Geopolítica y poder global

Venezuela no es el problema: el petróleo volvió a ser un arma y Estados Unidos quiere decidir quién manda

Para Daniel Dreizzen, la intervención estadounidense expone el fin de la globalización ingenua y el inicio de una competencia abierta por el control político de los recursos energéticos.

Una eventual normalización de Venezuela podría reconfigurar los flujos de inversión petrolera en América Latina.
Una eventual normalización de Venezuela podría reconfigurar los flujos de inversión petrolera en América Latina. (Archivo)

La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela debe interpretarse menos como una respuesta a una urgencia petrolera y más como una señal contundente de un cambio estructural en el orden energético y geopolítico mundial

Así lo plantea Daniel Dreizzen, director de Aleph Energy, en el Informe Mensual de Coyuntura Oil & Gas Argentina - Enero 2026, donde sostiene que el conflicto revela el abandono definitivo de la globalización "romántica" y el ingreso a una etapa de competencia estratégica entre bloques de poder.

Desde una mirada estrictamente energética, Venezuela hoy no es un actor determinante en el mercado global de petróleo. Su producción ronda los 900.000 barriles diarios, un nivel similar al de Argentina y muy distante de los casi 4 millones de barriles por día que llegó a producir hace dos décadas. 



En un mercado que supera los 100 millones de barriles diarios, incluso una recuperación plena de la oferta venezolana tendría un impacto limitado sobre los precios internacionales, más aún en un contexto en el que el barril descendió desde la zona de los US$ 80 hasta niveles cercanos a los US$ 60.

Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano para su consumo doméstico. El interés estratégico pasa más bien por el control geopolítico del recurso.

La clave, según Dreizzen, está en otro lado. La revolución silenciosa del shale oil y gas en Estados Unidos transformó de manera decisiva el mapa energético global. En menos de una década, EE.UU. se convirtió en el principal productor mundial de hidrocarburos, reduciendo el peso histórico de Medio Oriente y amortiguando el impacto de conflictos que antes generaban fuertes shocks de precios. 



Hoy, Washington no necesita el petróleo venezolano para abastecer su mercado interno.

El interés estadounidense pasa, en cambio, por el control geopolítico del recurso. El objetivo no es apropiarse del crudo, sino impedir que Venezuela continúe funcionando como una plataforma financiera y política de China, Rusia e Irán, países que incrementaron su presencia en el país caribeño durante los últimos años. 

petroleo
Desde una mirada estrictamente energética, Venezuela hoy no es un actor determinante en el mercado global de petróleo.



En el nuevo tablero global, la pregunta central ya no es cuánto petróleo hay, sino quién lo administra, quién lo financia y bajo qué reglas se integra al sistema internacional.

La experiencia venezolana también exhibe los límites de su propio modelo energético. A pesar de contar con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, el país no logró sostener su producción. Nacionalizaciones, empresas mixtas dominadas por PDVSA, burocracia extrema, corrupción estructural y deterioro de la infraestructura expulsaron al capital privado y destruyeron valor de manera persistente. Ni siquiera el respaldo de China, Rusia o Irán logró revertir esa caída.

En este escenario, Nicolás Maduro aparece como un factor político funcional. La fragilidad institucional del régimen, su aislamiento internacional y el colapso económico ofrecen a Estados Unidos una justificación para intervenir y reordenar el equilibrio regional, en lo que Washington sigue considerando su área de influencia directa. 



En un mundo cada vez más bipolar o multipolar, las relaciones comerciales vuelven a estar subordinadas a las relaciones políticas.

Las consecuencias para la región no son menores. Una eventual normalización de Venezuela podría reconfigurar los flujos de inversión petrolera en América Latina, generando competencia directa con otros países productores, incluida la Argentina. Sin embargo, Dreizzen advierte que ese proceso sería lento: reconstruir confianza, contratos, infraestructura y reglas de juego llevará años.

Para Aleph Energy, lo que ocurre hoy en Venezuela no es solo una disputa por petróleo, sino una manifestación concreta del nuevo orden energético global, donde los recursos naturales vuelven a ser instrumentos de poder y la competencia entre Estados reemplaza definitivamente la ilusión de una globalización sin conflictos. Venezuela, una vez más, queda en el centro de esa disputa.



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