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Los recursos naturales no alcanzan: la innovación como puente hacia el desarrollo

El desarrollo no depende de los recursos sino de la capacidad para transformarlos en tecnología, proveedores, productividad y empleo de calidad.

Los recursos naturales no alcanzan: la innovación como puente hacia el desarrollo

Durante años, uno de los principales problemas de la economía argentina fue la falta de dólares. La “restricción externa” – autoinfligida por una macroeconomía terraplanista e irresponsable y un marcado sesgo antiexportador - apareció una y otra vez como el límite al crecimiento, condicionando inversiones, empleo y estabilidad macroeconómica. Cada ciclo expansivo terminaba chocando contra la misma pared. Cuando escaseaban las divisas, la economía se frenaba.

Hoy comienzan a aparecer señales diferentes. Vaca Muerta acelera su desarrollo, la minería del cobre y el litio avanza con proyectos de escala mundial, la agroindustria mantiene una enorme capacidad de generación de divisas y los servicios basados en el conocimiento se consolidan como uno de los sectores más dinámicos de exportación. Todo indica que Argentina podría ingresar en una etapa de mayor disponibilidad de dólares que la observada durante buena parte de las últimas décadas.

Sin embargo, la historia económica argentina obliga a formular una pregunta incómoda: ¿alcanzan los dólares para desarrollarse?



La respuesta es no.

Los dólares son indispensables. La estabilidad macroeconómica también. Sin equilibrio fiscal, previsibilidad, una moneda estable y reglas de juego claras resulta difícil invertir, innovar o planificar. Pero la experiencia internacional muestra que ningún país logró desarrollarse únicamente ordenando sus variables macroeconómicas.

En un reciente ensayo, Bernardo Kosacoff recupera una idea central para pensar el futuro argentino. La estabilidad es una condición necesaria para el desarrollo, pero no constituye una estrategia de desarrollo en sí misma. Los países progresan cuando son capaces de transformar recursos, inversión y conocimiento en capacidades productivas cada vez más sofisticadas.



La diferencia parece menor, pero es fundamental.

Un país puede enriquecerse gracias a una dotación excepcional de recursos naturales. Puede exportar petróleo, gas, cobre, litio o alimentos y generar miles de millones de dólares. El desarrollo aparece cuando esa riqueza inicial se convierte en nuevas empresas, proveedores, infraestructura, innovación, tecnología y empleo de calidad.

En otras palabras, cuando los recursos naturales dejan de ser solamente una fuente de ingresos y se transforman en una plataforma para construir capacidades.



Ese es, probablemente, el principal desafío que enfrenta Argentina.

Durante mucho tiempo discutimos cómo generar dólares. Ahora deberíamos comenzar a discutir cómo utilizar esos dólares para construir desarrollo.

Kosacoff describe una economía atravesada por una profunda heterogeneidad estructural. Conviven sectores altamente competitivos y vinculados a las mejores prácticas internacionales con amplias áreas de baja productividad y limitada capacidad de innovación. El problema no es la existencia de sectores líderes. Por el contrario, constituyen uno de los principales activos de la economía argentina. El problema es que muchas veces sus capacidades no logran difundirse hacia el resto del entramado productivo.



Cuando una empresa minera incorpora tecnología de punta, cuando una operadora energética desarrolla nuevos procesos o cuando una firma tecnológica exporta servicios al mundo, la pregunta relevante no debería limitarse al volumen de inversión o a la cantidad de dólares generados.

La verdadera pregunta es cuánto aprendizaje queda en el país.

¿Cuántos proveedores se desarrollan? ¿Cuánta ingeniería local se incorpora? ¿Cuántas pymes elevan su productividad? ¿Cuántas nuevas empresas nacen alrededor de esas inversiones? ¿Cuántos empleos calificados se generan?



En definitiva, cuánto desarrollo produce.

En un trabajo reciente propuse abordar este desafío a partir del concepto de ecosistemas industriales basados en recursos naturales. La experiencia internacional muestra que el desarrollo no ocurre exclusivamente en el yacimiento, el pozo petrolero o el campo. Ocurre en la red de proveedores, empresas de ingeniería, desarrolladores tecnológicos, centros de investigación, universidades y servicios especializados que se construyen alrededor de esas actividades.

El verdadero valor de un recurso natural no está únicamente en lo que se extrae. Está en las capacidades que permite construir.



Australia es probablemente uno de los mejores ejemplos. Habitualmente se la presenta como una potencia minera, pero su principal fortaleza no radica únicamente en la extracción de minerales. Durante décadas desarrolló un ecosistema integrado por empresas proveedoras de equipamiento, firmas de ingeniería, desarrolladores de software, centros tecnológicos y servicios especializados que hoy exportan conocimiento al mundo.

Australia exporta hierro, cobre y litio. Pero también exporta tecnología minera, ingeniería y servicios de alto valor agregado.

La minería fue el punto de partida. No el punto de llegada.



mineria
 

Algo similar ocurrió en Noruega con el petróleo. Los hidrocarburos no fueron concebidos únicamente como una fuente de renta fiscal o de divisas. Fueron utilizados para desarrollar capacidades tecnológicas, fortalecer proveedores locales y construir empresas capaces de competir globalmente.

En ambos casos, los recursos naturales funcionaron como una plataforma para construir ecosistemas productivos cada vez más sofisticados.



La pregunta para Argentina es si Vaca Muerta, el cobre, el litio, la agroindustria y la transición energética podrán convertirse en motores de un proceso similar.

Durante demasiado tiempo el debate económico argentino estuvo atrapado en falsas dicotomías. Recursos naturales versus industria. Mercado interno versus exportaciones. Estado versus sector privado.

La experiencia internacional demuestra que los países exitosos no eligieron entre una cosa y otra. Aprovecharon sus ventajas naturales para desarrollar capacidades industriales y tecnológicas. Fortalecieron su inserción internacional sin abandonar la construcción de proveedores locales. Promovieron la inversión privada mientras fortalecían instituciones capaces de coordinar procesos de largo plazo.



El desarrollo surge precisamente de esa articulación.

En este contexto, la innovación adquiere una relevancia central.

Cuando se habla de innovación muchas veces se piensa exclusivamente en laboratorios, patentes o desarrollos científicos de frontera. Sin embargo, la innovación también ocurre cuando una pyme incorpora nuevas tecnologías, cuando una empresa mejora sus procesos productivos, cuando se desarrolla un proveedor especializado o cuando un sector económico logra producir más y mejor a partir del conocimiento.



La innovación no es una agenda reservada para científicos o empresas tecnológicas.

Es una agenda de desarrollo.



Y adquiere una importancia aún mayor frente a las transformaciones que atraviesan la economía global. La inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización, la computación avanzada y las nuevas tecnologías energéticas están redefiniendo las fuentes de competitividad. Los países ya no compiten únicamente por costos o disponibilidad de recursos. Compiten por talento, capacidades tecnológicas, velocidad de aprendizaje y capacidad de innovación.

Argentina cuenta con activos importantes para participar de esta transformación. Posee capacidades científicas reconocidas internacionalmente, universidades de prestigio, empresas tecnológicas competitivas y sectores que ya operan cerca de la frontera tecnológica mundial. La biotecnología aplicada al agro, la industria satelital, el desarrollo nuclear y los servicios basados en el conocimiento demuestran que existe potencial para competir en actividades intensivas en conocimiento.



Sin embargo, también persisten limitaciones evidentes. La inversión en investigación y desarrollo continúa siendo baja. La vinculación entre el sistema científico y el sector productivo sigue siendo insuficiente. La adopción tecnológica permanece concentrada en un número relativamente reducido de empresas.

Por eso el principal desafío no consiste únicamente en generar innovación. Consiste en difundirla.

Argentina necesita ampliar la base de empresas innovadoras, fortalecer los vínculos entre ciencia y producción, desarrollar proveedores tecnológicos y construir mecanismos que permitan que el conocimiento generado en algunos sectores se extienda al conjunto de la economía.



Ese es el verdadero desafío del desarrollo.

No se trata simplemente de crecer. Tampoco se trata únicamente de exportar más. Se trata de construir una economía capaz de generar valor agregado, empleo calificado, nuevas capacidades tecnológicas y ventajas competitivas dinámicas.

La buena noticia es que Argentina posee una oportunidad excepcional para hacerlo. La combinación de recursos energéticos, minerales críticos, agroindustria competitiva, capacidades científicas y talento emprendedor constituye una plataforma de crecimiento que pocos países poseen.



La mala noticia es que esa oportunidad no se aprovechará automáticamente.

Los recursos naturales ofrecen una ventaja inicial. No garantizan desarrollo. La inversión es indispensable. Tampoco garantiza desarrollo. Incluso la estabilidad macroeconómica, condición imprescindible para cualquier estrategia de largo plazo, no alcanza por sí sola.



El desarrollo aparece cuando una sociedad logra transformar esas condiciones favorables en capacidades permanentes.

Esa es la lección que dejan los países exitosos y también el principal mensaje que atraviesa el trabajo de Kosacoff.



Argentina vuelve a tener una oportunidad. Probablemente una de las más importantes de las últimas décadas.

Los dólares pueden llegar. Las inversiones también.

El desafío será convertirlos en innovación, conocimiento, tecnología, proveedores competitivos y empleo de calidad. Será pasar de los recursos naturales a los ecosistemas industriales. Será transformar ventajas naturales en ventajas competitivas.



Porque los recursos son una oportunidad.

El desarrollo, en cambio, es una construcción colectiva.

Y la innovación es el puente que permite recorrer ese camino.



Esta columna dialoga con las ideas desarrolladas por Bernardo Kosacoff en su ensayo "La innovación y el desarrollo económico en Argentina" (2026), de próxima publicación, y con investigaciones propias sobre ecosistemas industriales basados en recursos naturales, encadenamientos productivos y construcción de capacidades competitivas.

Referencias


  • Kosacoff, B. (2026). La innovación y el desarrollo económico en Argentina. Documento de próxima publicación. 
  • Pereira, H. (2026). De los recursos naturales a los ecosistemas industriales: un marco para el desarrollo productivo en Argentina. SSRN. DOI: 10.2139/ssrn.6402898.

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