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Cambiar para que nada cambie

Mientras Argentina no reduzca su dependencia de los dólares de la Cuenta Financiera, seguirá vulnerable a crisis cambiarias. Y esa dependencia solo se revierte construyendo un aparato productivo competitivo y diversificado.

El dólar concentra toda la atención.
El dólar concentra toda la atención. .

El acuerdo con el FMI, que incluye fondos frescos por US$ 20.000 millones, fue presentado por el Gobierno como una victoria. Sin embargo, a pesar de esta narrativa, la reforma cambiaria —del "crawling peg" a un régimen de bandas— revela que el acuerdo supone una doble derrota para el Ejecutivo.

La primera derrota es discursiva, frente a gran parte de la profesión que le advertía sobre el atraso cambiario. Resulta revelador que el techo de la nueva banda admita una depreciación potencial del 30%, porcentaje similar a la apreciación del peso ocurrida tras la devaluación de diciembre de 2023. También es sugestivo que el tipo de cambio oficial al 11 de abril (día del anuncio) no haya sido tomado como punto medio de las bandas: el techo quedó 30% por encima y el piso solo 10% por debajo. Esta asimetría indica que el dólar tiene más margen para subir que para bajar.

La segunda derrota es política: el FMI logró imponer su criterio en materia cambiaria, revirtiendo el control creciente que pretendía ejercer el gobierno. Desde el punto de vista electoral, la medida no es neutra: expone a la gestión a una posible volatilidad cambiaria en plena campaña.



Milei plebiscita su gestión aferrado a un proceso de desinflación que redujo el ritmo de aceleración de precios desde el 25,5% mensual (diciembre 2023) al 2,7% (diciembre 2024). Sin embargo, este activo electoral enfrenta ahora un desafío adicional: el nuevo régimen cambiario.

Y el momento no podría ser menos oportuno. La inflación muestra signos de rebrote: 3,7% en marzo. El Gobierno había decidido ralentizar el "crawl" de 2% a 1% mensual para romper el piso inercial del 2% en el IPC y reforzar la narrativa del "vamos ganando". Pero la última medición dejó una señal adversa: alimentos, un rubro paradójicamente muy sensible al tipo de cambio, subió 5,9%.

El Gobierno presenta la reforma como la "fase 3" de un plan previamente diseñado. Lo cierto es que se quedaron sin reservas antes de lo esperado y tuvieron que acudir al FMI aceptando muchas de sus condicionalidades a expensas del programa inflacionario, que también es electoral.



Las jornadas posteriores al cambio de régimen fueron favorables para el Ejecutivo. El dólar oficial pegó un saltito (9,6%) con la implementación de las bandas para luego descender levemente. Esta dinámica no sorprende, aunque lo escueto de la corrección si es una novedad. Se podría atribuir este comportamiento a cuestiones de mercado cómo el hecho de que los importadores estuvieron adelantando demanda y que algunos inversionistas apostaron dólares especulando con una nueva apreciación del peso. Sea cual fuera la explicación, el escenario es el soñado para el gobierno.    

Sin embargo algo no pinta bien. Hasta ayer el BCRA intervenía para contener los dólares financieros en $1.300 porque la oferta era insuficiente, hoy con el dólar por debajo de $1.200 se da el lujo de no intervenir. Este comportamiento más que obedecer a las reglas del mercado, parece funcional al relato oficial.

Por el lado de la economía real, la corrección cambiaria apena mejoró el precio de la agroexportación el 4% ($1.140 dólar blend al 11/4 vs $1.180 dólar mayorista al 14/4) pero el dólar para consumo de bienes finales importados bajó 12% ($1.350 dólar MEP al 11/4 vs $1.190 dólar BNA al 14/4). Así se perfila un régimen que induce la importación con estímulos marginales para la exportación. Esto que es favorable para el consumo y para el proceso de desinflación de corto plazo, luce desafiante para la producción, el empleo, la diversificación productiva y la construcción de capacidades tecnológicas de mediano y largo plazo. ¿Y el problema de reservas que nos llevó nuevamente al Fondo?



Es evidente que el gobierno buscará tentar a los agroexportadores no vía precios, sino vía tasas, ofreciendo instrumentos en pesos que prometen un retorno en dólares. Se reedita el carry trade. Milei recuerda al campo que la baja de retenciones tiene fecha de vencimiento y promete que el dólar va a llegar al piso de la banda. Está pidiendo que liquiden urgentemente. Por las dudas, el BCRA instrumentó la posibilidad de que los no residentes también pongan a pedalear sus divisas en la bicicleta. 

Reminiscencias al 2018: se activa la carrera entre tasa de interés en pesos y la expectativa de devaluación. Mientras la primera vaya adelante, la bola de deuda en pesos se irá inflando, aumentando también el riesgo de potenciales corridas al dólar. 

Recapitulando, el tipo de cambio libre pero estancado en los niveles actuales rinde políticamente de cara a las elecciones, pero eleva la exposición a una crisis de balanza de pagos a futuro. El veranito financiero elegido por el gobierno revela sus prioridades: acelerar la desinflación, aún a costa de la salud del aparato productivo. Principio de revelación.



Mientras Argentina no reduzca su dependencia de los dólares de la Cuenta Financiera, seguirá vulnerable a crisis cambiarias. Y esa dependencia solo se revierte construyendo un aparato productivo competitivo y diversificado que genere divisas genuinas por la Cuenta Corriente.

Una campaña electoral financiada con dólares baratos, es una apuesta muy riesgosa de cara al futuro y costosa en términos de construcción de capacidades productivas. El populismo no es solo de izquierda. 

Al final, hubo que cambiar...para que nada cambie.



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