En un reciente artículo publicado en la revista británica New Statesman, el periodista Will Dunn plantea una tesis inquietante: en tiempos de máxima tensión geopolítica, el acceso a información privilegiada se convierte en el activo más valioso. La guerra con Irán reavivó las sospechas sobre cómo la dirigencia política y sus entornos capitalizan la inestabilidad global.
Dunn recuerda que el uso de datos confidenciales por parte de funcionarios públicos tiene una larga historia, desde la burbuja de los mares del Sur en la Inglaterra de 1720 hasta los negocios ferroviarios en el Estados Unidos del siglo XIX.
La mayor tentación siempre coincide con los picos de incertidumbre. Episodios como la crisis financiera de 2008, el Brexit o la irrupción del coronavirus demostraron cómo quienes poseen datos no públicos logran ventajas siderales en las plazas financieras. Hoy, el foco se centra en Medio Oriente.
El autor del New Statesman cita un reporte del Financial Times sobre un agente de bolsa vinculado a Pete Hegseth, secretario de Defensa estadounidense. Este intermediario intentó colocar millones de dólares en fondos de empresas armamentísticas justo antes del inicio de las hostilidades directas entre Estados Unidos, Israel e Irán. Aunque el Pentágono tachó la versión de "falsa y fabricada", el episodio se suma a otros movimientos bursátiles sugestivos.
Dunn destaca un incremento inusual en la negociación de contratos de futuros de petróleo y del índice S&P 500 minutos antes de que Donald Trump anunciara "conversaciones productivas" con Teherán a través de su red Truth Social.
El mensaje provocó un salto abrupto en las cotizaciones, un hecho que la Casa Blanca desvinculó de cualquier filtración oficial, aunque el momento elegido resultó llamativo.
A este panorama se suma el crecimiento exponencial de plataformas de apuestas desreguladas, conocidas como "mercados de predicción". Dunn señala que, al inicio del conflicto en febrero, se negociaron en Polymarket más de US$500 millones en apuestas bélicas. Los principales beneficiarios resultaron ser billeteras virtuales creadas ese mismo mes, un dato que agrava las sospechas de asimetría informativa. La tecnología actual, a diferencia de los marcos regulatorios previos como la Ley Stock de 2012 en Norteamérica, facilita este tipo de operaciones anónimas y sin rendición de cuentas.
El artículo también subraya cómo diversas figuras de peso mueven los precios de manera deliberada. Los posteos de Trump con recomendaciones de compra accionaria o los elogios de su secretario de Comercio hacia Tesla ilustran esta dinámica. Para Dunn, el caso de Elon Musk resulta paradigmático: el empresario comprendió que la intervención agresiva en la economía y el control de las redes sociales constituyen una vía directa hacia el poder político, una lección asimilada con rapidez por el conservadurismo estadounidense.
La conclusión a la que arriba Will Dunn en el New Statesman es sombría. Si los líderes y sus círculos de influencia logran monetizar sus propias decisiones estratégicas, la inestabilidad se vuelve rentable. En este esquema, a mayor volatilidad, mayor margen para el enriquecimiento, una lógica que confirma un diagnóstico alarmante: la actual arquitectura financiera carece de incentivos para promover la paz.
