Análisis

Trump 2.0: el mundo expectante ante el inicio de una nueva era

Aunque hace cuatro años hubiese resultado muy improbable, este lunes 20 de enero Donald Trump asumirá como nuevo presidente de Estados Unidos. Y, aunque muchos miran con optimismo el futuro, la mayoría de los países se preparan para unos próximos cuatro años llenos de tensiones.
Damián Cichero 17-01-2025
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Como sucede desde 1933, este 20 de enero, un nuevo presidente asumirá sus funciones en Estados Unidos. 

Debido a que se trata del país más poderoso del mundo, dicha situación siempre es considerada una de las más trascedentes del año. Sin embargo, en 2025 la ocasión es un poco más especial, ya que quien vuelve al poder es nada más y nada menos que Donald Trump.

El magnate republicano, que obtuvo un contundente triunfo en las elecciones de 2024, asumirá como presidente cuatro años después de lo que fue uno de los momentos más humillantes en la historia de Estados Unidos: el ataque al Capitolio.

A principios de enero de 2021, decenas de simpatizantes de Trump intentaron entrar por la fuerza al Capitolio y evitar que los legisladores ratificaran el triunfo de Joe Biden. En ese momento, la carrera de Trump parecía acabada.

Pero, cuatro años después, molestos por una elevada inflación (la cual ya parecía controlada para 2024), los votantes le han dado a Trump la oportunidad de gobernar nuevamente, e incluso esta vez con más herramientas, ya que, además de contar con mayoría republicana en ambas cámaras del Capitolio, esta vez Trump arriba a la Casa Blanca con una mayor legitimidad gracias a haber ganado en el voto popular, algo que no ocurrió en 2016, cuando únicamente derrotó a Hillary Clinton en el Colegio Electoral. 

Otra buena noticia para la democracia norteamericana es que este lunes, Biden sí estará presente en la ceremonia de asunción del propio Trump, algo que el líder republicano no hizo en 2021. 

Una nueva era comienza 

A diferencia de su primer mandato, esta vez Trump llega con el conocimiento de cómo funciona la burocracia y el "estado profundo".

Él mismo ha dicho en más de una ocasión que no pudo implementar muchas de sus propuestas e ideas porque, simplemente, no se lo permitieron.

Pero este segundo triunfo de Trump demuestra que su llegada a la Casa Blanca ya no es una casualidad, sino una causalidad: la población norteamericana ha dejado en claro que sus prioridades están cambiando y no tendrá problema en votar a un líder que atente contra la democracia si eso le traer un mejor bienestar. 

En otras palabras, los estadounidenses parecen estar cansados de que su país, que durante años intentó liderar el orden liberal, poco a poco haya ido perdiendo terreno ante otras grandes potencias, como es el caso de China, y justamente ahí estarán apuntados todos los cañones de Trump. 

Durante toda su campaña, Trump, que en 2018 inició una histórica guerra comercial contra China, advirtió que le impondría enormes aranceles a Pekín si regresaba al país. 

Sus amenazas son tan serias que incluso esta misma semana el Banco Mundial advirtió que los aranceles de Trump, quien también planea imponer aranceles generalizados a todos los países, podrían reducir el crecimiento económico mundial del 2,7% de 2025 en 0,3 puntos porcentuales si los socios comerciales de Estados Unidos toman represalias.

Así, Estados Unidos, que es una de las pocas potencias occidentales que registró un crecimiento de más del 2% en 2024, podría ver cómo su PIB cae en un 0,9% si se imponen los aranceles y las medidas de represalia.

Intentando rebajar las tensiones, hace un tiempo, el propio Trump sugirió que tenía "una buena relación con China (...), hemos estado hablando y discutiendo con el presidente Xi algunas cosas, y otras, otros líderes mundiales, y creo que nos va a ir muy bien en general".

No obstante, nunca descartó iniciar una nueva guerra comercial y su estrategia va más allá de solo proteger la industria nacional norteamericana. 

Al igual que los demócratas, y hasta quizás es una de las pocas cosas en las que ambos partidos coinciden, para Trump China representa el desafío número uno de su país a la hora de definir quién liderará el mundo en el siglo XXI.

Por eso, consciente de que la economía china comienza a tambalearse (la idea de crecer a "tasas chinas" ya quedó lejos en el tiempo), principalmente como consecuencia de la crisis de natalidad que golpea al Gigante Asiático, considera que este es el momento oportuno para frenar las expectativas de Pekín. 

Y, al final del día, el líder republicano también tiene argumentos legales para hacerlo: pese a su poderío económico, China protege y subsidia fuertemente a su industria, en especial, a la tecnológica. 

Ante esta situación, también es de esperar que Trump incremente el apoyo a Taiwán, isla considerada rebelde por Pekín. De todas formas, en un momento en el que la economía internacional atraviesa un momento delicado, es difícil, por no decir imposible, que un enfrentamiento se produzca en esa región, aunque también es cierto que cualquier error de cálculo podría hacer volar todo por los aires. 

Putin, un viejo amigo

Lejos de las creencias demócratas que durante mucho tiempo siguieron viendo a Rusia como un enemigo sistémico, Trump nunca pareció ver a Vladimir Putin como una amenaza. 

Incluso, durante mucho tiempo, destacó públicamente su admiración por el líder ruso, aunque dichas declaraciones debieron cesar como consecuencia de la guerra en Ucrania. 

Respecto a este último conflicto, el líder republicano realizó campaña argumentando que le pondría fin al mismo en cuestión de 24 horas. 

Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzó a darse cuenta de que ceder completamente ante las exigencias rusas sería visto como un gesto de debilidad por parte de Washington. 

Por el momento, Trump no ha revelado su plan respecto a esta cuestión, aunque sí se espera que el apoyo estadounidense a Kiev se prolongue por varios meses.

Esto no significa que ahora Ucrania tenga oportunidades reales de unirse a la OTAN, ya que, para Trump, el verdadero enemigo sigue siendo China, pero sí que Kiev podría enfrentarse a menos pérdidas de las que se creía. 

Es probable que, al final del día, el país liderado por Volodímir Zelenski tenga que aceptar la pérdida de territorio, además de tener que renunciar a una futura membresía a la OTAN.

Pero, para Trump, esto parece ser un precio dispuesto a pagar: China y Rusia, que comparten una frontera de miles de kilómetros (incluidos varios conflictos territoriales), son países que compiten por los mismos mercados y también por ser un hegemón regional en Asia.

En realidad, su acercamiento solo se ha dado como consecuencia de la presión que el propio EE.UU. ejerció sobre Moscú al expandir, poco a poco, la influencia de la OTAN en Europa del Este.

Tal como hizo Richard Nixon en la década de los 70, cuando, aprovechando el sisma sino-soviético, entabló relaciones formales con China para presionar a la Unión Soviética, ahora el propio Trump parece estar interesado en romper el eje Pekín-Moscú.

Donald Trump y Vladimir Putin

La siempre delicada cuestión de Medio Oriente 

Aunque Trump aún no asumió, ya se atribuyó el mérito de que Israel y Hamás llegaran a un acuerdo de alto el fuego en Gaza.

Según Trump, "este épico acuerdo de alto el fuego solo podría haber ocurrido como resultado de nuestra victoria histórica en noviembre, ya que señaló al mundo entero que mi Administración buscaría la paz y negociaría acuerdos para garantizar la seguridad de todos los estadounidenses y nuestros aliados".

La realidad es que, según diversas fuentes, los representantes tanto de Trump como de Biden estuvieron presentes en Doha para impulsar la victoria diplomática y también se dice que la cooperación entre los dos fue "casi sin precedentes".

Pero, más allá de quién hizo más para lograrlo, lo cierto es que le permite a Trump llegar al poder con un poco más de margen de maniobra. 

En realidad, como ya mencionamos, tanto para Trump como para Biden, la principal amenaza es y será China. 

Esto queda en evidencia con el hecho de que, ya desde la presidencia de Barack Obama, Estados Unidos haya iniciado un lento pero efectivo retiro de Medio Oriente, región donde ahora no posee tantos intereses vitales como en otra época. 

Sin duda, que una guerra a gran escala estalle en Medio Oriente solo sería un dolor de cabeza para Washington, ya que lo obligaría a destinar recursos que, al final del día, deberían estar destinados a contener a Pekín.  Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar