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¿Por qué no llegó “la lluvia de inversiones”?

Si el Gobierno quiere una “lluvia de inversiones” deberá mejorar el clima de negocios y dar un marco de estabilidad sustentable en el largo plazo

03 abril de 2017

Promediando el tercer semestre de la gestión de Cambiemos, resulta difícil encontrar efectivamente aquellos prometidos brotes verdes traccionados por un aluvión de inversiones externas, que potencien la demanda agregada y multipliquen la de la fuerza laboral.

En este aspecto, si bien el Gobierno de Mauricio Macri ha encarado una campaña global para restablecer las relaciones internacionales y recuperar la imagen de Argentina - observable tanto a través de la organización del mini Davos como en las diferentes misiones en busca de fortalecer las relaciones bilaterales (Estados Unidos, Reino Unido y España, entre otros países)- estos esfuerzos, de acuerdo la evidencia, han resultado insuficientes y han dejado expuesta una concepción keynesiana más simple sobre los determinantes de la inversión: para el Ejecutivo la inversión es exógena, y la única manera de estimularla es a través de la vigorización de los famosos animal spirits.

A los efectos de dilucidar los verdaderos motivos de esta sequía de inversión de capital (según los datos del Indec, la formación de capital cayó 7,7% durante 2016), vale la pena ahondar en los verdaderos determinantes de la misma, analizando lo informado por el Foro Económico Mundial (WEF, por siglas en inglés), respecto de las principales dificultades para generar negocios en Argentina.

A los hechos El principal impedimento para la generación de negocios en el país es la inflación. Las altas tasas del aumento del nivel general precios, y la volatilidad de las mismas, generan la imposibilidad de realizar proyectos de inversión a mediante de flujos de fondos con relativa certeza. ¿A qué tasa se descuentan los flujos futuros y cuál es el valor actual neto de la posible inversión a llevarse a cabo? Desde esta óptica es imposible la evaluación responsable.

Siguiendo la línea de razonamiento, la inflación genera además “ruido” en el mecanismo de precios, y una evolución desigual en éstos, que derivan en el cambio permanente de los precios relativos, entorpeciendo las señales de los mismos, respecto de escasez o preferencias de los mercados.

A continuación se ubica la presión impositiva y su consecuente impacto en la competitividad. De acuerdo a lo informado por el WEF, Argentina es el país líder en presión tributaria a nivel mundial. Este rasgo impacta tanto en la tasa de ganancia de los potenciales emprendedores, como en la colocación de sus productos en el extranjero, ya que incrementa sus costos.

En tercer lugar, existe un grave problema respecto al acceso al financiamiento. El país cuenta con un mercado de capitales pequeño y disociado de la realidad, por lo que los canales de conexión entre el ahorro y la inversión se encuentran deteriorados y los costos de intermediación financiera son excesivamente altos. Además, a diferencia de países como Estados Unidos, las familias argentinas no dirigen sus ahorros al financiamiento de empresas mediante la compra de acciones, ya que esta práctica ha sido estigmatizada como “timba financiera”.

Un peldaño más abajo se encuentran la corrupción y la ineficiencia en la burocracia del Estado. Los innumerables requisitos, además de elevados costos de habilitaciones, certificaciones, etcétera, no solo entorpecen el desarrollo del sector privado, sino que además, a efectos de hacer expeditiva la actividad se suelen generar incentivos al cohecho.

Otro aspecto relevante que condiciona el flujo de capitales es la inestabilidad política. Las fuertes fluctuaciones en materia de política económica no generan garantías de mediano y largo plazos para hundir fierros y asegurar el tiempo necesario para obtener el retorno sobre la inversión. Está presente el rumor sobre el temor a la vuelta del populismo.

Asimismo, las regulaciones laborales son muy restrictivas, generando un mercado de trabajo inflexible, con numerosas trabas para interacción empleador-empleado, sumado a los altos impuestos al trabajo, los cuales desestimulan la contratación de personal “en blanco”.

En lo estructural, aparecen además ?aunque en menor medida? cuestiones como la inadecuada infraestructura, las regulaciones impositivas, las restricciones a divisas extranjeras y la falta de mano de obra calificada, entre otros.

La coyuntura otorga también un contexto desfavorable: en el corto plazo las altas tasas de interés, sobre todo para las Pymes, superan el orden del 45%, lo que complica el endeudamiento para producción de las mismas mientras que la caída del consumo y de las ventas minoristas comprometen la tasa de retorno sobre el equity al no generar un flujo de fondos consistente.

En definitiva, si el Gobierno realmente pretende recibir una “lluvia de inversiones”, deberá dar por extintos a los animal spirits y deberá concentrarse en generar las condiciones adecuadas para mejorar el clima de negocios y dar un marco estabilidad sustentable en el largo plazo, no solo desde lo discursivo, sino mediante la implementación de un modelo económico creíble y sostenible en el tiempo.

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