloncesto en Indiana, un logro increíble para una escuela pequeña. Aunque la trama toma libertades creativas, el espíritu de la historia original sigue siendo el núcleo del filme.
Anspaugh, en su debut como director, captura la esencia del básquet escolar y la pasión de los pequeños pueblos de Indiana por este deporte. Su dirección combina una estética realista con momentos de gran emoción, aprovechando la fotografía de Fred Murphy y la música de Jerry Goldsmith para crear un tono nostálgico y conmovedor.
Más que una película de básquet, Ganadores es un símbolo de la pasión por el deporte en comunidades pequeñas y de cómo el trabajo en equipo puede superar cualquier obstáculo. Es considerada una de las mejores películas deportivas de la historia y ha influenciado a generaciones de jugadores y entrenadores.
Gene Hackman, ya consolidado como un actor de carácter, reafirmó su imagen de figura fuerte y compleja en Hollywood con Ganadores. Su interpretación de Norman Dale sigue siendo una de las más recordadas de su carrera y contribuyó al estatus de culto de la película.
Muy recomendada.


