Análisis

¿Está la Tercera Guerra Mundial a la vista?

Las transiciones entre órdenes mundiales son peligrosas, y estamos en medio de una.
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Los grandes cambios sociales y políticos a menudo no son inmediatamente visibles para quienes los viven, se vuelven evidentes en retrospectiva. Cuando analistas y académicos hablan de una sociedad o un mundo que se encuentra en cambio, generalmente lo hacen con retraso -el cambio que describen ya ha ocurrido.

Como los peces que no son conscientes del agua que les rodea, los seres humanos habitualmente tenemos poca consciencia de los cambios significativos que se producen en nuestro entorno cuando están sucediendo, especialmente si este cambio tiene lugar a lo largo de muchos años. Es solo al mirar hacia atrás que nos damos cuenta cuántos cambios ha habido. 

Para quienes nos ocupamos de la política internacional, estos cambios tienen que ver con un orden mundial en transición. El hecho de que haya un creciente reconocimiento de este hecho es una señal de que el proceso ya está bastante avanzado. En este momento, el orden preexistente, conocido como "orden liberal", "hegemonía estadounidense", "momento unipolar", u otros nombres similares, se encuentra visiblemente en descomposición desde hace algunos años. 

¿Cuándo comenzó este proceso? Es relativamente fácil datar el comienzo del llamado orden mundial unipolar, dominado económica y militarmente por los EE.UU. como único polo de poder: su fecha de inicio puede ubicarse entre la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991.

Datar el fin del orden mundial unipolar es más difícil, porque es muy reciente aún, tal vez deban pasar una o dos generaciones de historiadores para consensuar algún hito. Para algunos observadores, el atentado del 11 de septiembre de 2001 y el inicio de la llamada "Guerra contra el Terrorismo" señalan el comienzo de un mayor militarismo y unilateralismo por parte de los EE.UU., quebrando las ilusiones del orden mundial liberal. 

Por otro lado, hay quienes señalan la Gran Recesión de 2008 como un punto de inflexión clave en la pérdida de dinamismo económico de EE.UU. y Occidente en general, en favor del ascenso económico de China. 

La invasión de Crimea a comienzos de 2014, que marca el regreso de Rusia como gran potencia a la arena internacional, es otro hito posible. La primera elección de Donald Trump y la ruptura que significó con los usos y costumbres precedentes son otra posibilidad. Pero sea cual sea el hito elegido, es claro que ya lo hemos pasado y que estamos en un momento de transición hacia un orden nuevo que aún no termina de definirse.

¿Qué forma tomará el próximo orden mundial? Un orden mundial estable se apoya sobre una determinada configuración del balance de poder: el orden de Viena entre 1815 y 1914 fue multipolar, el orden de la Guerra Fría entre 1945 y 1991 fue bipolar, el de la post-Guerra Fría unipolar. 

El nuevo orden naciente será (o ya es, dependiendo de quién opine) bipolar, entre China y EE.UU., o bien multipolar, incluyendo a otras grandes potencias como Rusia, India, Japón o Turquía, por nombrar algunos de los candidatos más evidentes.

Para que el orden mundial sea estable, además, debe haber un consenso entre las principales potencias acerca de la legitimidad de este orden. No es necesario que esto sea explícito, formalizado en tratados e instituciones, su aceptación puede ser implícita.

Tampoco es necesario que el orden en cuestión sea perfecto, pero sí que sea suficientemente aceptable como para que ninguna de las principales potencias desee activamente cambiarlo. El orden del período de entreguerras, que surgió del Tratado de Versalles, tuvo precisamente esta falencia desde su inicio, por lo cual colapsó tras apenas dos décadas. Esto hoy nos falta - no hay un consenso entre las potencias dominantes acerca de cómo debería estar estructurado el sistema, y por ello algunos buscan revisarlo.

Sabemos por los antecedentes históricos que las transiciones en el balance de poder son muy peligrosas. Ya el historiador griego Tucídides describió cómo el cambiante balance de poder entre Atenas y Esparta fue la causa de fondo que llevó a ambas polis a la guerra del Peloponeso (y a su mutua ruina), dando nombre al fenómeno que hoy conocemos coloquialmente como la "Trampa de Tucídides".

Los cambios en el balance de poder entre las potencias también abren nuevas oportunidades para los países subordinados, que de pronto encuentran un nuevo margen de maniobra para perseguir objetivos anteriormente inaccesibles, llevando al reactivamiento de conflictos "congelados" (véase Nagorno-Karabakh para un ejemplo reciente) y al surgimiento de conflictos nuevos, agregando inestabilidad en la periferia del sistema. Esta inestabilidad fácilmente puede involucrar y arrastrar a las grandes potencias a un conflicto mayúsculo, como sucediera en 1914.

Si miramos al pasado, el pronóstico no es bueno. La última transición, la del orden bipolar de la Guerra Fría al orden unipolar, es atípica precisamente porque fue pacífica, pero las otras coincidieron con guerras mundiales, como en los períodos de 1792 a 1814, 1914 a 1918, y 1939 a 1945. 

Visto en esta perspectiva, la guerra ruso-ucraniana (2022-al presente) y la nueva serie de guerras en Oriente Medio alrededor de Israel (2023-al presente) bien podrían significar los comienzos de una Tercera Guerra Mundial si se les encadenan otros conflictos bélicos que arrastren a múltiples países a la guerra. Oportunidades no faltan: China y EE. UU., India y Pakistán, o Corea del Norte y Corea del Sur, por citar algunos ejemplos.

La habilidad diplomática es importante para el funcionamiento de un orden estable, pero se vuelve imprescindible durante la transición entre un orden y el siguiente. Es necesario que los líderes y diplomáticos, tanto de las potencias dominantes como de las emergentes, sepan reconocer en qué dirección evoluciona el sistema y qué lugar ocupan en el mismo, de manera que puedan intentar administrar el proceso y controlar o minimizar los riesgos inherentes que hemos descripto. 

Que sepan reconocer qué aspectos o instituciones del orden antiguo pueden preservarse, cuáles abandonar, y qué alternativas construir. E, importantemente, que sepan reconocer sus limitaciones, y cuándo hacer concesiones a otros actores del sistema.

Y aquí es donde hay razones para ser especialmente pesimista con respecto a nuestro futuro inmediato, porque la dirigencia actual en la principal potencia del sistema, EE. UU., que debería ponerse a la cabeza de este proceso, no parece estar a la altura de las circunstancias. Tampoco parecen estarlo sus principales aliados en Europa.

En parte podemos atribuirlo a un factor generacional: quienes guiaron a los EE.UU. durante la Guerra Fría fueron más conscientes de los límites del poder de su país, y por ello más prudentes. Habían vivido la 2° Guerra Mundial o la Guerra de Corea en carne propia, y habían sido testigos de eventos como la Crisis de los Misiles Cubanos en 1962, experiencias todas que inducen a la prudencia y al realismo.

En cambio, los individuos que componen la mayor parte de la clase dirigente de los EE.UU. actualmente tuvieron sus experiencias formativas durante la última fase de la Guerra Fría (aquella que Washington "ganó"), o bien durante el momento unipolar de los años ´90, y esto inevitablemente forma parte de su cosmovisión, que ve a EE.UU. como triunfante y excepcional.

Esto ayuda en gran medida a explicar la falta de prudencia geopolítica de los EE.UU. en las últimas décadas, incluso antes de la llegada del presidente Trump: su visión del poder del país norteamericano y su rol absolutamente dominante en el mundo ya no se corresponden con la configuración de poder actual. El momento unipolar ya está en el pasado.

Otras potencias tienen, cada vez más, los medios y la voluntad política de enfrentarlos y defender sus propios intereses, pero quienes gobiernan en Occidente no parecen dispuestos a reconocerles legitimidad alguna a sus reclamos. Si quieren evitar el riesgo de una guerra sistémica, se vuelve necesaria una urgente inyección de realismo político. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar