Claves

Mandato cumplido

Con semejante ruina a la vista, resulta inevitable preguntarse, a lo Zavalita, ¿en qué momento y por qué se jodió el progresismo? Y, ensimultáneo a tal arqueología, indagar acerca del posible devenir.

Donald Trump con Javier Milei y Elon Musk.
Donald Trump con Javier Milei y Elon Musk. e
Daniel Montoya 18 noviembre de 2024

Palo Alto, California. Un pequeño gran detalle de geolocalización casualmente exaltado por Elon Musk con relación a los resultados del súper martes.

Sin perjuicio de la tómbola electoral de la siempre decisiva trifecta del medio oeste, es decir, esa pequeña diferencia de 0,5% para Donald Trump en 2016 que en 2020 fue de 1,5% para Joe Biden y hoy fue para Trump por 1,4%, la ola conservadora que ¡ganó en la general por tres millones de votos! hasta llegó al paladar azul Silicon Valley.

Si bien aún no significativo, los republicanos alcanzaron casi el 25% de los votos en el emblemático tridente conformado por San Francisco, San Mateo y Santa Clara. Que le entren las balas a los demócratas en el entramado territorial que continúa anidando la mayor utopía de innovación, cambio tecnológico y participación ciudadana a escala planetaria es todo un indicador de un fenómeno que no sólo alcanza a Estados Unidos, sino a casi todo Occidente. 



En lo profundo, es una enfermedad holandesa inversa. Por cierto, inversa por el nivel de depreciación y colapso tanto de las viejas vacas sagradas del progresismo como de sus  narrativas, a la par de una amarga sensación de mandato cumplido, de que quienes lideraron gran parte de la segunda mitad del siglo XX, hoy la corren de atrás, desorientados y que, en este trance, in memoriam Roberto "Polaco" Goyeneche, ni la bala del final les va a salir.

Con semejante ruina a la vista, resulta inevitable preguntarse, a lo Zavalita, ¿en qué momento y por qué se jodió el progresismo? Pero en simultáneo a tal arqueología, indagar acerca del posible devenir. En particular, si llegó la hora de darle cristiana sepultura o si será, honrando a otro patriarca del tango, un '¿por qué dicen que me fui si siempre estoy volviendo?'. Alerta de spoiler: me inclino por esta segunda opción. En política nada muere, sólo cambia el contexto y la piel.

1945 y después

Hay un hito fundamental para comprender cómo viajamos desde el régimen de grandes partidos únicos vigente hasta la Segunda Guerra Mundial, hacia esta nueva realidad dónde el Partido Comunista Chino es el único gran coloso que queda en pie y el resto del mundo, casi sin excepción, experimentó una proliferación de marcas políticas similar a la observada, en el plano comercial, en los supermercados. Semejante proceso no fue nada casual.



En la élite del eje anglosajón ganador compuesto por Estados Unidos y el Reino Unido en ese momento, se forjó un consenso alrededor de evitar el resurgimiento de los poderosos partidos únicos, en especial de Alemania y Japón que, en la óptica de los vencedores, había gravitado en la activación del gran choque bélico. Tal historia que suena lejana, le dio paso a un sistema de partidos temático y agrupado en derecha e izquierda.

Por cierto, una suerte de pecado original de un sistema que en su ADN lleva grabado a fuego la crisis por la recurrente pérdida de funcionalidad de estructuras divorciadas de los desafíos impuestos por la realidad pero, más aún, por la incapacidad de adaptación a revoluciones que, como destacara Thomas Kuhn, no transcurren linealmente, sino que irrumpen inesperadamente, imponiendo a su traumático paso una nueva normalidad. 

En ese marco, muchos críticos del progresismo caen en el error de interpretar la peste mundial que lo golpea, como el resultado de sus errores no forzados, cuando su problema fue seguir ejecutando los mismos rituales que en un momento funcionaron, en un contexto que cambió radicalmente. Y que, vale decir, también barrió a muchas de las fuerzas que, en la Matrix del laboratorio de posguerra, deberían capitalizar tal debacle por el simple hecho de estar a la derecha.



Peste mundial

Por ello, ante semejante movimiento de las capas tectónicas a escala global, asistimos al espectáculo de las fuerzas tradicionales envueltas en la discusión bizantina alrededor de si primero el crecimiento o la distribución o, en un plano muy familiar para nosotros, respecto a las libertades, la inclusión y la extensión de derechos, mientras irrumpían por los márgenes actores políticos que nadie sabe a ciencia cierta si llegaron para quedarse o para romper todo e irse.

En tal sentido, la crisis de la fuerza progresista tradicional de Francia, los socialistas, no la capitalizaron los republicanos, sino un Emmanuel Macron que en su primer ensayo político barrió a ambas fuerzas del viejo establishment francés. Volviendo a Estados Unidos, la pérdida de músculo del Partido Demócrata no la usufructuaron los republicanos, sino Trump junto a su turbulento movimiento MAGA.

Por cierto, un verdadero aquelarre que compró al Partido Republicano en la feria de saldos y retazos, tras la última y ruinosa experiencia de George Bush hijo y las armas de destrucción masiva de Irak de un Saddam Hussein que ni siquiera le daba la nafta para esconderse. Y, para finalizar, el gran broche de oro argentino con un Javier Milei que pasó del panelismotelevisivo y la agitación en conferencias a la Avenida Corrientes.



Desde esa plataforma apartidaria limpió en un pestañeo a la maquinaria política más poderosa de la historia argentina, a la par del PRO con sus inagotables recursos de la CABA.

En tal aspecto, esto se trata de un mandato cumplido de todo un sistema más que de una crisis del progresismo. No obstante, en un momento la tormenta pasará y la política volverá a estructurarse alrededor de sus dos viejos leit motiv: libertad e igualdad. ¿Será como en la última posguerra con la intervención de poderosas manos mágicas? Hay indicios de que es posible.

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