Artículo publicado originalmente en el Substack de Éamann Mac Donnchada el 21 de julio de 2026.
Por lo general, trato de ofrecer argumentos acá, por más imperfectos que sean. Esta publicación tendrá algunos argumentos, pero la primera parte se centrará principalmente en sentimientos. Mis sentimientos, los de un irlandés residente en Barcelona, profundamente marcado por sus años en la Argentina.
La final del Mundial y sus repercusiones tuvieron un efecto útil: desinhibieron a muchos acá para expresar sus verdaderos sentimientos sobre los inmigrantes argentinos. El fútbol funcionó como un pretexto socialmente aceptable para decir cosas que habrían sido inaceptables en cualquier otro contexto. La rivalidad deportiva nacional dio vía libre para expresar prejuicios que normalmente permanecen ocultos detrás de un lenguaje progre.
Mis vecinos, que se mantuvieron en silencio durante las victorias de España a lo largo del torneo, se volvieron locos cuando España le metió un gol a la Argentina. ¿Habrían reaccionado igual si España le hubiera ganado, por ejemplo, a Ecuador o Colombia en la final? Lo dudo; ellos representan la cara aceptable de la inmigración latinoamericana en España, conocen su lugar, agachan la cabeza.
A diferencia de otros inmigrantes latinoamericanos en Barcelona, los argentinos no parecen ni se muestran agradecidos de estar acá; no hay nada de sumisión. Algunos, o muchos, los perciben como ruidosos y agrandados. Por eso, varios de mis vecinos seguro vieron el resultado del domingo a la noche como el castigo merecido para unos inmigrantes particularmente irritantes. Y los catalanes de corte nacionalista están consternados por nuestra falta de interés en su idioma y su causa.
La noche del partido tuve que bloquear a varios contactos mutuos españoles en las redes sociales, gente de izquierda como yo, con quienes había tenido intercambios muy divertidos e interesantes. No pudieron conformarse con su merecido triunfo, sino que escupieron odio contra la Argentina en general. Alguien llegó a comparar al Dibu con un guardia del centro clandestino de la ESMA.
Lo que me impactó no fue la crítica al arquero de la Selección o al fútbol argentino. Eso está bien. Fue la facilidad con la que los cuestionamientos a Martínez se transformaron en juicios generalizados sobre todo un pueblo: incivilizados, violentos, emocionalmente atrofiados, moralmente sospechosos.
Gran parte de sus discursos reflejaba los clásicos estereotipos orientalistas: nosotros somos educados y racionales, ellos son violentos y emocionales; nosotros tomamos los problemas con calma, ellos se alteran demasiado fácil; ellos dependen de su talento crudo, nosotros tenemos sistemas y progreso.
No encontré ni una pizca de autoconciencia entre los españoles progresistas sobre la ironía de criticar así a sus antiguos súbditos coloniales, dado que España tuvo alguna vez un imperio masivo y brutal, y que los nobles edificios de Barcelona se construyeron con recursos extraídos por la fuerza de América Latina.
No es que los españoles no deban criticar a la Argentina. Es que tantos españoles de izquierda, que por lo general están atentos a las relaciones de poder colonial hasta en el nivel de las microagresiones y en cualquier otro ámbito, parecen notablemente desinteresados en la forma en que esas mismas dinámicas pueden moldear las palabras que usan para hablar de los argentinos.
Lo que me sorprendió es cómo un sólo partido de fútbol disolvió años de lenguaje antirracista y anticolonial cultivado con cuidado. En el fondo, para un número sorprendente de personas, todavía parece existir una Argentina incivilizada, inestable y necesitada de instrucción por parte de España, justamente de España.
Pasar por esta experiencia me hizo sentir mucho más identificado con la Argentina que antes. Ahora me arrepiento de no haber hecho los trámites para sacar la ciudadanía argentina cuando vivía allá.
No soy el único a quien se le abrieron los ojos. Muchos progresistas argentinos creyeron durante años que pertenecían a una cultura internacional común. Estudiaron en Londres, París o Nueva York, leyeron a los mismos autores, fueron a congresos similares, militaron causas compartidas y hablaron idéntico idioma político. El Mundial resultó un baldazo de agua fría para ellos. Descubrieron que la membresía de ese club es condicional. Muchos de sus antiguos compañeros de ruta se les dieron vuelta sin pensarlo dos veces.
Para la intelectualidad argentina lectora de Judith Butler, el episodio dejó al descubierto una verdad incómoda. Por más fluidez que tengan en la jerga de la política global, muchos de sus pares en Europa y Norteamérica todavía no los consideran sus iguales a nivel intelectual o moral.
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Éamann Mac Donnchada es un historiador y politólogo irlandés, graduado en la Universidad de Galway. Reside en Barcelona desde 2015, tras vivir varios años en la Argentina.