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El recurso más valioso de la minería no está bajo tierra

El cobre, el litio y el oro pueden disparar inversiones históricas, pero sin técnicos, ingenieros y proveedores capacitados el auge podría frenarse.

El recurso más valioso de la minería no está bajo tierra

En los próximos diez años, Argentina podría protagonizar el mayor ciclo de inversiones mineras de su historia. Los proyectos de cobre, litio, oro y plata en distintas etapas de desarrollo prometen transformar al país en uno de los principales productores de minerales críticos, convirtiendo al sector en un pilar indiscutible de nuestra matriz exportadora. 

  • Durante años, el debate público y político se concentró casi exclusivamente en cómo atraer esos dólares y qué marcos impositivos ofrecer. Sin embargo, hoy la pregunta urgente debería ser otra: ¿estamos formando a las personas que harán posible esa nueva minería?

No es un interrogante menor. Según estimaciones de la Cámara Argentina de Empresas Mineras (CAEM), solo los siete proyectos de cobre más avanzados podrían generar alrededor de 125.000 puestos de trabajo durante su fase de construcción y cerca de 100.000 empleos, entre directos e indirectos, durante la operación. 

Si sumamos el desarrollo del litio y la continuidad de la minería metalífera tradicional, la demanda laboral crecerá de manera exponencial.



Pero el verdadero desafío excede por mucho la contratación directa en la boca de mina. Cada proyecto moviliza un denso entramado de pymes proveedoras que suele pasar inadvertido: metalmecánicas, constructoras, firmas de ingeniería, desarrolladoras de software, laboratorios, transportistas y especialistas en automatización y gestión ambiental. 

  • La minería del siglo XXI no solo requerirá geólogos o ingenieros de minas; demandará técnicos electromecánicos, operadores de equipos autónomos, programadores, analistas de datos, soldadores de alta precisión y especialistas en ciberseguridad industrial. Se trata de perfiles que hoy escasean en el mercado local y cuya formación técnica requiere años de planificación estratégica.

La experiencia internacional demuestra que ningún país minero exitoso dejó el desarrollo de su capital humano librado a las dinámicas inerciales del mercado. En los casos más virtuosos, la competitividad no se define por la riqueza de las rocas bajo el suelo, sino por la solidez de las instituciones que se construyen sobre la superficie.

mineria australia
 



Australia es el ejemplo arquetípico de este enfoque. Allí, empresas, institutos técnicos y el prestigioso centro de investigación estatal CSIRO operan coordinadamente en un ecosistema que no solo volvió eficiente su extracción, sino que dio origen a una poderosa industria global de tecnología y servicios mineros (METS). 

  • En la misma línea, Canadá creó el Mining Industry Human Resources Council (MiHR) para anticipar vacantes críticas y estandarizar competencias junto al sistema educativo antes de que la escasez de talento se volviera un cuello de botella. Chile, nuestro vecino y principal productor de cobre del mundo, hace lo propio mediante el Consejo de Competencias Mineras (CCM-Eleva), alineando los planes de estudio técnico-profesionales con las tecnologías de vanguardia que efectivamente se utilizan en las operaciones modernas.

Este fenómeno no es exclusivo de los gigantes tradicionales. Finlandia y Suecia, con volúmenes de extracción más acotados, se consolidaron como líderes de tecnología y automatización aplicada a la minería inteligente porque entendieron que el valor real reside en el conocimiento y la ingeniería de procesos. 

Noruega, por su parte, utilizó históricamente la renta del Mar del Norte para financiar universidades y transferencia tecnológica hacia proveedores locales con una premisa clara: el objetivo final no era solo extraer crudo, sino sembrar capacidades profesionales que sostuvieran la economía nacional mucho después del agotamiento de los yacimientos.



El denominador común de estas naciones es lo que en la literatura de desarrollo se conoce como "espesor institucional": una red densa y conectada de universidades, empresas, centros tecnológicos y agencias públicas que cooperan activamente para que el aprendizaje no se evapore con el fin del yacimiento.

Argentina necesita con urgencia dotarse de ese espesor institucional si quiere evitar que este auge sea un simple proceso extractivo de paso. Para lograrlo, es momento de impulsar una Política Nacional de Desarrollo de Capacidades para la Minería, cuyo eje articulador sea la creación de un Instituto Nacional de Capacidades Mineras. No debemos pensar en esto como un nuevo establecimiento educativo que compita con las universidades o escuelas técnicas existentes, sino como una arquitectura de coordinación inteligente. 

Su misión estratégica debería centrarse en identificar los perfiles laborales que demandará la industria a mediano y largo plazo, coordinar la actualización de la oferta técnica existente, certificar competencias a nivel federal para facilitar la movilidad del trabajador y capacitar a las pymes locales para integrarlas con éxito en la cadena de valor global.



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Contamos con un antecedente valioso en nuestro propio territorio. La experiencia del Instituto Vaca Muerta demostró que es posible sentar en una misma mesa a empresas, sindicatos, gobiernos provinciales y al sistema educativo para formar trabajadores con los estándares de seguridad y eficiencia que requiere una industria de escala mundial. La minería tiene la oportunidad de capitalizar este aprendizaje y replicarlo con una mirada profundamente federal, adaptándolo a las realidades geográficas e identidades de cada una de las provincias cordilleranas.

La discusión minera suele estar monopolizada por variables macroeconómicas, regímenes cambiarios e infraestructura de transporte. Todos estos factores son indispensables, pero corren el riesgo de volverse estériles si descuidamos el factor humano. 



Durante décadas, nos convencimos de que nuestra ventaja competitiva estaba oculta bajo la tierra, pero el siglo XXI nos demuestra que la verdadera riqueza se construye en la superficie: en las aulas, los talleres, los laboratorios y las pymes donde los trabajadores se transforman en el motor del desarrollo tecnológico.

Las minas tienen una vida útil finita y los minerales, tarde o temprano, se agotan. Las capacidades construidas en las personas, en cambio, son permanentes. De nuestra audacia para entender esta sutil diferencia dependerá que el próximo boom minero deje en Argentina algo más que un saldo comercial favorable: una economía genuinamente competitiva, innovadora y desarrollada para las próximas generaciones.

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