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A pesar del malestar social, subsiste el apoyo a la UE

En las recientes elecciones europeas la mayoría de los votantes sólo quiso despabilar a los encargados de administrar las cosas, no pretendía tirar abajo el sistema de integración regional como quedó de manifiesto con los resultados obtenidos por los distintos partidos.

Atilio Molteni Atilio Molteni 04-06-2019
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Por Atilio Molteni Embajador

Vale la pena dejar en claro y hacer un repaso ordenado de los hechos. No obstante la onda de europesimismo y otros estados de ánimo con que se efectuaron las recientes elecciones legislativas de la Unión Europea (UE), su desarrollo permitió conservar, con cierto menoscabo, las opciones más racionales, no las más populistas o demagógicas.

Aunque recién ahora el Viejo Continente está olvidando los mayores traumas de la poscrisis económico-social de 2008/2010, y la opinión pública no tiene muchas razones o incentivos para desbordar de felicidad, la reciente votación se inclinó con énfasis por el criterio de llevar al Parlamento Europeo a las fuerzas de la región que intentan arreglar los problemas que alteran el humor social. La mayoría de los votantes sólo quiso despabilar a los encargados de administrar las cosas, no tirar abajo el sistema de integración regional.

Así lo decidió más del 50% (para ser precisos el 50,5%) de los ciudadanos con derechos para intervenir en la elección y el mensaje que dejaron las urnas es que alrededor de dos tercios puede no querer a sus gobernantes, pero desea fortalecer y simplificar la vida en Europa y el privilegio de ser ciudadanos europeos.

La lectura de estos resultados también nos dice cual podría ser el nuevo ciclo de la vida política de la UE, un hecho que afectará no sólo a sus miembros, sino a todos los interlocutores de esa Organización, un casillero donde encajan los vínculos del Mercosur y de Argentina y un dato que no puede caer en saco roto. Los nuevos legisladores tienen mandato hasta 2024 y se van a reunir por primera vez el 2 de julio. El resultado de las elecciones también confirmó la pérdida de apoyo de los dos grupos políticos que dominaron los destinos de ese foro desde sus inicios: el Partido Popular Europeo (centroderecha) que descendió de 221 a 179 diputados, pero que continúa siendo el que tiene más respaldo; y la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (centroizquierda), que es la segunda fuerza con 153 legisladores (hasta ahora tenía 191 bancas).

Todos estos factores demuestran que los partidos de esas tendencias, que controlaron la vida política de sus países durante muchos años, están en franca retirada (Alemania, Reino Unido, Francia e Italia entre otros miembros de la UE) para dar paso a una gran fragmentación, escenario que presupone nuevos enfoques y, presumiblemente, recíprocas y difíciles concesiones para facilitar el consenso. La antedicha y elevada participación de votantes agrega nuevas connotaciones. Indica, de movida, que los intereses y preocupaciones de la gente exceden en mucho sus intereses nacionales o regionales. Ese voto refleja la opinión de que Europa debe manejarse con cautela en varios frentes. Entre ellos el sentido de sus alianzas globales en el ámbito de la política exterior cuando se advierte que el presidente de los Estados Unidos parece buscar la renacionalización de Europa y el fin del liberalismo en el planeta, un concepto que podía haber sido explicable no justificable, durante la Guerra Fría. También las señales de inquietud de Washington ante la creciente amenaza que proviene del expansionismo ruso cuyas acciones son, no obstante su relativa declinación e influencia en ciertos planos, un obvio intento de recaptura de los espacios geoestratégicos perdidos tras la disolución del bloque soviético. Sobre todo por la dependencia energética del Viejo Continente, lo que puede atar de manos a la dirigencia de la UE.

No es casualidad que el ex asesor estrella de Donald Trump, Steve Bannon, se encuentre instalado en el Viejo Continente con plena dedicación a la tarea de hacer proselitismo con las fuerzas mercantilistas y populistas que ganaron mayor tracción en las últimas elecciones legislativas destinadas a seleccionar el plantel ahora electo de eurodiputados.

Washington tiene, al mismo tiempo, grandes recelos por los avances comerciales, la inserción tecnológica y la penetración geopolítica de China en Europa, sin por ello proponer una coordinación integral e inteligente ante la demanda de Bruselas de reconducir las tradicionales alianzas defensivas del Atlántico Norte y las negociaciones hoy congeladas acerca de la firma de un tratado en serio de libre comercio. El minitratado ahora en debate, cuyo destino es incierto, parece una broma política ante la magnitud de las relaciones bilaterales existentes.

Además, Washington y Bruselas comparten la inquietud por los problemas migratorios que se originan en Africa y el Medio Oriente y las crisis ambientales que alteran el Clima y los sistemas ecológicos, aunque al respecto la Casa Blanca sólo tiene ideas confusas e impresentables que colisionan con la casi totalidad de las restantes naciones del planeta. A diferencia de hace cinco años, los dos grupos de partidos mayoritarios antes mencionados hoy no reúnen entre sí la mayoría propia del Europarlamento (los 376 votos necesarios) para elegir al presidente de la Comisión Europea. Por lo tanto, se están armando los rompecabezas para constituir una alianza electoral con otros dos actores políticos que ahora ganaron importancia al haber aumentado su participación: los liberales de ALDE (Liberales y Demócratas por Europa) que obtuvieron 105 bancas ?al sumar los escaños del Partido “En Marche” de Macron en Francia, que busca una alianza liberal en la UE? y los Verdes con 69 escaños, que aumentaron su influencia en 17 escaños, como consecuencia del fortalecimiento del voto joven y ecologista, sobre todo en Alemania (donde es ahora el segundo Partido) y en Francia (donde es el tercero). Esas dos son fuerzas pro-europeas.

En cambio, mientras los euroescépticos tienden a ser una comparsa de quince partidos nacionales populistas y de extrema derecha con diversas características y posiciones, que van desde Marine Le Pen en Francia, a Matteo Salvini en Italia, o los líderes totalitarios de nueva generación que mandan en Polonia y Hungría, sólo alcanzaron, en conjunto, el 25% de los votos. A raíz de tal escenario, por ahora se espera que tengan una influencia ruidosa pero limitada ya que, por si lo anterior fuera poco, están divididos en tres grupos. Lo anterior significa que el Consejo Europeo y el Parlamento son responsables en conjunto del proceso de elección del presidente de la Comisión. Los candidatos con mayores posibilidades van desde el conservador alemán Manfred Weber, al socialdemócrata holandés Frans Timmermans y la dirigente danesa Margrethe Vestager, quien pertenece al Partido Danés Social y Liberal.

Al mismo tiempo deberán elegirse el Presidente del Consejo, del Parlamento Europeo, del Banco Central Europeo y la Alta Representante de Política Exterior, con lo que toda la estructura del liderazgo de la UE va a tener un cambio sustantivo no sólo de su dirigencia, sino también de las políticas que van a emerger del nuevo equilibrio de poderes.

Al respecto, una mayor representación de los Verdes en el Parlamento tendrá lógicas consecuencias sobre las prioridades que se establecerán para el mandato de la Comisión de la UE y para la Política Agraria Común (PAC) posterior a 2020, lo que sin duda afectará las políticas comerciales del Viejo Continente. Es sabido que muchos de los candidatos del nuevo poder no comparten en absoluto el modelo de acuerdos de librecomercio alcanzados hasta el presente y abogan, de manera extrema, utilizar tal mecanismo para exportar los valores europeos relativos al medio ambiente y los derechos humanos. De allí que la posibilidad de alcanzar un acuerdo del Mercosur con la UE deviene cada vez más remota. Los europeístas saben que la mayor preocupación pública por el cambio climático y la degradación del medio ambiente tuvo un notable impacto sobre los resultados de la elección comentada, pues los porcentajes de quienes dan prioridad a esos problemas se triplicó en el último trienio, si bien no hay homogeneidad de opiniones entre los países del Norte de Europa, como Suecia y Finlandia, con los del sur de Europa, como sucede con Grecia. Ejemplo de ello es el caso de la juventud alemana, ya que uno de cada tres votantes de menos de treinta años votó por los verdes. Estas influencias podrían inducir al replanteo de los objetivos del Acuerdo de París sobre cambio climático y con esa realidad habrán de acentuarse las divergencias con los Estados Unidos sobre esta sensible cuestión. En esta votación incidió por primera vez la denominada “Generación Z” (también conocida con otros nombres), que es un término creado en 2009 para calificar a la generación pos millenial, que es el grupo demográfico que le sigue, caracterizado por la utilización de Internet y otras tecnologías contemporáneas, así como las redes sociales, desde muy temprana edad. Estos grupos son los nacidos a finales de la década de los noventa y principios de la década de 2000. Sería ilusorio suponer que esa moda no llegará a las elecciones que se van disputar en Argentina durante el segundo semestre de 2019. Ningún candidato sensato debería omitir una reflexión sobre estos datos.

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