Corazón y primeros comienzos
En el hilo de la vida de Hernán Iglesias Illa —licenciado en Comunicación, escritor y editor— hay estancias, viajes largos, bibliotecas, quirófano a los diez años y otro a los treinta y tres, blog en Nueva York que lo llevó a un premio mayor y regreso a Buenos Aires para correr la aventura política desde adentro. Muchas historias, una misma vida. Todo de alguna manera llega al papel. Es autor de cuatro libros: Golden Boys en 2007, Miami en 2010, American Sarmiento en 2013 y Cambiamos en 2016.
Hijo de un empleado de Peugeot y de una secretaria de Ford, quien también enseñó inglés, creció en La Horqueta en una casa ordenada y una mesa sin discusiones partidarias.
La política, en su historia familiar, aparece a través de un abuelo entrerriano quien fue funcionario del primer peronismo. Se desempeñó como subsecretario de Marina Mercante, gerente general del tren Mitre, cuando fue estatizado por Perón, y convencional constituyente, entre otros cargos. El jefe político del abuelo era Juan Francisco Castro, primer ministro de Transporte de la historia argentina. "Cuando desplazaron a Castro, mi abuelo se jubiló. Él era más bien nacionalista, pero con el tiempo se hizo peronista: al inicio del movimiento tenía 40 años, una edad común en quienes terminaron sumándose. Nunca hablé de política con él: murió cuando yo tenía veintipico", recuerda Iglesias Illa.
La infancia que Iglesias Illa resume como "plácida" sólo presenta una fisura: nació con una falla congénita en la válvula aórtica; a los diez años le corrigieron lo posible y, a los treinta y tres, ya en Nueva York, lo sometieron al procedimiento Ross. Fue una operación doble: le reemplazaron la válvula aórtica por la pulmonar, injertaron tejido nuevo y reforzaron la arteria con un tramo de aorta de titanio. Una ingeniería médica que, como él mismo dice, le dio otra vida.
Su adolescencia ha quedado asociada al colegio católico San Juan el Precursor, en San Isidro, provincia de Buenos Aires. Tardes de mucho fútbol y de lecturas sin solemnidad. "Era mitad de tabla. Ni de los mejores ni de los peores. Ni en el fútbol, ni en clase ni con las mujeres. Me las arreglaba. No sufría", repasa Iglesias Illa en conversación con El Economista.

Del aula teórica al rigor de El País
La elección universitaria no ofreció vacilaciones: "Siempre supe que quería ser escritor y periodista", asegura.
Eligió Comunicación Social en la Universidad Austral, atraído por la novedad de una carrera que recién se inauguraba y alentado por un profesor de su colegio secundario que trabajaba allí y había hablado de esa posibilidad.
Después vivió en España tres años donde hizo un máster en la escuela del diario El País en conjunto con la Universidad Autónoma de Madrid.
—¿De qué modo recordás ese momento de formación profesional en España? —le pregunta El Economista a Iglesias Illa.
—Profesionalmente, ha sido muy importante. El máster era como Karate Kid: primero aprendí a hacer un breve; hasta que no lo escribía perfecto, no pasaba a la media columna; después a la columna entera. Me dio rigor en la redacción. En El País enseñaban las reglas del diario y a trabajar allí. Muy duro. Antes escribía en el aire, por momentos poco concreto. Eso me sirvió mucho: bajar a tierra, escribir rápido —responde.

Crónicas mochileras
Durante su veintena, Iglesias Illa descubrió el placer de los viajes. Lanzarse a lo desconocido, querer conocer al mundo de frente, salir de lo que hoy se llamaría la "zona de confort" y poder comunicar aquello que se veía. Sus viajes y recorridos, muchas veces con amigos como Lucas Llach —compañero desde el jardín, la primaria y la secundaria—, incluyeron destinos como Cuzco y Río de Janeiro.
Con ese ímpetu, escribió crónicas para "Viajesya.com", un portal del primer boom de Internet. Las notas circularon y, también, su madre las imprimía y las guardaba en papel.
A través de esa experiencia, conoció a Marcos Peña, quien junto a Quique Avogadro, habían viajado por Asia, leían las crónicas y querían sumarse al sitio. Hubo un asado de bienvenida para los cronistas de "Viajesya.com" y allí empezaron a trabar relación.
Así como había contado hoteles baratos y rutas interminables en sus diarios de viaje, años después volcó esa misma pulsión narrativa en La Agenda, revista digital del Gobierno porteño que cofundó junto a Pablo Avelluto, que Iglesias Illa editó y que funcionó como laboratorio editorial y tendido de puentes con periodistas y escritores.
Una vida familiar y una vida como hincha de River
En Buenos Aires conoció a Irina: una mujer rusa, quien entonces vivía en Nueva York y venía del mundo del tango de Boston y de amistades en común con Iván Petrella. La relación atravesó distancias y tiempos, hasta que finalmente él se mudó con ella a Estados Unidos en 2004.
La escena del pedido de casamiento quedó registrada en su libro Miami. Turistas, colonos y aventureros en la última frontera de América Latina, editado por Planeta en 2010: "Me mudé a Nueva York y comencé a viajar una o dos veces por año a Miami, donde me quedaba siempre en el departamento de un amigo. Una noche de marzo, en un restaurante de Española Way, una callejuela de South Beach con tejas rojas y paredes blancas, construida hace ochenta años para simular una mini-Andalucía comercial, le pregunté a mi mujer si se quería casar conmigo".
Esta semana están cumpliendo veinte años de casados y han tenido un hijo, quien hoy tiene siete años: Lev.
La cronología personal de Iglesias Illa suma partidos de fútbol en Brooklyn, "gran modo de sociabilizar cuando se es inmigrante", dice. Y la pasión por River marca su vida. Esa devoción futbolera también ordena pertenencias y amistades, y se convirtió en un inesperado gancho con Irina: ella, quien al principio desconocía esa parte de su carácter, quedó sorprendida al descubrir cuánto lo definía el fútbol. El amor y el fútbol nunca están lejos.

Golden Boys: Luis Caputo en las páginas de un texto de culto
El tramo neoyorquino lo encontró entre 2004 y 2014 trabajando en The Wall Street Journal Americas, mientras escribía colaboraciones para medios de la región como La Nación, Gatopardo y Rolling Stone. Una librería de usados en la esquina de su casa le permitió ir armando una biblioteca de no ficción como una caja de herramientas: Fast Food Nation, de Eric Schlosser; Low Life, de Luc Sante; los clásicos de Gay Talese y Joan Didion. Con esa materia prima presentó una propuesta al Premio Crónicas Seix Barral. Envió un capítulo, ganó el premio y una suma de dinero que le permitió dejar el empleo, freelanceó lo justo y se concentró durante un año en Golden Boys, una historia de los argentinos de Wall Street. "Fue un antes y un después", dice Illa sobre el premio.
"Si los clichés de los 90 pudieran meterse en una foto de familia, ahí estaría la caripela del banquero argentino de Wall Street", escribe Iglesias Illa en Golden Boys. El libro, de nueve capítulos, publicado originalmente en 2007 —ganador del primer Premio Crónicas / Seix Barral de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano— y reeditado en 2017, perfila a traders y economistas rioplatenses —Daniel Canel, Pablo Calderini, entre otros— que hicieron carrera en bancos como UBS, J.P. Morgan y Deutsche mientras el mercado subía y caía.
El texto examina deuda y mercados emergentes con lupa narrativa, cruza crónica y sociología sin estridencias. Retratos de costumbres, escenas de oficina, vida cotidiana. Se alterna zoom out sobre la época —por qué Estados Unidos vuelve a mirar América Latina— con zoom in sobre la tribu de los traders, trabajada con el "arte de frecuentar" de Gay Talese y un reporteo a protagonistas y voces laterales.
"Cuando había que ser cínicos y desconfiados, los argentinos reinaban. Cuando lo más importante era seducir clientes, contarles un chiste y palmearlos en la espalda, en un restaurante de Puerto Madero o en un teibol dance del Distrito Federal, los argentinos fueron los mejores de todos", escribe Iglesias Illa. La lectura devuelve el espejo argentino de una década que celebró juventud, movilidad y finanzas como si fueran destino. Illa escribe sin miedo sobre el lado luminoso y el oscuro de esos "golden".
—Llama la atención cómo escribís sobre la bibliografía de tus lecturas al final de cada libro; lo hacés de un modo narrativo al explicar por qué citás a cada autor.
—Hay que mostrar todo y no contrabandear nada. Contarlo, explicar por qué gustó. Esa es mi técnica: honestidad total, con algo de oficio. Lo planteo como una conversación.
—En Golden Boys escribís: "La nueva generación de traders puros estaba representada por Luis Toto Caputo, un joven economista de la UBA a quien incluso sus competidores recuerdan con admiración: 'Era el Pelé blanco', dice uno de ellos". ¿Considerás que esa caracterización fue acertada para el Caputo de aquel momento y también describe al actual, en este rol de ministro del gobierno de Milei?
—Siempre existió con Toto esa idea de que era un mago del mercado. Pero más tarde se lo empezó a ver de manera negativa cuando estuvo en el Banco Central. Muchos decían: un presidente del Central tiene que hacer política monetaria, no estar todos los días intentando ganarle al mercado. Eso le jugó en contra. Injustamente, para mí.
Su ofrecimiento como ministro en el gobierno de Milei fue un misterio absoluto, incluso para él mismo. En 2023, después de las PASO, Milei lo llamó para conversar y le dijo: "No le digas nada a nadie, vas a ser el ministro". A mí también me sorprendió, porque Toto había sufrido la gestión anterior. La exposición en ese momento no lo hacía pasarla tan bien.
Pero lo cierto es que a cualquiera que le digan "sos un genio" lo perjudican en el mediano plazo. Porque en Argentina siempre aparecen los problemas y a un genio le exigen que los arregle. Y muchas veces están fuera de control.
—En tus agradecimientos de Golden Boys escribís: "A Martín Caparrós, por la precisión y la paciencia".
—Caparrós era jurado del premio que gané. Como yo no era conocido, a los tres jurados les gustó la propuesta, pero no estaban seguros de que pudiera escribir un libro. Entonces, de algún modo, Caparrós fue mi tutor sobre todo al principio, antes de la fundación del diario Crítica. Después tuvimos idas y venidas, me empezó a dar menos bola.

Miami: la ciudad que obligó a Hernán Iglesias Illa a cambiar de idea
El retrato público suele ubicarlo como escritor que cruza de Golden Boys a Miami y a American Sarmiento, y que después vuelve a cruzar para entrar a la política en Cambiamos. Cuatro libros que dialogan con un mundo cultural inclinado a la izquierda y que, sin estridencia, pero con fuerza, buscan discutir prejuicios. "Golden Boys, Miami, Sarmiento, Cambiamos: cuatro maneras de decirles a los progresistas que esto 'de derecha' no es tan grave", admite entre risas.
"Miami me parecía un escenario, la negación del mundo: viajar a Miami era admitir la derrota de que a uno ya no le interesaba la vida real y prefería una versión peor, más simple y menos dolorosa", señala Hernán Iglesias Illa en Miami: Turistas, colonos y aventureros en la última frontera de América Latina. Publicado por Planeta en 2010 y de 246 páginas, el libro desmonta la desconfianza del viajero argentino que, en los noventa, veía en Miami la vulgaridad menemista. La tesis inicial es clara. Europa era prestigio, cultura y bohemia; Miami, en cambio, un atajo berreta.
La primera visita de Illa, sin embargo, revienta el prejuicio. Invitado a un congreso sobre tecnología en 2003, entra al lobby del Hotel Delano, se sorprende con la elegancia del Art Déco. Y no para de sorprenderse. El libro narra con pluma de autor el renacimiento de la ciudad, empujado por la inmigración latinoamericana y la renovación cubana, y cuenta escenas conmovedoras como la de un taxista mendocino que canta Piano Man al amanecer de camino al aeropuerto.
El resultado es un retrato detallado de una ciudad que se niega a quedar fija en un estereotipo: "Pronto me di cuenta de que esta polarización —Miami como paraíso sin tensiones; Miami como nido de ratas— mostraba una parte muy pequeña de la historia". Illa encuentra, en cambio, un laboratorio latino en ebullición, mezcla de ingenuidad y fe en el futuro, que revela más sobre la región que sobre la ciudad misma. Miami se lee como un ajuste de cuentas con los prejuicios argentinos y como una pintura coral de la frontera cultural más vibrante del continente.
Ese mismo impulso de Illa por desmantelar la tiranía de los prejuicios en Miami enlaza con el proyecto de Seúl al que se aboca en la actualidad: una revista digital de análisis y opinión que toma partido para sumar argumentos "en favor de la democracia liberal y la economía de mercado", tal como se presentan. Bajo la edición de Iglesias Illa y un equipo de redacción —Victoria Liendo, Eugenio Palopoli, Diego Papic—, el sitio cruza columnas, perfiles y discusiones gruesas.
La apuesta intelectual de Illa ya estaba in toto en Miami: bucear contra los sentidos establecidos y mirar más allá de los lugares comunes, siempre cerca de las bibliotecas y de la elegancia.
—Les dedicás el libro Miami a Dalmiro y Magdalena. ¿Por qué?
—Sí. Lo dedico a mis viejos. La verdad es que tengo que ser muy agradecido. Mi padre representa una historia de ascenso social, pero administrativo, dentro de una empresa. Seguramente quería que yo siguiera una profesión más clásica, y no fue así. Aunque veían que a mí me apasionaba y que me lo tomaba en serio. La mejor manera de que los demás te tomen en serio es tomarte vos mismo en serio. Y yo lo hacía. Ellos me acompañaron. El primer libro se lo dediqué a mi mujer; el segundo, a ellos. Mi padre sigue vivo, mi madre murió en 2021.

American Sarmiento: escribir como antídoto
American Sarmiento parte de una escena íntima que abre una puerta crítica: los libros como barómetro afectivo y brújula intelectual. "Hogar es donde están tus libros", cita Iglesias Illa, y a partir de ese enclave propone un juego de espejos entre vida y lectura. La biografía se vuelve método y exploración para seguir a Sarmiento en Estados Unidos y para seguirse a sí mismo en Nueva York.
El libro ilumina dos tesis fuertes. La primera: Viajes, de Sarmiento, como "el primer libro de un latinoamericano sobre Estados Unidos". No sólo una bitácora sino un gesto de modernización: salir de Francia, entrar en América. El espejo de Sarmiento para pensarse a sí mismo es decisivo para Illa.
La segunda: la carta al histórico político Valentín Alsina como forma y como diálogo con un "amigo unitario". Iglesias Illa adopta esa voz epistolar —"sé que debí escribirte antes [...] mi Valentín Alsina"— y muestra a un Sarmiento que, tras la melancolía europea, decide "proponer diagnósticos anglosajones y soluciones norteamericanas".
La frase que condensa el viraje es tajante: "Seamos Estados Unidos". Hay convicción y hay estilo: un Sarmiento lector, polémico y práctico. Éso queda al descubierto en el libro de Illa. El autor trae esa ética al presente —"ahora escribo desde el corazón de la bestia"— y blinda su libro con una hipótesis que vale en la actualidad: la modernización requiere voz, coraje y una gramática de realidad que no se conforme con consignas.
—Si hoy el experimento de Milei se ofrece como la versión local de aquel impulso modernizador de Sarmiento, ¿quedó todo el liberalismo argentino atado a los resultados del gobierno?
—El liberalismo argentino es una entelequia, casi no existe. Siempre fue chico y se lo usó de manera negativa. Los progresistas lo ridiculizaron y nunca hubo revalorización.
El liberalismo argentino está hecho de personas que no muestran convicción política. Ésa es la debilidad: no genera pasión. La pasión es no tener pasiones. Con esas armas descargadas se enfrentan al populismo.
En la práctica, el liberalismo que pesa es el económico. A mí lo que me preocupa es que si Milei fracasa, las ideas del libre mercado y de la sensatez macroeconómica pueden quedar desprestigiadas por una década.
Porque el peronismo y Kicillof van a tener hilo para decir "no funciona". Van a aprovechar el ajuste de Milei, la renegociación de la deuda, incluso si dicen que aumentó cuando en realidad bajó, para justificar políticas equivocadas.

—¿Considerás que hay una batalla cultural libertaria en marcha? ¿Le importa a la sociedad o sólo pesa el bolsillo?
—La respuesta clásica de los politólogos es que importa sólo la economía. Yo creo que importa también el marco: quiénes son los buenos y quiénes los malos.
Nosotros, los "Marcos Peñitas", quisimos reemplazar el marco ambicioso del kirchnerismo por el cero marco: "arreglar la zanja". Y, después, hasta Marcos cambió de opinión. Faltó una idea más profunda de la historia argentina. Un marco conceptual donde anclar nuestras propuestas y el plan de gobierno.
Las dos cosas son importantes: el día a día y el marco narrativo.
—La actividad política está cuestionada. ¿Puede recuperarse?
—La clase política está cuestionada. Y recuperarse es difícil, porque la sociedad cambió mucho y, los políticos, muy poco.
Uno de los temas centrales es la crisis de autoridad: de la política, de las universidades, de los expertos, de los periodistas, de todos. La autoridad daba un orden, un orden que los espíritus más rebeldes siempre buscaron romper, y que ahora lo rompieron las masas.
Nadie sabe cómo volver a meter el gato en la caja. Es un caos. Es el fin del poder, como escribió Moisés Naím hace más de diez años. Muchos de mis enfoques parten de El fin del poder y La rebelión del público, de Martín Gurri, también de 2014. Ese libro plantea que hay una revolución de abajo hacia arriba, más destructiva que constructiva. Eso genera más dificultades para los políticos y para cualquiera que intente mantener las ideas bajo control durante mucho tiempo. La opinión mayoritaria se volvió demasiado volátil.
—El contexto cultural, ¿le jugó más a favor a Milei que a Cambiemos?
—Milei nunca sintió la presión de ser querido por el progresismo ni por el periodismo. Milei es más un síntoma del fin de la hegemonía woke que una causa. No es que él rompió el sentido común woke, era algo que ya estaba cayendo. Y eso, en parte, le permitió crecer a Milei.
—Concluís que Sarmiento, a diferencia de su amigo Arcos, tenía "para compensar el veneno de la vida itinerante, el antídoto de la escritura". ¿A vos también la escritura te funciona como antídoto frente al veneno de la vida?
—Para mí la escritura ordena mucho mi vida. Aunque también tiene su propio veneno: el escritor, de algún modo, toma distancia de su propia vida porque todo lo que experimenta puede convertirse en material para escribir. Es como estar filmando todo el tiempo.
Durante la campaña tenía contrato para escribir Cambiamos y estaba todo el tiempo "filmando" o registrando. Llegaba a la noche a casa y escribía. Estaba presente en la campaña y al mismo tiempo una parte de mi cabeza estaba grabando desde atrás, como testigo. Eso fue algo que me propuse no hacer explícitamente cuando llegué al gobierno. Por eso desde 2015 apagué la cámara, y no la pude volver a prender.
Igual no puedo separar la escritura de mi vida.
Cambiamos: De Nueva York a la Rosada
En 2014, tras una década de trabajo y escritura en Estados Unidos, Iglesias Illa volvió a Buenos Aires con una invitación concreta para sumarse a la campaña presidencial de Mauricio Macri.
Cambiamos: Mauricio Macri Presidente. Día a día, la campaña por dentro publicado por Sudamericana en 2016 se concentra en la campaña de 2015 y entra como un diario de ruta: días de aeropuertos demorados, plazas colmadas y reuniones que ordenan la estrategia. Un pasaje fija la escena: "Macri está en la caja de una pick-up, en el centro de Formosa, rodeado de un ramo de brazos como estambres que lo buscan y se quieren acercar a él". El texto cultiva el clima de un diario que será tanto registro íntimo como documento político.
Iglesias Illa describe el laboratorio de campaña ubicado en Balcarce 412, los equipos en formación y las primeras ideas-fuerza: continuidad o cambio como eje central, la construcción de cercanía a través de los "mano a mano", y la noción de que la eficiencia de gestión debía incluir sentimientos: "Teníamos que comunicar más sentimientos y pensar primero en lo humano y después en la solución de gestión", escribe Illa.
El libro está narrado con entradas escritas al calor de cada jornada de 2015, desde el lunes 2 de marzo hasta el domingo 22 de noviembre, cuando Macri se convierte en presidente electo: "No sólo ganamos la elección y pusimos al nuevo presidente de la Argentina, nos decimos, también lo hicimos con buenas armas y con buena gente. Lo hicimos con gente que se tiene cariño más allá del ocasional chispazo territorial o argumental, que cree firmemente en lo que hace —cree en el candidato, cree en la estrategia— y que ha tenido paciencia y convicción para ver cómo muchas de las cosas en las que creíamos hace meses o años terminaron dando frutos o confirmadas por la realidad".
Esa estructura convierte a Cambiamos en una bitácora que alterna incertidumbre y confianza, intuiciones fallidas y aciertos sorpresivos, la intimidad de un equipo y el vértigo de la historia en movimiento. Con estilo confesional y narración ágil, Iglesias Illa logra perfilar la vida interna de una campaña que eligió la disciplina sobre el golpe de efecto, y que terminó cambiando para siempre la política argentina.
Luego de la victoria electoral, en 2015, Hernán Iglesias Illa asumió como subsecretario de Comunicación Estratégica en la Jefatura de Gabinete. Allí trabajó, sobre todo, el puente entre gestión y discurso, y aprendió que lograr la atención de la ciudadanía nunca es un trámite. Al contrario, puede ser la clave.

—En Cambiamos contás tu amistad con Marcos Peña y su capacidad para generar diálogo y ordenar equipos. ¿Analizás que figuras como Macri, Bullrich o incluso Milei necesitan a alguien con ese perfil cerca?
—Una cuestión es la capacidad para armar equipos y otra es la cuestión estratégica. Son planos distintos. Marcos Peña le hace falta a cualquiera, básicamente.
Es una "unpopular opinion" [opinión impopular] hoy en la política argentina, porque tanto el mileísmo, el kirchnerismo, e incluso el larretismo, repiten que Marcos Peña tuvo la culpa de mil cosas y se exagera mucho. Es parte del trabajo de ser jefe de Gabinete el de cargar con responsabilidades.
De hecho, las áreas donde Peña más influyó —transparencia, relaciones internacionales, vínculo con los medios— fueron reconocidas como aspectos positivos de la presidencia de Macri. En economía, en cambio, su incidencia fue mucho menor.

—Señalás que veías al PRO como un partido capaz de parecerse al PSOE de España o al Partido Demócrata de Estados Unidos. Con Milei en el poder, ¿seguís considerando al PRO en esa tradición?
—El PRO siempre tuvo una vertiente más conservadora, otra más liberal y una territorial y pragmática. Fue un partido con proyecto de poder, abierto a alianzas con personas que no pensaban igual. En parte, el acuerdo con La Libertad Avanza también se explica por eso.
Había un espíritu de época: el ascenso de Obama, de Macron. Queríamos reflejar ese clima, una especie de centrismo liberal. Eso ayudaba también a darle homogeneidad a Cambiemos.
—"No debemos ser anti nada. Si nos gorilizamos, perdemos", citás a Duran Barba durante la campaña de 2015. ¿Observás que el mileísmo se goriliza actualmente?
—Ellos dicen que son antikirchneristas. Y Milei se cuida mucho de no hablar mal del peronismo. En ese sentido, tiene clara la diferencia entre kirchnerismo y peronismo.
Los kirchneristas sostienen: "El peronismo somos nosotros". Entonces, si alguien habla mal del kirchnerismo, habla mal del peronismo. Aunque hay algo sobreactuado en esa apropiación. Como diría Pablo Semán, citan a Perón, pero no es real.
Es cierto que ahora el antikirchnerismo de Milei es más explícito. Para mí siempre lo fue, aunque en 2023 se recordaba más el discurso de la casta. Ahí operó una mala lectura: el repudio a la casta no fue una condena homogénea a la política, sino la idea de derrotar al kirchnerismo. Al mismo tiempo, señalaba que Juntos por el Cambio ya había fracasado y que sus "palomas" no querían transformar.
—¿Cuál fue el mayor desafío de comunicar las políticas públicas del gobierno de Macri?
—Al principio, el desafío era que la estrategia de comunicación todavía estaba demasiado atravesada por el clima electoral. Yo trabajaba en el nexo entre política pública y equipo de comunicación, y me parecía que a Durán Barba le costaba entender que había que explicar las cosas.
Eso después cambió, pero cuando cambió fue para atajar penales, porque la situación económica ya estaba complicada.
Se decía que el gobierno "comunicaba mal". Considero que se comunicaba muy bien, en muchos aspectos. En política pública se podría haber hecho más, aunque se subestima lo difícil que es lograr la escucha.
Por ejemplo: nos reuníamos con empresarios cuando discutíamos tarifas. Todos decían que había que subirlas. El clima era muy contrario. Y sugerían: "¿Por qué no ponen un cuadro mostrando lo poco que se paga?". Mucha gente cree que un cuadro influye en millones de personas. No es así.
No alcanzaba con ir una vez a A dos voces con un cuadrito y pensar que el problema estaba resuelto. Nosotros fallamos en ser más didácticos. Faltó explicación, plantear debates y animarse a temas incómodos.
Aunque, en general, la comunicación fue bastante exitosa: el gobierno terminó con 40 puntos y con las plazas llenas. La supervivencia de Juntos por el Cambio quedó asegurada. Eso fue clave: si hubiéramos sacado menos puntos, la oposición a Alberto Fernández habría sido mucho más débil.
—¿Desde el PRO cuál es la mejor forma de ayudar al gobierno de Milei?
—La mejor manera de ayudar al gobierno es apoyar el plan económico.
También alguien debería ayudarlo a ordenarse políticamente. Pero el PRO no tiene voz en eso: no le prestan atención. Existe esa sensación rara dentro del PRO más puro. Porque se está a favor de la política económica, incluso en cuestiones difíciles como los vetos a las leyes jubilatorias, aunque en el plano político lo que predomina es el desconcierto respecto de la mirada de LLA sobre el PRO.
—¿Cuál es entonces el futuro del PRO?
—Para el PRO la etapa que comenzó con el gobierno de Milei es muy nueva. El PRO nació con un proyecto presidencial: llevar a Macri a la Casa Rosada. Lo consiguió, gobernó cuatro años y después tuvo dos decentes candidatos presidenciales, Patricia y Horacio, que representaban perfiles complementarios. La mayor parte de la dirigencia se encolumnó detrás de uno o de otro y parecía que el proceso estaba en marcha.
De hecho, las dos candidaturas presidenciales de Juntos por el Cambio en 2023 fueron del PRO puro. Ninguno ganó y los dos se fueron del partido. Eso generó una crisis.
A principios de 2024 hubo una asamblea en la que se votó una propuesta de Patricia para fusionar el PRO con LLA, que perdió por 90 a 10. Después, un grupo de dirigentes le pidió a Macri que asumiera como presidente del partido. En rigor nunca lo había sido formalmente, aunque aceptó para ordenar una transición y encarar un recambio generacional.
Al principio del gobierno de Milei, el PRO ensayó una postura ambigua entre apoyo y recelo. Ese diagnóstico se corrigió después de la elección porteña, cuando se entendió que la sociedad quería apoyar a Milei porque se buscaba evitar un regreso del kirchnerismo. Ése fue el pico de popularidad de Milei, en un contexto de crecimiento económico.
Hoy los votantes han perdido entusiasmo, aunque los dirigentes quedaron atados a los acuerdos que firmaron en ese momento de apogeo. Por eso, no se observa a los dirigentes del PRO participando demasiado en la campaña.
En el círculo rojo, en cambio, hay una fuerte presión: le dicen a Milei y a Macri que deben juntarse y apoyarse mutuamente. El problema es que la relación está mal. Se prometieron tantas cosas que no se cumplieron que ahora surge la desconfianza. Quizás después de la elección de octubre se pueda barajar y dar de nuevo.
La idea es apoyar al gobierno en su momento más débil para evitar el riesgo del retorno del kirchnerismo. Y después, volver a construir un perfil propio y armar una candidatura presidencial, ya sea en unas PASO con LLA o por afuera.
Si el PRO quiere durar medio siglo, tiene que asumir que hay momentos altos y bajos. No puede estar arriba todo el tiempo. Hay que acostumbrarse a convivir con esa orfandad sin perder identidad ni funcionamiento interno.
¿Puede el PRO convertirse en un partido grande? Sí, pero siempre juntándose con otros. Dudo de que LLA pueda crear un interbloque, por su forma de tratar a los aliados. El bloque de Cambiemos duró 10 años y funcionó como una seda: nadie votó por fuera de la línea. Aunque algunos hicieran declaraciones críticas, en el recinto, votaban unidos. Hoy LLA es un caos.
