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Encuentro o acción directa

La inigualable bonanza externa ya ha desaparecido y los problemas hoy son estructuralmente mayores. No es imaginable un proceso sólido de mejora y solución si no se funda en una perspectiva de largo plazo y de esfuerzo colectivo y compartido. ¿En eso estamos?

Carlos Leyba Carlos Leyba 13-06-2016
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por Carlos Leyba

Poco a poco, entre amenazas y realidades, la acción directa gana las calles. Es un síntoma de enfermedad. Una evidencia de canales racionales obturados y de disconformidades difíciles de procesar. No es nuevo.

Pero sí es nuevo el telón de fondo de la amenaza ?fogoneada por algunos miembros del cristinismo? de futuras crepitaciones sociales, económicas y políticas.

“El centro”, donde están los que han acumulado económica, social y políticamente, tiene resto para soportar los cimbronazos. Justamente lo que define la relación del centro con la “periferia” es la traslación, el plano inclinado, por el que se trasladan los problemas en esa dirección (desempleo, pobreza o marginalidad). El rebote y la protesta activa de la periferia ocurre cuando el peso del traslado traspasa una medida. Es parte de la capacidad de Gobierno anticipar el rebote y amortiguarlo. ¿Ha dado señales esta administración?

Una vez más

Los problemas reverberan a la inversa de lo que ocurre con la piedra tirada al estanque: la intensidad del impacto siempre es mayor a medida que nos alejamos del centro.

La secuencia de las medidas de “ajuste” del actual Gobierno tiene la dinámica de la descripta “piedra en el agua”: golpean con más fuerza en la periferia (política, económica y social) que en el centro. Es la consecuencia de la incapacidad de los funcionarios para anticipar el rebote. La respuesta tardía ?que la hay? potencia los problemas que sufren los que, sin ser periferia, están fuera del núcleo poderoso del centro: lo que llamamos los sectores medios.

Esta falencia la pone en evidencia el hecho de lanzar con fuerza de huracán y dar la vuelta a la mitad. Antes del volantazo, muchas ramas cayeron.

Este trámite ocurrió en todo, desde la tarifa de energía, pasando por el nombramiento de miembros de la Corte por decreto y vacilando en las normas sobre piquetes, arrepentidos e inclusión de funcionarios, familiares y contratistas de obra pública en el blanqueo.

La cuestión es que el reverbero de esas piedras, de enorme intensidad, sigue su camino creciente, en términos de impacto, sobre la periferia y hace al rebote inevitable, excepto la existencia de amortiguación cuyo costo, por otra parte, crece más que proporcionalmente con el tiempo. Es lo que está pagando hoy el área social del Gobierno.

Por ahora los ejercicios de amortiguación, todos posteriores al huracán, no están dando resultados. Pero no han generado repensar la estrategia: los hombres prácticos suman, multiplican, pero no repiensan.

Es que el oficialismo se alimenta de encuestas. Y hoy la “opinión pública” mantiene el mismo índice de simpatía por Mauricio Macri que se manifestó en las elecciones. No es poco.

Es cierto que después del triunfo el crédito se incrementó. Y que ahora ha retornado al punto inicial. Tiene un poco más de la mitad de la opinión a favor y en contra algo más del 40%. Promedio. Pero no ocurre igual a medida que nos alejamos del centro. El Gobierno pierde en la periferia. Y eso es un problema.

La inflación, la suba de los precios de los alimentos, la caída en el poder de compra de los asalariados y la baja en el consumo no han erosionado el capital original pero le han quitado la ganancia del triunfo. Esas malas noticias económicas y sociales han ido galvanizando la disconformidad en las periferias y erosionando el centro.

La última encuesta de Raúl Aragón nos dice que 4 de cada 5 perciben la situación económica como francamente negativa. Lamentablemente, lo corroboran los datos básicos de inflación y actividad.

La economía está en recesión luego de cuatro años de estancamiento que golpearon la creación de empleo y la tasa de inversión. La inflación ha sido la fiebre de toda la década ganada. Todo lo malo no es de ahora. Los fundamentos de lo que se evidencia mal ahora están en los últimos cuatro años de CFK.

El Gobierno, con una pésima estrategia de comunicación, evitó hacer a tiempo el inventario de lo recibido. Y en lugar de “la ideología antes de la noticia” explicando el porqué y los verdaderos autores de la lluvia ácida sobre cada uno, prefirió el optimismo de Ravi Shankar, respiración y meditación. Sin duda que esa bonhomía respecto de la situación heredada, la promesa que en seis meses salimos a navegar, y el optimismo PRO, le aumentó la popularidad en los primeros meses. Pero cuando las papas quemaban cayó el telón de golpe y los monstruos se abalanzaron sobre el público distraído. No supo anticipar lo peor. Y tampoco fue capaz de preparar la amortiguación. No es lo mismo chocar si el auto tiene airbag, que sin él. El airbag no evita los choques pero mejora la seguridad. El control de la situación en política mejora con “amortiguadores”.

La acción directa de estos últimos días, más el deslizamiento de la amenaza de desbordes en la periferia, es consecuencia no sólo de las medidas adoptadas, las marchas y contramarchas que señalan tanto vulnerabilidad como capacidad de escuchar, sino esencialmente de la falta de preparación, amortiguadores e ideología antes de la noticia.

La primera falta es un problema de defecto de diseño y la segunda es un problema de falta de comprensión de qué cosa es “la política”: se pueden ganar elecciones con una buena propaganda, pero para ganar voluntades es necesario alentar un futuro apetecible y mostrar algo en marcha.

Ha sido grave error por parte del oficialismo instalar la idea distópica que “el bienestar no es posible”. En rigor, el único discurso lógico y honesto es explicar cómo es posible el bienestar, y no que no lo es. Para eso, además de creerlo, hay que saberlo, diseñarlo y proponerlo.

Los desafíos

Creer, saber, diseñar y proponer son los cuatro pilares de la política. No hay política que pueda sostenerse sin convicción, conocimiento, programa y propuesta, que, si tejen consenso, son política con mayúscula, y si lo destejen son fanatismos estériles. Ya lo hemos vivido.

El Papa como principio doctrinario ha señalado la necesidad de una cultura del encuentro que es el paso previo al consenso. Y, sin embargo, Francisco ha sido puesto en el centro de las tormentas políticas nacionales. Una armada de periodistas han adquirido notoriedad por el énfasis en opiniones sumamente negativas acerca de gestos de Francisco. Discurso montado sobre la interpretación de gestos, ya que no de palabras, de Francisco.

Famosos que lo entrevistan o ponen en su boca afirmaciones improbables. No se pueden probar. No hay pruebas ni ratificaciones del supuesto originante. Tienen baja probabilidad de ser ciertas. Si bien no han sido rectificadas, es obvio que el Papa no puede, ni debe, rectificar o ratificar lo que interpretan quienes lo visitan.

Para contrapesar entusiasmos críticos con realidades irrefutables, personas respetadas como es el caso de Graciela Fernández Meijide, se han encargado de señalar el sentido del mensaje de Francisco comunicado personalmente. También Federico Pinedo, en una nota de gran densidad en La Nación, recorre el pensamiento del Papa desde la perspectiva del partido gobernante; la versión del pensamiento y la preocupación de Francisco, respecto del momento argentino, por parte de Gustavo Vera, interlocutor habitual del Papa y, finalmente, Joaquín Morales Solá, que ensaya una comprensión sensata de la actitud del Pontifice.

Estas lecturas desmienten la pretendida imagen de Papa “opositor” que trata de montar la armada de periodistas “oficialistas” sin propósito entendible.

A esa campaña negativa, la persistencia avala tal carácter, se ha sumado la publicación por parte de Criterio, revista de católicos neoliberales, de una nota de Loris Zanatta que afirma que el Papa es peronista y populista. Ambas cosas, definidas por él, son muy malas y coincide con la versión de la armada periodista, y también con la de Beatriz Sarlo, que sostuvo que dado que Jorge Bergoglio, según ella, había sido peronista en sus años mozos, esa herencia de pensamiento era una marca genética y en consecuencia no podría no ser peronista ahora. Recordemos que Sarlo, según ella, fue militante maoísta hasta sus treinta años aproximadamente y, aparentemente, logró eliminar esos genes en su pensamiento actual. Sin embargo, suponiendo que fuera cierto lo que ella dice sobre Bergoglio, y a pesar del silencio del Papa acerca de estas cuestiones, ella dedujo que Francisco no puede “evitar” los genes juveniles mientras que ella sí.

Lo cierto es que el Papa, cualquiera sea su intima convicción política, predica la cultura del encuentro, y popes del oficialismo, felizmente no todos, entienden que el encuentro sólo se debe realizar por “oleadas sucesivas” en un marco de oportunismo. Un éxito global no es igual a la suma de éxitos parciales.

La faena de demoler la imagen del Papa respecto de la vida argentina es una campaña que alienta tempestades.

Las palabras

¿A qué viene esto? Simple, Francisco, también para este momento argentino, pero no sólo para el aquí y ahora, propone el encuentro que debe materializarse en un consenso, una concertación, un diálogo proactivo respecto de las salidas a los problemas económicos y de las gravísimas dolencias sociales de pobreza e inequidad que el kirchnerismo no mejoró, a pesar de la década de bonanza externa. En economía no mejorar, con el paso del tiempo, es empeorar (Miguel Cuervo dixit).

La bonanza externa ha desaparecido y los problemas son estructuralmente mayores. No es imaginable un proceso de mejora y solución si no se funda en una perspectiva de largo plazo y de esfuerzo colectivo y compartido.

Sólo la búsqueda de un consenso global es la garantía de un sistema de amortiguación que nos permita superar los choques inevitables de la situación heredada y de los volantazos recientes.

No es, entonces, el Papa lo que realmente está siendo cuestionado, sino la prédica de la prioridad del consenso global. Sin él estaremos desatendiendo a la periferia, excluyéndola de las soluciones y regando las raíces de la acción directa. Es lo que el Papa quiere que evitemos.

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