Seis largos años de idilio. Más que muchos amores y consagraciones en la cambiante y angustiada Argentina. No es sólo deporte ni triunfos. La admiración y empatía por el único proyecto colectivo duradero en un país que se derrite, los planes se empantanan y el futuro se perfila amenazante.
La Scaloneta evoca la vieja Argentina integrada en la escuela pública, el pleno empleo, el salario que alcanzaba y hasta el servicio militar que molestaba pero unía. El portero eléctrico y las casas sin llave ni verjas. El espacio público amigable. La convivencia más allá de las diferencias. Sin miedos.
Un líder fuera de la cancha (Lionel Scaloni) que escucha a consejeros competentes (Pablo Aimar, Walter Samuel) y a sus propios jugadores. Un técnico ignoto que llegó de chiripa luego del triste mundial argento de 2018. El staff Scaloni, acaso la única decisión virtuosa del Chiqui Tapia.
Otro conductor en cancha, Lionel Messi. Al principio, un genio rodeado por jovencitos que habían crecido admirándolo. Los chicos fueron ganando en todos lados: alguno en Champions, otro en la Liga inglesa, la francesa, la alemana, la italiana…Cracks millonarios que mantienen la humildad.
En la Scaloneta conviven infancias menesterosas con hijos de la prosperidad. Apellidos gallegos, castellanos, vascos, tanos de todas las Italias, franceses, escoceses. Plantel forjado por la cruza de criollos y migrantes. Rubios, morochos y castaños. Sangre santafesina, cordobesa, norteña, litoral, patagónica, cuyana, porteña. Y mucho conurbano bonaerense. Igualito a la Argentina. Naides más que naides. Ese igualitarismo que brota de la historia reunido en un equipo inmortal.

Su estilo es el viejo estilo criollo, pelearla hasta el final con técnica y, cuando no alcanza, con corazón. Correr mientras el cuerpo pueda...y después también. Tres defensores se derrumbaron físicamente en la final, algo sin antecedentes. Habían llegado lesionados y exigieron a huesos, tendones y músculos, a ligamentos y articulaciones, lo que nadie había exigido antes.
La convergencia de distintos para armar un proyecto. Jugaron dos torneos América, dos eliminatorias mundialistas, dos copas FIFA. Ganaron todo; derrotados, quedaron subcampeones.
Con aciertos -muchos- y defectos -pocos- jamás el equipo argentino se rindió. Cuando no pudo -como en la final contra España- fue porque el rival resultó mucho mejor.
El argento está siempre dispuesto a abrazar, aplaudir y defender a quien lo alegra, al que no traiciona el pacto secreto que une a los elegidos (en este caso, un equipo de fútbol) con el pueblo en que han nacido todos y cada uno de sus integrantes. Esa fusión espléndida de quienes se emocionan al descubrir que algunos defienden sus colores sin dobleces. Sin venderse. Aunque no juegue bien.
La hinchada se identificó con el proyecto. Acompañó y celebró cada victoria con un mensaje. No hay ustedes y nosotros. Somos uno. ¿Por qué?

El verdadero aguante
Fuera del fútbol, los argentinos no comparten destino hace demasiado tiempo. El fin de los grandes relatos no es sólo local, pero ningún país retrocedió tanto. La pendiente lleva medio siglo de serrucho descendente, más allá de variopintos intentos que terminaron en naufragio.
Los logros son personales, acaso familiares, o de amigos. A escala mínima. Los grandes éxitos que compatriotas consiguen aquí o afuera no son vividos como un logro colectivo. Las proezas de artistas, científicos, inventores, no se perciben como propias. El triunfo de algunos emprendedores no derrama efectividades hacia el prójimo. Nadie mejora porque le vaya bien a otro.
Los argentinos ven claudicación en sus gobiernos, legisladores y tribunales. El abandono de la misión de partidos históricos, periodistas conocidos, gremios poderosos. Corruptela y acomodo de ocasión devinieron estructurales. Empresarios quebrados mantienen su fortuna, sindicalistas juntan más capital que muchos patrones, la política no ofrece mayores ejemplos. Las policías no protegen. Los servicios públicos cobran tarifas inalcanzables o cortan, como no ocurría.
El tejido social roto disuelve solidaridades. La Scaloneta parece el reservorio capaz de sostener los últimos vínculos comunes. Un futuro donde cada uno pueda tener un papel. Y avanzar en conjunto. Una acción colectiva más allá de roces. El propósito común sobre las mezquindades. Tirar para el mismo lado, repite la gente argenta en un anhelo tan deseado como incumplido.
Ha cambiado hasta la morfología. En cada barrio había ricos, pobres, profesionales prestigiosos, políticos o sindicalistas cercanos, cooperadoras, clubes, asociaciones de fomento, colegios profesionales, escuelas compartidas por sectores sociales diversos. La sociedad parecía integrada, soldada. Cuando avanzaba alguno, brotaba señal para el conjunto.

Pero la sociedad se quebró y se deshilachó, cada uno por su cuenta. Como ejército derrotado. Los barrios obreros se disolvieron y la marginalidad trajo insatisfacción, necesidad y delito. Los countries y las villas de emergencia vaciaron la chance de aprender del Otro.
La tristeza de la derrota en la final sería inexplicable si sólo se tratara de fútbol. La Scaloneta sustituyó las ilusiones perdidas en líderes, partidos, sindicatos, empresarios, maestros, religión.
¿Quién odia la Scaloneta?
El fútbol, creado en plena revolución industrial, conserva mucho de su historia inter-clasista. Fundado por los estudiantes más ricos de Inglaterra, pasó de universidades exclusivas a la clase trabajadora. Como los ejércitos y los proletarios, el uniforme exhibe la unidad de propósito bajo el mismo color. El rico y el pobre, el crack y el tronco, vestidos exactamente igual.
Hay emociones. Desde el apoyo incondicional de los pobladores de Bangla Desh a la envidia enmascarada de ciertos hermanos latinoamericanos. Aunque no de Brasil, siempre dispuesto a aplaudir el buen fútbol, aunque sea del rival de siempre, el único que parece estar a la altura.
La fantasía de los arbitrajes favorables la inventó un técnico egipcio para ocultar su propia incapacidad. Lo desenmascaró Mouriño, con todas las letras. Pero la boutade del egipcio les vino bien a muchos. La muestra más tosca: los panelistas madridistas de El Chiringuito (TV española) que nunca han podido digerir las humillaciones del Barcelona de Messi al Real Madrid.
El fútbol es también un negocio planetario, de intereses. Nadie quiere que la pasión del hincha y la mirada del sponsor decaigan por la superioridad de un solo equipo. Ya pasó en 1966, cuando Pelé fue salvajemente golpeado -sin consecuencias para los infractores- para eliminar a Brasil, que venía bicampeón, del Mundial de 1966. Ese año Argentina enfrentó a Inglaterra con árbitro alemán, mientras Uruguay peleaba contra Alemania...con referí británico. Por las dudas. Los medios sensacionalistas ingleses nos llamaron animals. La propaganda repite sesenta años después que la civilización llega del norte para hacernos mejores, y no para llevarse los recursos ni los títulos.
Escándalos de los civilizados hubo a montones. Un pacto desvergonzado entre Austria y Alemania para dejar fuera a Argelia en 1982. En 2014 Alemania hizo un gran mundial, Argentina uno discreto pero en la final fue superior y se omitió un foul inapelable al Pipa Higuain; penal para Argentina no cobrado. O el penal si cobrado en 1990: un mediocre equipo argento llegó a la final; Alemania hizo todos los merecimientos pero no la metía y el árbitro inventó un penal que dio la copa a Alemania.

El pasado domingo tocó árbitro de un país sin historia futbolera que dirigió la única derrota argenta en los anteriores catorce partidos mundialistas: el que anuló tantos ataques contra Arabia Saudita en 2022. El árbitro no definió este partido, la superioridad española fue abrumadora. Pero la primera amarilla a Enzo Fernández no condice con la práctica arbitral de este mundial. Ese referí había sufrido detención por sospechas de participar en redes criminales. Fue absuelto, quedó vulnerable...
La derrota abrió el camino a dos razas argentas muy minoritarias que salieron de la covacha. Unos que aman someterse al extranjero y lo aplauden siempre, auto-degradándose. Éstos cuestionaron a la Scaloneta con los argumentos del Hemisferio norte. Otros, desde la vereda opuesta, reclaman que estos deportistas no promuevan sus ideas (las de ellos, no las del seleccionado). Los primeros abundan entre los libertarios; los segundos en cierto kirchnerismo. Entreguistas vocacionales y chauvinistas grotescos convergen en criticar a la Scaloneta. Unos para prosternarse ante el de afuera, otros para reclamar sumisión a sus propias visones.
A unos les molesta la vocación colectiva, el acompañar al que está en problemas. A otros les incomoda la pasión por el esfuerzo y el silencio sobre lo que, creen, debiera ser dicho. ¿Intolerancia contra el equipo de todos? Intolerancia, a secas.
Si un defecto podría mostrar este proyecto en su mar de aciertos, tal vez sea haber abandonado la conducta previa de cambiar jugadores que atraviesen mal momento. Incluso en ese error y en la derrota, la Scaloneta deje su último mensaje: no abandonar a los que se vayan cayendo...