Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix y Max.
1. Miniserie para ver en Netflix: Amy Bradley: Desaparecida sin dejar rastro
Este documental rescata un caso no resuelto: en el año 1998, Amy Lynn Bradley, una joven de 23 años, desapareció sin dejar rastro de un crucero de Royal Caribbean mientras navegaba entre Aruba y Curaçao. Lo que debían ser unas vacaciones familiares se convirtió en una pesadilla sin final, y, más de 25 años después, la pregunta esencial sigue en pie: ¿qué pasó con Amy?
La miniserie, dirigida por Ari Mark y Phil Lott, está compuesta por tres episodios que alternan testimonios familiares, teorías conspirativas y material de archivo. El primer episodio se apoya en imágenes domésticas que muestran la cercanía entre Amy y su familia antes de que todo se desmoronara. Pero es a partir de su desaparición —cuando fue vista por última vez dormida en una silla del balcón al amanecer— que la historia se vuelve realmente perturbadora. La respuesta del crucero ante la crisis es el primer golpe: frente al pedido desesperado de la familia de frenar la operación y evitar que los pasajeros desembarquen, la empresa responde con protocolos fríos y burocráticos. La prioridad es clara: seguir con el itinerario, proteger la marca, no a las personas.
La serie denuncia con fuerza ese desinterés estructural. La desaparición ocurre en aguas internacionales, un vacío legal donde ninguna jurisdicción nacional tiene autoridad clara. En ese contexto, las políticas internas de la compañía se imponen, y la investigación queda en manos de una familia aislada y desesperada. El documental expone cómo el dolor privado se vuelve un obstáculo para una maquinaria comercial que no se detiene. Esa tensión entre la urgencia emocional y la indiferencia institucional es uno de los temas más fuertes que atraviesan el relato.
Con la investigación formal estancada, el documental se entrega a la especulación. Se examinan teorías de secuestro, trata de personas e incluso avistamientos de Amy en burdeles de Curaçao, construidas a partir de recuerdos imprecisos y pruebas dudosas, como una foto tomada de un sitio web ya desaparecido. También se insinúa la participación de Alister "Yellow" Douglas, el bajista del barco, sin evidencias concluyentes. La edición y el montaje guían al espectador hacia ciertas conclusiones, lo que deja entrever las estrategias narrativas propias del género, donde la construcción del suspenso puede pesar más que la búsqueda de la verdad. Incluso se menciona brevemente la orientación sexual de Amy como un posible conflicto familiar, aunque ese hilo argumental se abandona rápidamente, usándose más como recurso dramático que como parte real de su identidad.
Más que esclarecer un crimen, Amy Bradley: Desaparecida sin dejar rastro busca convertir una tragedia personal en un fenómeno participativo: delega en la audiencia la posibilidad de aportar pistas y mantener vivo el caso. El último episodio lanza una especie de gancho digital: alguien visita la web de la familia desde Barbados en fechas significativas, ¿será Amy? No hay respuesta. El misterio permanece abierto, incentivando la discusión en redes sociales y foros online. Así, la serie convierte el dolor en contenido, y al espectador en detective. Es un retrato impactante del duelo familiar, pero también una muestra de cómo este tipo de documentales se transforma en espectáculo emocional de consumo colectivo.
2. Miniserie para ver en Netflix: Superestar
Para quienes buscan una propuesta distinta y estéticamente relevante, la miniserie Superestar, producida por Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) y dirigida por Nacho Vigalondo, reconstruye y reimagina la vida pública y privada de Tamara, también conocida como Yurena, figura emblemática del kitsch televisivo español que, durante los años noventa y dos mil, encarnó como pocas el vértigo de la fama efímera, la explotación mediática y la constante reescritura de la identidad. A lo largo de seis episodios que funcionan como piezas de un rompecabezas emocional y mediático, la serie no solo narra el ascenso y la caída de una estrella improbable, sino que se sumerge con lirismo en la relación simbiótica, contradictoria y trágica entre Tamara y su madre y mánager, Margarita Seisdedos. Este vínculo complejo se entrelaza con la presencia de otros personajes del submundo del espectáculo que orbitaban en torno a Tamara para robar una porción de su fugaz celebridad, formando una constelación de seres desplazados por la lógica despiadada del espectáculo.
El relato se articula en torno al recorrido de Tamara desde sus inicios hasta su reinvención como ícono trash, resistiendo las múltiples formas de violencia simbólica desplegadas por los estudios televisivos, los panelistas, los programas de chismes y el sensacionalismo de la época. La serie observa cómo su cuerpo, su voz y su imagen fueron moldeados como un producto mediático, mientras revela el deseo íntimo y persistente de Tamara de ser tomada en serio como artista, más allá de los estigmas impuestos por el medio. El vínculo con Margarita aparece como un intercambio de lealtad y sacrificio, donde el amor filial convive con la necesidad de sobrevivir mediáticamente. Madre e hija se aman y se destruyen, atrapadas en un juego en el que una mínima cuota de fama justifica el desgaste emocional, la exposición brutal y la caricaturización a la que eran sometidas sin pausa.
Desde lo visual y lo simbólico, Superestar recoge una multiplicidad de referencias culturales, entre ellas el universo performático de películas como Velvet Goldmine de Todd Haynes, donde la identidad se concibe como un artificio mutable con poder transformador. Pero aquí el escenario no es un club alternativo sino los programas como Crónicas Marcianas, donde se consagraban y devoraban figuras mediáticas en una misma noche. Esos espacios televisivos, recreados con detalle fetichista, son el territorio donde Tamara construye su figura mientras es simultáneamente ridiculizada. La serie reproduce esa atmósfera de tensión permanente con luces saturadas, panelistas ansiosos por provocar, decorados chillones y un sonido constante de fondo que sugiere que algo puede estallar en cualquier momento. Es en este contexto donde la estética del playback, los ralentíes y los loops visuales adquieren valor narrativo: no son adornos, sino formas de expresar una subjetividad que se resiste a ser reducida a la burla.
En paralelo, la serie dialoga con experiencias televisivas periféricas de otras latitudes, como el programa ZAP, conducido por Marcelo Polino en Canal 9 (Azul TV) en 2002. Allí, personajes como Guido Süller, Paulina Cuenca o El Larva construían figuras mediáticas desde el exceso, el escándalo y lo grotesco, representando una forma de televisión que, como en el caso español, mercantilizaba la diferencia bajo el formato del chiste cruel. Superestar recoge esta herencia, pero la invierte, otorgándole densidad emocional y matices políticos a lo que antes se trataba como desecho o material risible. Se pregunta cómo opera el desprecio de clase en la figura del freak, cómo se transforman las rarezas en espectáculo y cómo se puede construir dignidad desde esos márgenes. A este planteo se suma una sensibilidad estética cercana a la del dúo pop argentino Miranda!, con su combinación de teatralidad, melodrama queer y canciones dulces sobre amores imposibles, que aquí resuena como espejo emocional de Tamara, quien convierte el rechazo en estilo y la cursilería en un espacio de resistencia identitaria.
Aunque la mayoría de las referencias remiten a la cultura española, Superestar trasciende esos márgenes y se impone como una serie universal en su forma de abordar el espectáculo, la marginalidad y la necesidad de ser amado. Vigalondo, con gran sensibilidad para el melodrama pop, combina excesos visuales con momentos de ternura contenida, mientras Los Javis refuerzan su lugar como creadores de un universo afectivo y estético propio, coherente con sus obras anteriores como Veneno o La Mesías. Lejos de cualquier gesto irónico, Superestar ofrece una mirada compasiva y luminosa sobre los residuos de la cultura del ridículo, y convierte en épica emocional aquello que el sistema mediático durante décadas redujo al absurdo. Es, en definitiva, una celebración de lo marginal como forma legítima de belleza, una reivindicación de lo artificial como verdad expresiva, y una propuesta ineludible para quienes creen que detrás del show puede haber algo más.
Imperdible.
3. Serie para ver en Netflix: División Palermo
La segunda temporada de División Palermo, la comedia negra creada y protagonizada por Santiago Korovsky, consolida y expande su propuesta de humor incómodo, provocador y deliberadamente incorrecto, que ya había definido el tono distintivo de la serie desde su debut. Si la primera entrega se centraba en la formación de una patrulla de seguridad integrada por minorías supuestamente "representativas" —personas con discapacidad, inmigrantes, trans y otras identidades— bajo el barniz progresista de una política pública absurda, esta nueva temporada se enfoca en las consecuencias imprevisibles de ese experimento: las fracturas internas del grupo, su colisión con la realidad, y los intereses que instrumentalizan la diversidad, desde el crimen organizado hasta el marketing político y mediático.
Desde el plano narrativo, la historia continúa poco después del cierre anterior, aunque con un enfoque más preciso sobre la progresiva desintegración de la patrulla y la fragilidad de su legitimidad social. Felipe (Korovsky), cada vez más desencantado y cínico, intenta mantener en pie un proyecto en ruinas mientras enfrenta sus contradicciones y una ingenuidad estúpida. Los otros miembros del grupo —encarnados con intensidad y precisión por Pilar Gamboa, Daniel Hendler, Fabián Arenillas y Charo López— ganan profundidad dramática a través de subtramas más desarrolladas, que permiten a la serie explorar nuevas dimensiones del absurdo social: desde la pseudociencia del coaching motivacional hasta el racismo estructural, pasando por la privatización de la seguridad y la mercantilización del sufrimiento ajeno.
Las actuaciones destacan por su solidez y por el equilibrio entre lo paródico y lo humano. Pilar Gamboa brilla como Sofía, una figura tensa entre la empatía y una ira contenida; Martín Garabal, en el rol de un policía frustrado y manipulador, ofrece una versión más ácida y trágica de su personaje. También se incorporan con fuerza Alejandra Flechner, Juan Minujín y Martín Piroyansky, con personajes delineados con claridad que permiten a los actores desplegar registros cómicos y dramáticos sin forzamientos. Korovsky, en su doble rol de creador e intérprete, profundiza su estilo como guionista al diseñar diálogos cargados de silencios, tartamudeos y pausas que, lejos de ser torpes, construyen una musicalidad propia, tensa e irónica.
En esta temporada, la sátira se vuelve más oscura y menos indulgente. Ya no se limita a ridiculizar lo políticamente correcto en abstracto, sino que registra con mayor puntería el modo en que ciertos discursos progresistas, cuando se vuelven superficie vacía, terminan reproduciendo lógicas autoritarias, racistas o directamente delirantes. La puesta en escena también se enriquece: la dirección es más precisa, la fotografía acentúa los matices entre lo grotesco y lo patético, y el uso de escenarios urbanos otorga una densidad material al universo institucional que retrata la serie.
Por último, cabe advertir que esta temporada incluye escenas de violencia explícita y situaciones de contenido sexual que no son aptas para menores, aunque están integradas a una lógica narrativa que apunta a incomodar y subvertir convenciones, no a provocar de forma gratuita. Con un desarrollo más ambicioso, personajes más complejos y una crítica todavía más aguda a las contradicciones del discurso público, División Palermo logra madurar sin perder su filo corrosivo. En un panorama televisivo muchas veces predecible, se destaca por su capacidad para incomodar, hacer reír y obligar al espectador a cuestionar sus certezas, incluso aquellas en las que cree más fervientemente.
Muy recomendada.
4. Película para ver en Netflix: Casi familia
Dirigida por Felipe Joffily, es una comedia liviana que explora el choque cultural entre argentinos y brasileños a través del encuentro de dos familias en un hotel de Bariloche. Mariana, una joven brasileña, regresa de París con la noticia de que se casará con Miguel, un músico argentino. Lo que sigue es una sucesión de malentendidos, rivalidades y tensiones disfrazadas de humor que recuerdan levemente a Los Fockers: la familia de mi esposo.
El guion apuesta por la fórmula conocida del contraste de costumbres. Leandro Hassum, como el padre brasileño, aporta energía y carisma al relato, mientras que Gabriel "el Puma" Goity interpreta al suegro argentino con corrección, aunque sin demasiadas oportunidades de lucimiento. La química entre los actores es funcional pero no logra trascender.
Bariloche, con sus paisajes nevados y hoteles elegantes, sirve de marco visual atractivo. La película opta más por el color local y la postal turística que por integrar ese entorno a la narrativa o al desarrollo emocional de los personajes. La estética, cuidada pero convencional, acompaña sin sorprender.
Aunque tiene buenos momentos de ritmo y simpatía, Casi familia no arriesga ni en lo narrativo ni en lo visual. La comedia se sostiene en el oficio de sus protagonistas y en ciertos guiños sobre la rivalidad entre países, pero el resultado es predecible y algo blando. Ideal para una tarde liviana, para distenderse sin sorpresas.
Recomendada... con reparos.
5. Película para ver en Max: Shampoo
Dirigida por Hal Ashby y escrita por Robert Towne junto a Warren Beatty, es una comedia ácida y engañosamente ligera que disecciona las contradicciones del sueño americano a través de la figura de George Roundy, un peluquero de Beverly Hills atrapado entre el deseo sexual, la necesidad de afirmación masculina y la falta de dirección en su vida. Ambientada en la víspera de las elecciones presidenciales de 1968 —cuando Nixon regresa al poder—, la película opera como una farsa isabelina trasladada al Hollywood decadente del final de los años sesenta: las idas y venidas de George, que salta de cama en cama con mujeres de diferentes edades y clases sociales, esconden un retrato sombrío de un mundo en descomposición moral y política, donde el hedonismo y la ambición se antepone a cualquier tipo de compromiso.
El guion articula los equívocos propios de una comedia de enredos clásica con una crítica sutil pero implacable a la superficialidad de la alta sociedad californiana. George, interpretado por Beatty, es simultáneamente un conquistador y una víctima: su atractivo físico y su aparente libertad sexual encubren una profunda inseguridad y una dependencia emocional que lo paraliza. Su estatus como peluquero —profesión tradicionalmente ligada a lo femenino— sirve como motor de ironía: el personaje es deseado por mujeres que no lo toman en serio como sujeto de ambición o respeto. Esta tensión de género —un hombre cuya virilidad se expresa a través de un rol marginalmente queer— resulta especialmente provocadora en el contexto del cine comercial de los años setenta.
Hal Ashby (El último deber, Regreso sin gloria, Desde el jardín), en uno de sus trabajos más depurados, maneja con precisión el equilibrio entre lo cómico y lo melancólico, entre lo íntimo y lo social. Su estilo, menos visible que el de otros autores del renacimiento hollywoodense, se distingue por un ritmo fluido, un uso agudo del encuadre y una dirección de actores que potencia lo mejor de cada uno. Julie Christie, como la exnovia por la que George experimenta una profunda atracción, y Goldie Hawn, en el papel de la ingenua que busca una relación de compromiso emocional auténtico, aportan matices en una historia en donde nadie obtiene lo que quiere. Lee Grant, por su parte, ganó el Oscar a mejor actriz de reparto por su interpretación de Felicia, la rica y entrometida esposa de un poderoso empresario, mientras que la joven Carrie Fisher (la futura princesa Leia de Star Wars) debutó con una escena breve pero memorable que anticipaba su carisma precoz.
Las nominaciones al Oscar incluyeron mejor guion original, mejor actriz de reparto (Grant), mejor dirección de arte y mejor vestuario, reflejo del impacto que tuvo en la industria a pesar de su tono subversivo. La crítica de la época elogió la película como una sátira incisiva sobre el narcisismo masculino y el vacío espiritual de la era post-hippie. Pauline Kael celebró su capacidad para capturar "la confusión emocional de un tiempo que se creía libre" y Roger Ebert la describió como "una comedia sin carcajadas, pero con una resonancia emocional devastadora". Shampoo anticipa temas que se volverían centrales en décadas posteriores: la masculinidad tóxica, la banalidad del poder y la farsa del éxito personal como símbolo de realización.
Vista hoy, Shampoo sigue siendo una obra inteligente y ambigua, que ofrece más de lo que aparenta a simple vista. Bajo la apariencia de una comedia de enredos sexuales se esconde una elegía por una generación perdida, incapaz de articular sus deseos con sus valores. Beatty, como protagonista y productor, construye uno de sus personajes más complejos, mientras que Ashby confirma su lugar como uno de los cineastas más agudos del cine norteamericano de los setenta. Pocos filmes han retratado con tanta ironía y tristeza la intersección entre sexo, poder y fracaso como esta pequeña joya disfrazada de frivolidad.
Imperdible.


