Durante medio siglo, las divisiones políticas giraban alrededor de salarios, impuestos o salud pública.
Hoy, las grietas no se miden por clase social sino por identidad: género, raza, inmigración, religión, lenguaje.
El conflicto económico fue desplazado por el conflicto cultural.
Y lo más inquietante es que no fue un accidente histórico, sino un negocio perfectamente diseñado.
Un estudio de los economistas Shakked Noy (MIT) y Aakaash Rao (Harvard), titulado The Business of the Culture War, demuestra con precisión empírica cómo los medios estadounidenses descubrieron que la cultura generaba más atención, más rating y, en consecuencia, más dinero.
Analizando millones de segundos de televisión, los autores prueban que los temas sobre raza, inmigración, género o crimen atraen nuevos espectadores, mientras que las notas sobre impuestos o salud los hacen cambiar de canal.
"El contenido cultural moviliza a quienes no miraban noticias; el económico los ahuyenta", escriben los investigadores.
Así nació una de las industrias más rentables del siglo XXI: la polarización.
La revolución del cable
En los años '80, la televisión estadounidense estaba dominada por tres cadenas —ABC, CBS y NBC— que trataban a las noticias como un servicio público.
No generaban ganancias, sino prestigio.
Eso cambió con la llegada del cable.
- En 1996 nacieron Fox News y MSNBC, y la información se convirtió en espectáculo.
Por primera vez, los canales podían medir el rating minuto a minuto y ajustar su programación en tiempo real.
El resultado fue un periodismo cada vez más emocional, diseñado para provocar indignación, no reflexión.
Los datos de Noy y Rao son contundentes: desde 1996, los temas más cubiertos por el cable —inmigración, crimen, género, raza— son exactamente los que más dividen a demócratas y republicanos.
Y los investigadores calculan que un tercio del aumento del conflicto cultural en EE.UU. desde el año 2000 puede explicarse solo por el cable.
La economía del odio había nacido.
El precio de la atención
El paper introduce dos conceptos clave: "poaching" (robar audiencia a otros canales) y "mobilizing" (atraer a quienes no miraban noticias).
Los contenidos económicos sirven para "poaching": retienen a quienes ya están interesados.
Los culturales, en cambio, son perfectos para "mobilizing": traen nuevos espectadores.
Para los medios, ambos públicos valen lo mismo.
Para los políticos, no.
"Los medios maximizan audiencia; los políticos maximizan votos", explican los autores. "Por eso la televisión tiene más incentivos para polarizar que la política"
El modelo es perverso pero eficiente: los noticieros no buscan consenso, buscan atención.
Y la atención se consigue con conflicto.
Cuando la política imitó al cable
La investigación también muestra cómo esa lógica contaminó a la política.
En los distritos donde se consume más cable, los votantes priorizan temas culturales y los políticos responden con más avisos sobre esos temas.
Los estrategas de campaña lo entendieron rápido: la cultura genera visibilidad, aunque no necesariamente votos.
Los candidatos que hablaban más de economía ganaban más elecciones; los que hablaban de cultura, más cámaras.
La política empezó a comportarse como un medio de comunicación.
Y, poco a poco, se convirtió en uno.
Del zapping al scroll infinito
El periodista John Burn-Murdoch, del Financial Times, extendió esta tesis al nuevo ecosistema digital.

Citó un experimento de la Universidad de Northwestern y Chicago que simuló tres versiones de una red social: una neutral, otra basada en likes y shares, y una estilo TikTok, donde el algoritmo se guía por el tiempo que el usuario pasa mirando un video.
Los resultados repitieron el patrón del cable: los algoritmos basados en interacciones amplifican los mensajes que elogian al propio grupo y atacan al ajeno, y los algoritmos tipo TikTok favorecen aún más el contenido negativo.
- Burn-Murdoch sostiene que las fracturas simultáneas del ecosistema informativo y de la cohesión social no pueden ser una coincidencia, sino el resultado directo de un mismo proceso: los incentivos comerciales del sistema mediático.
Las redes sociales aprendieron del cable lo que el cable había aprendido del rating: la indignación retiene mejor que la información.
El odio como commodity
Como el petróleo o el litio, el odio tiene productores, intermediarios y consumidores.
Tiene picos de demanda (elecciones, crisis, guerras).
Y tiene mercados internacionales: lo que empezó como un fenómeno estadounidense hoy se exporta a Europa y América Latina.
El odio se volvió un activo global, un producto estandarizado de la economía de la atención.
Se mide en tiempo de pantalla, en clics, en visualizaciones.
Se refina en los estudios de TV, se empaqueta en los feeds de las redes y se distribuye a escala planetaria.
En esta nueva economía, los sentimientos no se reprimen: se monetizan.
La economía del conflicto
Los investigadores del MIT y Harvard descubrieron que un bloque de noticias económicas puede reducir la audiencia un 2,2%, mientras que un bloque de cultura genera un aumento neto de espectadores.
En términos televisivos, es una diferencia millonaria.
Y ese incentivo económico se traslada al resto del sistema: los medios producen más cultura, la gente consume más polarización y los políticos se adaptan a ese nuevo lenguaje.
"Los medios viven de la división. La política vive atrapada en ella", escriben Noy y Rao.
Así se cierra el ciclo: conflicto → atención → dinero → más conflicto.
El nuevo capitalismo emocional
Cuanto más conectados estamos, más divididos nos sentimos.
La información nunca fue tan abundante, pero la atención nunca fue tan escasa.
Y en ese contexto, el odio es perfecto: simple, emocional, viral y rentable.
Los temas económicos siguen afectando la vida real, pero ya no capturan la imaginación colectiva.
Los culturales, en cambio, producen dopamina instantánea.
El votante ya no busca ideas: busca sentir.
Según Burn-Murdoch, el paisaje mediático contemporáneo está estructuralmente orientado hacia el conflicto, no hacia el consenso, porque la arquitectura económica de los medios recompensa la división mucho más que el acuerdo.
El nuevo petróleo del siglo XXI
El odio ya no es un residuo moral, sino una materia prima de la economía global de la atención.
Tiene oferta, demanda, precios y productores concentrados.
Se extrae de la emoción, se procesa en algoritmos y se vende como entretenimiento.
El producto más rentable del siglo XXI no es la información.
Es la indignación.
Y como todo commodity, el odio necesita infraestructura para circular, mercados donde cotizar y consumidores dispuestos a comprarlo.
Sobran los tres.