Gestión

Riesgo climático: el cisne verde y la industria financiera

El impacto del riesgo climático puede resultar no trivial y el cisne verde ya se vislumbra en el horizonte de gestión

El cisne verde ya se vislumbra en el horizonte de gestión.
El cisne verde ya se vislumbra en el horizonte de gestión.
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El cambio climático es una problemática mundial en la cual ningún actor relevante está ausente en el debate y en busca de paliar sus consecuencias. Y la banca es uno de los actores que continúa articulando acciones y políticas en ese sentido. 

Una iniciativa de suma importancia en la industria son los denominados Principios de Ecuador, consistentes en un conjunto de recomendaciones ambientales y sociales a considerar en la evaluación de préstamos destinados a financiar proyectos de inversión. 

Estos principios constituyen un primer marco para gestionar las cuestiones ambientales y sociales involucradas en los proyectos que financian. Estas directivas se basan en las Normas de Desempeño de la Corporación Financiera Internacional y se transformaron en una norma sectorial para gestionar cuestiones ambientales relacionadas con el financiamiento de proyectos de inversión superiores a US$ 10 millones. 

Estos principios son una iniciativa a nivel microeconómico y se suman al marco de gestión del riesgo de crédito de las instituciones bancarias. Sin embargo, estas recomendaciones, si bien contribuyen a paliar los efectos ambientales y sociales no deseados, no son suficientes para proteger a la industria financiera de los impactos negativos del cambio climático y de compensar los efectos secundarios que ese impacto pueda tener sobre la economía en su conjunto y como efecto de segunda vuelta, sobre el sistema financiero.

La emergencia del riesgo climático como categoría de riesgo a gestionar desde el punto de vista micro y macroprudencial es relativamente reciente y ha surgido un consenso en la industria y en los reguladores sobre la importancia de su evaluación y gestión. 

Este consenso implica afrontar el riesgo no solamente desde la perspectiva de los Principios del Ecuador, sino también, desde el grado de exposición de las empresas frente a eventos climáticos. 

Los riesgos climáticos no se limitan solo al impacto directo causado por una actividad económica en su entorno, también se focalizan en el daño provocado por una acción que persigue mitigar los efectos del cambio climático sobre esa actividad económica: promover la demanda de vehículos eléctricos reducirá la demanda combustibles fósiles e impactará negativamente en la evolución de la industria petrolera. 

Desde esta perspectiva, el riesgo climático implica dos subcategorías de riesgo a gestionar:

  1. Riesgos Físicos. Que recaen sobre el valor de los activos, tanto los derivados de los choques climáticos extremos, como los ocasionados por deterioros crónicos y pueden provocar pérdidas para las compañías de seguros, los bancos y otros intermediarios financieros de diferentes maneras.
  2. Riesgos de Transición. Producidos por los cambios estructurales de las economías que se mueven hacia sistemas económicos bajos en carbono, causando pérdidas financieras en ciertos activos asociados con industrias y actividades con mayor emisión de carbono.

Los riesgos físicos y de transición también pueden producirse en forma simultánea y potenciarse: generando una transición desordenada y originando un “escenario de muy poco y muy tarde” / “too – little – too - late scenario” (las acciones implementadas llegaron tarde y su efecto mitigador fue reducido).

El riesgo de afrontar reducciones en el valor de los activos afectados por el cambio climático (“stranded assets” o activos hundidos) podrían generar pérdidas para bancos, inversores y otras instituciones financieras. A su vez, los efectos del riesgo climático pueden tener repercusiones en otras categorías de riesgo como riesgo de crédito, riesgo de mercado, el riesgo de liquidez y generar un canal de transmisión cross border por incremento en la prima de riesgo en activos relacionados con el riesgo climático en diferentes jurisdicciones. 

En este sentido, las principales agencias calificadoras de riesgo consideran las cuestiones ambientales, sociales y de gobernanza así como el riesgo climático en sus evaluaciones y ratings. 

La materialización de los riesgos físicos en países más expuestos al riesgo climático, podría provocar la retirada a gran escala de fondos de inversión extranjeros, una especie de “efecto manada climático”. Ese efecto podría verse amplificado en el caso de las economías en desarrollo por las vulnerabilidades macroeconómicas propias, incluida la rápida depreciación del tipo de cambio y las salidas de capital más amplias.

El Banco de Basilea (BIS), los reguladores e instituciones financieras internacionales han comenzado a emitir recomendaciones y principios para gestionar el riesgo climático. En diciembre de 2015 el Financial Stability Board (FSB) crea el Grupo de Trabajo sobre Divulgaciones Financieras Relacionadas con el Clima (TCFD - Task Force on Climate-related Financial Disclosures) y en julio de 2017 el TCFD propone un marco de gestión y divulgación voluntario: gobernanza, estructura y divulgación de la gobernanza de una organización sobre los riesgos y oportunidades relacionados con el clima. 

Ocho bancos centrales y supervisores en diciembre de 2017 establecieron la Red de Bancos Centrales y Supervisores para Enverdecer el Sistema Financiero (Network for Greening the Financial System - NGFS), siendo un foro internacional de discusión e intercambio de conocimientos para reguladores y supervisores sobre cuestiones de finanzas verdes y riesgos sistémicos del cambio climático. 

Por su parte, los reguladores han comenzado a evaluar cómo las entidades financieras gestionan los riesgos relacionados con el clima y a tomar medidas para alentar a las empresas a mitigar dichos riesgos propiciando la generación de una cultura de riesgo que incorpore el riesgo climático.

El BIS se encuentra analizando la posibilidad de que los requisitos de capital reflejen la incidencia del riesgo climático, a través de dos mecanismos que formaría parte del Pilar I (exigencias mínimas de capital): 

  1. Green Supporting Factor. Reduciría la exigencia de capital en los bancos con menor exposición al riesgo climático.
  2. Brown Penalising Factor. Incrementaría la exigencia de capital en los bancos con mayor exposición al riesgo climático.

Recientemente (en noviembre de 2021), el BIS publicó el documento “Principles for the effective management and supervision of climate-related financial risks” que contempla recomendaciones referidas a gobernanza, marco de control interno, adecuación del capital y de la liquidez, proceso de gestión riesgo, proceso crediticio y monitoreo e información a divulgar al mercado, entre otros puntos.

Si bien la evolución del cambio climático y su impacto en el sistema financiero son muy inciertos y podrían ser no lineales a lo largo del tiempo, se están desarrollando escenarios de impacto y modelos de medición (Climate Value at Risk) para gestionar el riesgo climático.

La industria financiera se encuentra frente a otro desafío de gestión: incorporar el riesgo climático en la cultura de riesgo de la organización. En función del tamaño y portafolio de negocios de cada entidad, se debería comenzar a “evangelizar” a la alta gerencia en torno a la problemática del riesgo climático, puesto que su impacto puede resultar no trivial: una prueba de estrés de cambio climático realizada por el Banco de los Países Bajos dio como resultado una reducción potencial de hasta el 4% en el ratio de capital básico, compuesto, básicamente, por acciones ordinarias y reservas. El cisne verde ya se vislumbra en el horizonte de gestión.

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