Trinidad y Tobago, alguna vez símbolo de vida nocturna caribeña y playas paradisíacas, atraviesa una de sus peores crisis de violencia. La masacre de cuatro niños en la humilde casa de Anisa Rampersad, acribillada por 53 disparos en un minuto, simboliza la tragedia cotidiana que viven los habitantes de barrios como Arima o Laventille.
- El país registró 623 homicidios en 2024, casi la mitad vinculados a pandillas, en un contexto donde las armas de alto calibre ingresan por el puerto de Puerto España y los cárteles latinoamericanos consolidan su influencia.
El deterioro de la seguridad llevó al gobierno a declarar estado de emergencia durante los primeros meses de 2025, luego de que una escalada entre las bandas rivales Seven y Sixx dejara múltiples muertos en ataques coordinados. La respuesta incluyó allanamientos sin orden judicial y patrullajes militares, pero aunque los homicidios bajaron levemente, persiste el miedo.
- Los ciudadanos viven rejas adentro, mientras los criminales operan con impunidad. Los asaltos a plena luz del día son habituales, y muchos trinitenses exigen permisos para portar armas y defenderse.

La historia del crimen organizado en Trinidad está ligada a décadas de complicidad política, subsidios a pandilleros y manipulación del poder territorial, que desdibujaron la línea entre líder comunitario y criminal. Ejemplo de ello es Akido "Sunday" Williams, quien pasó de convicto a referente barrial, pero sigue siendo visto por la policía como parte del hampa. Las bandas, originalmente nacidas alrededor de grupos de steelpan, evolucionaron en mafias altamente armadas que hoy incluso usan drones para espiar a las fuerzas de seguridad.
El impacto trasciende fronteras: las solicitudes de asilo de trinitarios en el Reino Unido se multiplicaron por nueve en una década, algunas legítimas, otras utilizadas por jefes narcos para huir de represalias. A esto se suma la preocupación británica por la expansión del crimen organizado hacia otras islas del Caribe bajo su administración. La influencia de los cárteles amenaza con superar la capacidad del Estado local, y voces como la del ex comisionado Gary Griffith advierten que sin un cambio de estrategia, "Trinidad podría convertirse en un nuevo narcoestado".
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Mientras tanto, profesionales como el cirujano Barrie Landreth-Smith optan por armarse y capacitarse para protegerse en un país donde la violencia se normalizó y la cárcel ya no intimida. "Vivimos encerrados, mientras los criminales van a prisión a hacer alianzas", resume. La sensación de pérdida es transversal: el paraíso caribeño de antaño se desvanece, y en su lugar queda una sociedad partida entre el miedo, la resiliencia y el fuego cruzado.


