La reciente amenaza de Donald Trump de convertir Medio Oriente en un infierno es cuanto menos jocosa.
Si pensamos que este conflicto lleva décadas por no decir milenios, es bastante gracioso pensar en que una persona elegiría Gaza, el Líbano o Siria para irse de vacaciones en familia.
Salvo algunos bienaventurados movidos por el fervor religioso, todos somos conscientes que esa región es desde hace largo rato un infierno. Lo más llamativo es que como sociedad muchos celebran las advertencias del líder republicano. Como si agregar más nafta - o armas, en este caso - al fuego, fuera a arrojar un resultado diferente.
Entonces, cabe preguntarse: ¿cuántas bombas tienen que llover sobre Gaza para que entendamos que no habrá solución posible en tanto y en cuanto sigamos viendo a la guerra como un negocio?
Es cruel e inhumano celebrar la utilización de misiles supersónicos, perros-robot mercenarios y drones aniquilando personas sentadas en el living de su casa. Como si fuera un videojuego en streaming pero con impacto real.
Porque los muertos se amontonan, los niños desfallecen de hambre en las costas del Mediterráneo, las enfermedades que creíamos erradicadas regresan, y nosotros seguimos en Tik-Tokscrolleando entre el nuevo paso de moda y perritos haciendo fechorías.

Una realidad cuanto menos distópica que se traslada indefectiblemente a nuestras decisiones políticas. Porque si somos seres sociales y seres políticos, tal como definieron en la Grecia Antigua, también somos parte de la era del Homo Videns.
Ya lo había dicho Giovanni Sartori quien alertaba a la sociedad sobre el peligro que representaba la pasividad de una sociedad meramente receptiva de los contenidos "ultra-procesados" que nos llegaban por TV.
En esta era de la inteligencia artificial, será complejo inventar nuevos mecanismos de gobernanza. Si la Conferencia de San Francisco de 1945, significó la consolidación del esquema liberal con el nacimiento de las Naciones Unidas, hoy nos topamos con un cambio sistémico que cuestiona el orden establecido. ¿Cómo será posible generar un consenso para la gobernanza mundial en la era del Homo Artificialis?
La IA acelera rápidamente los procesos de generación de contenidos de todo tipo. El manejo y la capacidad de procesar los datos que generamos constantemente con nuestras acciones de la vida cotidiana, son el nuevo catalizador del poder.
En otras palabras, somos un cúmulo de datos andantes esperando a ser minados o desencriptados para así recibir un bombardeo de propuestas racionalizadas por un algoritmo que sesga cada vez más nuestras decisiones.

La verdadera libertad en los próximos siglos residirá en la capacidad de discernir y de pensar por fuera del menú de opciones binarias que nos ponen a la mesa. Si no logramos hacerlo, tendremos posiciones, visiones y actitudes cada vez más extremas y tendenciosas.
En consecuencia, será realmente complejo alcanzar acuerdos porque a esa lógica de a dos que surge en un diálogo, la estamos atravesando con una lógica unidireccional que se mueve desde y hacia el server. O sea, revisitando a Ortega y Gasset, seremos: "Yo, en mi cápsula".
El contexto político de los países será aún más preocupante. ¿Qué validez real tendrán las elecciones si los candidatos generan mensajes targeteados para decirle a cada uno lo que quiere escuchar?
Podemos estar de cara al fraude electoral más grande de la historia, pero un fraude que excede lo físico del robo de urnas, sino que es 100% moral. Una estafa moral. El perfeccionamiento del sueño de cualquier populista.
Algunas ideas han surgido en el último tiempo que proponen esquemas participativos constantes. Un plebiscito continuo donde los ciudadanos podrán asistir a un referéndum virtual sobre cada una de las políticas que se decidan para su gobierno, país o región. Sería interesante conocer cómo funcionaría.
Imaginemos que se discute el presupuesto nacional, y por temática hacemos swipe hacia la derecha o hacia la izquierda según lo que ese día nos apetece. Cabe cuestionar cuanto menos la confiabilidad de este proceso. ¿Se imaginan que un tema se presentó de manera poco atractiva, y del cual sabemos muy poco, decidimos darle swipe hacia la izquierda? ¿Y si ese tema era el gasto destinado a las pensiones de los adultos mayores? Así, de un plumazo, dejamos a nuestros abuelos sin jubilación ni medicamentos, y que Dios se apiade de ellos.
La democracia liberal y participativa es todavía un experimento in vitro que debemos explorar sin enamorarnos de la herramienta.
Si bien hay un hartazgo generalizado con los modelos parlamentarios o presidencialistas representativos decimonónicos, es la herramienta que nos ha permitido alcanzar niveles de desarrollo y progreso únicos en la historia de la humanidad.
Quizás, con el proceso liberal de la destrucción creativa, debemos tener mucho cuidado en caer en la visión anárquica. La destrucción por el mero hecho de implosionar el orden dado no hará más que engendrar mayor destrucción. Si no, miremos el infierno que es Medio Oriente.
La verdadera idea schumpeteriana difiere mucho de los intentos actuales por socavar las instituciones que han garantizado el progreso de los pueblos. Puede ser interesante pensar en aplicarla correctamente. Conservar lo bueno y lo que funciona, mientras nos deshacemos de aquello que impide el avance. Y así dar lugar a un proceso virtuoso donde florezca la creatividad.
En 1950, en el salón del reloj del Quai d'Orsai, Schuman exhortó a sus connacionales europeos a pensar soluciones creativas nunca antes vistas para evitar otra gran guerra.
Sin darse cuenta, salía de su boca la CECA, el embrión necesario para el nacimiento de la Unión Europea, el proyecto de paz más exitoso de los últimos siglos.
Tal vez, tal como hicieron los padres fundadores de la Unión Europea o los conferenciantes de San Francisco, sea hora de que todos pongamos las manillas del reloj nuevamente en cero y pensemos soluciones creativamente reales para este mundo artificial que inexorablemente se nos impone.